En la epístola a los Romanos se habla del evangelio como un anuncio o proclamación. Como tal, se nos da la idea de una voz dicha con urgencia, para ser creída por quienes están en peligro. No se trata de un tratado para deliberar, sino de un anuncio para recibir ahora ya, antes de que sea tarde. La ley, que apelaba al hacer del hombre, podía ser considerada con lentitud, como sacando cuentas acerca del cómo y cuándo hacer. Sin embargo, el evangelio es un anuncio que debe ser recibido con prontitud, antes de que la razón ponga el filtro de la incredulidad. Por eso es por fe, no por un profundo raciocinio.

Muchas veces ha ocurrido que las personas creen, con sencillez de corazón, la predicación del evangelio, y sus corazones se llenan de paz; pero luego viene el frío razonamiento, las cuentas que se sacan según el modo de pensar natural del hombre, y entonces la fe se apaga.

En Romanos 10 se establece claramente la diferencia entre la forma correcta y la incorrecta de alcanzar la justicia de Dios. “Porque de la justicia que es por la ley Moisés escribe así: El hombre que haga estas cosas, vivirá por ellas” (Rom. 10:5). Nótese el “haga”. No hay duda acerca de cuál es el camino para alcanzar la justicia mediante la ley. Pero más abajo dice:“Pero la justicia que es por la fe dice así … Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón … si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Rom. 10:6, 8-10).

Mediante la ley, nadie jamás ha sido justificado (Rom. 3:20). Pero lo que no es posible obtener por el mucho hacer de la carne, se alcanza mediante la sola fe, en el acto mismo de creer. Ahora, cuando la fe llega al corazón, surge la confesión. El corazón cree y la boca confiesa. La fe del corazón produce una confesión de los labios. “Pero teniendo el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito: Creí, por lo cual hablé, nosotros también creemos, por lo cual también hablamos” (2ª Cor. 4:13).

El evangelio, cuando es creído, produce una efusión de palabras de fe. Por eso, en otros lugares del Nuevo Testamento, se nos insta a “retener nuestra profesión” (Heb. 4:14), a que “mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza” (Heb. 10:23). Esta profesión no es la profesión de “oficio”, sino de profesar, o decir con los labios. El evangelio no vuelve mudos a los cristianos, sino muy expresivos en su hablar. Ellos creen el anuncio y luego proclaman con su boca lo que han creído.

El evangelista anuncia algo que vino de Dios para el hombre. Por su parte, el hombre que cree confiesa algo de vuelta hacia Dios. Dios anuncia, y el hombre recibe con fe el anuncio, haciendo veraz a Dios. Dios es así justificado en sus palabras (Rom. 3:4). De esta manera se da a conocer, por medio de la iglesia, la multiforme sabiduría de Dios a los principados y potestades en los lugares celestiales (Ef. 3:10). En el universo retumba el nombre de Jesús, muerto en la cruz por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación. Así se cierra el anuncio del evangelio y Dios es glorificado por medio de Jesucristo.

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