Y les daré corazón para que me conozcan que yo soy Jehová; y me serán por pueblo, y yo les seré a ellos por Dios”.

– Jeremías 24:7.

Todo hombre nace bajo la esclavitud del pecado, y con un corazón duro como piedra, engañoso y perverso. En las Escrituras, cuando se habla del corazón, el término tiene un sentido moral y no físico. El corazón es sinónimo de la naturaleza del hombre, porque siempre que la Palabra se refiere a él, le atribuye las cualidades morales tales como el entendimiento, las decisiones, los sentimientos, las intenciones, etc.

El Señor Jesús, que conoce bien la naturaleza humana, dice que de este corazón perverso salen todas las cosas malas, que contaminan al hombre (Mar. 7:20-23). Él mismo se refiere a su propia naturaleza divina usando la palabra “corazón”, cuando dice: “Me suscitaré un sacerdote fiel, que haga conforme a mi corazón” (1 Sam. 2:35).

En muchos pasajes de las Escrituras, el Señor se refiere al corazón como el gran problema del hombre pecador, y él promete hacer una obra de circuncisión, una operación para cambiar ese corazón; no una circuncisión en la carne, sino la circuncisión de Cristo, hecha en el corazón (Rom. 2:29).

Esta es la obra de regeneración hecha por el Espíritu. Por la fe en la obra realizada y consumada por Cristo en la cruz, el Espíritu Santo realiza en nosotros esta circuncisión del corazón. Él nos hace nacer del agua y del Espíritu (Juan 3:5), quitando el corazón de piedra y dándonos un corazón de carne y un espíritu nuevo. Después que el Espíritu hace esta obra de regeneración, él mismo mora en este nuevo corazón, imprimiendo su ley en él (Heb. 8:10).

A partir de la regeneración, recibimos del Señor un corazón nuevo, y compartimos el mismo corazón con todos los hermanos. Un corazón y un camino, con el temor del Señor en él. Este nuevo corazón es la morada de Cristo por la fe (Ef. 3:17), el santuario del Espíritu. Ya no es un corazón corrupto, sino que ahora mana de él la vida (Prov. 4:23).

Este corazón nuevo es la seguridad de la nueva criatura. Nuestro cuerpo necesita aguardar la redención, el alma precisa ser santificada, la mente debe ser renovada; mas, el corazón es el trono del Señor, el Lugar Santísimo, de donde fluyen ríos de agua viva (Juan 7:38). Gracias a Dios por este nuevo corazón, por medio del cual podemos volvernos por completo hacia Él y conocerle (Jer. 24:7).

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