|
Niños El niño y su pequeña ofrenda Basada en Juan 6:1-14 En Palestina, en días del Señor Jesús, había una viuda que tenía un hijo único como de diez años, imaginemos que se llamaba Joel. Joel había oído hablar del Señor Jesús y sintió deseos de conocerlo. ¡Lo que escuchaba de Él era asombroso! ¿Sería posible que sanara enfermos, que hiciera andar a los cojos, y ver a los ciegos? ¡El tenía que conocerlo! Un día supo que se acercaba al lugar donde él vivía. Así que pidió permiso a la mamá para que le dejara ir a verlo. Ellos vivían en el campo. A la mamá también le hubiera gustado ir, pero no podía dejar solos sus animales. Como Joel insistió, le dio permiso, le preparó una canastita con víveres, porque estaría todo el día afuera. Puso en ella cinco panes de cebada y dos pececitos pequeños. Antes de despedirlo, le advirtió que no se comiese aquello antes de que tuviese harta hambre. Joel partió, feliz. ¡Por fin podría conocer a Jesús! Cuando llegó al lugar, un monte cerca del mar, vio muchísima gente. ¡Nunca había visto tanta gente junta! ¿Cómo hacer para verlo? Se suponía que allá arriba, el lugar hacia donde se volvían todas las miradas, estaba él. A un adulto le hubiese resultado imposible acercarse. ¡Se habría tenido que pelear con la gente que estaba sentada! Pero para un niño es fácil escurrirse por entre la gente. Se acercó paso a paso. Hasta que lo vio. Pudo oír sus palabras cada vez con más nitidez. Buscó un espacio entre la gente. Y quedó muy cerca de Él. Ahora podía ver sus rasgos. ¡Oh, era maravillosa su mirada, y dulces sus palabras! Estuvo toda la mañana oyéndole; ¡era tan entretenido, contaba historias y más historias! ¡Y nadie se aburría! A su alrededor, la gente de pronto reía, pero también lloraba. Sobre todo lloraba, con un llanto suave, lleno de paz. Al cabo de mucho rato, el Señor hizo una pausa y pidió hablar con sus discípulos. La gente aprovechó para comentar cada uno con su compañero, lo que estaban oyendo. De pronto, a él le dio hambre. Quitó el paño que cubría su canasto, y vio su apetitoso contenido. Entonces le dio más hambre. Pero al mirar alrededor se dio cuenta que la gente no tenía qué comer. Por aquí y por allá, algunos sacaban un pedazo de pan, pero sólo algunos. ¡Y él tenía provisión para varios! Los discípulos de Jesús empezaron a preguntar si alguien tenía alimentos para compartir con los demás. ¡Nadie los tenía! Entonces Joel miró su canasto y se dio cuenta que allí tenía más de lo que necesitaba. Así que alzó su mano y le dijo a uno de los discípulos que pasaba cerca: ¡Señor! ¡Yo tengo algo aquí! El
discípulo (que se llamaba Andrés) lo vio, y se acercó. Al ver el contenido
de su canastito, movió la cabeza con decepción: ¡era muy poco para
tantos! Andrés se alejó por entre la gente, y Joel se dispuso a comer. No había alcanzado a hacerlo aún cuando ve que le hacen señas desde lejos. ¡Es el discípulo que le dice que se acerque! Joel cubre su canasto, se para y corre por entre la multitud, que le abre paso. Se acerca al Señor. ¡Ahora sí puede verle! Cuando se acerca, se siente tan conmovido que no sabe cómo ¡se postra a sus pies! Allí se quedó con la cabeza gacha, el canasto al lado ... algunos segundos. Su corazón se conmovía dentro de él. De
pronto sintió sobre su cabeza el toque de una mano, y una voz dulce: Una mirada dulce y una hermosa sonrisa se esbozó en el rostro del Señor. Lo que ocurrió después, es cosa de maravilla. Cuando Joel se lo contaba a su madre, esa noche, no hallaba las palabras para hacerlo mejor. Él había ido para ver cómo sanaba a la gente, cómo hacía hablar al mudo, pero lo que vio lo dejó a él mudo ¡de sorpresa! ¡de encanto! ¡de gozo! En las manos del Señor esos panes y esos pececillos se multiplicaban. Joel abría más y más los ojos, trataba de captar el momento en que esos cinco panes se convertían en miles. Salían y salían de su manos, los discípulos los cogían y se ellos se volvían a multiplicar. ¡Oh, era asombroso! ¡Luego, en un rato más, nadie tuvo hambre! Esa tarde la gente comió hasta saciarse, y sobró. Los restos de la comida los recogieron en doce canastos grandes. Joel volvió con su canasto más lleno que como había partido. No iban cinco panes, sino más de treinta, hasta cubrir toda la capacidad del canastillo. No iban dos pececillos, sino muchos... al menos una docena... La madre le preguntó qué había pasado. Pero Joel lloraba... sólo lloraba. Apenas podía musitar: "Es maravilloso... es maravilloso... Jesús es maravilloso..." Al cabo de un rato pudo hablar y contar todo. Joel
creció y llegó a ser un adulto, y después un anciano. ¿Pero sabes
qué es lo que jamás pudo olvidar? Una mirada dulce, una sonrisa preciosa,
una manos que tocaron su cabeza, esa voz apacible. *** |