…hasta que venga Siloh”.

– Gén. 49:10.

Dios acerca al pecador a su lado y le invita a leer el relato de su misericordia.

Los labios de un moribundo fueron los primeros en pronunciar esta palabra. ¡Qué fácilmente se cierran los ojos en esta vida y se vuelven a abrir en la expansión de la eternidad!

En esa hora se debe tener la esperanza de que Siloh, que es Cristo, será el apoyo firme y la presencia que con su luz alumbrará ese valle oscuro.

La escena que nos introduce a esta palabra es muy solemne, pues la muerte y la alegría aparecen juntas. El anciano patriarca estaba al final de su azaroso y difícil viaje por la vida. No obstante, ante él se abría el tan esperado reposo.

También nosotros nos vemos acosados por grandes tempestades, pero luchemos con confianza, porque esas aguas turbulentas llevan al creyente, en rápida corriente, a la calma del descanso eterno.

Un legado de bendiciones

Siloh fue casi la última palabra de aquel padre que se moría. ¡Qué hermoso es dejar un legado de bendiciones reconfortantes a los que nos rodean! ¡Qué precioso es dirigir los pensamientos de los entristecidos hacia Aquel que abolió la muerte y reunirá a todos sus hijos en un hogar de perfecta unión!

Siloh. Este nombre es dulce, y a la vez potente. Dulce porque es de Uno cuyo nombre es como ungüento derramado. Potente porque es de Aquel cuyo nombre es sobre todo nombre. Es como un mensaje con el que Dios ilumina la mente humana.

El Señor se deleita en revelar a su pueblo las riquezas de su bondad y gloria. Por eso, aunque los más altos ángeles deben cubrir su rostro para adorar ante su trono, Dios acerca al pecador a su lado y le invita a leer el relato de su misericordia. Por medio de sus nombres y títulos, Dios nos da nuevos conocimientos y aumenta nuestra emoción. Cada nombre parece revelar un atributo, pero Siloh es un verdadero chorro de luz. ¡Haga el Espíritu Santo que recibamos su significado!

El don inefable de Dios

Siloh significa Enviado. «Ve a lavarte en el estanque de Siloé (que traducido es, Enviado)» (Juan 9:7). Parece como si aquí Jesús nos presentara sus credenciales. Lo que nos quiere hacer notar es que no viene sin autoridad, sino que, por el contrario, viene como representante de una corte real. Sí, verdaderamente Cristo viene para traer un mensaje de un reino lejano; para declarar la voluntad del gran Soberano.

¿Quién, pues, le ha enviado? Escuchemos una de las muchas respuestas que las Escrituras dan en sus páginas: «En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados» (1 Juan 4:9-10). Así pues, el Padre eterno envía al Hijo eterno. Adoremos a Jesús por el amor que le hizo venir a esta tierra. Adoremos al Espíritu por su amor al hacernos ver su obra, y oír su voz. Adoremos, con todo nuestro corazón, al Padre que envió a su amado Hijo.

El manantial de la redención está en lo profundo del corazón del Padre. El primer eslabón de la cadena dorada de la salvación está en las manos de Dios. Fue Dios quien decidió enviar un Salvador. «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…». «Mas Dios muestra su amor para, con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros». Esforcémonos en medir la grandeza de ese amor por la grandeza del Enviado.

Un Enviado incomparable

Las Escrituras dicen: «Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo». Si Dios hubiese ordenado que los ejércitos celestiales descendieran con gran gloria, la embajada habría sido, ciertamente, muy brillante. Pero comparada con Jesús hubiera parecido poca cosa. Cristo es tan superior a las multitudes de ángeles, como el Creador lo es a la cosa creada. Cuando aquellos no existían, Él vivía desde la eternidad. ¡Cuánto más precioso es él que los ángeles!

Pero, ¿no hubiera podido otro enviado cumplir la misión? Imposible, porque la obra a realizar era la redención del pecador. Una justicia infinita tenía que cubrir al injusto. Por eso necesitamos a Jesús. Por eso Jesús es enviado al mundo. Nuestros pecados, infinitos en número y en gravedad, tenían que ser expiados, y, por consiguiente, Jesús vino al mundo. Solo Jesús puede expiar y propiciar.

Creyente, en Siloh puedes ver la ternura y misericordia del Padre. Ha enviado tanto para salvarte, que no podía enviar más. Lee en las Escrituras acerca del valor inmenso de tu alma. Solo los méritos de Siloh pueden comprarla. Lee del sufrimiento indescriptible de los que se pierden. Solo Siloh fue capaz de soportarlo en tu lugar. Lee las glorias inconcebibles que esperan a los redimidos. El cielo tiene que ser maravilloso porque ha sido adquirido con la sangre divina del Enviado.

Siloh. Esta palabra también significa «el que lo tiene todo reservado… el que es poseedor del reino… el heredero de todas las cosas». Por lo tanto Jesús se nos revela como sentado en el trono glorioso de la redención. Esta verdad resuena con potencia en las Escrituras: «Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido». Éste es el propósito, y la promesa, que proporcionan tan gran confianza a nuestra fe.

¿De qué servirá la loca rebelión del mundo contra Siloh? ¿De qué servirá que unos pies impíos pisoteen las verdades de Jesús? ¿De qué servirá que el pecado parezca enseñorearse del mundo? Siloh se burla, riéndose, de sus enemigos. En su estandarte triunfal está escrito: Mío es el reino, y el cetro y el poder.

«Pero yo he puesto mi rey sobre Sion, mi santo monte». «Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies». Un poco más, y Jesús vendrá para tomar su reino y su poderío, y los inicuos guardarán silencio en las tinieblas.

Creyente, no estés triste porque no veas aún todas las cosas bajo su dominio. Siloh vencerá. Recuerda cuántas maravillas se sucedieron a la predicación de su Nombre. Mira y goza con la vista de los campos preparados para la siega. El que sigue a Cristo va en pos de un Conquistador que avanza de triunfo en triunfo. Muy pronto todos sus enemigos, Satanás, la muerte y el infierno, se debatirán presos en las cadenas del cautiverio.

Este reino está reservado para Siloh. Seguramente muchas veces habrás orado: «Venga tu reino». Pues bien, ya está muy cerca. ¿En qué estado te encontrará? ¿Te dice la fe que has de heredar ese reino? ¿O te hace temblar tu conciencia porque, tal vez, la gloria de Cristo será tu vergüenza eterna? Prepárate para ir a su encuentro. El reino de Siloh está a las puertas.

El Hijo de Dios

Siloh aun contiene otro mensaje; significa: «Su Hijo». Pero, ¿hijo de quién?, preguntamos. La fe, tomando la visión más amplia, contesta que Hijo de Dios, puesto que los pensamientos de Jacob estaban fijos en Dios; y también Hijo del Hombre, porque Jacob estaba hablando de Judá. Por tanto este nombre anuncia la deidad y la humanidad de Cristo.

Jesús es el Hijo de Dios, y esto constituye la llave del arca de la salvación. Cristo es uno con el Padre. Uno en naturaleza, uno en esencia, uno en atributos. Es, en todos los sentidos, coeterno con el Padre, y de su mismo rango. Es, de eternidad a eternidad, el Dios Todopoderoso. Antes de que los mundos existiesen, él era Dios, y seguirá siéndolo por los siglos. Los que no conocen a Dios en Cristo no tienen esperanza de salvación. Hubiera sido una burla decir: «Mirad a mí, y sed salvos», si el que hablaba no hubiese sido divino. La iniquidad de un alma manchada por el pecado no se puede borrar con algo menor.

No nos cansamos de repetir que cada pecado es un mal infinito, y, por lo tanto, requiere una expiación de mérito infinito. Lo maravilloso es que, en Siloh, se encuentra toda la infinitud. Cristo tiene todo el poder para quitar los innumerables pecados de la gran multitud de los redimidos. Él puede cubrirlos con la justicia requerida para entrar en el cielo, y él los presentará gloriosos ante el trono de Dios y los rodeará de gloria para siempre. Todo esto lo puede hacer porque es Siloh, el Hijo de Dios.

Hijo de Judá

Por otra parte, Siloh también puede significar Hijo de Judá. Siendo así, nos encontramos aquí con otra señal de la profetizada «simiente de la mujer». Cristo será el León de la tribu de Judá, es decir, que a través de una de las hijas de Judá se revestirá de nuestra pobre carne y nacerá en una ciudad de Judá. Ésta es la gran maravilla de cielos, tierra e infierno por todas las edades. Esto debe llenarnos de adoración y alabanza, porque aquí vemos la más preciosa prueba de su amor, y la demostración de su poder para redimir.

Este hecho hay que sopesarlo bien. Si Cristo no fuese verdadero hombre, entonces su muerte no hubiese propiciado la ira de Dios, ni su sangre hubiera expiado el pecado, ni seríamos justificados por su justicia, ni habría un camino para ir a Dios. Él está infinitamente alejado del hombre, y éste se halla muy por debajo de Dios. Pero Siloh ha venido para hacer, de los dos, uno.

Nuestra paz

Siloh también significa Pacificador. ¡Qué nombre más dulce para el pecador! Bien sabe éste que el pecado crea una terrible enemistad. El corazón de Dios se llena de ira y sus manos se alzan para destruir. Pero al venir Siloh a la tierra, la ira se aparta y el amor y la paz vuelven a reinar, porque hace desaparecer la causa de la ruptura. El pecado queda hundido en el océano de su sangre. Cuando Dios ve al pecador unido a Cristo, le ama, le bendice, le honra y le glorifica, porque Siloh es nuestra paz con Dios.

Y, por último, Siloh hace que las aguas tranquilas de una paz perfecta discurran sobre el turbado fondo de un alma despierta. Cuando el Espíritu hace que la conciencia se dé cuenta de lo que en realidad somos y merecemos, ¡cuánta angustia nos invade! No puede haber felicidad ni esperanza hasta que Siloh nos lleva a su cruz; pero cuando vemos que todo el castigo desciende sobre Él, entonces sentimos que nuestros temores se calman.

Todo el problema de la vida, con sus amenazas de pobreza, sufrimiento e inquietud, deja de inquietarnos. El que tiene a Cristo en su corazón no tiene espacio para nada más que la paz; la única voz que oye es la del Príncipe de Paz que le dice: «La paz os dejo, mi paz os doy». Así pues, éste es el Siloh –el Enviado– que aquel patriarca moribundo prometió. Y, en efecto, en su día vino y ha cumplido su misión.

Lector, no apartes este frágil testimonio hasta que puedas decir que conoces a Cristo, que le amas y que gozas de la unión con él.

De El Evangelio en el Génesis