2a Epístola de Juan.

Lecturas: 2ª Juan 1-13.

La segunda y tercera cartas de Juan fueron los últimos escritos de todo el Nuevo Testamento. Ellas fueron escritas probablemente entre 95 y 98 d. de C., casi al final del primer siglo. No fueron enviadas a una iglesia en especial, sino a personas individuales.

Sabemos que el propósito de Dios es, por naturaleza, corporativo, colectivo. Sin embargo, a causa del fracaso de la gran mayoría, Dios llama a los vencedores. A través de esos vencedores individuales, de ese grupo de personas que responden al llamado de Dios, él va a realizar todo aquello que él mismo se ha propuesto realizar por medio de la iglesia.

El tema de las cartas de Juan es la restauración. Por tanto, vamos a descubrir que Juan, al escribir su segunda y tercera cartas a individuos y no a iglesias, está actuando en conformidad con el principio de la restauración.

El escritor no menciona su nombre, y se refiere a sí mismo como «el anciano». Hay diferentes opiniones con relación a la palabra ‘anciano’ utilizada aquí. Algunos consideran que se refiere a una persona de edad. Otros afirman que, en este contexto, alude a un anciano de la iglesia. Sin embargo, yo pienso que no alude a un anciano de la iglesia, pues éste sólo es responsable por aquellas personas que forman parte de la iglesia local específica donde él actúa. El autor de esta carta se dirige a alguien que no pertenece a la misma iglesia local en la cual él se congrega, pero se percibe que él hace uso de autoridad por el modo en que escribe. Por esta razón, creo que la palabra anciano aquí se refiere simplemente a un hombre de edad avanzada, sabio, experimentado en el Señor, respetado por su espiritualidad, y que posee una larga historia con el Señor. Él escribe a esa señora, aconsejándola, animándola y advirtiéndola.

La mayoría de los estudiosos de la Biblia cree que el escritor de esta carta es el apóstol Juan. Entre los escritos de Juan, sólo en Apocalipsis aparece su nombre explícito. En su evangelio, él no menciona su propio nombre. En Juan 13:23, sin embargo, escribe: «…uno de sus discípulos, al cual Jesús amaba…». Todos sabemos que se refiere al propio apóstol Juan, el autor del evangelio.

La primera carta de Juan tampoco menciona su nombre; mas todos concuerdan que fue escrita por el apóstol Juan, el mismo autor del evangelio. Al comparar el evangelio con esa primera carta, se percibe una semejanza tan grande que sólo resta concluir que ambos fueron escritos por una misma persona. El estilo, la manera de tratar los asuntos es la misma, así como las expresiones utilizadas. Asimismo, la convicción con que fueron escritos es idéntica. Todo indica, por tanto, que una misma persona escribió el evangelio y la primera epístola.

De igual forma, la segunda carta de Juan es muy semejante a la primera, de modo que no hay alternativa sino concluir que también fue escrita por el apóstol Juan.

Sin embargo, es interesante observar que Juan no inicia su carta diciendo: «Carta del apóstol Juan a la señora elegida». Siendo un apóstol, él podría iniciarla de esa forma; pero no lo hace. Al contrario, se refiere a sí mismo simplemente como «el anciano». En eso podemos la humildad de Juan – la humildad de Cristo. En lugar de usar su autoridad espiritual, él escribió como un anciano, como alguien que había recibido mucho del Señor, y esta es una evidencia más de que Juan el apóstol es el autor de esta carta.

La señora elegida

¿Quién es la señora elegida a quien escribe Juan? Hay diferentes opiniones al respecto. La palabra señora, en griego, es kuria. La palabra hebraica correspondiente es la palabra marta, que significa señora, ama. Marta era un nombre muy común en esa época. La palabra señora puede referirse a una dama llamada Kuria, o ser simplemente un título, o sea, una ama, una señora de carácter noble, conocida y respetada por los demás.

Otros piensan que la palabra señora se refiere a la Iglesia universal. En 1ª Pedro 5:13, leemos: «La iglesia que está en Babilonia, elegida…». Sabemos que Pedro, en este versículo, se refiere a la iglesia en Babilonia. A causa de eso, algunos eruditos piensan que, así como Pedro se refería a una iglesia local llamándola elegida, Juan estaría también aquí dirigiéndose a una iglesia local, toda vez que una figura femenina es utilizada a menudo para representar a la iglesia.

Con relación a esta cuestión, alguien hizo de manera muy apropiada la siguiente afirmación: Sin duda alguna, el escritor de esta carta podría haber mencionado su propio nombre y también el nombre de la persona a quien le estaba escribiendo, ¡pero no lo hizo! En forma intencional y deliberada, omitió los nombres. Esto nos lleva a pensar que debió haber un motivo para ello.

Una de las probables razones es que ellos estaban viviendo una época de persecución, y mencionar nombres podría ser peligroso. No obstante, aunque los nombres hayan sido omitidos, es evidente que el autor de la carta sabía quién era la destinataria. Además, es de vital importancia recordar que, aunque desconozcamos al autor y al destinatario, la carta es parte de las Escrituras, y todo lo que en la Biblia está escrito, fue escrito para nosotros por el Espíritu de Dios. Por tal razón, creemos y aceptamos que Dios escribió esa carta dirigida a nosotros, no sólo como individuos, sino también colectivamente, como iglesia.

La iglesia al final del primer siglo

Para comprender esta carta, necesitamos entender algunas cosas acerca de la iglesia en aquella época. Recordemos que la segunda carta de Juan fue escrita ya en la parte final del primer siglo. Tras la muerte, resurrección y ascensión del Señor Jesús, desde el día de Pentecostés hasta la época en que la carta fue escrita, había pasado la primera generación de cristianos, y ya había una segunda y tercera generaciones.

En un intervalo de aproximadamente treinta años después de la ascensión del Señor, en los años 62 ó 63, el evangelio había sido predicado desde Jerusalén hasta Judea, Samaria, y hasta los confines de la tierra, esto es, Roma. Después de eso, aun pasaron cerca de otros treinta años, y es muy probable que la iglesia de este periodo ya estuviese en su segunda o tercera generación.

La primera generación ya había partido, y el anciano que escribió la carta pertenecía a la primera generación. Este hombre aún estaba vivo. Se sabe que el apóstol Juan fue el último de entre los doce apóstoles en morir. Su vida se extendió pasados los noventa años. Él era parte de la primera generación y ahora estaba escribiendo para la segunda y tercera generación de creyentes.

En la primera generación, las personas tienen una visión, recibida directamente de Dios y, por tanto, no siguen tradiciones. Son los pioneros del camino celestial, ellos ofrecen sus vidas para que se cumpla en ellas el propósito de Dios, y pagan un altísimo precio por su obediencia a la visión que les fue concedida.

En la primera generación, todo es vivo, real, fresco; hay vida y poder. Entonces, la visión recibida es pasada a la segunda generación, y se torna una tradición. La segunda generación no tiene aquella revelación directa de Dios, sino una revelación ‘de segunda mano’. No tienen, en verdad, revelación; ellos guardan una tradición. Externamente, no hay diferencia, son exactamente iguales. Sin embargo, hay una gran diferencia, pues no hay aquella revelación interior.

La forma externa se mantiene inalterada, pero la realidad interna ya no está presente, y a causa de ello, el testimonio empieza a debilitarse. Hay una buena tradición, aun correcta y ortodoxa; no obstante, aunque esté de acuerdo con las Escrituras y sea correcta, deja algo que desear. Y al llegar a la tercera generación, el nivel es aún más bajo. Esta era la situación en que se encontraba la iglesia en la época en que Juan estaba escribiendo.

El cristianismo ya había vivido su primera y segunda generaciones, y una tercera estaba arribando. En ciertas ocasiones, hubo persecución, pero el verdadero peligro para la iglesia en aquella época fue el surgimiento y penetración de falsas enseñanzas. Siempre que la realidad interna se debilita, las falsas enseñanzas y las falsas doctrinas encuentran un modo de penetrar e influenciar a la iglesia.

Cuando la iglesia está bajo la luz de la revelación y la visión, cuando ella tiene la realidad espiritual, cuando existe aquel relacionamiento vivo con el Señor, es muy difícil que las falsas enseñanzas y doctrinas engañadoras, aun de modo sutil, entren en la vida de la iglesia. Sin embargo, cuando la iglesia está debilitada y la comunión es confusa, el enemigo tratará de infiltrarse con todo tipo de falsas enseñanzas, y eso, obviamente, debilita aún más el testimonio de la iglesia.

El ministerio de Juan

El ministerio de Juan es un ministerio muy particular, pues es el ministerio de la restauración. Juan estaba remendando las redes cuando fue llamado por el Señor. Las redes, por el uso, reventaban en varios puntos, de modo que después de haber sido utilizadas, era necesario repararlas y reforzarlas en diferentes lugares, para que pudiesen ser utilizadas de nuevo. Esto describe a la perfección el ministerio del apóstol Juan. Juan fue el hombre utilizado por Dios para reparar las redes, colocar remiendos y refuerzos donde era necesario, a fin de que el testimonio de Jesús fuese restaurado.

Al ejercer su ministerio, Juan va a guiarnos continuamente a los orígenes; él siempre intentará hacernos retornar a lo que es esencial, al fundamento. ¡Él va a conducirnos de vuelta a la vida! Porque, ¿qué es más esencial, más básico y primordial que la vida misma? Por esta razón, al estudiar el ministerio de Juan, vemos que es el ministerio de la vida. Cuando todo parece estar errado, es de vital importancia que la vida sea enfatizada nuevamente, y es exactamente por ese motivo que Juan siempre regresa a esta cuestión básica, al principio de todo, la vida.

¿Qué es la iglesia? El inicio de la iglesia es la vida, y esta vida precisa permanecer hasta el fin. Si no hay vida en la iglesia, ella dejará de existir. Podrá permanecer la estructura, pero no habrá contenido alguno, no habrá realidad dentro de esa estructura. La vida es la comunión, y la comunión es comunión de vida. Si hay vida, obligatoriamente habrá comunión. Si no hay vida, no habrá comunión alguna. Por eso, el apóstol Juan, en todos sus escritos, nos conduce siempre de retorno a la vida y a la comunión.

Confusión en la comunión

El evangelio de Juan es el evangelio de la vida. Y el tema de sus tres epístolas es la comunión, pero la comunión está basada en la vida. Por lo tanto, Juan está intentando conducir a las personas de retorno a la realidad de la vida y la comunión.

Siempre que hay problemas con la vida, habrá problemas con la comunión. Cuando Juan escribe esta carta, había confusión con respecto a la comunión. En otras palabras, los creyentes en aquella época no sabían realmente lo que era la comunión. No sabían quién debería ser incluido en la comunión, ni quién debería quedar fuera. Había una enorme confusión entonces, y yo pienso seriamente, amados hermanos, que nosotros tenemos hoy este mismo problema. En el pueblo de Dios, de hecho, nosotros no entendemos lo que es la verdadera comunión. No sabemos a quién debemos recibir en comunión, ni sabemos quién debe ser rechazado. ¡Qué gran confusión tenemos hoy en día!

¿Qué es la comunión? Algunos piensan que la iglesia organizada es la iglesia de hecho, y que la iglesia no organizada son ‘grupos de comunión’, o comunidades. Ellos llaman iglesia al Cristianismo oficial, y llaman grupos de comunión a los diversos grupos procedentes del cristianismo tradicional. ¿Es éste el concepto de comunión? Algunas personas preguntan: ‘¿Por qué ustedes se llaman comunidades (grupos de comunión) y no iglesia? ¿Es porque ustedes no tienen una estructura organizacional?’. ¿Será ese el significado de la comunión?

Hay todavía aquellos que están más equivocados y piensan que la comunidad es algo menor que la iglesia. En la iglesia en Corinto, había aquellos que pertenecían a la comunión de Pablo, otros a la comunión de Apolos, otros a la comunión de Pedro. ¡Eso está errado! La palabra comunión significa, en verdad, aquello que la iglesia hace cuando está actuando.

La iglesia es una comunión y la comunión es la iglesia. Ambas son una misma cosa. Si hay iglesia, obligatoriamente habrá comunión; si hay comunión, habrá iglesia. Hay solamente una iglesia; hay solamente una comunión. La esfera de acción de la iglesia se extiende exactamente hasta donde alcanza el campo de acción de la comunión. O sea, la iglesia es tan grande como la comunión.

¿Qué es la iglesia? Son aquellos que fueron llamados fuera del mundo, reunidos en torno al Señor. Dios nos llamó de entre todas las naciones, tribus, lenguas y pueblos, y nos juntó, nos congregó en torno al nombre del Señor Jesús. «Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones» (Hech. 2:42). La comunión de los apóstoles no es otra cosa sino la comunión del Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, y la comunión de nuestro Señor Jesucristo no es otra cosa sino la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo.

Hay una comunión solamente, y esta comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo es extendida a toda la humanidad. Dios nos llamó a participar de la comunión de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, para que podamos compartir con él lo que él es.

La palabra comunión significa participación en común. En verdad, es el Señor quien comparte todo con nosotros. Nosotros no tenemos nada para compartir con él. Todo lo que podemos llegar a tener para compartir con él es porque, de alguna forma, habíamos recibido de él con anterioridad. Él es tan lleno de gracia que se dispone a compartir todas las cosas con nosotros. Él es el Hijo de Dios, y aun así, él comparte con nosotros su propia vida.

Principios que rigen la comunión

Cuando Juan el anciano escribe su carta, él dice: «…a quienes yo amo en la verdad». Este hombre de edad avanzada amaba en verdad a la señora elegida y a sus hijos. Pero no dice sólo eso, sino que continúa: «…a quienes yo amo en la verdad; y no sólo yo, sino también todos los que han conocido la verdad».

Al leer esta carta, descubrimos dos palabras claves: amor y verdad. Aunque no sea una carta extensa, y tenga apenas trece versículos cortos, la palabra amor aparece cinco veces, en tanto que la palabra verdad es usada cuatro veces. Así, podemos comprender que Juan quiere, de manera vívida y enfática, hacernos entender los dos principios que gobiernan la comunión: el amor y la verdad.

Tú no puedes tener comunión en la verdad sin tener comunión en amor. Eso te haría riguroso, áspero, frío y exclusivista. De igual forma, no puedes tener comunión en amor sin tener comunión en la verdad. Eso te haría ser demasiado liberal, tratando de incluir a todo el mundo, pero tu comunión será demasiado débil, diluida. La verdadera comunión debe ser tanto en la verdad como en amor en igual medida.

Aquello que Dios unió no debe separarlo el hombre. Sin embargo, nuestro problema es que siempre estamos intentando separar el amor de la verdad. Nosotros pensamos que, si tenemos amor, no tendremos la verdad. O al contrario, pensamos que si tenemos la verdad, no podremos amar. Por ejemplo, si tú tratas de amar a todos y a todo, ¡amarás incluso el pecado! Serás tolerante con el pecado, serás indulgente con todos, porque quieres ser amoroso; serás incapaz de disciplinar a nadie, ni aun usar de severidad cuando fuese necesario.

Nosotros pensamos que, si queremos amar, no tendremos la verdad al mismo tiempo. Por otro lado, si deseamos ser fieles a la verdad, pensamos que no podremos amar. Queremos permanecer firmes en la verdad, creemos que tenemos que luchar por ella. Pero si piensas que tienes que luchar por la verdad, acabas ofendiendo a unos y pisoteando a otros. Esto es lo que ocurre humanamente. Si tenemos la verdad, no podemos tener el amor. Es imposible para el hombre. O tú tienes la verdad, o tienes el amor.

Amor

El problema en este caso es el concepto de amor y de verdad que nosotros tenemos. Aquello que llamamos amor no es amor verdadero, y lo que llamamos verdad, no es, de hecho, verdad. La palabra usada por Juan en esta carta no es la palabra griega phileo, que significa amistad o afecto. Los seres humanos tenemos afectos, y no hay nada errado en eso; al contrario, el afecto natural es algo que nos fue concedido por Dios. Pero sabemos que los sentimientos, el afecto natural, la amistad, son cosas limitadas, que dependen fuertemente de las circunstancia.

¿Por qué dos personas se hacen amigas? En la mayoría de las veces, porque ambas tienen un temperamento semejante, comparten los mismos intereses, y por eso se atraen mutuamente, les gusta estar juntas y conversar. ¿Por qué razón sientes afecto por otra persona? Es porque la otra persona es amable, concuerda contigo y, en general, piensa y actúa del mismo modo que tú. A causa de eso, ustedes se hacen amigos; tú sientes afecto por esa persona.

Ese es el amor phileo. Pero el amor del cual habla el anciano no es phileo, sino el amor ágape. Ágape es la palabra griega que significa amor divino, un amor que no se centra en el interés propio, un amor no egoísta. Es un amor que viene del interior, y por eso, no influenciado por las circunstancias externas.

Dios es amor. Él nos ama, no porque somos amables, ni porque nos amamos o tengamos algo en nosotros mismos que nos haga atractivos. Él nos amó porque él es amor. Él simplemente ama. No importa quién seas, ni cómo estés, Dios te ama. Sea cual sea la condición en que te encuentres, ella no tendrá ninguna influencia en el amor de Dios hacia ti. Ese es el significado de la palabra ágape utilizada para expresar ese amor absoluto, no egoísta, que toma la iniciativa y permanece siempre invariable.

La verdad

A veces, nosotros luchamos por la verdad. En la historia de la cristiandad, las luchas más encarnizadas entre los creyentes no fueron por causa de la falsedad, sino por causa de la verdad. Con mucha frecuencia, nosotros entramos en conflictos por causa de la verdad, y muchas veces contendemos seriamente.

Es posible que eso ocurra aun en el matrimonio. El marido se pelea con la esposa, por ejemplo, y el desacuerdo puede llegar a tal nivel que ellos ya no desean hablarse. Hay ciertas áreas de conflicto en algunas parejas en que la divergencia es tan grande que les impide aun conversar sobre determinados asuntos. Cada uno defiende una verdad diferente.

Sin embargo, lo que está ocurriendo en esos casos es que aquello que nosotros llamamos verdad no son verdades, sino interpretaciones. La verdad es única, pero puede haber muchas interpretaciones. Nosotros luchamos unos contra otros porque creemos estar luchando por la verdad, cuando en realidad estamos sólo defendiendo una interpretación. Si estuviésemos realmente tratando con la verdad, no habría contienda alguna, pues hay sólo una verdad. Por otro lado, si estamos tratando con interpretaciones, habrá, sin duda, motivo para luchas y contiendas. Es por ese motivo que estamos divididos.

¿Qué es la verdad? Cristo dice: «Yo soy la verdad». ¿Está Cristo dividido? ¡Claro que no! Entonces, ¿por qué razón parece que la verdad causa división entre nosotros? ¡No es por causa de la verdad, sino a causa de nuestras interpretaciones! Hermanos, los principios de la comunión son el amor y la verdad. Es el amor ágape, el amor de Dios, que nos capacita a amar a los demás.

¿Qué es la verdad? Es el mandamiento que recibimos de parte del Padre (1ª Juan 3:23). La verdad es Cristo. Nosotros creemos en el Señor Jesús, en su persona y obra, y porque creemos en él, guardamos sus mandamientos, nos amamos unos a otros. La comunión está basada en la verdad y en el amor.

Ánimo

«Mucho me regocijé porque he hallado a algunos de tus hijos andando en la verdad, conforme al mandamiento que recibimos del Padre» (2ª Juan 4). Él estaba intentando eliminar la confusión que había aparecido con respecto a la comunión. Sin embargo, empieza enfatizando el aspecto positivo.

Muchas veces, cuando enfrentamos la herejía o la falsedad, nos involucramos tanto con el aspecto negativo, que llegamos a perder nuestro propio equilibrio, y de alguna manera también nos apartamos de la verdad. No obstante, de acuerdo con las Escrituras, siempre que queramos luchar contra la falsedad o la herejía, el mejor método consiste en mostrar la verdad, enfatizar la verdad, de modo que aquello que es falso quedará expuesto.

Amados hermanos, es muy interesante observar que en esta carta tan breve nos es mostrado algo acerca de la condición de los creyentes en la vida de la iglesia del primer siglo. No sabemos mucho acerca de la iglesia de ese tiempo, pero esta carta nos da algunas informaciones al respecto.

El versículo recién citado nos muestra una familia cristiana. Es probable que aquella señora fuese una viuda con muchos hijos, algunos de los cuales ya no vivían con ella, pero continuaban andando en la verdad. Ellos habían sido entrenados y criados en disciplina y amonestación del Señor y, a causa de eso, aun después de haber crecido y salido de su hogar y residiendo en otro lugar, continuaron andando en la verdad, siguiendo al Señor con fidelidad y amor.

Todo esto nos da a entender que, en los primeros años de vida de la iglesia, los hogares eran edificados en Cristo. Esto es algo que necesitamos aprender hoy. Necesitamos instruir a nuestros hijos en el conocimiento del Señor, con el amor de Cristo, con la verdad que hay en Cristo, de modo que nuestros hijos permanezcan en él y avancen en aquello que han aprendido, aun cuando ya no estén con nosotros y tal vez residiendo en un lugar distante.

Eso es algo raro en nuestros días. A menudo, no es eso lo que ocurre en las familias cristianas. Mientras los hijos están viviendo con sus padres, aparentan ser verdaderos cristianos, pero cuando se van a vivir lejos de los padres, dejan de vivir lo experimentado en casa. No hay solidez, no hay un fundamento real, no hay estabilidad. Pero sabemos, a través de esta carta, que existía esa estabilidad en la iglesia del primer siglo. Aunque habían pasado dos generaciones, en la tercera aún permanecía ese fundamento, y aquello era de gran alegría para el anciano.

Por otra parte, si la señora elegida se refiere a la iglesia, los hijos de ella son los jóvenes de la iglesia, y el apóstol está diciendo que había en la iglesia un buen fundamento, había solidez. Aunque algunos de ellos se hubiesen mudado a otras localidades a fin de estudiar o trabajar, ellos permanecieron en la verdad, continuaron andando en la verdad, siguiendo y amando al Señor.

En nuestros días, debemos tener el máximo de cuidado con esto, pues los jóvenes entre nosotros deben ser enseñados de tal modo que lleguen a ser cristianos edificados sólidamente en el amor y en la verdad. Si así ocurre, no se perderán en el mundo; por el contrario, no importa dónde estén, ellos continuarán en comunión, andando en amor y en verdad. Pienso que eso es algo tremendo.

Permanecer en la comunión

Luego, el escritor anima a la señora con estas palabras: «Y ahora te ruego, señora, no como escribiéndote un nuevo mandamiento, sino el que hemos tenido desde el principio, que nos amemos unos a otros» (v. 5).

En el primer siglo, la iglesia se reunía en las casas, no en templos o locales de reunión como sucede hoy. Algunos ofrecían sus casas para que allí se realizasen las reuniones. Es muy probable que esa viuda haya abierto su casa para que el pueblo de Dios tuviese comunión y disfrutase de su hospitalidad, pues eso era común en aquella época. Sin embargo, ella necesitaba ser alentada, pues había entrado una gran confusión en la iglesia en relación con la comunión.

Cuando la iglesia comienza a perder su vigor, su vida espiritual, el amor de muchos se enfría. Empiezan a ocurrir muchas cosas inusitadas, y es natural pensar que ya no es posible amar. Sentimos que, si estamos amando en medio de tantas cosas erradas, estaremos de alguna forma haciendo concesiones y apartándonos de la verdad. Es una reacción natural.

Es por eso que el escritor trata de animarnos. Él está diciendo que no importa cuánta confusión esté apareciendo, no importa cuánta o anormalidad estemos viendo en derredor, nosotros debemos seguir manteniendo la comunión en amor y en verdad. No permitas que aquellas cosas que acontecen a tu alrededor te aparten de la comunión en amor y en verdad. Creo firmemente que nosotros, hoy día, necesitamos de esta exhortación.

Falsas enseñanzas

Después que el anciano anima a la señora a permanecer en la comunión en amor y en la verdad, él habla del aspecto negativo. Sin embargo, antes de considerar esto, necesitamos saber un poco más acerca del contexto histórico de esta carta.

Ya mencionamos que, en los primeros años de vida de la iglesia, ellos se reunían por las casas. Pero eso no es todo. Tampoco tenían un pastor que viviese en el local de reunión. Ese tipo de sistema pastoral se desarrolló con posterioridad. En el principio, todos los creyentes eran sacerdotes, todos servían al Señor. Dios da algunos apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros para la iglesia universal. Éstos visitan las localidades ministrando a las congregaciones con el fin de perfeccionar, conducir a la madurez y equipar a los santos para que éstos puedan edificarse a sí mismos juntos en amor. Eso es lo que encontramos en las Escrituras. Ellos no iban construyendo su propio dominio ni edificando su propio reino, como acontece hoy. Ellos edificaban la iglesia de Dios, la iglesia de Cristo.

En aquella época, la iglesia no era extremadamente organizada, ni es la voluntad de Dios que la iglesia sea en extremo estructurada. Por tanto, aquellas comunidades tenían sus puertas abiertas, y recibían a cualquiera que viniese en nombre del Señor. Sin embargo, empezaron a surgir problemas. Aparecieron falsos maestros, falsos profetas, con enseñanzas erradas, que se aprovechaban de la sinceridad e inocencia de los creyentes. Ellos decían haber sido enviados por el Señor, los hermanos les daban la bienvenida, y estos falsos maestros y profetas comenzaban a introducir sus enseñanzas falsas.

Había surgido un problema: ¿Cómo se podría administrar aquella situación? ¿Cómo ejercer un control en ese caso? ¿Se podía simplemente cerrar las puertas a toda visita?

Si eres parte de un grupo que tiene una estructura muy organizada, resolver el problema es muy simple: basta con dar libre acceso sólo a aquellos que pertenecen a tu organización. Todo el que no es miembro de ella no puede entrar y ministrar. De ese modo, es fácil. Pero si tú no eres parte de una organización de ese tipo, si hay total apertura, cualquiera puede entrar, aprovecharse y desviar a toda una iglesia, pues los cristianos son muy sinceros, ingenuos, inocentes y amorosos. Este es un asunto muy serio.

Al estudiar el evangelio de Juan, descubrimos que Juan, en lo profundo de su corazón, estaba luchando contra la falsa doctrina que negaba la divinidad de Cristo. Ya en aquella época, había maestros y profetas falsos. Aquella era una herejía muy peligrosa, y por esta razón Juan escribió su evangelio. Incluso en nuestros días, muchos enseñan que el Señor Jesús es sólo un hombre, afirmando que él no es Dios.

¿A cuál enseñanza falsa se refiere el apóstol en esta segunda epístola? En la época en que él la escribió, el problema era exactamente opuesto. Aparecieron personas afirmando que Jesús es sólo Dios, y que en él, por lo tanto, no había nada de humano. De acuerdo con eso, Dios jamás se había encarnado.

Y no sólo eso, había penetrado en la iglesia la falsa enseñanza del gnosticismo. Según el gnosticismo, la materia era mala en sí misma, y por eso, ellos enseñaban que el cuerpo es malo, y preguntaban: ‘¿Cómo era posible que Dios se hubiese unido con algo que es malo?’. De esa manera, negaban que la encarnación hubiese ocurrido. El cuerpo del Señor Jesús, según los gnósticos era irreal, un cuerpo ilusorio. Ellos negaban que el Señor Jesús vino en carne; no creían en Su humanidad.

Las herejías que encontramos en la cristiandad hoy, en su gran mayoría, están centradas en la persona y la obra del Señor Jesús. Ellas se presentan de diferentes maneras. Pero esto no es meramente una cuestión de tener diferentes interpretaciones. Nosotros tenemos diferentes interpretaciones acerca de aquello que llamamos verdad, pero cuando nos referimos a la fe básica en la persona y obra de nuestro Señor Jesucristo, ya no es sólo de una cuestión de interpretación. Es una cuestión de verdad y falsedad. Y en eso consiste, de hecho, la falsa enseñanza.

Algunos visitaban las iglesias proclamando haber avanzado en el desarrollo de la fe, haciendo que ésta se volviese más aceptable desde el punto de vista intelectual. Sin embargo, haciendo esto, destruían el fundamento mismo de la fe y de la comunión. En ese contexto histórico, esta epístola nos muestra cuáles son las personas a las cuales podemos recibir, y a quiénes no debemos recibir para enseñar.

La base para la comunión

«Por tanto, recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió, para gloria de Dios» (Romanos 15:7). ¿Cómo nos podemos recibir unos a otros? Del mismo modo como Cristo nos acogió. Él nos recibió por causa de su amor ágape, y no por el hecho de que fuésemos amables o porque amamos. Él nos recibe, porque nos ama.

Cristo nos recibe en verdad. Él no va simplemente a amarnos y a decirnos: ‘No importa si has pecado o no; todo está bien, no hay problema alguno, yo te amo’. ¡No es así! Él nos recibe en verdad, porque él entregó su vida por nosotros. «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2ª Cor. 5:21).

La manera en la cual él nos recibe es en amor y en verdad. El Señor dice: «…recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió». Debemos recibirnos unos a otros en amor, porque nuestros hermanos son nacidos de Dios. Tú eres nacido de Dios, tu hermano es nacido de Dios; por tanto, no importa quién o qué sea él, tú lo amas y él te ama. Nos amamos porque la vida, Cristo, está en ambos.

Tenemos que recibirnos unos a otros en verdad. La verdad es la persona y la obra de nuestro Señor Jesús. Nosotros creemos que él es el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Creemos que él vino en carne; el Verbo fue hecho carne. Esa es la verdad, y es de ese modo que debemos recibirnos unos a otros.

Y este es también el mismo principio por el cual debemos orientarnos para recibir a alguien en nuestra comunión. No debemos recibir a nadie que no esté en amor ni en verdad. La comunión es la participación en algo común, y lo que nosotros tenemos en común es Cristo.

Si alguien no tiene a Cristo, no es nacido de Dios. Si esa persona no cree que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, ni cree que él haya venido en carne, no hay verdad en ella. Por tanto, si no hay verdad ni amor, no hay nada en común, y por eso, Juan dice: «…no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido!». Esta es una cuestión muy seria.

Hermanos, ustedes podrían pensar que tal actitud es contradictoria al amor o contradictoria a la verdad. Pero no nos debemos engañar. Nosotros sólo podemos recibir en comunión a aquellos con quienes tenemos en común la persona de nuestro Señor Jesucristo.

Los falsos maestros rechazaban al Hijo, y rechazaban, por tanto, al Padre, y a causa de eso, no había nada en común. La luz no tiene comunión con las tinieblas, la verdad no tiene comunión con la falsedad, y esa es la línea de separación.

El hecho de que no debemos recibir a determinadas personas en comunión no significa que debemos rechazarlos. De ninguna manera. Debemos amar a las personas que no conocen al Señor, debemos compartir la verdad con ellas y hablarles acerca del Señor Jesús, para que ellas puedan ser acogidas en la comunión de la iglesia. Mientras ellos no estén en el amor y en la verdad, no estarán en la comunión, pero nosotros debemos alcanzarlos por el amor y por la verdad y traerlos a la comunión.

Otro aspecto a considerar se refiere a aquellas personas que interpretan ciertas verdades bíblicas en forma diferente a nosotros. No debemos dejar de recibir a alguien simplemente porque no tiene el mismo punto de vista nuestro en relación a una interpretación de la verdad en la Biblia.

Recuerda esto: No rechaces a las personas que parecen sostener falsas enseñanzas, pero que en realidad no conocen bien la verdad y nunca han sido realmente enseñadas en la verdad. No debemos incluirlas en la categoría de falsos maestros; ellas necesitan ser ayudadas a descubrir la verdad.

Tenemos que mantenernos distantes de aquellos ‘profesionales’ que dicen tener más luz, afirmando poseer verdades más profundas. Tales personas no pueden ser bienvenidas, pues si lo hacemos nos volveremos víctimas de sus obras malignas. Eso es algo muy peligroso. No pienses que puedes mezclarte con ellas sin contaminarte, sin corromperte.

La historia nos habla acerca de algunos creyentes que intentaron mezclarse con ellos. Aquellos creyentes amaban al Señor profundamente, y sin embargo empezaron gradualmente a desviarse del Señor, porque el raciocinio humano es muy poderoso. Juan está enseñándonos el modo por el cual nos podemos mantener apartados de aquellos que propalan falsas doctrinas, de modo que la iglesia y el testimonio sean preservados puros.

Y finalmente, el anciano escribe: «Tengo muchas cosas que escribiros», esto es, él aún deseaba tener más comunión con ellos, «pero no he querido hacerlo por medio de papel y tinta, pues espero ir a vosotros y hablar cara a cara…». A pesar de los problemas que involucra la comunión, nosotros aún debemos anhelar tener comunión. No pienses que debes dejar de tener comunión a causa de los problemas que existen. Al contrario, nosotros debemos desear tener comunión, para que nuestro gozo sea completo. Aquí en la tierra, no hay cosa alguna capaz de traernos más gozo que la comunión.