El valor del marido y la mujer en el matrimonio es exactamente el mismo, pero con papeles diferentes.

Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia”.

– Efesios 5:31-32.

Cristo y la iglesia

Todo lo que existe en esta tierra, existe por causa de Cristo. El único motivo del matrimonio es la gloria de Cristo. Dios tomó el matrimonio para mostrar a la humanidad lo que es la relación de Cristo con la iglesia. Él tomó una familia para mostrar a la humanidad la relación que él desea tener con la humanidad, de un Padre para con sus hijos.

El matrimonio nos habla de Cristo. Y si nosotros no tenemos esta comprensión, no entenderemos lo que los textos quieren decir. Por ejemplo, la Biblia no dice si la mujer puede trabajar fuera o no; pero define a la mujer como cuidando de personas. ¿Por qué? Porque la mujer produce la próxima generación de Cristo. Nuestros hijos serán el testimonio de la próxima generación, y Dios puso en las manos de la mujer el sublime papel de formar personas que darán testimonio de Cristo a la próxima generación.

Todo está ligado a Cristo y la iglesia. Entonces, vamos a abrir las Escrituras para comenzar a desvelar este misterio, que está oculto a nuestros corazones. «Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia». Entonces, el matrimonio tiene la expresa finalidad de revelar en esta tierra el amor de Cristo por la iglesia, y el respeto y el cuidado que ella tiene por su Novio.

Definiendo roles

Cualquier institución del mundo, sea ella ejército, policía, gobierno, una empresa exitosa, tiene un gráfico que muestra los papeles o roles: cuáles son los roles de un presidente, de un general, de los subordinados. El organigrama de una empresa muestra cómo esa empresa funciona.

Si nosotros hablamos sobre roles, en cualquier lugar del mundo seremos aceptados; mas, cuando tomamos la palabra de Dios y decimos que existen papeles de hombre y de mujer, el infierno se levanta contra nosotros, porque, para el diablo, no existen los roles del hombre y de la mujer. Pero Dios comienza con lo que es verdad, y en Génesis 1, 2 y 3, él define estos papeles.

Nosotros somos aceptados si hablamos de roles en cualquier institución; pero somos rechazados si hablamos de los roles dentro del matrimonio. Este es un asunto espiritual. Satanás no quiere que definamos los papeles, porque cuando un matrimonio los define, la casa funcionará de manera adecuada. Muchos matrimonios no viven bien, porque los roles son confusos. Nuestro matrimonio no tiene posibilidad de funcionar si no sabemos cuáles son los papeles.

Lo que somos

Antes de estudiar estos roles, veamos algo que está en la naturaleza de todo ser humano. Génesis 1:26: «Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra».

Este es el primer versículo sobre el ser humano. Si no lo comprendemos bien, no entenderemos cómo funcionamos. El texto nos enseña que nosotros somos la imagen y semejanza de Dios. Esto vale para los hombres y para las mujeres. Pero, imagen y semejanza, ¿en qué? Permítanme mostrarles algo.

Imaginen que la parte superior de mi cuerpo representa a Cézar, quién soy yo, mi identidad, mi autoestima, mi yo. Mi identidad sobre dos piernas que, si están bien firmes, me sirven para caminar en esta vida. Entonces, miren las dos piernas que el versículo nos muestra. ¿Dónde es que el hombre es imagen y semejanza de Dios? En primer término, el versículo dice: «Hagamos…». Está en plural: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.

Relacionamiento y trabajo

La primera pierna tiene que ver con el relacionamiento. El ser humano fue creado para relacionarse con otros. Necesitamos relacionarnos. Por más hermético o por más tímido que usted sea, necesita relacionarse. El primer relacionamiento para el cual el hombre fue creado, es con Dios; en segundo lugar, fuimos creados para relacionarnos unos con otros. Entonces, ¿en qué somos la imagen de Dios? En que Dios es relacional, y él nos creó también como seres relacionales.

El texto también dice: «Señoree en los peces… en las aves… y en todo animal». Entonces, la segunda pierna consiste en que todo ser humano fue creado para un trabajo, para desarrollar un papel en esta vida. En resumen, el ser humano es edificado sobre relacionamiento y trabajo.

¿Cómo podemos probar esto en otros pasajes de la Escritura? Jesús fue Hijo (relacionamiento), mas también fue Siervo (tuvo un trabajo) en esta tierra. Veamos más. Cuando alguien se convierte, es hecho hijo de Dios. «Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Juan 1:12). Y el Espíritu Santo vino sobre nosotros y nos bautizó con al menos un don o servicio. Esto es claro en las Escrituras.

¿Qué tiene que ver esto con el matrimonio? Todo. Porque, si ambas piernas no están bien desarrolladas, el matrimonio sufre. Por ejemplo, hay personas que son principalmente relacionales; pero no trabajan, son indefinidas profesionalmente. Al contrario, hay hombres que son muy trabajadores, pero son indiferentes con su familia, y eso también genera problemas matrimoniales.

Existen personas que tienen ambas piernas, pero son débiles; ninguna de sus piernas es fuerte. Hay personas que ponen el trabajo por sobre el relacionamiento, y su desenvolvimiento emocional es lento. Yo hice esto en mi matrimonio. Trabajaba catorce horas al día. ¿Cómo podría darles atención a mi esposa y a mis hijos?

Equilibrio

Si nuestras dos piernas no están bien equilibradas, no tenemos condiciones para desenvolvernos con normalidad en el matrimonio. Presten atención a esto. Jesús, durante treinta años, estuvo en la condición de Hijo; después, durante tres años, estuvo sirviendo al Padre. Después de permanecer tantos años quieto, Jesús abre su boca, y lo que declara es aquello que él hizo a lo largo de todos esos años.

Si yo paso diez años sin ver a un amigo, cuando me encuentre con él, él me hablará de todo lo que hizo durante ese tiempo. Oigan lo que el Señor Jesús comenzó a decir en su primer sermón: «Y cuando ores, no seas como los hipócritas … Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público» (Mat. 6:5-6).

Jesús pasó treinta años teniendo comunión con el Padre – la pierna del relacionamiento. Él trabajó aquellos treinta años, pero su énfasis fue conocer al Padre. A los doce años, él tenía tanta claridad acerca de eso, que cuando sus padres terrenales le preguntan por qué se había quedado en Jerusalén, él solo responde: «¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?» (Luc. 2:49).

Su primer sermón es completo en relación al Padre: «Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro, para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público» (Mat. 6:17-18).

Jesús pasó 30 años relacionándose; por eso, su servicio fue tan equilibrado. Él sabía que lo más importante en la vida es el relacionamiento con Dios y con las personas.

Hace diez años, yo entendí esta verdad. Y entonces, llamé a mi esposa y a mis hijos, y les pedí perdón, por haber priorizado el trabajo y no el relacionamiento. El trabajo que aísla a las personas no es agradable a los ojos del Señor. El trabajo es necesario para atender a los nuestros. El Señor hizo así nuestro corazón, porque él está buscando dentro de nosotros un lugar de reposo para sí mismo.

Tipología con precaución

«Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra. Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer» (Gén. 1:28-29).

Hay un punto extremadamente importante, que necesita ser bien comprendido por todos. Se nos ha enseñado que el hombre es la cabeza, y que la mujer se somete, y eso es una verdad en las Escrituras. Sin embargo, necesitamos entender una cosa: la tipología de Cristo con la iglesia tiene que ser vista con algunas reservas.

Cristo es el Novio perfecto, y la iglesia es imperfecta. Cuando comparamos nuestro matrimonio con esa realidad, debemos recordar que los seres humanos somos imperfectos. Entonces, la tipología debe ser usada con precaución. Los hombres somos imperfectos; necesitamos de ayuda en nuestra edificación, lo mismo que las mujeres. Con esto en mente, veamos lo que los versículos están diciendo.

Gobierno compartido

El versículo 27 dice: «Varón y hembra los creó». Y después, Dios manda que ellos gobiernen la tierra. Pero habla en plural. ¿Quién gobernará la tierra? Los dos. Presten atención a esto. El gobierno es conjunto, con roles diferentes. Dios me ha dado una tierra para administrar, yo, mi esposa y mis hijos. Sin embargo, este es un gobierno compartido, donde yo tengo el papel de cabeza, y ella, de auxiliar.

Si no comprendemos que el gobierno es conjunto, corremos el peligro de que el hombre no escuche a la mujer; entonces, ella no será nuestra auxiliadora. Les daré una prueba bíblica de lo que les estoy diciendo, pero es preciso que esta verdad sea bien asentada en el corazón de los hermanos.

El hombre tiene el poder de decisión, pero la mujer tiene el poder de auxiliar. ¿Hay alguien que sea mayor? Es muy triste cuando los hombres se sienten mayores que las mujeres. En 1ª Corintios, Pablo dice que el hombre depende de la mujer, y ella depende del hombre. Entonces, el valor de ambos es exactamente el mismo, con papeles diferentes. Tenemos un mismo valor; somos iguales.

Mismo valor, distinto rol

Satanás puso en el mundo, hace muchos años atrás, la idea del machismo, según la cual el hombre es mayor que la mujer. Hoy, Satanás invirtió esto, y sembró la idea del feminismo, donde la mujer es mayor que el hombre. Sin embargo, el pensamiento de Dios es que ambos tienen un mismo valor, aunque con roles diferentes. Yo tuve muchos conflictos innecesarios por no entender este principio. Cuántas veces yo no escuché a mi esposa, cuando ella traía una voz que era de Dios, porque yo creía que, siendo la cabeza, era yo quien tenía que decidir.

Mujeres, yo estoy haciendo lo que el Señor hizo, cuidando de ustedes. Pero recuerden lo que Dios dijo a Adán: «Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer… maldita será la tierra por tu causa» (Gén. 3:17). Mujeres, ustedes pueden traer palabras que acarreen maldición sobre el hogar. Ustedes son auxiliadoras; ustedes no son Dios. No todo lo que ustedes hablan es correcto; hay cosas que ustedes dicen que son erradas. Por eso, Dios no les ha permitido tomar el lugar de cabeza.

Gracias a Dios, la mujer tiene una característica emocional más fuerte. Sin embargo, la emoción puede variar de día en día, y no es confiable. La mente debe gobernar la emoción, y no al contrario. Por eso, Dios no dio a la mujer el gobernar como cabeza. Es simplemente así. Aunque hay diferencias, no hay cambios de valor.

«Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él» (Gén. 2:18). Es como si el Señor hubiese mirado a Adán, pensando: «Es seguro que este varón se va a equivocar; le haré, pues, una auxiliadora. No será capaz él solo; necesita ayuda para gobernar su casa». Y aquí voy a explicarles un principio que es muy singular.

Imaginemos que somos invitados para construir un camión, junto a otros ingenieros. Piensen con una mente de creador. Dios es el Creador; él  construyó a Adán y a Eva. Entonces, en la construcción de un camión, ¿cuáles serían las primeras preguntas que ellos harían? «¿Para qué es el camión? ¿Será para carga pesada o carga liviana? ¿Transitará solo en la ciudad o fuera de ella? ¿Va a maniobrar en lugares estrechos o en lugares amplios?».

Función y estructura

Ahora, pongan atención. La función determina la estructura. Todo creador tiene eso en mente. Si ese camión fuese para carga pesada, su eje tendría que ser mayor, del mismo modo sus neumáticos; porque la función determina la estructura.

Miren lo que la ciencia descubrió en relación al hombre y la mujer. Esto es científico. La ciencia de la oftalmología dice que la visión del hombre tiene un ángulo visual estrecho y largo. El hombre no tiene visión lateral; solo consigue mirar al frente. Por eso, hermana, si usted le pide a su esposo o a su hijo ir a buscar un objeto allá, al segundo cajón del lado izquierdo, él abre el cajón… y no encuentra nada.

¿Ha experimentado eso? No es que nosotros seamos limitados; simplemente, no logramos ver a los lados. Porque nuestra visión es central y hacia el frente. ¿Cuál es la función que nosotros ejercemos? El gobierno, el ser cabeza. La cabeza tiene que observar a dónde quiere llegar; tiene que mirar hacia adelante, para ver hacia dónde está llevando su casa.

Ahora, veamos cómo es la visión de la mujer. La ciencia dice que la mujer observa en ángulo corto y abierto. Entonces, ella ve todas las cosas que son inmediatas. Por eso, la mujer logra realizar cinco tareas al mismo tiempo. ¿Por qué la mujer ve de esta forma? Porque su papel es el de auxiliar; ella tiene que ver todo lo que es más cercano.

Aprender a sumar

Ahora, sumemos las dos visiones. Si un hombre se queda observando allá al frente, solo con su propia visión, tropezará en las piedras que están más cerca en su camino. Pero, si nos quedamos solo con la visión de la mujer, y comenzamos a ver la vida de esta manera, perdemos el rumbo al cual tenemos que ir. Por eso, dependemos de las dos visiones para hallar el camino del Señor.

Algunos años atrás, me reuní con un grupo de hombres para estudiar la Biblia. Estudiamos durante dos años. Cuando llegamos al asunto de la educación de los hijos, después del primer estudio, los hombres quedaron muy abatidos, porque las mujeres les alertaron sobre los peligros de los hijos, y ellos no les habían prestado atención, porque insistían en mirar hacia el frente.

Entonces, necesitamos aprender a sumar la visión. Este versículo de Génesis 2 pone a los hombres en el lugar en que ellos requieren estar. Nosotros necesitamos de alguien que nos complemente. Solos, no conseguimos entender la voz del Señor.

Cito un ejemplo. En Génesis capítulo 16, un matrimonio tiene problemas. Abram y Sarai. En hebreo, Sarai significa conflictiva. Después de muchos años, ella no tenía hijos. Desesperada, Sarai dijo a su esposo: «Toma a Agar, acuéstate con ella y ten un hijo; Agar será la madre biológica y yo seré la madre del corazón». Ella resolvió el problema que estaban viviendo… y creó un problema para todos nosotros, con Ismael, el padre de los árabes, que es el conflicto que el mundo vive hasta hoy.

Sin embargo, en Génesis 21, Dios ya había cambiado el nombre de Abram a Abraham, y de Sarai a Sara. Sara significa princesa. ¿Cuál es la principal característica de una princesa? Hermanas, aprendan esto, porque ustedes necesitan ser hijas de Sara (1ª Ped. 3). La principal característica de una princesa es la discreción. Ella se pone detrás del esposo, y le susurra al oído lo que es necesario que él sepa. Ella auxilia al marido, pero lo hace con discreción.

Allí, Sara, una mujer transformada, vive una nueva crisis. Ismael se burlaba de su hijo, y Sara, como toda madre, se ofendió. Entonces, ella habló a su marido de forma discreta: «Echa a esta sierva y a su hijo, porque el hijo de esta sierva no ha de heredar con Isaac mi hijo».

Abraham consultó al Señor. «Entonces dijo Dios a Abraham: No te parezca grave a causa del muchacho y de tu sierva; en todo lo que te dijere Sara, oye su voz, porque en Isaac te será llamada descendencia» (Gén. 21:10, 12).

En aquel momento, ¿quién tenía la voz de Dios? Sara. La mujer también recibe la voz de Dios en el matrimonio. Sin embargo, es responsabilidad del hombre discernir si aquello es o no es de Dios. Es muy triste cuando un matrimonio no sabe dialogar y sumar las opiniones.

Oyendo a Dios

Entonces, presten atención. Hoy, ¿cómo un matrimonio conversa con eso en mente? Nosotros no estamos tras la opinión de la mujer, ni la opinión del hombre, sino tras la opinión de Dios, venga por boca del hombre o por boca de la mujer. Necesitamos sumar nuestros papeles, cesar de discutir, y aprender a considerar si lo que el otro está diciendo concuerda con las Escrituras. No es una mera cuestión de gobierno del hombre y de sujeción de la mujer, sino que necesitamos de la visión del hombre y de la mujer para entender lo que hemos de hacer en la vida.

Les contaré una historia triste, tal vez una de las más tristes que yo viví. A mí me agrada mucho relacionarme con las personas; pero mi esposa es mucho más coherente que yo. Teníamos un matrimonio amigo, a los cuales les gustaba cocinar, y nos llamaban a menudo para comer. Nosotros íbamos, hasta que, un día, mi esposa me dijo: «Cézar, no sé por qué, pero estoy intranquila con esta amistad».

La primera vez que ella me habló, no le di mayor importancia al asunto. Pero ella me lo volvió a decir. Y yo comencé a argumentar: «Tú eres mala para relacionarte; no te gusta relacionarte. No es posible, si solo vamos allá a comer». Mi esposa se calló, y enpezó a orar. Después de algunas semanas, aquella hermana me confidenció que se estaba enamorando de mí. Y eso no es lo peor. Yo trabajaba mucho en ese periodo. La hermana me contó aquello, y me dijo que a ella le gustaría hablar con mi esposa. Yo estaba tan cansado de mi trabajo, que le respondí: «Está bien».

Ella abrió su corazón con mi esposa, y yo creé un problema grave en mi casa. Nunca tuve ningún pensamiento con esa mujer, pero caí en una situación gravísima, porque no me detuve para orar por aquello que mi auxiliadora me estaba advirtiendo. Hoy, cada vez que tenemos opiniones diferentes, yo, el hombre, que represento al sacerdote, tomo la mano de ella, y oro por aquel asunto, porque no estoy interesado en la opinión de ella, ni aun en mi propia opinión, sino en lo que Dios nos está hablando.

¡Cuán grave es cuando un matrimonio no sabe dialogar! Cuando no hay conversación, ellos pierden el vigor emocional, se distancian uno del otro y evitan conversar, porque siempre se producen conflictos. Pero, entretanto, necesitamos entender que dependemos cada uno de la voz del otro, para discernir la voz de Dios.

La voz de Dios es muy clara, pero nosotros tenemos dificultad para oír. Por eso, en el matrimonio, necesitamos de cuatro oídos: dos del hombre y dos de la mujer. El problema no está en Dios; él habla todo el tiempo, y con sencillez. El problema está en nosotros. Nosotros tenemos dificultades para oír la voz de Dios; nos distraemos con mucha facilidad. Por eso, necesitamos de la otra persona que nos ayude a discernir la voz de Dios.

Mirarse a los ojos

«Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del varón fue tomada» (Gén. 2:23). Dios hace que Adán dé un nombre para los dos. ¿Cuál es el nombre que Adán dio para él y para Eva? Varón y Varona. La Biblia es hermosa; ella acaba de hablarnos de la auxiliadora. Indirectamente, nos muestra que es el hombre quien gobierna.

¿Saben lo que significan las expresiones Varón y Varona en hebreo? «Aquel que mira a los ojos». Un matrimonio tiene que aprender a mirarse a los ojos, hablar la verdad, emitir sus opiniones, mostrar cómo están entendiendo las cosas de parte de Dios. Si hay una cosa que los matrimonios hacen poco hoy, es ser Varón y Varona, es mirar a los ojos del otro, con proximidad, con un corazón limpio y verdadero, diciendo aquello que está aconteciendo.

Si usted quiere salvar a sus hijos, necesita poner en práctica lo que hoy ha oído, usted necesita buscar un complemento en su compañero o compañera. Necesita sentarse con él, mirarle a los ojos y conversar sobre las cosas que están ocurriendo dentro del hogar. Todo esto es muy serio, y esta es la base de todo.

Conversar: un arte

Yo fui muy deficiente en todo aquello que ahora estoy enseñando. En cierta ocasión, cuando tenía unos diez años de matrimonio, yo estaba conversando con mi esposa. Ella estaba sentada a la mesa, y yo le respondí de forma airada. Entonces ella me dijo calmadamente: «Cézar, ni siquiera has esperado que yo terminara la frase».

En aquel momento, el Espíritu Santo grabó esa escena en mi mente. Después, durante meses, conversé con mi esposa, siempre diciéndome a mí mismo: «Quédate tranquilo, aprende a escuchar». Y ese fue el primer paso que di para aprender a oír la voz de Dios a través de mi esposa.

Necesitamos con urgencia aprender el arte de la conversación. ¿Qué es lo que generalmente acontece en un matrimonio? El hombre se calla, se distancia, y la mujer empieza a desesperarse. Como ella tiene una visión inmediata, ve muchos problemas dentro de la casa, que el hombre no capta, porque la visión de él está allá en el frente. Solo que, como él está distante, cuando la mujer comienza a hablarle, él piensa que ella está creando problemas, viendo algo que no existe.

Entonces la mujer se queda quieta durante un tiempo, y después, ella habla de nuevo. Pero el hombre no oye, hasta que, después de uno o dos meses, ella explota. ¿Es más o menos así? Yerra el hombre y también yerra la mujer. El varón necesita tener el coraje de llamar a su esposa para conversar sobre las cosas. No hay diálogo si un hombre no sabe oír.

Hablando lo necesario

«Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz» (Gén. 1:3). Dios crea en seis días todo lo que existe, por medio de la palabra. En Génesis 2, Adán habla. Como si hubiese un ‘desorden’ en la creación –si es que se puede decir que en lo creado por Dios hay desorden–, ningún animal tenía nombre.

«Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre» (Gén. 2:19).

En Génesis 1, Dios habla; en Génesis 2, Adán habla. Sin embargo, en Génesis 3, Adán guardó silencio. Él estaba cerca de Eva cuando la serpiente conversaba con la mujer, pero él se quedó quieto. Y, cuando el hombre calló, las tinieblas invadieron su hogar.

Si usted no se posiciona en su rol, las tinieblas invadirán su hogar. Y no es cuestión de hablar mucho, pues los seres humanos no necesitan hablar demasiado. El Señor Jesús vivió 33 años, y nosotros leemos los cuatro evangelios en diez horas.

No es cuestión de hablar mucho, sino de decir lo que es necesario. Y, si la mujer habla mucho, el hombre callará, porque ya hay alguien que está hablando.

Científicamente, la mujer habla cerca de 15.600 palabras por día; el hombre habla un poco más de 7.500 palabras. ¿Por qué la mujer habla más del doble? Porque ella observa los detalles. Hay muchas cosas que ella está viendo. Esa es su función. Por eso, la mujer se desespera cuando está observando muchas cosas. Y se desespera, porque ella tiene cincuenta informaciones en su mente.

En un determinado momento, el matrimonio necesita de diez informaciones. El hombre tiene cinco, ¡pero la mujer tiene cincuenta! A medida que él conversa, su mujer coloca todo lo que ella está viendo; él filtra aquello y toma las otras cinco informaciones que faltan.

Y, ¿qué es lo que hace la mujer con las otras cuarenta y cinco? Ella queda en paz, porque solo aquellas cinco son necesarias en aquel momento. Después de tantos años oyendo a las mujeres, sé exactamente lo que acontece.

El secreto está en cómo ambos se mirarán a los ojos y conversarán juntos. Todos los matrimonios están expuestos a que las tinieblas entren. Tenemos que lanzar luz diaria en nuestro matrimonio; porque si no, las tinieblas entran, y acontece lo que ocurrió en Génesis.

Razón del fracaso

«Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales» (Gén. 3:7). Cuando no logramos conversar, comenzamos a esconder la verdad. Por eso es que matrimonios antiguos se separan.

Tiempo atrás, conocí a un matrimonio que se separó tras 51 años de casados. Estas tragedias ocurren, y pueden acontecer con cualquiera de nosotros, porque dejamos de mirarnos a los ojos, dejamos de conversar, y nos distanciamos. Comenzamos a esconder nuestra verdad. Cuando las mujeres manifiestan que no están bien, ellas pueden ya estar deprimidas, y abrigando pensamientos de separación.

Una vez fui a un campamento de mujeres, con más de quinientas asistentes. Una hermana, predicando, preguntó: «¿Cuántas de ustedes han tenido pensamientos de separación?». Una media docena levantó la mano. Luego, preguntó: «¿Cuántas hermanas aquí han tenido pensamientos de viudez?». Todas levantaron la mano. La muerte resuelve muchas cosas. Cuando el matrimonio no está bien, la mujer es tomada por pensamientos extraños. ¡Qué triste es eso!

Expresando el amor

Algunos hombres se escapan a la televisión, a la pornografía; huyen a otras cosas de la vida. Todo eso solo refleja nuestro distanciamiento.

No es natural un matrimonio en el cual los esposos se sientan juntos solo en la reunión; no es natural no tomarnos de la mano en el día a día. Lo natural en el pueblo de Dios debería ser expresarnos el amor en todo tiempo; debería haber un diálogo permanente, una oración diaria; el matrimonio orando todos los días, por sus cosas, revisando sus corazones delante de Dios.

Eso debería ser lo natural; pero nosotros comenzamos a esconder nuestras verdades, dejamos de decir a nuestro compañero o compañera lo que pensamos.

Hay hombres que pasan mucho tiempo sin tener intimidad conyugal, y no tienen la valentía de revisar esta situación con sus esposas. No tienen coraje de orar con ellas. Amados, eso no es iglesia. La iglesia comienza en el hogar.

Es importante que oremos en la asamblea, pero es mucho más valioso ejercitarnos en casa. Nosotros perdemos eso, porque no sabemos tener un gobierno conjunto. Somos la cabeza, la mujer se debe someter; y resumimos todo en eso. Y eso está errado. Sí, somos la cabeza; sí, la mujer se va a someter. Pero necesitamos expresar la gloria de Cristo; necesitamos mostrar cuánto Cristo visita a la novia. Necesitamos visitar a nuestras esposas todos los días, trayendo la Palabra al corazón de ellas. El Señor nos dé gracia. Amén.

Síntesis de un mensaje oral impartido en Temuco (Chile), en mayo de 2015.