Cuando la fe ve el arco en las nubes, adora al Salvador que está sentado a la diestra de Dios.

Mi arco he puesto en las nubes…”.

– Gén. 19:13.

El arco iris posee una belleza que todo ojo puede percibir. La tierra se alegra cuando recibe su visita avivadora desde los ventanales de la tormenta, y sus suaves matices anuncian que las tinieblas han pasado. Llega hasta las nubes, como el heraldo de la claridad que retorna. Su forma noble, y la variedad y distinción de sus colores, sobrepasan toda alabanza. Con admiración, debemos confesar que ensalza dignamente a su poderoso Hacedor.

Dios ha escrito el libro de la naturaleza, y cada línea es una lección santificante. El espíritu iluminado canta: «Grandes son las obras de Jehová, buscadas de todos los que las quieren».

Agradecimiento

Pero la luz brillante del arco iris va más allá de enseñar que Dios planea con sabiduría y actúa con gran potencia. Para comprender su significado especial debemos considerar su origen. Retrocedamos, pues, y recordemos aquella primera ocasión en que despertó el agradecimiento de Noé.

Por fin podía poner los pies otra vez en tierra firme, pero el ruido de los torrentes desbordados resonaba aún en sus oídos, y su vista seguía percibiendo la extensa desolación del paisaje. ¿Volvería a suceder de nuevo? Cada nube parecía amenazar al mundo con una catástrofe final. Cada gota podía abrir las compuertas de otro diluvio. Sí, su pecho albergaba tales temores, y el miedo le atormentaba.

Dejemos al meditabundo patriarca y fijémonos en nuestro Dios. Su ternura, piedad y compasión son gloriosas; él guarda a su pueblo con gran celo. Su misericordioso deseo es que éste repose con paz perfecta, y nos invita a que bebamos de las aguas tranquilas de un amor fiel. Su deseo es que cada soplo de la brisa nos traiga renovado gozo, y que cada sombra nos cubra con su ala protectora.

Pero, ¿cómo calmará el Señor la ansiedad de Noé? Una palabra, una promesa del cielo, bastaría. Pero Dios multiplica, no solo el perdón, sino también la seguridad. Cuando su palabra brota, lo hace con un sello permanente y revelador. Por ello, hace surgir una nueva maravilla de aquellas nubes. Es un chorro sonriente que asegura a la tierra que las aguas ya no tienen autoridad para destruir.

¿Qué es esta maravilla? Un arco que abraza el firmamento. En ese pergamino de luces multicolores se puede leer: Ahora las tormentas descargarán fertilidad; se desencadenarán, no para herir, sino para bendecir.

¿Cómo se ha formado esta maravilla? Las obras de Jehová son sublimes por su simplicidad. EL sol observa desde atrás, y sus rayos entran en las gotas que descienden de las nubes. Luego llegan al ojo divididos en muchos colores que han dibujado un arco sobre un fondo iluminado.

El cielo seca las lágrimas de la tierra, y su bóveda parece repetir: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!». Por lo tanto, el arco es mucho más que una evidencia del poder y habilidad de Dios. Es el sello reluciente de su brazo protector; es la marca dorada con que ratifica el pacto: «Y no habrá más diluvio de aguas para destruir toda carne».

Un pacto

Pero la fe mira más allá. Siempre procura percibir la imagen de su amado Señor, porque ha aprendido la gran lección de que toda la naturaleza refleja la belleza y gloria de Jesús. También ha leído el testimonio que afirma que él es la «luz verdadera», «el verdadero pan», y «la vid verdadera». Por esta razón, pregunta con prontitud: ¿No es él, entonces, el «testigo fiel en el cielo?».

Mientras la fe espera para oír la música evangélica del arco iris, resuenan claramente estas palabras: «Por un breve momento te abandoné, pero te recogeré con grandes misericordias. Con un poco de ira escondí mi rostro de ti por un momento; pero con misericordia eterna tendré compasión de ti, dijo Jehová tu Redentor. Porque esto me será como en los días de Noé, cuando juré que nunca más las aguas de Noé pasarían sobre la tierra; así he jurado que no me enojaré contra ti, ni te reñiré. Porque los montes se moverán, y los collados temblarán, pero no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de paz se quebrantará, dijo Jehová, el que tiene misericordia de ti» (Is. 54:7-10).

Aquí está revelada la gran profundidad del amor de Dios. Del mismo modo que el diluvio cubrió las más altas montañas, así también esta certeza sobrepasa las cimas de la vacilación y la duda. El pacto de Noé queda así contrastado con el pacto de Jesús. El Dios que promete detener las aguas representa al Dios que ha jurado salvación hasta el fin.

La tierra a salvo de ser destruida por las aguas, es la iglesia libre de toda ira. Pero si la seguridad de la primera estaba impresa en el firmamento, la de la segunda está en un sello de perpetuidad indeleble: Jesús exaltado en la gloria celestial. Y cuando la fe ve el arco en las nubes, adora al Salvador que está sentado a la diestra de Dios.

Emblema de gracia y verdad

Pero esto no es todo. El mismo arco que brilla alegre en las primeras páginas de la Biblia, continúa con el mismo fulgor hasta el fin. En Apocalipsis leemos que Juan estaba en el Espíritu. Vio ante él una puerta abierta en el cielo y, he aquí, había un trono establecido en él. ¿Y qué es lo que lo rodeaba? En Apocalipsis 4:3 leemos que era un arco iris.

Al proseguir la visión, también vio descender del cielo a un ángel fuerte, envuelto en una nube, con el arco iris sobre su cabeza (Apoc. 10:1). Vemos así que, en la plenitud del Evangelio, se sigue eligiendo al arco iris como emblema de la gracia y la verdad que vinieron por Jesucristo.

¿Cómo podremos agradecer bastante esta perla añadida a nuestra ya repleta diadema de consolaciones? Ahora, podemos buscar nuestro arco iris en las tormentas amenazadoras. No siempre es visible en el mundo natural, pero siempre brilla en el mundo de la gracia. Cuando nubes negrísimas se ciernen sobre nosotros, el Sol de Justicia, que no está oculto ni eclipsado, envía su sonrisa, convirtiendo las gotas en un arco iris de paz.

Ilustremos esto con algunos ejemplos de la vida diaria. En nuestro viajar por este desierto, el horizonte se obscurece, con frecuencia, con tempestades tales como la acusación de la conciencia, la ausencia de paz, las dudas, las dificultades y los problemas. Pero, tras esta cortina tenebrosa, el arco iris irradia con todo su poder.

¡Qué triste es el día en que la conciencia empieza a descargar sus golpes despiadados! Los espectros de los pecados cometidos se alzan ante nosotros. Una triste procesión de iniquidades pasadas sale de sus tumbas y nos aterroriza con sus formas imprecisas, anunciando que la muerte eterna es su salario. Tan grande es el temor, que nos parece que la luz de la vida ya no existe.

El gozo retorna

¿Puede haber esperanza cuando los pecados han sido tantos, y cometidos con pleno conocimiento? ¿Puede haber esperanza después de tan tierno perdón y curación tan misericordiosa? ¡Cómo aturde el rugido de esta tempestad! Pero, en medio de ella, la fe mira hacia arriba, y ve a Jesús, con los brazos extendidos, ante el trono de Dios. Hay un arco iris sobre su cabeza, y sus brillantes colores parecen escribir: «Padre, perdónalos». «La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado». La oscuridad desaparece y el gozo retorna.

La ausencia de paz también es una nube cargada. El sendero del creyente está lleno de angustias espirituales. Si hoy descansa con gozo en las laderas soleadas del Evangelio, mañana se aterroriza ante los truenos del Sinaí. David se sienta hoy en el primer lugar del banquete real, pero mañana será un fugitivo en la cueva de Adulam. La iglesia se regocija ahora en la voz del Amado que llama diciendo: «Ábreme». Pero pronto se lamenta: «Lo busqué,  y no lo hallé».

No puedo detenerme a investigar las causas de estas anomalías, pero, con toda certeza, la culpa está en nuestro corazón. La paz gime si se es indulgente con el pecado; la comunión celestial se interrumpe cuando se descuidan los medios santificantes. Sin embargo, el arco iris de esperanza que corona la cabeza del Redentor aparece en esas horas áridas y proclama: «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos». «Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos. Nunca te dejaré ni te abandonaré». Una vez más, las tinieblas se desvanecen y la claridad del gozo retorna.

Brillo y fortaleza

Los problemas se nos presentan, con frecuencia, como una masa de nubes. El peregrino quisiera subir al monte de Sión, pero a ambos lados se alzan rocas inescalables; el mar se extiende delante y los egipcios acosan por detrás. Como aquellos leprosos de Samaria, exclama: «Si tratáremos de entrar en la ciudad, por el hambre que hay en la ciudad moriremos en ella; y si nos quedamos aquí, también moriremos» (2 Reyes 7:4). Cree encontrarse en la misma angustia de David, a quien el enemigo había dejado amargado y los amigos querían apedrear (1 Sam. 30:6). Pero mira a Jesús, y el Arco resplandece. «El testigo fiel y verdadero» te anima a continuar, diciendo: «Éste es el camino, andad por él». «Te haré entender y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos».

También las dificultades nos oprimen a menudo, y el creyente parece hundirse bajo su peso. Moisés sentía esto, cuando dijo: «¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel?». Pero, en esta nube, había un arco que brilló con esta promesa: «Ve, porque yo estaré contigo». Y Moisés fue y triunfó.

Las mujeres que fueron al sepulcro caminaban preocupadas: «¿Quién nos removerá la piedra de la entrada?». Avanzando, vieron brillar el arco iris de aquella nube, hallando que la piedra ya no estaba. Pablo tembló cuando compareció solo ante el tirano y su corte. Pero también allí hubo un arco que le fortaleció: «En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon… Pero el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas… Así fui librado de la boca del león».

¿No te ha llamado Dios, como a Noé, para que entres en el arca de salvación? Si es así, como Noé, puedes también entrever el arco iris en todas tus pruebas y desalientos. Avanza sin desmayar, confiando en el pacto de gracia, porque nada podrá separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús. Si crees que las aguas ya no pueden volver a destruir la tierra, debes creer también que ni Satanás ni el pecado pueden arrastrarte a la perdición.

Tu vida está escondida con Cristo en Dios. El Dios eterno es el bastión que te protege, y Cristo te rodea con sus brazos. En tanto que Dios sea Dios, y más poderoso que Satanás, estás a salvo. En tanto que Cristo sea el Cristo todo suficiente para redimir, estás a salvo. Satanás no puede arrancar el arco de las nubes, no puede tocar el trono de Jesús.

¿Acaso no alaban la belleza del arco iris aun los incrédulos? Por desgracia, para ellos, el arco iris no es un heraldo de paz. Es cierto que anuncia que Dios es amor y verdad, pero un amor rechazado no es un buen amigo, y una verdad despreciada es un enemigo despiadado. Cuando el cielo se oscurezca, temblarán, porque la Verdad dice: «Sobre los malos hará llover calamidades; fuego, azufre y viento abrasador». Que tiemblen cuando el arco brille, porque anuncia que Dios lo ha puesto como prueba de que su palabra es inquebrantable.

Miremos hacia arriba y hacia adelante. Aquí en la tierra no hay arco iris sin nubes o tempestades. Aquí solo vemos a Jesús con los ojos de la fe. Pero muy pronto veremos el resplandor del arco iris de su gloria. Y mientras lo contemplamos, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es (1ª Juan 3:2).

De El Evangelio en Génesis.