Desde los comienzos de la historia humana, Dios ha tenido testimonio sobre la tierra. En el comienzo fue débil, y tal vez más escueto; sin embargo, siempre fue suficiente para que todo hombre sincero alcanzase salvación.

Adán y Eva fueron, por decirlo así, la ‘Biblia’ de los primeros hombres nacidos de mujer: Caín y Abel. Ellos debieron contar a sus hijos gran parte de lo que nosotros leemos hoy en los tres primeros capítulos de Génesis. Y algunas de esas cosas, con muchísimos más detalles de lo que nosotros conocemos hoy, maravillosos entretelones de lo que habría de afectar a toda la humanidad y que hoy resultan tan misteriosas.

Pero ¿era esa ‘Biblia’ insuficiente para que a través de su testimonio ellos, los hijos de los primeros padres, alcanzaran salvación? Allí no está ni el pacto abrahámico, ni el sistema de ofrendas judías; allí no está tampoco la cruz de Cristo, ¿cómo podrían ellos ser salvos? Es cierto, allí no hay nada de eso; sin embargo hay lo suficiente –y para ellos debió de ser muy claro– como para alcanzar salvación.

En realidad, allí está el germen y compendio de toda la revelación posterior. Nada que fuese útil y necesario para la salvación falta allí. Allí está el gran y original propósito de Dios, está la caída, y sobre todo, está la promesa de salvación. Está también la vana justicia humana –simbolizada en el vestido de hojas– y la eficaz justicia de Dios – representada por el vestido de pieles. En el Edén está todo lo que forma parte de la historia humana: la tentación, la caída, y el remedio de Dios. En el Edén hay una sangre derramada, que anticipaba la Sangre preciosa de Jesucristo en la cruz del Calvario, y que permite al hombre presentarse delante de Dios.

Este era el evangelio de Dios, del cual Adán y Eva podían dar testimonio a sus hijos. ¿Alguien creyó este evangelio? Sí, Abel lo creyó. La Biblia dice que él “alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y muerto, aún habla por ella” (Heb. 11:4). Las ofrendas de Abel atestiguan que el evangelio que él oyó era el correcto.

Para alcanzar salvación no se requiere tanto de información acerca del pecado cuanto de la suficiencia del Salvador. Eso basta para que el corazón del hombre revele su verdadera condición. Caín manifestó su malicia y Abel su necesidad de Dios. Uno fue condenado, el otro fue salvo.

Sin embargo, la Biblia de ellos no les habló de manera diferente – aunque el mensaje que cada uno de ellos percibió fue diferente. La diferencia está en la distinta condición del corazón. Con el paso de los siglos la luz de Dios, de su testimonio, ha ido incrementándose; sin embargo, igualmente los hombres se pierden en la oscuridad de la ignorancia y la incredulidad. ¿Por qué? Por causa de la dureza de su corazón, ellos han rechazado el testimonio de Dios y han elegido su propio camino. Han desoído el testimonio que Dios ha dado respecto de su Hijo, la única Víctima cuya sangre nos permite acercarnos a Dios y ser recibidos por él.

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