Reflexionando sobre los rasgos más significativos de la iglesia en el principio de su historia.

Pablo … a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos … Gracias doy a mi Dios siempre por vosotros, por la gracia de Dios que os fue dada en Cristo Jesús; porque en todas las cosas fuisteis enriquecidos en él, en toda palabra y en toda ciencia; así como el testimonio acerca de Cristo ha sido confirmado en vosotros … Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer”.

– 1 Corintios 1:1-13.

Al leer los versículos iniciales de la primera carta a los corintios, sabemos que en la iglesia en Corinto había mucha bendición, Ellos fueron enriquecidos en Cristo, «en toda palabra y en toda ciencia». ¿Habrá otra iglesia tan bendecida como ésta? El testimonio de Cristo  había sido confirmado en ellos.

Cuando pensamos en la iglesia como era al principio, buscamos una iglesia perfecta. La iglesia en Corinto era bendecida. En estas palabras, nada es exageración, sino la condición real de aquella iglesia. Sin embargo, al seguir leyendo, sabrás que esta iglesia no es perfecta. Y no solo no era perfecta, sino que estaba llena de conflictos. Al leer las dos cartas a los corintios, descubrimos un problema tras otro, y por supuesto, nunca llamaremos a Corinto la iglesia perfecta.

Cuando buscamos la iglesia perfecta, olvidamos que nosotros somos imperfectos. Estamos aún en la carne, soñando ver aquella iglesia. Si miramos a Corinto, sin duda, allí hay un candelero, un testimonio del Señor. Es una de las iglesias del principio, que nos da una gran lección de cómo podemos andar hoy.

Corinto es una ciudad portuaria. Priscila y Aquila vinieron de Roma a Corinto; más tarde fueron a Éfeso. En ese lapso, Pablo fue por primera vez a Corinto, y pasó un tiempo con Priscila y Aquila. Al comienzo, él iba a la sinagoga e intentó llevar a los judíos a Cristo, pero fue rechazado; entonces Pablo salió de allí.

El apóstol se quedó con un hermano que vivía cerca de la sinagoga. Un hombre de Dios no siempre necesita predicar el evangelio con palabras. Todo el mundo leerá su vida. «Este vecino es una persona diferente». Aunque Pablo ya no iba a la sinagoga, él no vivía lejos de allí, y el líder de la sinagoga fue salvo, y toda su casa fue bautizada. Y se dice que muchos corintios fueron salvos.

Luz en la oscuridad

Corinto era el rincón más oscuro del imperio romano; precisamente, por esa razón, necesitaba un candelero. Por eso, Pablo estaba ahí, y muchas personas fueron salvas; no adoraron más a ídolos, fueron trasladados al reino del amor de Dios. De hecho, el enemigo se opuso contra aquella obra tan fructífera.

«Entonces el Señor dijo a Pablo en visión de noche: No temas, sino habla, y no calles… porque yo tengo mucho pueblo en esta ciudad» (Hech. 18:9-10). Dios haría algo: la iglesia en Corinto iba a ser edificada. No importaba si había problemas, Pablo debía centrarse solo en la voluntad divina.

Que el Señor abra nuestros ojos para ver que él tiene mucho pueblo en nuestra ciudad. Tus ojos no solo deben ver a aquellos hermanos que ya conoces. Tú estás ahí por la misma razón por la cual Pablo estaba en Corinto. No debes callar, debes predicar la palabra, pese a las dificultades. A veces querrás renunciar, pero el Señor dice: «No desistas».

Cuando el hermano Watchman Nee ayudaba a las personas, siempre les decía: «Al visitar una nueva ciudad, la primera cosa no es establecer una asamblea como la que tú ya conoces, o como fue en el pasado. Lo primordial es buscar a los hermanos. Tú no puedes ser tan espiritual como para pretender que eres el primero o el único». El Señor tiene intereses en la ciudad donde vives; por eso, él te puso allí. Eso es lo más importante.

No importa qué tipo de oposición ni qué problemas enfrentaría Pablo, una cosa sabemos: el Señor tenía pueblo en ese lugar, y Pablo tenía la responsabilidad de hablarles de parte de Dios.

Una vez visité la ciudad de Frankfurt. Algunos hermanos de allí me dijeron: «No queremos vivir aquí; nos iremos a Stuttgart. Frankfurt es un lugar tenebroso. Si seguimos aquí, no ganaremos muchas personas». Yo dije: «Si Frankfurt es oscuro, es evidente que necesita luz. Ustedes son el candelero. Deben permanecer aquí, no importa cuán grandes sean las dificultades». Esa era una tragedia.

La división en el cuerpo

Nosotros no somos responsables por las divisiones, pero, ¿cómo podemos avanzar? «Yo tengo mucho pueblo en esta ciudad». Ese fue el comienzo de la iglesia en Corinto, aunque allí había problemas. Una razón por la cual Pablo escribió su carta es porque fue informado acerca de un asunto muy serio.

«Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer» (1 Cor. 1:10).

La palabra «ruego», en el original, es «exhorto», y significa ponerse al lado para ayudar. Pablo no escribió para juzgar o para criticar. Él dice: «Os exhorto», es decir: «Estoy a su lado para ayudarles; no solo es su problema, sino también mi problema, y lo resolveremos juntos». Ese es el espíritu con el cual les escribe.

La palabra «división», en el original, significa estar aparte. Y Pablo agrega: «…que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer». La expresión «perfectamente unidos», en griego, alude a reparar huesos quebrados o recomponer articulaciones dislocadas. Aquella división ocurrió en el cuerpo, los huesos se rompieron y las coyunturas se dislocaron, y ahora había que restaurar todo.

«…para que no haya desavenencia en el cuerpo» (1 Cor. 12:25). Aquí es la misma palabra, división, según el Espíritu Santo. El problema es serio en extremo, pues no se trata de una división en un club, en una escuela, en una organización; sino una división en el cuerpo.

¿Cómo trata Pablo a aquella iglesia? «…a la iglesia de Dios que está en Corinto» (1:2). Más adelante, el apóstol dice: «Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo». La iglesia en Corinto es la expresión local del cuerpo de Cristo. Pablo usa cuatro capítulos para tratar el problema. ¿Cómo un cuerpo puede ser separado? ¿Cómo puede haber en él coyunturas dislocadas?

Tras la Reforma, el mundo escribió acerca de aquel suceso. Un historiador comentó: «La Reforma es un gran evento en la historia. Martín Lutero hizo un gran trabajo, porque desde entonces el mundo no es el mismo». En la historia universal, el siglo XVI es una marca: hay un antes y un después de la Reforma.

Otro historiador dice: «Antes de Lutero, había una Europa unida; el mundo era uno, porque el Imperio Romano era uno». Esto fue cierto, en especial, cuando la iglesia se enlazó con el mundo. Cuando vemos que casi la mitad de las tierras de Europa pertenecían a la iglesia institucionalizada, podemos entender cómo Europa era una. Pero, tras la Reforma, Europa fue dividida.

La amenaza del sectarismo

Pero, ¿era eso división? ¿Era esa la unidad que estaba en la mente de Dios? La Palabra nos muestra que el concepto se refiere a una división en el cuerpo. Eso es algo muy serio. En Corinto, unos decían: «Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo» (1:12). Hay solo una iglesia, un cuerpo; pero están divididos. Por eso Pablo se esfuerza tanto para tratar la situación.

Recordemos a Apolos; él era tan elocuente, era un erudito, y él realmente ayudó a los santos en Corinto. Eso atrajo a las personas, y alguien dijo: «Yo soy de Apolos».

Y en cuanto a Pedro, recuerden que había algunos judíos en Corinto. Pedro visitó Corinto, él era uno de los Doce y venía de Jerusalén. Y fue así como algunos dijeron: «Fuimos muy ayudados por Cefas».

No hay nada errado con Pablo, con Apolos o con Pedro. Ellos fueron siervos del Señor utilizados para perfeccionar la iglesia, pero desafortunadamente nuestro vaso es tan pequeño. La iglesia de Cristo es tan grande, pero aquí vemos cuán niños eran los hermanos en Corinto.

«Ustedes son una denominación, nosotros no lo somos; ustedes son tradicionales, nosotros somos la iglesia». Tal es el espíritu de sectarismo. Tú hablas algo correcto, pero tu espíritu está errado. Cuando dices: «Tú no eres de Cristo; yo soy de Cristo», recuerda: aquellos que son de Cristo, los que proclaman ser de él y también aquellos que no dicen nada, realmente son de él.

Un pecado corporativo

Hay una posibilidad de que estemos haciendo algo divisible en el nombre de la unidad. Dividir el cuerpo es un pecado corporativo.

Cuando vemos a una persona ebria, decimos: «Pobre hombre, ¡cómo está destruyendo su cuerpo!». Pero cuando hay divisiones en el cuerpo, no sabrás lo que eso significa hasta que un día realmente sientas una coyuntura tuya dislocada.

La iglesia es el cuerpo de Cristo. Cuando ella está dividida, ¿quién siente el dolor? Ahora entendemos por qué esto era tan serio en Corinto, no solo por las divisiones, sino a causa del espíritu de división.

«Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas» (v. 11). No es problema tener interpretaciones diferentes, como ocurría con Los Hermanos en Inglaterra: Darby creía que la iglesia sería arrebatada antes de la tribulación, mientras George Muller afirmaba que ella pasaría por la tribulación, y Robert Chapman sostenía que solo los vencedores serían librados de la tribulación.

Podemos tener opiniones distintas, pero debemos esperar. Quién sabe si un día el Señor abrirá mis ojos y veré entonces algo que no veía antes. Esperemos un poco. Podemos diferir en algunos temas, pero en lo fundamental, compartimos la misma fe. Las interpretaciones diferentes no deberían separarnos.

Pero aquí, «contiendas», significa que tú insistes en hacer algo, queriendo unificar las opiniones. Nosotros creemos en el bautismo por inmersión; pero, al unificar eso, decimos: «Nosotros estamos dentro, y esas otras personas están fuera».

Creemos que Jesucristo es el Hijo de Dios. Eso sí es fundamental. Si tú lo crees, eres de Cristo, y si Cristo ya te aceptó, yo no tengo por qué rechazarte.

Errando el camino

Las contiendas se dan cuando alguien quiere unificar, creyendo que solo su interpretación es válida. Sabemos que la palabra de Dios es infalible, que no contiene errores; pero tu interpretación o la mía pueden fallar.

Todos podemos cometer errores, porque la verdad que creemos ver está basada en los datos que tomamos de la Biblia, pero, ¿quién puede decir que tiene todos los datos de la Biblia?

Los pioneros de la Reforma tuvieron una gran contribución con la palabra de Dios, pero al convertirse en un sistema cerrado, ellos dijeron: «Nuestra interpretación es igual a la palabra de Dios». Luego vinieron los dispensacionalistas; ellos vieron cosas que otros no habían visto antes. Y otra vez, ellos formaron un sistema cerrado y dijeron: «Nuestra interpretación es igual a la palabra de Dios».

Cuando se intenta construir un concepto unificado, surge la división. Nosotros somos uno a causa de la Vida, no a causa de la luz que vemos en la Palabra. Si seguimos esto último, habrá contiendas. En Gálatas capítulo 5, Pablo presenta una lista de las obras de la carne, y una de ellas son las contiendas.

Pablo dice: «De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo» (1 Cor. 3:1). Eso fue cuando él visitó Corinto por primera vez. Él esperaba que hubieran crecido; pero después de cuatro años, ¿qué ocurrió? «Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía» (v. 2). Ellos eran todavía bebés en Cristo, y no crecían.

Ahora, ¿cómo sabes si eres un bebé en Cristo o ya estás maduro? «…porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres? Porque diciendo el uno: Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos, ¿no sois carnales?» (v. 3-4). Aquí está la raíz de la enfermedad. Entonces, ¿cuál es la solución? Veamos la palabra de Dios.

La palabra de la cruz

La primera carta a los corintios se divide en dos partes. La primera, hasta el capítulo 11, trata el problema de las divisiones y otras cosas negativas, las carnalidades. Y en el primer versículo del capítulo 12 leemos: «los dones espirituales». Sin embargo, en el griego no aparece la palabra dones. En realidad, desde el capítulo 12 hasta el final de la carta, Pablo habla de «las cosas espirituales».

Viendo el problema desde el ángulo negativo, nuestra carne debe ser tratada; la cruz debe hacer su obra. Y ¿cuál es el lado positivo? Siendo carnales, es necesario que la cruz obre profundamente en nuestra vida; luego, las coyunturas dislocadas serán reparadas. Es una experiencia dolorosa, pero necesaria.

Si tú no ves la unidad de la iglesia, si ves división tras división en el cuerpo, entonces, la cruz hace posible el «no más yo», y luego el Espíritu Santo nos muestra que Cristo mora en nosotros. La solución positiva, que nos conduce a la unidad del cuerpo, comienza en el capítulo 12.

Los hermanos en Corinto tuvieron que aprender algunas lecciones. Ellos estaban en  el periodo de la adolescencia. No les faltaban dones; estaban en la escuela de Cristo, enriquecidos en todo. Ahora el Señor quiere ayudarles a crecer. De otra manera, seguirán siendo carnales. Ese es el veredicto del cielo.

¿Cómo tratar con las divisiones? No eres responsable por toda la situación, pero eres responsable por tu propia vida. Tienes que ir al Señor, permitiendo que la cruz opere en ti. Recuerda: la división es la señal de la carne, y la unidad es la señal del Espíritu Santo. Por eso tenemos la cruz y la obra del Espíritu. Cuando experimentamos ambos, entonces, por la misericordia del Señor, volveremos al principio.

En la primera carta a los Corintios, eso es exactamente lo que ocurrió. Solo veinticuatro años después de la primera visita de Pablo, la iglesia ya estaba dividida en cuatro facciones. Una división en el cuerpo es una tragedia; si realmente ves eso, tu corazón sentirá dolor.

Un hecho abominable

Mucho más tarde, cerca del año 96 después de Cristo, un líder de la iglesia en Roma llamado Clemente, en una carta a los creyentes en Corinto relata otro gran conflicto en esta iglesia. En el principio, todo era correcto; después de cuatro años estaban divididos, y cuarenta y cuatro años después del nacimiento de la iglesia, Clemente describe «una división abominable y no santa».

Clemente usó una palabra muy fuerte, «abominable», asociada bíblicamente con el culto a los ídolos. Esa crisis fue tan seria, que Clemente dijo: «El nombre del Señor ha sido blasfemado». Podemos imaginar la magnitud de esa disensión, cuyo efecto fue que muchos se apartaron, otros desaparecieron, otros dudaron y eso provocó una absoluta decepción. Tal tragedia ocurrió al final del primer siglo.

Al leer a Clemente, se puede sentir el peso de sus palabras. Él dice: «Tomen la carta del bendito apóstol Pablo. ¿Qué fue lo primero que él habló cuando comenzó a predicar el evangelio? Por cierto, bajo la guía del Espíritu, él escribió acerca de sí mismo, de Cefas y de Apolos, porque ya en aquel tiempo se habían formado facciones».

Una enfermedad crónica

Aquello ocurrió en el primer siglo, y es una lección importante para nosotros. La división en el cuerpo no es una enfermedad común, sino una enfermedad crónica. Y después de dos mil años, vemos hoy 38.000 divisiones. Al mirar la historia de la iglesia, parecería un caso sin solución. Podrías pensar que es mejor concentrarse en la vida espiritual individual, pues la vida corporativa es una experiencia dolorosa.

Pero, gracias a Dios, hay una salida. La respuesta está en la palabra de la cruz, enfatizada en la primera carta a los Corintios. Es muy claro, el modo en que fuimos salvados es el modo en el cual seremos libres de las divisiones: el camino de la cruz.

«Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios» (1 Cor. 1:18). Al enfrentar un problema difícil, tú necesitas una respuesta. El mundo te dará alguna solución. Si preguntas a los judíos, su solución es el poder; para los griegos, la sabiduría.

Sin embargo, al enfrentar la división en el cuerpo, aquellas soluciones no funcionan. «Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios» (v. 23-24).

Lo necio y lo débil

La cruz es el lugar donde encuentras el poder de Dios y la sabiduría de Dios. ¿Dónde hallaremos la forma de reconciliar la justicia y el amor, el poder supremo y la sabiduría en su punto más elevado, sino en la cruz? «Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres» (v. 25). Esta es la palabra de la cruz.

La cruz fue un hecho histórico. La Biblia llama a eso la palabra de la cruz; pero ¿cuál es su aplicación? Hay dos aspectos: uno, acerca de la salvación. Solo cuando eres necio, cuando eres débil, puedes creer en el Señor Jesucristo y ser salvo. Si te crees sabio, no necesitas salvación. Si reconoces tu falta de sabiduría, entonces el Espíritu Santo toca tu corazón. «Lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios, y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte» (v. 27). Esa es la palabra de la cruz.

Una frase clave: «Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor» (v. 30-31). Solo al venir a la cruz tenemos sabiduría, justicia, santificación y redención. Así fuimos salvos.

Para resolver el problema de las divisiones, Dios hace exactamente lo mismo: la forma en que fuiste salvo es la misma en que serás liberado de las divisiones. «Nadie se engañe a sí mismo; si alguno entre vosotros se cree sabio en este siglo, hágase ignorante, para que llegue a ser sabio» (1 Cor. 3:18). Si creemos ser sabios, el Espíritu Santo obrará para que veamos nuestra necedad, y al recibir la comunión de la cruz, entonces tendremos la sabiduría de Dios.

«Porque la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios; pues escrito está: Él prende a los sabios en la astucia de ellos. Y otra vez: El Señor conoce los pensamientos de los sabios, que son vanos. Así que, ninguno se gloríe en los hombres; porque todo es vuestro: sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo por venir, todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios» (vv. 19-23).

La sabiduría de este mundo hace decir: «Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo», pero la obra de la cruz hará lo contrario. No digas que perteneces a Pablo; Pablo te pertenece, Cefas te pertenece, Apolos te pertenece. Tú perteneces al cuerpo de Cristo. Gracias por Pablo, pero él es solo un miembro del cuerpo; la suya es solo la sabiduría de uno de los miembros del cuerpo de Cristo.

¿Por qué empequeñeces tú la iglesia? Si Pablo nos pertenece, Apolos y Cefas nos pertenecen, la verdad de la justificación por la fe, el bautismo por inmersión y la  verdad de la santificación por la fe, también nos pertenecen. Todas esas verdades, todas esas personas, son para enriquecer el cuerpo de Cristo.

El joven rico que dijo Sí

Veamos una historia real. En la historia de la iglesia ha habido grandes avivamientos. Cuando el fuego se encendió, hubo un despertar en Alemania, con el pietismo; en Inglaterra, con John Wesley; en Estados Unidos, con John Whitefield, y muchos otros.

Sin embargo, no hay un avivamiento mayor que el de la iglesia morava. En la frontera de Alemania con la república checa, en el año 1727, el Señor usó un vaso llamado Nicolás von Zinzendorf, uno de los personajes más cristocéntricos de la historia de la fe. Cuando solo tenía seis años de edad, el escribía cada día una carta para el Señor, la lanzaba desde la ventana del castillo, y oraba: «Amado Señor, envía un ángel a tomar esta carta de amor para ti».

Al terminar la universidad, según la costumbre de esa época, Zinzendorf hizo un viaje por Europa. Un día llegó a Dusseldorf (Alemania), entró a un museo de arte, y vio un retrato de Cristo sufriente llamado Ecce Homo, con una inscripción en latín en su borde inferior: «Esto sufrí yo por ti. ¿Qué harás tú por mí?».

Zinzendorf era un conde, un noble, como aquel joven rico en la Biblia, pero a diferencia de aquel que dijo No al Señor, en aquella galería, este joven dijo . Olvidándose de todo lo demás, él se consagró al Señor. Solo cuando alguien tocó su hombro, se dio cuenta que ya anochecía.

Disensiones en Herrnhut

En esa época había muchos refugiados provenientes de Moravia, Bohemia y otros lugares. El corazón de Zinzendorf se abrió; él tenía grandes posesiones, y dispuso para ellos un lugar al que llamó Herrnhut. Un hermano llamado Christian David, viajaba entre Moravia y Herrnhut, trayendo refugiados allí.

Los hermanos moravos habían visto la luz un siglo antes de Lutero. Ellos seguían fielmente la palabra, y habían sido perseguidos y expulsados de su patria. Ellos tenían la visión de la iglesia, pero en Alemania, siendo refugiados, no tenían otra opción sino reunirse con los luteranos, que eran la religión oficial.

En el partimiento del pan, ellos no podían soportar que los luteranos usaran un tipo de hostia, y resistían estas y otras cosas; pero eran extranjeros allí, entonces proseguían, y se sumaban a los demás.

En Herrnhut no solo había luteranos, sino también creyentes nominales; otros eran pietistas, que estudiaban la Biblia todos los días, oraban y se reunían por las casas. Y había asimismo calvinistas, que creían en la doble predestinación y seguían a Calvino casi de manera absoluta.

Un momento crucial

Al llegar a Herrnhut, cada uno traía su propia idea. Por eso, este avivamiento es único. En Herrnhut, fue plantado un árbol, delante del cual pusieron un versículo del Salmo 84: «Aun el gorrión halla casa, y la golondrina nido para sí». ¡Qué hermoso! Finalmente, ya no eran vagabundos, no había más persecución. Aquello era como el cielo en la tierra. Pero cinco años más tarde, Christian David decía: «Este lugar es como Sodoma y Gomorra. ¡Quiero salir de aquí!».

¿Qué había pasado? ¿Acaso no era Herrnhut como Corinto en pequeña escala? Pero gracias al Señor por Zinzendorf. Una tarde de mayo de 1727, él habló con todos durante cuatro horas. El Espíritu Santo estaba obrando. Él les exhortó así como Pablo rogaba a los corintios. Las conciencias fueron despertadas; todos admitieron que habían errado el camino y confesaron sus pecados unos a otros, llorando.

Desde ese día, la obra prosiguió, y más tarde Zinzendorf escribió en su Diario: «Este era el momento cru-cial. Herrnhut podía convertirse en otra denominación o llegar a ser la verdadera iglesia de Dios. Nadie sino Él pudo hacer esta obra».

El 13 de agosto de 1727, estando todos reunidos para partir el pan, algo pasó en Herrnhut. La mayoría de ellos era alemanes, que no son muy emotivos; pero aquel día al cantar los himnos, podían oírse sollozos. El local era pequeño, pero afuera, en el patio, había mil hermanos. El Espíritu Santo hizo una obra portentosa. Christian David escribió: «Es un milagro del Señor; hay tantos tipos de sectas: católicos, luteranos, reformados, separatistas y laicos, pero nos reunimos juntos, siendo uno solo».

Otro líder dijo: «Fuimos bautizados por el propio Espíritu Santo en su amor. A partir de aquel tiempo, Herrnhut se transformó en una congregación viva de Cristo». Fue un día de derramamiento del Espíritu Santo, su Pentecostés. El Señor produjo un avivamiento, donde hubo emoción involucrada, lágrimas y arrepentimiento. Siendo nosotros humanos, en todo avivamiento habrá emociones.

Un testimonio de John Wesley

Después de once meses, todo pudo haber concluido; pero once años más tarde, tras visitar Herrnhut, John Wesley, escribía a su hermano Samuel: «Dios me ha concedido el deseo de mi corazón; estoy en una iglesia cuyo hablar es celestial, en quien está la mente de Cristo, y que camina como Cristo». En su Diario él escribió: «Feliz pasaría toda mi vida aquí, pero mi Maestro me llama a trabajar en otras partes de su viña. Oh, ¿cuándo este tipo de fe cubrirá la tierra como las aguas cubren el mar?».

«Toda comunión que se basa solo en concordancia de opiniones y formas, sin cambiar el corazón, es una secta peligrosa» (Zinzendorf).

La iglesia, una nueva creación

Sin duda, ellos fueron ayudados por Lutero, pero no son luteranos; recibieron apoyo de los pietistas, mas no son pietistas; recibieron aporte de los reformados, que conocían muy bien las Escrituras, pero siempre perseveraron en la unidad del testimonio de Cristo. Lutero y Wesley son suyos, y asimismo las verdades del sacerdocio universal de todos los creyentes, la justificación por la fe, y tantas otras cosas.

La obra del Espíritu Santo puede revertir todo de manera preciosa. La iglesia es siempre una nueva creación. No puedes importar la iglesia desde el lugar de donde tú vienes. Puedes ayudar, pero nadie dirá: “Yo soy wesleyano”, o “Yo soy luterano”.

Este avivamiento duró al menos once años. Más aún, en el verano del mismo año, ellos iniciaron una vigilia de oración, con 48 hermanos y hermanas. Cada uno oraba media hora. Siempre había alguien orando, no por sí mismo, sino por la obra de Dios, hasta que Dios realmente estableciera su testimonio.

El fuego del avivamiento se esparció por Europa y los Estados Unidos. ¿Cuánto duró esa oración? ¡Cien años, desde 1727 hasta 1828! Aquello era obra del Señor. El Señor levantó un glorioso testimonio en Inglaterra a través de John Darby, George Müller y Robert Chapman, y doscientos años después, en 1928, el Señor levantó a algunos jóvenes en China y también en India.

Gracias a Dios, la cruz es el único método para reparar las divisiones en el cuerpo de Cristo. El ejemplo de la iglesia en Corinto en relación a esta enfermedad crónica, nos dará hoy mucha ayuda y enseñanza. Que el Señor hable a nuestros corazones.

Síntesis de un mensaje impartido en Temuco (Chile), en septiembre de 2012.