Otra de las características que se sugieren en 1ª Corintios como reveladoras de niñez espiritual son los asuntos relativos a los apetitos del cuerpo. Si leemos atentamente los capítulos 5 al 11 de esta epístola advertimos que los principales problemas tratados aquí tienen que ver con esto. Lo primero es el tema sexual, específicamente la fornicación (capítulos 5 al 7), y luego lo relacionado con la comida y la bebida, desde los capítulos 8 al 11.

Los problemas asociados a los apetitos del cuerpo son una señal de inmadurez en los cristianos. Por eso, cuando Pablo escribe su primera carta a los tesalonicenses –una iglesia muy nueva– toca esto mismo diciendo: “Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación; que os alejéis de la fornicación, que cada uno de vosotros sepa poseer su cuerpo con santidad y honor, y no dominado por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios” (1ª Tes. 4:3-4. B. de Jerusalén). Tanto la fornicación como la gula son desórdenes físicos, apetitos no controlados. Los cristianos han de vencer estos asuntos, si es que aspiran a dejar atrás la niñez espiritual.

En el capítulo 6, Pablo va alternando estas dos cosas: en el versículo 13 habla de las viandas, y unos versículos más abajo habla de la fornicación (v. 18). Incluso cuando toca los asuntos del matrimonio, comienza advirtiendo sobre las fornicaciones (7:2). En el capítulo 8 vuelve sobre las viandas (v. 4, 13); y también el capítulo 9 (v. 4). Lo mismo hace en el capítulo 10, donde toma ejemplos del pueblo de Israel, en episodios asociados a la codicia de comer carne, y a las fornicaciones. (vv. 6, 8). En el capítulo 11, aunque toca el tema de la cena del Señor, los excesos que corrige tienen que ver con el comer y el beber desordenadamente (11:21-22).

Aproximadamente en el centro de toda la argumentación, Pablo plantea la solución al problema. Y lo hace de manera muy práctica, como corresponde a niños en Cristo: “Todo aquel que lucha, de todo se abstiene … de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1ª Cor. 9:25-27). Pablo no los lleva a las alturas de la revelación –como hace con los efesios, por ejemplo– sino que trata el asunto de manera directa y práctica.

Es preciso pararse con decisión y someter al cuerpo, para que sea siervo del espíritu y no el amo que gobierne la vida. Hay una causa superior –representada por la “corona incorruptible”– que amerita abstenerse de todo lo que entorpece la carrera. No se trata aquí del estoicismo con que algunos intentan obtener su salvación – la salvación es gratuita, por la gracia de Dios. Este “golpear el cuerpo” es con miras al reino – de ahí que se hable de corona. Así se va dejando atrás una etapa de pequeñez, y se avanza a la plenitud.

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