Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Is. 53:5).

Por las heridas de Jesús el Cristo,
yo fui sanado, rescatado y perdonado.
Sufriendo los dolores de la muerte,
me quiso levantar de la agonía.
¡Benditas las heridas de mi Cristo!

¡Oh, santas llagas, todas exhibidas,
por culpa del pecado de los hombres!
Yo miro esas heridas dolorosas
y siento que un raudal inagotable
me cura, limpia y me consuela el alma.

¡Oh, santas llagas de Jesús el Cristo!
¡Oh, cuánta dolorosa, inmunda carga,
llevaste, mi Señor, por mi caída!
Mas tú, que descendiste a lo más bajo,
del hondo abismo levantaste el vuelo,
viniendo a ser Señor del Reino eterno.

¡Oh, llaga lacerante que me salva!
¡Oh, llaga untada por mis amarguras!
Por tus heridas, mi Señor, obtuve
aliento y sanidad para mi alma.
¡Bendita curación de gracia en Cristo!