E irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos”.

– Lucas 1:17.

Cuando el corazón de los padres se vuelve de verdad a los hijos, entonces necesariamente el corazón de los hijos se volverá a los padres. La mayor responsabilidad es de los padres. La mayor pérdida en los hijos se ocasiona cuando los padres no han sembrado en ellos la semilla de la verdad. Durante al menos quince años, los hijos están a entera disposición de sus padres, con una mente receptiva y un corazón sensible. Si no sembramos entonces en ellos la buena semilla, debemos arrepentirnos y dar el primer paso. Al comenzar a cosechar el fruto amargo de la apostasía y la rebeldía de nuestros hijos, debemos ser los primeros en empezar a recuperar las cosas.

Usted tiene que segar aún todo lo que sembró. Pero, sin duda, vendrá el día en que ganará el corazón de su hijo. La rebeldía de los hijos hoy, es solo la consecuencia de una displicencia de los padres hacia los hijos. La indiferencia de ahora fue precedida de una indiferencia de ayer por parte de los padres, en cuanto a obedecer al Señor en su responsabilidad con los hijos.

Hay dos ejemplos del Antiguo Testamento, que son polos opuestos en este asunto. Abraham y Elí. “Y Jehová dijo: ¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer? Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová” (Gén. 18:17-19). Es a causa de la fidelidad de Abraham como padre, que Dios le confía un secreto importante. Abraham es un positivo ejemplo de cómo se enseña a los hijos. El carácter de Isaac es uno de los más preciosos de toda la Biblia.

Veamos el caso de Elí. El Señor le dice: “¿Por qué has honrado a tus hijos más que a mí, engordándoos de lo principal de todas las ofrendas de mi pueblo Israel?” (1 S. 2:29). Aquí, los hijos son un obstáculo para que un hombre de Dios pueda ejercer su ministerio. Luego, el Señor agrega: “Yo juzgaré su casa para siempre … porque sus hijos han blasfemado a Dios y él no los ha estorbado”. Estorbar es impedir que alguien haga algo. Elí sabía de los pecados que sus hijos cometían en el tabernáculo, pero solo les aconsejaba. Él no fue capaz de estorbar a sus hijos, y esa fue la causa de su caída.

Es necesario enseñar esto, porque vemos cada día padres consentidores de sus hijos, a quienes éstos desobedecen una y otra vez sin que nada ocurra. Eso no es un rasgo de amor por nuestra parte, sino de desobediencia al Señor. La obra restauradora de nuestros días, igual que en los días de Juan, apunta a la normalización de las relaciones familiares. Como consecuencia de que los padres se vuelvan a los hijos, el corazón de los hijos será sanado, serán recuperados de su rebeldía, y su corazón se volverá fértil para la semilla de la palabra de Dios.

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