Una de las últimas cosas que el Señor dijo a sus discípulos antes de partir fue: “Y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hech. 1:8). Y cuando el apóstol Juan comienza su Primera Epístola, casi setenta años después, parece recordar esas palabras del Señor, pues dice: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida … lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos” (1 Jn. 1:1, 3). Juan asume la perspectiva de un testigo.

En un tiempo tan peligroso y confuso como el que vivimos, se requieren personas que hayan visto algo, espiritualmente hablando, que tengan un testimonio que dar, o más bien, que sean un testimonio en sí mismos. Es distinto hablar de lo que hemos leído, de lo que nos contaron, de lo que estudiamos en un determinado lugar, a dar testimonio de lo que hemos oído, visto, contemplado y palpado nosotros mismos.

En tiempos como éstos, se requiere de testigos, y de lo que ellos puedan decir. Solo los testigos pueden sostenerse en medio de la avalancha de incredulidad y confusión; y solo ellos pueden alzarse con un testimonio indesmentible. Podemos argüir contra las posiciones doctrinales estudiadas en un libro, pero no podemos argüir contra la verdad vivida. Los que rechacen tal testimonio, serán considerados culpables de ello.

La Primera Epístola de Juan comienza con el testimonio de un testigo, y concluye con el testimonio de otro Testigo. En el capítulo 1 es Juan, el apóstol; en el capítulo 5 es Dios mismo, quien da testimonio de su Hijo. “Si recibimos el testimonio de los hombres, mayor es el testimonio de Dios; porque este es el testimonio con que Dios ha testificado acerca de su Hijo. El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo; el que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo”. Indudablemente, mayor es el testimonio de Dios que el testimonio de los hombres. Pero si no creemos a Juan, ¿cómo creeremos a Dios? Si desoír a un testigo verdadero como Juan es condenable, ¿cuánto más será desoír a Dios?

En el capítulo 5 de 1 Juan se mencionan más testigos. Hay tres testigos que dan testimonio en el cielo y tres que dan testimonio en la tierra. En el cielo, el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; en la tierra, el Espíritu, el agua y la sangre. Esto atestigua que los hechos testificados son ciertísimos, pues hay tantos y tales testigos. En la Escritura antigua, se decía que, por boca de dos o tres testigos, constaba toda palabra. Aquí tenemos mucho más que eso, por cuanto aquello que es testimoniado es el mayor hecho de la historia. Es la venida del Hijo de Dios en carne y sangre, para salvación de los hombres.

Por eso, desoír este testimonio puede ser también la mayor causal de condenación. ¿Quién podría hacer a Dios mentiroso y quedar impune? Recordemos: la mayor de las epístolas de Juan concluye con un testigo, el Mayor de todos, y con un testimonio que no puede ser rechazado. ¿Es usted de esta clase de testigos? ¿Cuál es su testimonio? Por último: ¿Ha creído el testimonio de Dios?

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