La experiencia de tres años y medio de los apóstoles junto al Señor cambió radicalmente sus vidas. Sus existencias anónimas, desperfiladas y rutinarias se alteraron de la noche a la mañana en ciento ochenta grados. Ellos no fueron nunca más los mismos. Los que otrora fueron gentes “sin letras y del vulgo”, se impregnaron de divinidad, hallaron un motivo de vivir, y se convirtieron en embajadores del cielo en la tierra.

Basta solo con imaginar lo que habrá significado compartir con Jesús 24 horas al día, durante tres años y medio. ¿Cuántas palabras, cuántos gestos, cuántos silencios y miradas grabados en la memoria? ¿Y el acento de su voz? Inolvidable, verdaderamente inolvidable.

Juan dijo una frase que puede parecer una exageración, pero que no puede dejar de considerarse: “Y hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir”. ¿Una exageración? ¿Puede ser una exageración, si un escritor norteamericano del siglo XX ha escrito un libro de casi mil páginas sobre lo ocurrido a su héroe en un día de su vida, es decir, en 24 horas, más encima una vida gris y deslucida? Un día del Hijo de Dios debió de ser tan intenso, tan rico, y más significativo que mil años de los de un hombre común, si los tuviera.

Hay un par de hechos atribuidos a Pedro que dan cuenta de la huella profunda que debe haber dejado en su corazón el haber conocido a Jesús. Tal vez estos hechos no gocen de general credibilidad, pero son muy ilustrativos.

En el evangelio de Marcos hay algo que ha llamado la atención a los comentaristas: es el único evangelio en que se han conservado algunas expresiones del arameo, la lengua vernácula del Señor. Una de esas expresiones es “Talita cumi” (“Niña, a ti te digo, levántate”) usada por él cuando resucitó a la hija de Jairo.

El erudito William Barclay hace el siguiente comentario de este hecho: “¿Cómo logró entrar esta breve expresión aramea en el griego del Nuevo Testamento? Solo puede deberse a una razón: Marcos obtuvo la información de Pedro. La mayor parte del tiempo, al menos fuera de Palestina, también Pedro habrá tenido que hablar en griego. Pero él había estado allí; él era uno de los tres que formaban el círculo íntimo, que habían visto suceder esto (el milagro). Y no habría podido olvidar la voz de Jesús. En su mente y su memoria podría escuchar toda su vida aquel “Talita cumi”. El amor, la gentileza, el cariño de esa expresión lo acompañarían para siempre, de tal manera que ni siquiera podía pensarla en griego, porque solo podía recordarla en la voz de Jesús, en las mismas palabras que él había pronunciado”.

Hay un segundo hecho atribuido a Pedro igualmente emotivo. Se cuenta que Pedro predicaba cierta vez a una gran multitud, pero su mensaje no lograba llegar al corazón de sus oyentes. De repente, oyó a la distancia el canto de un gallo. Entonces hizo una pausa, como si un recuerdo lejano volviera a su mente, y, al momento, reanudó su predicación con más ardor, con más pasión, como nunca antes había predicado. Son los recuerdos inolvidables.

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