Casi todo el contenido del Evangelio de Juan es diferente al de los otros evangelios. Eso lo diferencia de los otros tres, llamados sinópticos. En él hallamos el relato de varios encuentros con personas muy representativas. Sin duda, Juan tuvo a la mano mucho material disponible, que no incluyó; pero aquí hubo una cuidadosa selección, a fin de cumplir el propósito de demostrar que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente.

El primer encuentro es con Nicodemo, un sabio maestro de los judíos. Saltándose los saludos protocolares, Juan muestra al Señor introduciendo un tema absolutamente nuevo en el Nuevo Testamento: el nuevo nacimiento. La mayor necesidad de un hombre como Nicodemo, versado en los escritos sagrados, era nacer de nuevo. Él era, sin duda, un estudioso; pero no un hombre nuevo.

«Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es» (Jn. 3:6). Este es el gran dilema del hombre: él es carne; en cambio, Dios es Espíritu (Jn. 4:24). ¿Cómo alguien podrá conocer a Dios, si no nace del Espíritu, la misma naturaleza de Dios? Nicodemo no podía ignorar esto – pero lo ignoraba.

La carne y el espíritu son irreconciliables. Nadie puede cambiarse de esfera, a menos que Dios lo cambie. Nicodemo quedó desconcertado. Él se movía en el ámbito de las cosas terrenales – a pesar de que era un teólogo, versado en las cosas celestiales. Él no conocía a Dios en el espíritu, lo conocía meramente a través de su mente.

El drama de Nicodemo es el de muchos, todavía – incluso dentro del cristianismo. Conocen a Dios de oídas, pero no pueden decir: «Y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn. 1:14). Tampoco pueden decir: «Lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos» (1 Cor. 1:3). Su conocimiento es meramente intelectual, doctrinal, teológico.

Apenas comenzando este Evangelio, el Señor nos deja en claro a través de Nicodemo, que no es posible conocer a Dios de otra manera si no es naciendo de nuevo, porque solo el Espíritu de Dios puede revelarnos a Dios y las cosas que son de Dios. Unos pocos capítulos más adelante, Juan reitera: «El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha». Nada terrenal aprovecha para conocer a Dios, y para hacer la obra de Dios.

Nicodemo debía ser desnudado de vana pretensión de sabio según la carne. El mejor favor que el Señor Jesús le podía hacer era denunciar su falsa posición, y encaminarlo hacia las cosas espirituales. Solo reconociendo nuestra nulidad en la carne, podremos esperar de Dios el toque que nos hará espirituales.

Nicodemo fue un bienaventurado, pues supo a tiempo que nada de aquello en lo que se gloriaba le servía. Más adelante lo vemos poniéndose del lado de Jesús frente a los sacerdotes y fariseos (Jn. 7:50-52), y ungiendo al Señor luego de la crucifixión (19:39). Una palabra del Señor salvó a este hombre de la oscuridad. Una sola palabra del Señor nos muestra también cuál es nuestra mayor necesidad.

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