En Gálatas tenemos una interesante asociación entre la justicia de Dios, la promesa y el Espíritu Santo. Los cristianos de Galacia tenían un severo problema, y Pablo acude prontamente, ejerciendo mucha autoridad, para ayudarles a salir del problema. Ellos se habían enredado en la ley, haciendo una mezcla de gracia y ley.

Y entonces, Pablo les hace un par de preguntas que los traen de nuevo a la cordura: “¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?” (3:2); “Aquel, pues, que os suministra el Espíritu, y hace maravillas entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley, o por el oír con fe?” (3:5). Hay una estrecha relación entre el oír con fe y la recepción y la suministración del Espíritu, entre el oír con fe y las maravillas que Dios obra en medio de su pueblo.

Por el oír con fe, Abraham fue justificado y recibió la promesa; no por las obras. Entonces, ellos debían volver al oír con fe, y a la justicia, y a las promesas de Dios. ¿Y cuál es la promesa aquí en Gálatas? “Para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu”(3:14).

Los gálatas estaban apartándose de la fe, y consecuentemente, del Espíritu. Las obras van siempre asociadas con la carne, y la consecuencia es el pecado y la condenación. En cambio, la fe va siempre asociada con el Espíritu, y la consecuencia es el apacible fruto de justicia. Es por eso que en Gálatas capítulo 5 tenemos el fruto del Espíritu.

Notemos el desarrollo de esta enseñanza: En el capítulo 3 está la recepción del Espíritu (v. 2); luego el suministro del Espíritu (v. 5), todo esto en conformidad al cumplimiento de la promesa (“la bendición de Abraham”, v. 14), y en el 5:22-23 el fruto del Espíritu: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza”. En esto hay un orden, una secuencia.

El fruto del Espíritu es la consecuencia natural de recibir la permanente suministración del Espíritu, de un caminar en fe, aferrados a la promesa de Dios. El fruto del Espíritu es mucho más que los dones y las manifestaciones del Espíritu. Los dones y manifestaciones son útiles y provechosos para la edificación de la iglesia; el fruto del Espíritu, con sus ricas y variadas expresiones, lo es aún más, porque muestra la hermosura del Señor Jesucristo.

¿Hay esterilidad en nuestra vida cristiana? Tal vez hayamos caído de la gracia a las obras. Siendo así, el Espíritu es apagado y contristado. Todo se vuelve pesado, porque queda a expensas de las escasas fuerzas humanas. Así pues, la fe de Abraham nos trae la bendición de Abraham, que es la justicia de Dios (Gál. 3:8-9), y la promesa del Espíritu (3:14). Permanezcamos en ellas, por la fe.

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