Cuando la visión nos atrapa, nada puede quitar o destruir aquello que el Señor formó en nuestros corazones.

Aun antes que hubiera día, yo era; y no hay quien de mi mano libre. Lo que hago yo, ¿quién lo estorbará?”.

– Isaías 43:13.

Esta palabra fue escrita hace siglos. La frase «Yo era» no es de Isaías. Él, como verdadero profeta, está hablando en el nombre del Señor. En realidad, es Dios quien habla. Podemos preguntarnos: ¿Tendrá vigencia hoy esta palabra tan antigua? Ella es tan vigente hoy como el día en que fue pronunciada. Dios está hablando de sí mismo.

Eternidad

«Aun antes que hubiera día, yo era». Es natural que amanezca cada día. Todos los días amanece y oscurece. Y luego, estamos seguros que vendrá un nuevo amanecer. Pero el Señor dice que hubo un tiempo en que no había día, en que nada existía.

Esto nos habla de la eternidad del Señor. Por los siglos de los siglos; antes de todas las cosas, él ya era. Nosotros somos parte de lo temporal, de lo que nace y muere. Los profetas, en este sentido, son como una puerta entre lo terrenal y lo celestial.

Isaías, un hombre pecador, como nosotros, vio la gloria de Dios, y dijo: «¡Ay de mí». Este no es el «¡Ay!» de alguien que se hiere accidentalmente. No. Es el grito de angustia del que está a punto de morir. «¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos» (Is. 6:5).

Una puerta

Isaías tuvo este privilegio. «Vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime» (6:1). El profeta tuvo contacto con la realidad celestial, aquello que no se ve. A él, viviendo en el medio visible y palpable, se le abre el cielo por un instante, y ve lo invisible, majestuoso y glorioso.

Nuestro Señor Jesucristo. Estando en la tierra, dijo: «Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese» (Juan 17:5). Era Jesucristo hombre, en la tierra, con un cuerpo semejante al nuestro. Lo terrenal y lo celestial unido en su Persona. Y él era la puerta.

Necesitamos una puerta entre este mundo y el otro, una vía de comunicación entre lo terrenal y lo celestial. Hoy estamos en un lugar físico, con un cuerpo físico. Pero hablamos de algo que no es físico; hablamos de una visión que es celestial. Somos bienaventurados por ello.

Tratando con el hombre

«Y no hay quien de mi mano libre». Esta frase nos habla de los tratos de Dios con los hombres. En un sentido, la mano del Señor nos forma y nos protege. Pero, en otro sentido, ella aprieta firme. Recordemos sus tratos con Jacob, el usurpador. Él no pudo librarse. En cada etapa de su vida, aquella mano lo apretaba, hasta que el carácter divino fue formándose en él. Terminó cojeando, pero llegó a ser un notable siervo de Dios. «Porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho» (Gén. 28:15).

En ese sentido, qué bendición es estar en las manos del Señor, porque ellas están modelando en nosotros la imagen de Cristo. Y él no nos dejará hasta haber hecho lo que está en su corazón.

Visión que cautiva

Pero hay algo más acerca de la mano del Señor, que queremos decir. Cuando el Señor nos muestra la realidad celestial, y su palabra toca nuestro corazón, entonces el entendimiento se abre, y  quedamos cautivos de esta visión.

Después de aquella visión, Isaías cambió su lenguaje, y quedó cautivo el resto de su vida. No pudo hacer otra cosa que obedecer el llamado del Señor, de vivir por esa visión. Él no se imaginó el trono de Dios; lo vio. Vio una realidad celestial, y quedó cautivo de ella.

Tal fue también la experiencia a los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo, ellos declararon ante quienes les juzgaban: «Porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído» (Hech. 4:20). No hay quien pueda librarnos de aquello que hemos visto.

Ese era su lenguaje. «Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto…» (1a Juan 1:1-2).

Ellos quedaron cautivos de la visión, y no les importó morir por ella. Cuando la visión nos atrapa, nada puede quitar o destruir aquello que el Señor formó en nuestros corazones. Pablo, cautivo de esta visión, fue gobernado por ella. «Porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí, si no anunciare el evangelio!» (1a Cor. 9:16).

No es porque yo quiera; no puedo callarlo, no tengo otra razón de vivir. Al despedirse en Mileto, él dice: «No estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios» (Hech. 20:24).

“Traté de sufrirlo, y no pude”

Así llegamos a conocer a estos siervos. Mencionemos también a Jeremías, en un tiempo de crisis, cuando tuvo conflictos por causa de la Palabra. Cada vez que él hablaba de Dios, recibía solo burlas. Jeremías intentó dejar eso; pero cuando quiso callar, exclamó: «había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude» (Jer. 20:9). No pudo, porque esa es la obra del Señor.

Cuando la visión celestial nos cautiva, nada nos apartará del camino. Tenemos una sola meta. Todo lo demás será secundario, hasta alcanzar aquello para lo cual fuimos asidos.

Cuando Dios obra

«Lo que hago yo, ¿quién lo estorbará?». Aquí llegamos directamente al tema que hoy nos inspira: la visión celestial. «Por lo cual, oh rey Agripa, no fui rebelde a la visión celestial» (Hech. 26:19).

Aquí nos habla un hombre a quien el Señor mismo se le apareció en el camino a Damasco. Saulo no era un hombre común, él era naturalmente aventajado, sobrepasaba a  todos los demás de su generación, conocido por su celo. Dios escogió a un hombre que no pasaría inadvertido entre los judíos. Saulo perseguía a los discípulos, con el apoyo de gente que tenía autoridad.

Pero, desde ese instante, todo cambió. Así es cuando Dios se revela. «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». ¡Qué visión! A partir de ahora, Saulo comienza a asimilar que todo cuanto Pedro había predicado en el día de Pentecostés, o cuando sanó al cojo en la puerta del templo,  ¡todo era verdad! Que lo que aquel hombre, Esteban, antes de ser apedreado, habló del Señor, concluyendo: «Veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios» (Hech. 7:56), todo era realidad.

Cristo y la iglesia

Aquel mismo Cristo exaltado hablaba ahora a Saulo. No estaba muerto, ¡estaba vivo! Y más aun, tocar a uno de los pequeños que invocaban el nombre de Jesús, era tocarlo a él. Saulo vio al Mesías anunciado por los profetas. Todo estaba cumplido en Jesucristo hombre. Saulo toma conciencia de lo que es la iglesia, viviendo ahora esa conexión entre lo invisible y lo visible. Él perseguía a los cristianos visibles; pero ellos estaban unidos a alguien que no se ve.

La visión celestial no fue una construcción mental, ni una deducción producto de un estado de éxtasis emocional. Él vio una realidad. Y Dios quiere que nosotros también la veamos, que veamos al Cristo glorioso y unida a él, veamos también la iglesia, que está destinada a compartir la gloria del Señor por los siglos de los siglos.

Si, por la gracia del Señor, hemos visto al Cristo glorioso,  correremos en pos de él. El Señor es digno de que le rindamos nuestro corazón. Es glorioso tener visión celestial, poder ver la palabra del Señor, poder ver a Cristo, y también la iglesia como él la ve.

El perseguidor cautivo

Desde aquel día, Saulo el perseguidor quedó cautivo por el resto de su vida, y no le importó morir. La muerte sería para él un simple traslado de la realidad terrena a la realidad eterna. «Partir y estar con Cristo … es muchísimo mejor» (Flp. 1:23). Un hombre con visión celestial no teme a la vida ni a la muerte; él sabe perfectamente hacia dónde va.

¿Qué es lo que nos motiva? ¿Son asuntos terrenales, como una buena profesión o un buen matrimonio? Todo lo bueno y legítimo, aún es muy poco como para sufrir por ello. Es lo mismo que el mundo busca. Pero somos bienaventurados si, aquello que el Señor hizo con Saulo de Tarso, lo hace también con nosotros, y en un momento nuestros ojos espirituales se abren, nuestro entendimiento se ilumina, y aquella visión celestial viene a ser la inspiración por la cual viviremos el resto de nuestra vida terrenal.

Finalmente, por la misericordia del Señor, tú y yo somos poseedores de este mismo tesoro. Somos privilegiados.  Hemos de permanecer en la visión celestial. Que la nueva generación se empape también de esto; que la visión también les atrape. Esta enseñanza es para atesorarla. Que el Espíritu del Señor nos socorra a todos.

Tres veces relatada

El hermano Stephen Kaung dice que cuando Dios habla una vez, usted podría dudar. Porque tal vez ese día, usted no estaba de buen ánimo, y la palabra no fue bien recibida. Sin embargo, si Dios habla dos veces, ya es algo más serio, porque significa que nos está llamando la atención por segunda vez.  Pero, cuando Dios nos habla por tercera vez, entonces, significa él quiere que, aquello que él ha hablado, sea parte nuestra.

En Hechos, la visión celestial de Pablo es relatada tres veces. La primera vez es narrada por Lucas, y éste da detalles de Cristo y la iglesia que no se dan en los otros dos pasajes (9:1-19). La segunda vez es cuando Pablo se defiende, y a la vez acusa a los judíos, ellos terminan aborreciéndole aun más (22:1-22).

Y la tercera vez es a los gentiles, al rey Agripa. Aquella fue una reunión con mucha pompa. Era una audiencia con hombres principales de la ciudad, por mandato de Festo. No fue un encuentro casual con el rey Agripa. En el contexto de Hechos capítulos 25 y 26, vemos al imperio romano, es decir, a los gentiles todos representados allí. ¡Cuánto nos interesa todo esto!

Dos partes

Lucas relata lo que pasó con Ananías, cómo éste oró, y cómo el Señor respondió – porque el Señor responde a la iglesia. «Señor, he oído de muchos acerca de este hombre, cuántos males ha hecho a tus santos» (Hech. 9:13). El Señor respondió: «Ve, porque instrumento escogido me es éste» (9:15). Y la iglesia, representada por Ananías, obedece al Señor. Y cuando llega donde Saulo, le dice: «Hermano Saulo». Le impone las manos, y Saulo recibe el Espíritu Santo, no en el camino de Damasco, sino en la ciudad de Damasco, cuando toma contacto allí con la iglesia local.

Esta es la visión celestial, con dos partes: una visión gloriosa de la persona del Señor, y otra parte de la visión, muy práctica. La visión celestial se completa en la ciudad de Damasco cuando Saulo se encuentra con Ananías y toma contacto con la iglesia, y se queda compartiendo con los discípulos que habían recibido también al Señor.

Esta es la obra de Dios. «Lo que yo hago». Dios está revelando a su Hijo a quienes somos el pueblo del Señor, la casa donde él habita, la familia de Dios, donde prevalece el amor de hermanos. El cuerpo de Cristo, donde él es la cabeza y nosotros miembros suyos y miembros los unos de los otros, una unidad vital, Cristo mismo, su vida en nosotros.

Enviado al mundo

En el último relato, Pablo agrega algo que no había dicho antes. El Señor le dijo: «Para esto he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que me apareceré a ti, librándote de tu pueblo, y de los gentiles, a quienes ahora te envío» (Hech. 26:16-17). Este alumno aventajado, este opositor fervoroso que respiraba amenazas, ahora es enviado para ser luz a los gentiles, es enviado al mundo con una antorcha encendida, con un mensaje vigoroso, para salvación de los hombres.

Pero, ¿esa encomienda fue solo para Saulo de Tarso? No. Este llamamiento ha sido percibido por siervos y siervas, de generación en generación. Y partiendo desde Jerusalén, la Palabra traspasó fronteras, traspasó culturas, y por milagro del Señor, nada ni nadie ha podido apagar el fuego del evangelio hasta ahora.

El Señor seguirá soplando y avivando este fuego hasta el fin, hasta el día en que la gracia se cierre, y él vuelva con poder y gloria, porque «todo ojo le verá» (Ap. 1:7). El evangelio tiene que seguir siendo predicado. El testimonio de la visión celestial no puede detenerse aquí.

Un fuego que consume

Hoy día, el mundo quiere cautivar a nuestros jóvenes con su tecnología y su entretención, desgastando sus mentes para que no fijen su vista en el Señor. Satanás lanza toda suerte de tentaciones para atraparles. El enemigo debe ser vencido.

Algo más que lo visible tiene que atrapar nuestro corazón. Esta es la obra de Dios. Que seamos poseedores de este fuego que arde por dentro, y vayamos por este mundo permaneciendo en la visión celestial, caminando con el Cristo glorioso que es cabeza y fundamento de la iglesia que conocemos. Porque en cada abrazo fraternal, en la comunión unos con otros, vemos el cuerpo de Cristo siendo formado; vemos una iglesia que tiene promesa, porque acerca de su obra, el Señor dijo: «Sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mat. 16:18).

Usted es parte de esta iglesia, usted es una piedra viva de esta casa, usted es un miembro de este cuerpo de Cristo, usted es hijo de esta familia celestial, usted es parte de este pueblo que milita para la gloria del Señor, de un pueblo que se santifica esperando al Señor que viene.

¡Qué preciosa es la visión celestial! Dejémonos atrapar por ella, porque quien nos está hablando es Aquel que, antes que hubiese día, él ya era. Nos habla Aquel de cuya mano nadie libra. Su mano de alfarero nos está formando. Es una mano que, con propósito, trata tu carácter y el mío, para que seamos menos yo, y más Cristo, y cuya obra no puede ser estorbada.

Que el Espíritu Santo siga hablando a nuestros corazones.

Síntesis de un mensaje oral impartido en Rucacura (Chile), en enero de 2016.