La reina del Sur se levantará en el juicio con los hombres de esta generación, y los condenará; porque ella vino de los fines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y he aquí más que Salomón en este lugar”.

– Lucas 11:31.

La comparación entre Salomón y Jesús, por un lado, y entre la reina de Sabá y los judíos en días del Señor, por otro, arroja contrastes notables, y lecciones muy oportunas.

La reina de Sabá vino a Salomón para comprobar lo que había oído acerca de su sabiduría. Cuando estuvo frente a él, no fue decepcionada, pues pudo constatar su sabiduría al responder cada una de sus preguntas difíciles, y además, pudo comprobar cuán grande era su riqueza. (Y es que cuando Salomón había pedido a Dios sabiduría, Dios le había dado también riquezas). Como consecuencia de lo que oyó y vio, la reina bendijo a Dios, y ofreció presentes; Salomón, por su parte, la colmó de regalos.

Ahora bien, Jesús es mayor que Salomón; por tanto, la actitud de los judíos hacia él debió ser proporcionalmente mayor que la de la reina con Salomón. Si ella vino desde lejos para oír su sabiduría, ellos debieron superar todas las distancias para oír a Jesús (y no para procurar cazarle). Si ellos hubieran hecho eso, no solo habrían conocido Su sabiduría, sino también Sus riquezas en gloria.

Por otro lado, si ella bendijo a Dios a causa de Salomón, ¿cómo no debían ellos bendecir a Dios por Jesús, cuya gloria es mayor? Ahora, si la reina ofreció dones a Salomón como expresión de su admiración, ¿no debían ellos ofrecerse a sí mismos y aún todo lo que tenían al Señor Jesús? Si así los judíos hubieran hecho, habrían recibido los presentes del verdadero Salomón, para enriquecerlos más allá de lo que ellos pudieron haberle dado. ¡Qué ceguera más trágica la de ellos y la nuestra, si no hacemos mucho más de lo que hizo aquella notable mujer!

Si nosotros no hacemos más de lo que hizo ella, estaremos por debajo de las expectativas del Señor. ¡Qué reproche encierran sus palabras, para los israelitas de su tiempo, y para nosotros, el verdadero Israel de Dios! No somos capaces de salvar los más pequeños obstáculos para estar con él, ni de traerle nuestros dones más pequeños. Como consecuencia, no conocemos sus riquezas, ni le hemos dado la oportunidad de concedernos sus presentes.

El Señor nos conceda la gracia de arrepentirnos, y que nuestro arrepentimiento sea tal, que toque su corazón y nos sane de este mal. Si no, en el día del juicio esta mujer testificará contra nosotros, diciendo: “Vosotros tuvisteis una honra mayor, pero la menospreciasteis. Yo fui a Salomón, que era solo una figura y sombra, mas vosotros tuvisteis al Verdadero, la realidad de las cosas que Salomón me mostró, pero no fuisteis a él”. La consagración exige decisiones radicales hoy, pues mañana puede ser demasiado tarde.

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