Y toda la ciudad (de Gadara) salió al encuentro de Jesús; y cuando le vieron, le rogaron que se fuera de sus contornos … pues tenían gran temor. Y Jesús, entrando en la barca, se volvió”.

– Mat. 8:34, Luc. 8:37.

La suerte de los gadarenos es triste. Ellos fueron testigos de un magnífico milagro del Señor. El terrible endemoniado que habitaba en los sepulcros y que había sembrado el pánico entre ellos, había sido sanado. Obviamente, la suerte de ellos no fue triste por haber sido testigos de este milagro, sino por lo que vino inmediatamente después: ellos expulsaron a Jesús de su ciudad.

¿Qué motivos tuvieron para hacerlo? Lucas dice que fue por temor. Era un temor, sin duda, irracional o, al menos, extraño. Los gadarenos habían sido librados de un vecino indeseable, al cual el Señor liberó y volvió a su normalidad. Ellos habían visto la gloria de Dios desplegar sus recursos antes sus propios ojos.

También ellos habían experimentado una pérdida material muy grande: dos mil cerdos habían perecido cayendo al mar, en el momento en que su paisano fue liberado. Dos mil cerdos fue el precio que costó la salida del Señor de sus contornos.

¿Qué hay con nosotros? ¿Qué cosas han alejado al Señor lejos de nuestros contornos? ¿Nos incomoda su presencia? ¿Reclama él demasiado? ¿Es su presencia excesivamente absorbente, de modo que no nos deja nada para nosotros mismos?

Una aldea de samaritanos no quiso recibir al Señor, porque “su aspecto era como de ir a Jerusalén”. Ellos estaban celosos de los judíos que habitaban en Jerusalén; hubiesen querido que el Señor fuese donde ellos, pero no aceptaban que solo estuviese allí de paso. Estos samaritanos rechazaron al Señor por celos.

Sea por temor, sea por celos, sea por cualquier otra cosa, el rechazar al Señor nos convierte en las personas más desdichadas de toda la tierra.

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