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Cuando el pueblo de Dios se ha apartado de "la sincera fidelidad a Cristo", entonces Dios se suscita unos pocos que "no han doblado su rodilla ante Baal". Ellos conocen el latido de su amoroso corazón, y sostienen su testimonio aun en los días más difíciles. El remanente La palabra "remanente"
significa "residuo" o "resto". En la Biblia se utiliza 47 veces esta palabra,
según la versión Reina-Valera de 1960. De esas 47 veces, 45 veces está
en el Antiguo Testamento y sólo 2 en el Nuevo. Sin embargo, el remanente
ha existido no sólo en los tiempos bíblicos, sino en toda la historia
de la iglesia. De cada época se puede decir con toda seguridad lo que
decía Pablo en sus días, respecto de los judíos: "Aun en este tiempo ha
quedado un remanente escogido por gracia" (Ro. 11:5). El remanente
es el "resto" que se separa del todo cuando la apostasía llega. Es el
grupo de fieles que se apegan al testimonio de las cosas tal como eran
al principio, y que, por tanto, no siguen la corriente de la distorsión. La existencia
misma de un remanente demuestra el fracaso del cuerpo profesante. Si la
generalidad fuese fiel, entonces no se justificaría la existencia de un
remanente. Dios ha tenido
y tiene un profundo interés en este remanente. Cuando todo se desvanece
y pierde su lozanía, Dios se levanta y sostiene un residuo para expresar
a través de ellos su voluntad y sostener su verdad. El remanente
presenta dos características fundamentales: 1. Reconoce el fracaso y la
ruina generalizada. 2. Cuenta con Dios y se aferra a su Palabra. En este estudio
haremos un seguimiento al remanente de Dios, desde los días de Elías,
en el Antiguo Testamento, hasta los de Malaquías, al final del Antiguo
Testamento. EL REMANENTE
EN EL ANTIGUO TESTAMENTO Luego de hacer
caer fuego del cielo y degollar a los profetas de Baal, Elías huye de
Jezabel al monte Horeb. Ha caminado 40 días sin interrupción porque teme
a la ira de la reina impía. En el monte, Elías cae en una postración que
le conduce al más grande negativismo. Él acusa a la nación de Israel delante
de Dios. A su juicio, todos son apóstatas. Han dejado a Dios -dice-
"y sólo yo he quedado, y me buscan para quitarme la vida." (1 Reyes 19:14).
Entonces Dios le dice: "Yo haré que queden en Israel siete mil, cuyas
rodillas no se doblaron ante Baal, y cuyas bocas no lo besaron" (v.18).
Aquí tenemos ya la existencia del remanente. Cuando todos se arrodillan
ante Baal, cuando toda boca le ha besado, hay siete mil que permanecen
mirando al Señor. Ellos no tienen, tal vez, la fuerza para hacer explícita
su fe, y manifestar abiertamente su oposición al rey apóstata. Pero ellos
guardan, al menos, una privada separación de la corrupción imperante. "Yo haré que
queden ..." dice el Señor. Este "Yo haré" nos habla de una voluntad que
es más alta que la de los hombres. Es Dios quien actúa. Así que, no debemos
buscar en el remanente mérito alguno de fidelidad, sino en Dios, quien
los ha apartado para sí. Es un remanente
"escogido por gracia y no por obras", para que nadie se gloríe. Tempranamente,
encontramos estos rasgos que caracterizarán el remanente en todas las
épocas: Ellos han sido escogidos por la voluntad soberana de Dios, y no
por méritos. Ellos "quedan" para Dios cuando todos se han ido tras de
Baal. Son su rebusco, cuando toda la vendimia la ha aprovechado el enemigo. EN DÍAS DEL
REY EZEQUÍAS (2 Cr. 30). Ezequías vivió
alrededor del año 700 a.C., y luego de restablecer el servicio del templo
que había desmantelado su padre Acaz, decidió celebrar la Pascua. Israel
estaba dividido, el reino del norte había sido llevado cautivo. Ezequías envió
mensajeros a los que habían quedado de la cautividad en el norte invitándolos
a Jerusalén para la celebración. Sin embargo, la mayor parte de ellos
"se reían y se burlaban" de los mensajeros (v.10). Eran días de ruina;
¿qué presunción era esa de celebrar la Pascua? Tal aparente presunción
motivaba la risa y la burla de los que no creían. Aquí encontramos una
segunda característica del remanente: ellos se mantienen fieles a la Palabra
de Dios, aun en contra de la opinión general. Algunos israelitas, sin
embargo, se humillaron delante de Dios, y vinieron a Jerusalén. Luego, una vez
reunidos en Judá, "estuvo la mano de Dios para darles un solo corazón"
(v.12), y así celebrar con regocijo la fiesta. Este "un solo corazón"
es otro rasgo del remanente. Ellos han sido reunidos por Dios, y por eso
no tienen que deliberar para ponerse de acuerdo. Tal como la iglesia en
sus mejores días, ellos son "de un corazón y un alma" (Hechos 4:32). Luego,
y debido a que muchos de ellos no se habían purificado, Ezequías oró para
que Dios les perdonase, y el pueblo fue perdonado. Dios se muestra propicio
a su pueblo y se muestra indulgente ante las faltas de ellos. Son días
de anormalidad, y el pueblo de Dios, con temor y temblor, y con mucha
timidez, se acerca al altar de Dios. Aquí vemos un
acto de fe de Ezequías, que fue seguido por el remanente de Israel, en
humillación. Ellos eran lo que había quedado. ¿Quién podría enorgullecerse
de eso? Ellos sólo se acogieron a la gracia de Dios, y con ellos estuvo
la mano de Dios. EN DÍAS DEL
REY JOSÍAS (2 Cr. 35). Josías reinó
unos 70 años después de Ezequías. El estado de cosas en el pueblo de Dios
había vuelto a la más triste apostasía. Josías se vuelve a Dios, y tiembla
al oír su Palabra. Él también celebra la Pascua. El testimonio que se
da de ella es que "nunca fue celebrada una pascua como ésta en Israel
desde los días de Samuel el profeta; ni ningún rey de Israel celebró pascua
tal como la que celebró el rey Josías" (v.18). Si la de Josías es comparada
con la de Salomón (30:26), ésta se compara con la celebrada en días de
Samuel. ¡Qué gloria! ¿Cuál fue la causa de ello? "Por cuanto oíste
las palabras del libro, y tu corazón se conmovió, y te humillaste delante
de Dios al oír sus palabras, y te humillaste delante de mí, y rasgaste
tus vestidos y lloraste en mi presencia ..." - le dice el Señor al rey.
EN EL
PERÍODO DEL CAUTIVERIO Al leer el libro de Daniel podemos comprobar la fidelidad de algunos hombres de Dios en medio de la corrupción de Babilonia. Cuanto más grande
es la corrupción imperante, más brilla la gloria del pequeño remanente
escogido por gracia. Daniel revela
el significado del sueño del rey, y con ello, salva la vida a los sabios
de su tiempo. ¿Cuál fue el secreto de la sabiduría de Daniel? ¡Daniel
pidió ayuda a sus compañeros de milicia para que orasen juntos! (Dn. 2:17-19).
¡Una reunión de oración fue efectuada en medio de Babilonia, y la urgencia
puso en los corazones la suficiente fe para ser contestada! Estos son los
mismos que habían decidido no contaminarse con la comida del rey, y que
se santificaron para Dios. Ellos permanecieron fieles en todo. Se negaron
a adorar la estatua de oro, y confesaron el nombre de Dios en tiempos
difíciles. Como dice un
autor, ellos pudieron haber dicho: "Debemos ponernos a tono con los tiempos;
hacer lo que todo el mundo hace; no conviene aparecer como extraños ante
los demás; debemos someternos exteriormente al culto público, a la religión
oficial del país, guardando para nosotros nuestras opiniones personales.
No somos llamados a oponernos a la fe de la nación. Si estamos en Babilonia,
debemos conformarnos a la religión de Babilonia." Tales pensamientos acomodaticios
hubiesen sido la antesala de la apostasía. Pero ellos no pensaron así,
ni lo hicieron así. Esto nos lleva a la siguiente reflexión: sería fácil y cómodo adoptar, en medio de la apostasía general, una actitud displicente y descuidada, tanto respecto de la verdad como de nuestro andar personal. Sin embargo, es en este momento que debemos comprobar cómo el Espíritu nos anhela celosamente, para no inclinarnos al mundo, ni hacernos amigos de él (Stg. 4:4-5). "Conoce el Señor
a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el
nombre de Cristo", dice Pablo a Timoteo (2 Tim. 2:19). "Apartarse"
es el primer paso, pero éste va seguido de otro: "Sigue la justicia, la
fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor"
(2:22). EN LOS DÍAS
DEL RETORNO (Nehemías 8) En los días
de Esdras, la nación de Israel aún está bajo el dominio persa. Jerusalén
está en plena faena de reconstrucción. El remanente es pequeño y débil,
tanto, que muchas veces suscita las burlas de los pueblos vecinos. Pero
Dios está con ellos. Un día, el pueblo es convocado para escuchar la Palabra
de Dios, lo cual no había ocurrido por muchos años. De tal forma fue tocado
el corazón del pueblo, que éste "lloraba oyendo las palabras de la ley"
(v.9). Luego descubren el mandamiento tocante a la fiesta de los tabernáculos,
y decidieron celebrarla. Esta fiesta no se había celebrado desde los días
de Josué. ¿Podremos imaginarnos la alegría de ellos? Ese día, sin duda,
se cumplían las palabras del salmo 126: "Cuando Jehová hiciere volver
la cautividad de Sion, seremos como los que sueñan. Entonces nuestra boca
se llenará de risa, y nuestra lengua de alabanza; entonces dirán entre
las naciones; grandes cosas ha hecho Jehová con éstos. Grandes cosas ha
hecho Jehová con nosotros; estaremos alegres" (1-3). A su alrededor todavía
están las señales de la caída, muchos edificios están en ruinas, el muro
aún no se ha restaurado del todo, pero el pueblo puede gozarse en su Dios.
¡Qué gozo para ese puñado de judíos fieles el celebrar el celebrar a su
Dios en su patria, en su ciudad, ante al templo! Así Dios consuela a su
pequeño remanente en todo tiempo, y en toda circunstancia, aun en medio
de la ruina circundante. EN TIEMPOS
DEL PROFETA MALAQUÍAS El libro de
Malaquías nos muestra un deplorable estado de cosas. La adoración pública
de Dios es despreciada, los sacerdotes sirven por interés; el pueblo trae
ofrendas abominables. El deterioro reina por doquier. Sin embargo, en
medio de ese ambiente, el Señor inclina su oído para oír la voz de unos
pocos: "Entonces los que temían a Jehová hablaron cada uno su compañero;
y Jehová escuchó y oyó, y fue escrito libro de memoria delante de él para
los que temen a Jehová, y para los que piensan en su nombre. Y serán para
mí especial tesoro, ha dicho Jehová de los ejércitos, en el día en yo
actúe; y los perdonaré, como el hombre que perdona a su hijo que le sirve."
(3:16-17). Este precioso
pasaje no tiene otro igual en toda la Biblia. En ningún otro lugar se
muestra que el agrado de Dios por sus hijos lo lleve a anotar en un libro
de memoria la fe de ellos. La frase "hablaron cada uno a su compañero"
parece sugerir, como lo traducen algunas versiones inglesas, que ellos
"se hablaban con frecuencia unos a otros", lo cual indica una comunión
íntima y permanente. Ellos cultivaban una especial y fraternal amistad
espiritual, pues eran conscientes de la apostasía general y conocían la
importancia de la comunión con otros "compañeros de milicia". La frase "los
que temen a Jehová y ... los que piensan en su nombre" indica una devoción
personal e íntima con Dios. Ellos han vuelto sus corazones a Dios, escapando
de una religión externa, formal y fría. Ellos temen a Dios. El temor de
Dios es el principio de la sabiduría, y es el que limpia el corazón de
la liviandad. Ellos también piensan en Dios. La meditación de su corazón
era agradable delante de Dios. Ellos son su especial tesoro, o como dice
la Biblia de Jerusalén, su "propiedad personal". El Señor no podía hallar
agrado en la indiferencia religiosa de su pueblo, por eso, vuelve su rostro
al remanente fiel. Sobre el oscuro panorama de su pueblo apóstata, destella
el pequeño residuo que le ama de verdad. ¡Oh, qué hermosas palabras, qué
consoladora posición y gracia han hallado los que le aman! El hecho de
que Dios tenga a este residuo como su "especial tesoro" o su "propiedad
personal" no significa en modo alguno que Dios no ame a todo su
pueblo, ni que no siga llamando a su corazón para un retorno a la sincera
fidelidad. No significa tampoco que el remanente sea mejor "en sí mismo"
que los demás, ni que Dios no tenga sus propios tratos con ellos. Nada
de esto puede implicarse de este precioso hecho de Dios. Sin embargo,
es claro que Dios halla contentamiento en unos pocos, y que éstos pocos
han de andar como es digno de tan alta vocación. Tal como los
cristianos están llamados a ser sal en medio de la tierra, el remanente
está llamado a serlo no sólo de la tierra, sino también en medio de la
cristiandad que se ha apartado de Dios. Ellos han de tomar sobre su corazón
la carga de todo el Cuerpo, y embargados del amor generoso de Dios, han
de procurar el bien de todos. Sus llamados amorosos han de tocar a los
corazones insensibles, y su intercesión a favor de ellos tocará también
el corazón de Dios. Como los antiguos profetas, se encenderá su corazón
de toda la compasión de Dios, y procurará que otros gocen también las
delicias que hay a la diestra del Padre. Su privilegio es grande, su vocación es alta, pero su responsabilidad es mayor, y tanto más, cuanto que no tiene mérito ni suficiencia alguna. Así que, alégrense, pero también, tiemblen los hijos de Dios que hoy le aman y que buscan agradarle. Gócense, pero teman, no sea que se deslicen y caigan en la vanidad y la presunción. ¡Que Dios manifieste en todo lugar a los "siete mil" que hoy se ha reservado y que busquen en el compañerismo la ocasión de agradarle en todo! *** |