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Mensajes de Restauración Juan
el Bautista Eliseo Apablaza F. Siguiendo el ejemplo de Juan el Bautista, el precursor del Señor Jesucristo, podemos obtener importantes lecciones acerca de cuál debe ser el perfil y la obra de un restaurador en este tiempo. Dos condiciones para el retorno De acuerdo a la Palabra de Dios, deben cumplirse dos condiciones para el retorno del Señor Jesucristo a la tierra: La predicación del evangelio a todo el mundo: "Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin". (Mateo 24:14) La restauración de todas las cosas: "A quien (al Señor Jesús) es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo". (Hechos 3:21) Estas son, a la vez, los dos requisitos que han de cumplirse para la venida del Señor y también las dos grandes áreas de trabajo para los hijos de Dios en este tiempo: la predicación del evangelio, y la obra de la restauración de la iglesia. Nosotros no podemos descuidar ni una ni otra. Hay muchos hoy que solamente están preocupados de predicar el evangelio, y para ello utilizan todos los recursos a su alcance; eso está bien. Pero, de alguna manera, nosotros podemos percibir, por lo que el Señor ha hecho en nosotros en estas últimas dos décadas, que la encomienda más importante que se nos ha dado es contribuir a la restauración de la iglesia, porque a través de ella será posible la restauración de las demás cosas. Así que, sin descuidar la predicación del evangelio, nos preocuparemos también de la obra de la restauración, que es el segundo requisito que tiene que cumplirse para la Venida del Señor. La restauración de todas las cosas Es de notar que en el Nuevo Testamento (versión griega) aparece una sola vez la palabra "restauración", y es esta de Hechos 3:21. En Romanos 11:12 de algunas versiones españolas se usa también la palabra "restauración", pero no así en el original griego, donde se usa el término correspondiente a "plenitud". Así que, podemos afirmar que una sola vez aparece la palabra "restauración" en el Nuevo Testamento. ¿Por qué no más? Porque los días del Nuevo Testamento no son días de restauración, sino fundamentalmente de instauración, de establecer cosas. Son tiempos de establecer la iglesia y cada uno de sus ministerios. Que es lo que el Señor hoy quiere restaurar. Por lo tanto, la restauración de que se habla en el Nuevo testamento se refiere a una época futura con respecto a aquellos tiempos, y que es el presente para nosotros. He aquí una cosa interesante: hay un solo personaje en el Nuevo Testamento del cual se habla que hará una obra de restauración, y ese es Juan el Bautista. Así que vamos a relacionar Hechos 3:21 con Juan el Bautista, y sacaremos ejemplo para ver cómo tiene que ser la restauración final de todas las cosas. Porque antes de la Primera Venida del Hijo de Dios debía ocurrir una restauración, y ella debía ocurrir por el ministerio de Juan el Bautista. Esa obra está desglosada por el ángel Gabriel en Lucas 1:16-17, y por el Espíritu Santo a través de Zacarías, padre de Juan, en Lucas 1:76-79. Asimismo, al final de los tiempos, que son los nuestros, debe haber una nueva obra de restauración. La restauración primera El Señor afirmó de Juan: "Él es aquel Elías que había de venir" (Mat.11:14) con lo cual hace referencia a la profecía de Malaquías 4:5-6 que dice: "He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible. El hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición." Si nosotros examinamos el cumplimiento de esta profecía, a la luz de Mateo 17:11-12 y Lucas 1:17, nos daremos cuenta de que la profecía de Malaquías se cumplió sólo parcialmente en Juan el Bautista. En efecto, Mateo 17:11-12 dice: "A la verdad, Elías viene primero, y restaurará todas las cosas. Mas os digo que Elías ya vino, y no le conocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron." Y Lucas 1:17 dice: "E irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto". La profecía de Malaquías anuncia el ministerio de Elías para el tiempo previo al "día de Jehová, grande y terrible", el cual no era el día del Señor Jesús. El día del Señor Jesús no fue un día "grande y terrible" porque el Señor no vino a traer juicio, sino salvación. La profecía de Malaquías advierte, además, que las relaciones familiares deben ser restauradas "no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición", lo cual tampoco ocurrió a la venida del Señor Jesús, porque el Señor no hirió la tierra con maldición, al contrario, Él trajo bendición. Esto nos sugiere que esta profecía de Malaquías todavía no tiene pleno cumplimiento. El cumplimiento parcial de una profecía en una época y su completación en otra, no es algo extraño para quienes conocen las Escrituras. Algo similar ocurre con la profecía de Isaías 61:1-2 respecto al Señor Jesús. Cuando el Señor estuvo en Nazaret y se le dio el libro del profeta Isaías, leyó el pasaje de 61:1-2, pero no completo, porque no todo tenía cumplimiento ese día. Veamos Lucas 4:17-21: "Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor. Y enrollando el libro, lo dio al ministro y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros." El pasaje de Isaías, luego de anunciar el año agradable del Señor ("el año de la buena voluntad de Jehová") seguía así: "y el día de venganza del Dios nuestro", pero el Señor no leyó esto último. ¿Por qué? Porque esa parte del pasaje no se estaba cumpliendo en ese momento. Se trataba del anuncio de un juicio que el Señor no traía todavía a este mundo. De modo que, tanto la profecía de Malaquías referente a Juan, como la de Isaías referente al Señor Jesús, no se han cumplido cabalmente aún. Sin embargo, falta muy poco para que se cumpla del todo. El ministerio restaurador de este día, y la Segunda Venida del Señor, a las puertas, cumplirán ambas profecías en plenitud. La restauración segunda De manera que así como hay dos venidas del Señor, hay también dos restauraciones. Así como fue necesario realizar una obra restauradora previa a la Primera Venida del Señor, también será necesario que ocurra así antes de su Segunda Venida. La obra restauradora de Juan preparó el camino para la salvación de Dios, manifestada en el Señor Jesucristo; la segunda obra restauradora preparará el camino para la segunda venida del Señor, que es para juicio. El Señor vino la primera vez para salvación; y vendrá por segunda vez para juicio. El pasaje de Mateo 17:11-12 tiene dos tiempos verbales: (a) pasado: "Elías ya vino y no le conocieron" y (b) futuro: "Elías viene primero y restaurará todas las cosas". Este pasaje anuncia una restauración definitiva (de "todas las cosas"), ya que la restauración de Juan no tuvo pleno cumplimiento. ("hicieron con él todo lo que quisieron"). Juan restauró algunas cosas, pero la restauración futura será de "todas las cosas". Es interesante notar que en Mateo 17:11 se dice que "Elías restaurará todas las cosas", lo mismo que en Hechos 3:21: "hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas". Esto parece indicar que un ministerio semejante al de Juan (aunque no por Juan mismo, porque él ya vino) será el encargado de la restauración final de todas las cosas. Este ministerio recae, como todo el propósito final de Dios, sobre la iglesia, el cuerpo de Cristo, con cuya Cabeza conforma este "varón perfecto", que tiene "la medida de la estatura de la plenitud de Cristo". (Efesios 4:13). La primera restauración fue hecha por un hombre (Juan), pero la segunda será realizada por un hombre corporativo, un remanente no muy numeroso ni con figuración pública, pero que tiene el carácter y el espíritu de Juan, que es, a su vez, el carácter y el espíritu de Elías. De manera que nosotros vemos una semejanza y también una diferencia entre los tiempos de Juan, previos a la venida del Señor, y los tiempos actuales, previos a la segunda venida del Señor. La semejanza es que habrá en nuestros días un proceso de restauración como la hubo en los días de Juan. Y la diferencia es que esta restauración deberá comenzar con la iglesia, para abarcar luego todas las cosas. Primero el Señor tiene que suscitarse un pueblo conforme a su corazón y luego, a través de él, restaurar todas las cosas, esto es, "reunir todas las cosas en Cristo en la dispensación del cumplimiento de los tiempos." (Efesios 1:10). Los tiempos de Juan Cuando vino Juan el pueblo desconocía la voz de Dios. Hacía más de cuatrocientos años que había venido el último profeta: Malaquías. Los tiempos eran de sequía espiritual. Dios se había estado callado por varias generaciones, y el corazón de la gente estaba endurecido. Nadie esperaba al Mesías, o por lo menos, en la forma en que vino. La mayoría de los que le esperaban, deseaban un Mesías guerrero que les libertara del yugo romano. Pero el Señor no tenía ningún interés en una salvación política. Sin embargo, había unos pocos que tenían el espíritu correcto. En efecto, el Señor por el Espíritu había ido despertando el corazón de algunos que "esperaban la redención en Jerusalén" (Luc.2:38) y la "consolación de Israel" (Luc.2:25). Cuando José y María vinieron al templo a ofrecer lo establecido por la ley para la purificación (Lev.12:1-8), el Señor convocó a Simeón y Ana, dos ancianos piadosos, quienes habían recibido la promesa de ver con sus propios ojos la salvación de Dios. Ellos vivían en la esperanza de la visitación de Dios. Simeón era un hombre piadoso y justo que "esperaba la consolación de Israel", y el Espíritu Santo estaba sobre él. El había recibido una revelación del Espíritu, y por el mismo Espíritu había sido movido a ir al templo. Aunque seguramente ese día había allí mucha gente, sin embargo, él reconoció a ese Niño, de unos cuarenta días, que era el Ungido del Señor. Los ojos de Simeón estaban ungidos para ver en Él más que un niño. Las palabras que salieron de su boca nunca antes habían sido dichas ante nadie sobre la tierra. "Porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel." (Lucas 2:30-32). He ahí el que sería la Luz de los gentiles, la Gloria de Israel y la Salvación de unos y otros. Los demás no lo vieron así ni le recibieron, pero Simeón, que le esperaba, pudo verle. Simeón vivía en la esperanza de verle y no fue defraudado. También estaba Ana, profetisa, de más de cien años, que servía de noche y de día con ayunos y oraciones. Ella también le vio y dio gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención. Ella esperaba la redención y la vio. Simeón esperaba; Ana servía. Simeón era justo y piadoso y el Espíritu Santo estaba sobre él. Ana, por su parte, no se apartaba del templo y servía de día y de noche con ayunos. Si unimos ambas descripciones, ambos caracteres, tenemos un cuadro completo de cómo son aquellos que esperan Su venida. El carácter contemplativo de Simeón (él "esperaba"), más el carácter diligente de Ana (ella "servía") configuran, juntos, el equilibrio perfecto. Es Marta y María juntas (Lucas 10:38-42). Tales personas, que contemplan al Señor adorándole cada día, y que también le sirven, son las que aman su venida (2ª Tim.4:8). Tales viven en el espíritu del arrebatamiento y de la restauración. PERFIL DE UN RESTAURADOR Ya hemos visto cómo el Señor presentó a Juan el Bautista como quien restauraría todas las cosas. Además, dijo de él que era más que profeta, y el mayor de los nacidos de mujer (Mat.11:9,11). Por tanto, vale la pena mirar a Juan y aprender de él cómo es un verdadero restaurador, uno que prepara el camino para la Venida del Señor. Crecía fuerte y apartado En Lucas 1:80 se dice de Juan: "Y el niño crecía, y se fortalecía en espíritu; y estuvo en lugares desiertos hasta el día de su manifestación a Israel." De Juan el Bautista se dicen aquí, por lo menos, dos cosas: que crecía fortaleciéndose en el espíritu, y que vivía en lugares desiertos. Lo primero significa que él se estaba preparando desde muy joven para una obra tremendamente difícil, para una lucha feroz. El venía como punta de lanza después de cuatrocientos años en que el Señor se había estado callado. El venía como aquel arado que surca una tierra endurecida por años. Los campesinos saben muy bien: cuando se pasa el arado la segunda vez y la tercera vez la tierra está molida. Pero la primera pasada es como romper una caparazón granítica. Para hacer esa obra se necesita estar fortalecido en el espíritu. ¡Cuántos corazones endurecidos por el pecado! ¡Cuántos pecados amontonados sobre las conciencias! Y ahora viene la Palabra de Dios por boca de Juan y tiene que ser blandida con poder para romper esa dureza y para abrir el surco, y para que detrás de ese surco viniera el Señor Jesús predicando el evangelio. Mirad qué honor para Juan. Por eso dice el Señor que no se había levantado un profeta más grande que Juan. A Juan le fue concedido abrir el surco para que el Señor encontrara un pueblo preparado, dispuesto. Un pueblo que ya se había bautizado en las aguas del arrepentimiento, que se había arrepentido de sus pecados y había recibido perdón. La predicación de Juan fue dramática, extraordinariamente apelativa. El era un hombre tremendamente fuerte, y tenía que fortalecerse en el espíritu. Es la única alternativa para un restaurador. En Romanos 8 leemos: "Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz … y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios … porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis." (6,8,13). ¿De qué nos habla esto? De que un hombre de Dios tiene que hacer morir las obras de la carne, y la única manera de lograrlo es andando en el espíritu, es ocupándose en las cosas del espíritu. ¿Cómo vamos a ser fortalecidos en el espíritu ocupándonos en las cosas de la carne? Este es un llamado a los siervos de Dios, a los profetas, a los varones santos que hoy ministran al pueblo de Dios, un llamado a dejar de una vez por todas las cosas de la carne. Nosotros estamos tan habituados hoy en día a seguirle el juego a la carne. ¿Se imaginan ustedes al apóstol Pablo mirando en el Coliseo romano un espectáculo de gladiadores? Sin embargo, nosotros tenemos permanentemente abierta una ventana a los modernos circos romanos y nos metemos en ellos sin salir de nuestra casa. ¿Proveemos de esa manera para el espíritu? No, estamos proveyendo para la carne. Si Pablo estuviese hoy entre nosotros rasgaría vestiduras al vernos a nosotros tan tibios y tan mezclados con el mundo, y dándole lugar a la carne en todas esas cosas. ¿Cómo seremos fortalecidos en el espíritu si nosotros no somos capaces de renunciar a lo mínimo? Proveemos para la carne y después nos lamentamos de que no tenemos poder para echar fuera demonios, para cortar ligaduras de impiedad, para dar vista a los ciegos, para poner las manos sobre los enfermos y que se sanen. Nos hemos sentido muchas veces burlados por el enemigo. Que el Señor tenga misericordia de nosotros. Juan vivía en lugares desiertos. ¿Significa esto que nos vamos a tener que transformar en ermitaños? No, esto simplemente nos habla de una consagración, de una separación del mundo de corazón, nos habla de una íntima comunión con Dios. ¿Cómo ha de recibir sino en el yermo, en la soledad y en el silencio, el adiestramiento de un carácter hecho a la medida de Dios? Juan no estaba hecho a la medida de los hombres. No se acomodaba a la opinión de los hombres. El no se contaminaba con los pecados de los hombres. Era un nazareo, es decir, uno consagrado, apartado, cuya señal externa era que no bebía vino ni sidra, ni se cortaba el cabello. El nazareato es una señal de consagración. Nosotros también somos nazareos. Somos personas consagradas. Somos personas a las cuales Dios santificó, separó, y a las cuales Dios les encomendó una alta y delicada tarea. Nada menos que eso somos: nazareos: apartados, santificados. Estando en el desierto, Juan recibió palabra de Dios y comenzó su ministerio. (Luc. 3:2-3). Con el espíritu y el poder de Elías En Lucas 1:17 dice: "E irá delante de él (del Señor) con el espíritu y el poder de Elías". Elías fue el profeta de los juicios de Dios sobre los profetas de Baal. Cuatrocientos cincuenta fueron degollados por su mano, luego de hacer caer fuego sobre el sacrificio mojado. Oró para que no lloviese y no llovió, y luego oró para que lloviese y llovió. Hizo descender fuego del cielo sobre los mensajeros que mandó el rey Ocozías. Sustentó a la viuda de Sarepta multiplicándole la harina y el aceite. El espíritu y el poder de Elías era absolutamente necesario para una labor tan ardua. Por eso era preciso que Juan fuera lleno del Espíritu aún desde el vientre de su madre (Luc. 1:41-44), y que creciera fortaleciéndose en el espíritu. Juan tuvo que tratar con corazones endurecidos por el pecado. Su predicación fue como una clarinada que resonó en los severos desiertos de Judea y Galilea. "Y salía a él Jerusalén y toda Judea y toda la provincia de alrededor del Jordán, y eran bautizados por él en el Jordán, confesando sus pecados."( Mateo 3:5-6). Muchos acudían a oírle. Era un gigante que, cual imán santo y vociferante, atraía a los hombres y derribaba la dureza y la altivez de los corazones: "¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento … " (Mateo 3:7-8). El pueblo acudía confesando sus pecados. Ellos sentían que su conciencia era convencida y reactivada. Ellos se sentían conmocionados ante la santidad que irradiaba el profeta y ante la justicia que proclamaban sus labios. Era el poder de Dios que tocaba sus corazones y les conducía al arrepentimiento. Necesitamos hoy el espíritu y el poder de Elías. Al igual que Juan, nosotros podemos colaborar con Dios. Dios también puede usarnos a nosotros, si nos ponemos en sus manos. Y hoy no estamos solos. No hay profetas solitarios hoy. Está el cuerpo con sus muchos miembros que se ayudan mutuamente. El Juan de hoy es corporativo. Y qué bueno es que sea así, porque hoy hay que restaurar más cosas que ayer. Se necesita una mayor capacidad, una mayor potencia, una mayor gloria. Rudo y violento En Mateo 11:7-9 y 12 dice: "Mientras ellos se iban, comenzó Jesús a decir de Juan a la gente: "¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? ¿O qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas? He aquí, los que llevan vestiduras delicadas, en las casas de los reyes están. Pero, ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que profeta … Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan." Lo primero que vemos aquí es que Juan no es una caña sacudida por el viento. Una caña es una paja, muy débil, que cualquier viento mueve. Juan, en cambio, era un hombre rudo, tremendamente enérgico. Tenía una gran autoridad. En el versículo 12 se habla, como ustedes pueden ver, de violencia y no de valentía, como a veces se escucha. Era violento. Juan aquí nos enseña la manera cómo se conquista el reino de los cielos. La salvación se recibe por gracia; y la posición que mejor ilustra esto es la de estar sentados. En esa posición se recibe, sin esfuerzo por nuestra parte, "la abundancia de la gracia y el don de la justicia" (Rom.5:17). Sentados en lugares celestiales hemos recibido todas estas cosas (Efesios 1:3; 2:6). Pero aquí tenemos que el reino de los cielos se conquista en posición firme (Efesios 6:10-13), y aun en forma violenta. Juan era violento. Lo era primeramente con sí mismo, en la abstinencia y en la negación de los apetitos de su alma. Luego lo era en su predicación. El denunciaba el pecado de fariseos, saduceos, publicanos y soldados, sin temor. Su recibimiento era: "Generación de víboras, ¿quién os enseñó a huir de la ira venidera?" (Lucas 3:7-14). Denunciaba con temeridad los pecados de Herodes, el rey, a quien decía: "No te es lícito tener la mujer de tu hermano." ¿No era acaso Herodes quien detentaba el poder? ¿No temía Juan las represalias del rey? Y Herodes, "oyéndole se quedaba muy perplejo, pero le escuchaba de buena gana" (Marcos 6:20). Había en Herodes una mezcla de temor, de perplejidad y de admiración hacia Juan. Porque Juan estaba del lado del Espíritu Santo y donde está el Espíritu allí hay poder. ¡Cómo necesitamos hombres hoy profetas que denuncien el pecado, que no contemporicen con la liviandad imperante en la cristiandad! Tal camino no es popular, no arrastrará multitudes, no llenará las arcas de nadie; es, al contrario, un camino de soledad, de incomprensión. Pero es el camino de la vida, el camino angosto que pocos hallan. ¡Tenemos que llenarnos de este poder y predicar la Palabra como una trompeta clara que anuncie a todo el mundo que nos rodea, a todo este país, esta es la verdad de Dios, estos son los pecados que hoy se cometen, esta es la hipocresía que nosotros condenamos, esta es la tibieza, esta es la ambigüedad que desagrada a Dios. Este es el contubernio con el pecado que nosotros no podemos admitir. No podemos, sin embargo, ser rudos y violentos en la carne, y ponernos a vociferar palabras iracundas, sin sentido. El Señor nos libre de eso. Si vamos a estar llenos del Espíritu, como esperamos estarlo cada vez más, el Espíritu va a ser nuestro freno. Será a la vez nuestra fuerza y nuestro freno. Qué bueno que así es el Espíritu. Austero Los escribas y fariseos preguntaron al Señor: "¿Por qué los discípulos de Juan ayunan muchas veces y hacen oraciones, y asimismo los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben?" (Lucas 5:33). El Señor mismo dijo de Juan que él ni comía pan ni bebía vino. Si los discípulos de Juan ayunaban, obviamente él también lo hacía. ¿Qué pasa con el ayuno? El ayuno es una herramienta poderosa. Con el ayuno se debilita el cuerpo, pero se fortalece el espíritu. El Señor dijo en cierta oportunidad, refiriéndose a ciertos demonios: "Pero este género no sale sino con oración y ayuno"( Mateo 17:21). El ayuno es un ejercicio piadoso que va acompañado de un quebrantamiento interior, producto del dolor por la ruina de la cristiandad, por la ruina del testimonio de Dios. Porque la mentira corre y juguetea por las plazas y la verdad está escondida. Eso tiene que producirnos dolor, al extremo que a veces no tengamos deseos de comer, para fortalecernos en el espíritu y romper las ligaduras de impiedad. En Isaías 58 se habla del ayuno y su relación con los restauradores. En los versículos 6 y 7 tenemos los dos aspectos que conlleva el ayuno que es agradable delante del Señor. En el versículo 6 dice: "¿No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo?". Esto tiene una aplicación preferentemente espiritual. Pero en el versículo 7 se refiere a algo material: "¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu hermano?" Estas son cosas prácticas, relacionadas con la misericordia. Ambos aspectos deben ir juntos. Muchos han predicado contra el ayuno usando estos versículos. Han dicho que el verdadero ayuno es hacer misericordia. No, hermanos, la verdad de Dios siempre tiene un equilibrio. Se tocan estos dos aspectos aquí. Si nosotros ayunamos y somos impíos, inmisericordes, nuestro ayuno no tendrá ningún valor. Pero tampoco podemos pensar que sólo con hacer obras de misericordia ya no necesitamos ayunar. Tienen que ir las dos cosas para que sea un ayuno agradable delante de Dios. Si hace así, el siervo del Señor recibirá las bendiciones que están prometidas: "Entonces nacerá tu luz como el alba … e irá tu justicia delante de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia …Jehová te pastoreará siempre, y en las sequías saciará tu alma, y dará vigor a tus huesos; y serás como huerto de riego, y como manantial de aguas, cuyas aguas nunca faltan. Y los tuyos edificarán las ruinas antiguas; los cimientos de generación y generación levantarás, y serás llamado reparador de portillos, restaurador de calzadas para habitar." (58:8, 11-12). Vemos, pues, que el ayuno está estrechamente relacionado con el carácter y la obra de los restauradores, la cual consiste en edificar ruinas antiguas, levantar cimientos de generaciones pasadas, reparar portillos y restaurar calzadas para habitar. Ante la pregunta de los escribas y fariseos sobre por qué sus discípulos no ayunaban, el Señor contestó: "Podéis acaso hacer que los que están de bodas ayunen, entre tanto que el esposo está con ellos? Mas vendrán días cuando el esposo les será quitado; entonces, en aquellos días ayunarán." (Luc.5:34-35). Y en Mateo 6, el Señor da instrucciones sobre cómo se debe ayunar. Por tanto, se da por sentado que el pueblo de Dios es un pueblo que ayuna. Hay muchas cargas nuestras que serían liberadas si nosotros ayunáramos. Y muchos males entre nosotros serían corregidos, muchos yugos del diablo serían quebrantados si nosotros nos ejercitáramos en esto. Pero, al igual que todas las cosas, tiene que ser hecho con prudencia, y en el espíritu. Una antorcha que ardía y alumbraba Esta es una característica de Juan que a nosotros nos habla mucho. "El era antorcha que ardía y alumbraba" (Juan 5:35). No dice solamente que alumbraba, sino que ardía y alumbraba. Y esto tiene una significación. Cuando algo arde, se consume por dentro; está toda la cosa involucrada en el acto de arder. Ninguna antorcha puede arder y escapar sana y salva. El hombre de Dios ha de estar totalmente involucrado desde adentro, desde el corazón. El arder es un asunto interior y que tiene que ver con el fuego. El alumbrar, en cambio, es un asunto exterior, y está relacionado con la luz. Decir que Juan ardía y alumbraba es decir que su brillo no era un asunto exterior. No era una justicia externa. No era una piedad para la exportación. Si es que daba Juan algún brillo –y de hecho lo dio– era porque ardía. Tenía un fuego por dentro que lo quemaba. En Juan había absoluta concordancia entre lo interior y lo exterior. Muchos hay que desean alumbrar, esto es, tener un brillo exterior que les granjee el reconocimiento y el aplauso de los hombres, pero que no están dispuestos a arder. Dar brillo sin arder es una hipocresía. Juan nos habla de fuego y nos habla de luz. Las dos cosas tienen que ir juntas. "Aviva el fuego del don de Dios que está en ti", le dice Pablo a Timoteo. El Señor le dice a Laodicea que no sea tibia. Juan dijo del Señor: "El os bautizará en Espíritu Santo y fuego". Bendito fuego es el Espíritu Santo que reposa en nuestro corazón. Está allí, hermanos. A veces está medio escondido, oprimido, entristecido, resistido, pero está. En la medida en que nosotros le demos libertad y salida; en la medida en que nosotros se lo permitamos, entonces tendrá expresión y podrá actuar. Algunos de nosotros hemos descuidado la obra del Espíritu Santo. Hemos pensado que la gente se va a salvar solamente confesando el nombre del Señor, aún cuando lo hagan en frío, sin que no haya ninguna operación de vida en su interior. Sin un quebrantamiento ni un arrepentimiento de sus pecados. El Señor es poderoso para salvar, y El solo sabe quienes lo dicen de corazón y quiénes no; quienes confiesan de verdad al Señor y quiénes lo hacen sólo como una mera fórmula. Lo claro es que si el Espíritu Santo no obra en el corazón del hombre no hay regeneración, no hay nuevo nacimiento y, por tanto, no hay creación nueva, y tampoco entrada al reino de los cielos. Podrá haber convencimiento, adoctrinamiento, cualquier cosa, pero menos algo realmente espiritual y verdadero. El que arde se quema y desaparece. Juan ardió y "por un tiempo quisisteis regocijaros en su luz", dijo el Señor. (en griego dice literalmente: "por una hora"). Por una hora ardió, alumbró, se extinguió y desapareció. Ese es el proceso de un siervo. Nosotros no queremos que nuestro nombre se perpetúe. Cuando hayamos hecho nuestra parte en este servicio, desaparezcamos. Cuando hayamos hecho las obras que él preparó de antemano para nosotros, desaparezcamos. "David sirvió a su generación y murió." Apenas Cristo aparece es bueno que nosotros desaparezcamos. Que Él crezca pero que yo mengüe Estas palabras de Juan nos producen una profunda conmoción. Son unas palabras tan preciosas en un siervo: "Respondió Juan y dijo: No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo. Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de él. El que tiene la esposa es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está cumplido. Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe. El que de arriba viene, es sobre todos; el que es de la tierra, es terrenal, y cosas terrenales habla; el que viene del cielo, es sobre todos" (Juan 3: 27-31). Juan se hace a un lado y levanta al Señor. ¡Qué bendito! Ese es el espíritu de Juan. Juan es sólo el amigo del esposo. Su alegría no otra que el esposo esté contento. El no se alegra en la esposa, sino en el gozo del esposo con la esposa. Se gozó grandemente de la voz del esposo. Su gozo estaba cumplido, porque había acabado su misión. El amigo del esposo había ayudado al esposo a conseguir la esposa que deseaba. Ahora se retira satisfecho. "Y muchos venían a Él (a Jesús) y decían: Juan, a la verdad, ninguna señal hizo; pero todo lo que Juan dijo de éste, era verdad. Y muchos creyeron en él allí." (Juan 10:41-42). Muchos creyeron en el Señor Jesús por el testimonio de Juan. Lo que quedó en la mente y el corazón de ellos fue, no sus señales, porque no las hizo, sino "todo lo que Juan dijo de éste". Si Juan hubiese hecho señales habría atraído sobre sí la atención, pero él no quería eso. El buscaba dar un testimonio verdadero acerca de Jesús, para que ellos le conocieran y creyeran en Él. Juan "vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por Él" (Juan 1:7). Y cuando le preguntaron quién era, Juan dijo: "Yo soy la voz de uno que clama en el desierto". (Juan 1:23). No era más que la voz, porque su misión era dar testimonio. Lo demás no interesaba, debía ir a la muerte. Lo que el Señor necesitaba de él era su voz y su testimonio, y lo que el Señor necesitó de él lo tuvo. ¡Oh, qué gloria para un siervo ser ocupado por su Señor! ¡Oh, si tan sólo viéramos para qué nos quiere, y luego ofrecerle en servicio lo necesario, silenciando lo demás! Menguar en todo lo que no le es útil, para que sólo Él crezca. La culminación de su ministerio fue el día en que Juan dijo: "He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" y le bautizó. Esa sola frase bien valió todas las penas que Juan tuvo que pasar. Todos los largos años en el desierto, creciendo en lugares apartados y fortaleciéndose en el espíritu. Valió la cárcel y su muerte terrible. Bien valieron todos sus desvelos. Sus treinta y poco más años apenas vividos. Todo eso tuvo sentido ese día cuando él dijo esas palabras. Qué privilegio fue decir: "¡Les presento al Mesías! De Él hablaron todos los profetas desde Moisés. Moisés queda pequeño, como un siervo, ante Él. Aún Abraham queda muy pequeño, porque antes que Abraham naciera Él ya era. Este es verdaderamente grande. Ustedes lo ven joven, pero Él es el Verbo encarnado, que existía en el principio. Este es el Mesías. Y yo ni siquiera soy digno de desatar encorvado la correa de su calzado. ¡Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!". ¡Qué diferente fue la actitud de los sacerdotes, celosos de la popularidad del Señor, que buscaban ocasión para matarle! (Juan 11:47-48; 12:9-11; 17-19). Ellos veían en la predicación del Señor sólo pérdida para sus intereses personales, tal como el platero Demetrio ante la predicación de Pablo. (Hechos 19:23-41). Un verdadero siervo de Dios no busca crecer por encima del Señor, ni que su nombre repiquetee en la memoria de los hombres. Un siervo no acapara para sí la gente que ha recibido su palabra o que se ha convertido por su ministerio. Su única y verdadera misión es que su Señor sea "predicado a los gentiles, y creído en el mundo", que es la esfera de su competencia aquí abajo. Es preciso que el siervo del Señor sepa menguar todas las veces que sea necesario, para que el Señor y sólo Él sea exaltado. Muy luego el ministerio de Juan declina. Es encarcelado y muere degollado. Muere en forma terrible e impía, por el capricho de una mujer que quería ver su cabeza cortada. En Juan 1:35-37 dice: "El siguiente día otra vez estaba Juan, y dos de sus discípulos. Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo: He aquí el Cordero de Dios. Le oyeron hablar los dos discípulos, y siguieron a Jesús." El ya no tenía ascendiente sobre sus propios discípulos ni sobre la gente que se iba tras el Señor Jesús (Juan 3:26). "¿Ustedes están conmigo? Pueden irse, yo ya no tengo ninguna razón de ser ahora. Síganlo a El". Y Juan se fue quedando solo. Le preguntaban ¿qué pasa?, y él decía: "Él es el que había de venir; por Él vine yo. Síganlo a Él". Un vaso de barro En cierta ocasión Juan envió a decir al Señor: "¿Eres tú el que había de venir o esperaremos a otro?". Juan estaba en la cárcel. Tal vez pensaba que se había equivocado con respecto al Señor. En su debilidad, en su aflicción, en sus privaciones en la cárcel, hace esa pregunta que a nosotros nos sorprende. Entonces el Señor le manda a decir: "Id y haced saber a Juan las cosas que oís y veis. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio." (Mateo 11:2-5). En seguida, el Señor se puso a hablar de Juan. ¿Le reconvino por sus dudas? No. Lo elogia. "¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento?" No, este es el mayor profeta que ha nacido de mujer". Y es que, aun en medio de nuestra debilidad, y pese a nuestras preguntas incrédulas, la gracia del Señor cubre nuestra vergüenza. La gracia del Señor nos sobrelleva. El es fiel, es paciente. "En aquel día" va a hablar bien de nosotros. Por su misericordia, por su gracia. Esta es la debilidad de Juan. Tal como Elías en el monte Horeb. Una debilidad inesperada, pero que nos alienta a nosotros, porque nos damos cuenta de que los profetas de antaño eran hombres como nosotros, sujetos a pasiones igual que nosotros, débiles igual que nosotros (Stgo.5:17-18). Por lo tanto, nosotros cobramos aliento. Pensar que en este tiempo tan difícil, tan peligroso como el que estamos viviendo, el Señor puede hacer algo con nosotros, Él puede obtener alguna ganancia con nosotros. Oh, que así sea. Porque Él es el fuerte, el poderoso; Él es el Fiel y Verdadero. LA OBRA DE UN RESTAURADOR "Y hará que muchos de los hijos de Israel se conviertan al Señor Dios de ellos. E irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto" (Lucas 1:16-17). De estos dos versículos podemos desglosar cuatro frentes de acción en la obra de un restaurador (1) Hará que muchos se conviertan al Señor (2) Hará volver los corazones de los padres a los hijos (3) Hará volver los corazones de los rebeldes a la prudencia de los justos (4) Preparará al Señor un pueblo bien dispuesto Y de otro lugar (Lucas 1:77), extraemos un quinto frente de acción que es: (5) Dará conocimiento de salvación a su pueblo. Hará que muchos se conviertan al Señor A Juan, en sus días, le cupo el privilegio de que por su predicación muchos se convirtieran al Señor. Nosotros encontramos, por ejemplo, en Hechos 18 que Apolos, ese varón elocuente que predicaba la gracia de Dios, se habían convertido por los efectos de la predicación de Juan y se había bautizado en el bautismo de Juan. Y nótese que él era de Alejandría, un lugar lejano (norte de Africa). No sabemos si llegó a creer por la predicación de Juan mismo o por la de alguno de sus discípulos. Pablo, predicando en Antioquía de Pisidia, dice: "Antes de su venida (de Cristo), predicó Juan el bautismo de arrepentimiento a todo el pueblo de Israel. Mas cuando Juan terminaba su carrera, dijo: ¿Quién pensáis que soy? No soy yo él; mas he aquí viene tras mí uno de quien no soy digno de desatar el calzado de los pies" (Hechos 13: 24-25). En Efeso, dijo algo similar: "Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús el Cristo"(Hechos 19:4). Esto demuestra que la obra de Juan era vastamente conocida en sus días, y mucho más allá de los límites de Israel. Tanto es así que muchos de los convertidos de Juan llegaron después a conocer al Señor Jesucristo. Esta fue la obra de Juan y esta es también nuestra obra, esto es, hacer que muchos se conviertan al Señor. No es un mero adoctrinamiento. No es una mera persuasión en la mente, sino que es una conversión del corazón producto de la acción del Espíritu Santo. De nada sirve un barniz exterior si por dentro queda el hombre viejo con sus pecados y su corazón indiferente a Dios. Hará volver el corazón de los padres a los hijos Aquí tenemos una enseñanza muy importante relacionada con la familia.. La profecía de Malaquías decía: "Hará volver el corazón de los padres a los hijos, y de los hijos a los padres" (4:6). Sin embargo, acá cuando el ángel Gabriel cita a Malaquías, lo hace solo en su primera parte, y no en la segunda. ¿Por qué? La razón es simple. Cuando el corazón de los padres se vuelve de veras a los hijos, entonces necesariamente ocurrirá que el corazón de los hijos se volverá a los padres. El Señor le exige primeramente a los padres que se vuelvan a los hijos, porque la mayor responsabilidad es de ellos. La primera generación determina la reacción de la segunda. La más grande pérdida en los hijos se ocasiona cuando los padres no saben sembrar en ellos la semilla de la verdad. Durante al menos quince años los hijos han estado a entera disposición de sus padres, con una mente dócil, receptiva, con un corazón sensible, y los padres han podido sembrar en ellos todo lo que hubiesen querido, sea amor u odio. Tenemos que ver que de verdad los padres pueden sembrar todo lo que quieran en el corazón de sus hijos. Ahora bien, ¿qué hicimos nosotros, como padres, en esos quince años? Este es el punto. Por eso somos directamente responsables. Ellos fueron una "tabula rasa", recibieron todas las influencias nuestras, sin restricciones. Si no supimos sembrar en ellos la buena semilla, debemos arrepentirnos y dar el primer paso. Al fracasar los padres en esta labor, y al comenzar a cosechar el fruto amargo de la apostasía y la rebeldía de sus hijos, ellos deben ser los primeros en comenzar a recuperar las cosas. Alguien podrá tal vez decir: "Yo me he vuelto a mi hijo, pero mi hijo no se vuelve a mí". Es que la semilla que se sembró por largos años tiene que dar fruto todavía. "El que siembra para su carne, de la carne segará corrupción" (Gál.6:8). Usted tiene que segar todavía todo lo que sembró, mientras espera en la misericordia del Señor. Sólo le cabe inclinar la cabeza delante de El y pedir que el plazo de concluir esta mala cosecha llegue luego. Pero, sin duda, va a venir el día en que usted ganará el corazón de su hijo. Los padres deben arrepentirse ante Dios de sus malas obras, y luego hacer lo mismo ante sus hijos. Ellos tienen que buscar delante de Dios la forma cómo recuperar el lugar que ellos abandonaron de su corazón, para luego sembrar, dentro de lo posible –y si ello es aún posible– la semilla de la verdad. En los tiempos de Juan el corazón de los padres estaba distanciado de los hijos, y la primera cosa que se debía hacer era producir un vuelco a favor de ellos. Tal panorama no difiere un ápice de la situación actual. La indiferencia y rebeldía de los hijos, hoy, es simplemente la consecuencia de un desinterés y de una displicencia de los padres hacia los hijos. Su "no estoy ni ahí" de ahora, fue precedido de un "no estoy ni ahí" de ayer por parte de sus padres en cuanto a obedecer al Señor en lo tocante a su responsabilidad con sus hijos. En Proverbios hay, al menos, quince lugares en que se dan instrucciones para los padres en cuanto a la crianza de sus hijos. ¿Qué de estos pasajes? ¿los conocen los padres creyentes? (10:5; 13:24; 15:20; 17:2; 17:25; 19:18; 19:26-27; 20:7; 20:11; 22:6; 22:15; 23:13-14; 23:26; 28:24; 29:15,17) ¿Y Efesios 6:4; y Colosenses 3:21? Hay dos ejemplos del Antiguo Testamento, que son polos opuestos en este asunto de la responsabilidad de los padres frente a los hijos. Uno es Abraham, el otro es Elí. Veamos qué enseñanza nos dan uno y otro. "Y Jehová dijo: ¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer, habiendo de ser Abraham una nación grande y fuerte, y habiendo de ser benditas en él todas las naciones de la tierra? Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio, para que haga venir Jehová sobre Abraham lo que ha hablado acerca de él. (Gén.18:17-19) El Señor razona consigo mismo acerca de si encubrir o no a Abraham lo tocante a Sodoma y Gomorra, sabiendo de antemano que él va mandar a sus hijos correctamente. ¡Es por causa de la fidelidad de Abraham como padre, en cuanto a la enseñanza de sus hijos, que Dios le confía un secreto importante!. Abraham había de mandar (esto es una orden) que guarden el camino del Señor. Era enérgico en esto. ¿Qué vemos luego en Isaac su hijo? El carácter de Isaac como hijo es uno de los más preciosos de toda la Biblia. Era un hombre manso, que esperó pacientemente los tiempos para su vida. Era pacífico en grado sumo, y muy sumiso. Abraham nos muestra un positivo ejemplo de cómo se enseña a los hijos. Veamos ahora el ejemplo de Elí. El Señor le habla a Elí de esta manera;: "¿Por qué habéis hollado mis sacrificios y mis ofrendas, que yo mandé ofrecer en el tabernáculo; y has honrado a tus hijos más que a mí, engordándoos de lo principal de todas las ofrendas de mi pueblo Israel?" (1 Sam.2:29). Una de las causas de la caída de Elí, ya no como padre, sino como sumo sacerdote, fue que había honrado a sus hijos más que al Señor. ¡Qué terrible cosa! Aquí los hijos son un problema que impide que un hombre de Dios pueda desarrollar su ministerio. En 1 Samuel 3:13 el Señor agrega: "Y le mostraré que yo juzgaré su casa para siempre por la iniquidad que él sabe; porque sus hijos han blasfemado a Dios y él no los ha estorbado." Aquí hay un secreto que el Señor no quiere revelar ("la iniquidad que él sabe"), y que ha provocado la molestia del Señor. Los hijos de Elí han blasfemado a Dios y él no los ha estorbado. ¿Qué significa que un padre estorbe a un hijo? Si alguien quiere salir por una puerta, y otro lo estorba, entonces no podrá salir por esa puerta. Estorbar es impedir que alguien haga algo. No significa aconsejar simplemente, sino impedir que algo ocurra. Elí sabía de los horribles pecados que sus hijos cometían en la puerta misma del tabernáculo. El problema es que sólo les aconsejaba, pero no les estorbaba. Sus consejos podían ser muy buenos, pero no eran escuchados. El decía a sus hijos: "¿Por qué hacéis cosas semejantes? Porque yo oigo de todo este pueblo vuestros malos procederes. No hijos míos, porque no es buena fama la que yo oigo; pues hacéis pecar al pueblo de Jehová. Si pecare el hombre contra el hombre, los jueces le juzgarán; mas si alguno pecare contra Jehová, ¿quién rogará por él? Pero ellos no oyeron la voz de su padre." (1 Sam 2:23-25). Consejos y advertencias los hubo, pero Elí no fue capaz de decidirse a estorbar a sus hijos; antes bien, los honró más que al Señor. Esa fue la causa de la caída de este padre, siervo de Dios. Es necesario que nosotros enseñemos esto a los padres, porque vemos a cada paso padres demasiado consentidores de sus hijos, padres que dan diez veces una orden y las diez veces sus hijos las desobedecen sin que nada ocurra. Eso no puede ser. Eso significa que nosotros estamos abiertamente infringiendo la palabra del Señor. Eso no es un rasgo de amor o de misericordia por parte nuestra. Es un rasgo de desobediencia al Señor. Aquí lo que importa es si obedecemos o no obedecemos a la Palabra de Dios. La obra restauradora de nuestros días, igual que en los días de Juan, apunta a la normalización de las relaciones familiares. Como consecuencia de que los padres se vuelvan a los hijos, el corazón de los hijos será sanado y serán recuperados de su rebeldía, y su corazón se volverá fértil para la semilla de la Palabra. El corazón rebelde será hecho justo ¿Cómo hacer que un corazón rebelde se transforme en un corazón prudente? La única manera de que esto ocurra es que tal corazón tenga un encuentro con la autoridad de Dios. El principio de la rebeldía es el principio de Satanás. Satanás se opone a Dios. Satanás resiste toda autoridad. Los hombres rebeldes están directamente influidos por un espíritu satánico. No es un asunto de carácter simplemente: es un asunto espiritual. El principio de la obediencia, en cambio, es el principio establecido por Dios y por el cual se sustenta su trono en el universo. Convertirse al evangelio es venir a obedecer a Dios. ¿Cuál es nuestra situación hoy en día? Hoy tenemos juventud rebelde, hombres adultos rebeldes. ¿Por qué? Porque el hombre se ha llenado de orgullo, de soberbia. En estos días la ciencia ha aumentado, la vida es más confortable, el hombre está muy confiado de sí mismo, tiene el mundo en sus manos. Puede conocerlo todo. Pareciera que todo está a su alcance. Entonces se llena de sí mismo, de vanidad y de soberbia. Lo lamentable es que muchos cristianos, por profesar los argumentos de la falsamente llamada ciencia, por acomodarse a los cánones del mundo y por gozar de los deleites temporales del pecado, se han apartado de la fe. Es tiempo de dureza, porque ya está en acción el misterio de la iniquidad. Falta muy poco para que se manifieste aquel inicuo al cual el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida. (2ª Tes.2:7-8). ¡Bendito es el Señor Jesús! Nosotros tenemos que estar advertidos de estas cosas. No son tiempos normales. Son tiempos en que se encuentra operando un misterio infernal. Así como hay un misterio de la piedad, bendito y glorioso que fue revelado ante nuestros ojos (1ª Tim.3:16), también hay un misterio de la iniquidad que ya está en acción en el mundo. Y por eso vemos lo que hoy vemos a nuestro alrededor. Gente desbocada y enloquecida; gente rebelde en grado sumo. Los hombres tienen que encontrarse con el amor de Dios para ser salvos; pero también tienen que encontrarse con la autoridad de Dios para ser obedientes. Nosotros no podremos ser útiles al Señor si solamente conocemos el amor de Dios. Es necesario haber tenido un encuentro con la autoridad de Dios para servir a Dios en obediencia. Pablo pudo ser útil porque él fue tempranamente derribado. Su primer encuentro con el Señor no fue un encuentro de amor y de salvación, sino que fue un encuentro con la autoridad del Señor. Cuántos de nosotros hemos tenido que vivir años en el desierto, con rebeldía en palabras y obras, hasta que el Señor nos mostró su autoridad. Es la única manera cómo un hombre soberbio se transforme en un hombre prudente. La obra de la restauración es hacer que los hombres conozcan el amor de Dios y también la autoridad de Dios. ¿Cómo podrá ser establecido el reino de Dios sobre la tierra si la iglesia no conoce la autoridad de Dios? Reino supone la existencia de un Rey que ejerce autoridad y de súbditos que están dispuestos a obedecer esa autoridad. El establecimiento del reino de los cielos se produce cuando Cristo es reconocido en su autoridad aquí en la tierra. Y el único ambiente en la tierra donde esto es posible hoy es en la iglesia. Hoy Cristo ha de ser obedecido entre nosotros para que mañana lo sea en toda la tierra. De modo que es urgente que los que aman al Señor le obedezcan con una "obediencia perfecta" (2ª Cor.10:6), y hagan así posible que otros vengan para obedecer a Dios. Que el Señor nos siga enseñando qué cosa es la autoridad de Dios. Preparar al Señor un pueblo bien dispuesto En Lucas 3:5-6 dice: "Todo valle se rellenará, y se bajará todo monte y collado; los caminos torcidos serán enderezados, y los caminos ásperos allanados; y verá toda carne la salvación de Dios." Esto es una profecía de Isaías que está referida a Juan, y que comienza con "Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor; enderezad sus sendas." (Isaías 40:3) Mateo y Marcos la citan solamente hasta "enderezad sus sendas", en cambio Lucas cita la profecía completa (es decir, Isaías 40:3-5). Y de aquí nosotros extraemos una enseñanza muy clara acerca de qué significa preparar al Señor un pueblo bien dispuesto. Lo primero que tenía que hacer Juan era "rellenar los valles". Los valles serán rellenados Los enemigos de Israel tenían un dicho: "Jehová es Dios de los montes, y no Dios de los valles" (1 Reyes 20:23,28), pero Dios también les vencía en el valle. Porque el Señor es el lirio de los valles (Cant.2:1). ¿Qué son los valles? Los valles son los hombres apocados, los niños, los pobres de la tierra, los despreciados. Estos mismos que fueron seducidos por voces extrañas en nuestro siglo con la ideología marxista, que logró atraerlos prometiéndoles un paraíso terrenal, para luego defraudarlos y esclavizarlos. Cuando nosotros vemos a Juan predicando, todo el pueblo se alegraba, y todo el pueblo tenía a Juan por profeta. Lo mismo leemos con respecto al Señor Jesús. El pueblo se alegraba cuando él refutaba los argumentos de los fariseos y de los escribas. ¡Oh, con la venida de Juan primero y del Señor después, el pueblo tuvo gran ganancia!, el pueblo menospreciado, los labriegos, los artesanos, los carpinteros, los que no eran considerados! Ellos fueron enriquecidos, ellos fueron levantados, porque todo valle fue rellenado. El evangelio de Dios es para salvación a todo aquel que cree, pero sobre todo a los niños, a los pobres de la tierra. (Mat.11:25-26). A los desamparados vino el Señor. Nosotros no estamos hablando contra los ricos y a favor de los pobres. Estamos diciendo simplemente lo que Dios hizo. La Escritura dice que los valles serán rellenados, y de verdad lo fueron. ¡Bendito es Dios que ha dado sus riquezas en gloria a estos hombres, los desposeídos, los parias de este mundo! ¡Así ha saciado Dios la más abismante necesidad del hombre, la más cruel indefensión, la amargura más acerba! Los pobres, sustrato humano manipulado por los grandes de la tierra, masa informe, carne de cañón de los generales en la guerra; gentes sin letras, desposeídos de todo bien; a éstos Dios los tomó en cuenta, porque a éstos vino el Hijo de Dios. ¡Oh, bendita gracia, los que estaban como ovejas sin pastor, fueron tocados en lo más íntimo de su corazón por el Mesías bendito y saciada su necesidad! Tal como la compañía de David en la cueva de Adulam (1 Sam.22:1-2). ¿Quiénes estaban allí? Allí estaban los afligidos, los endeudados, los hombres con amargura de espíritu. Con ellos se asoció David, con ellos formó un ejército invencible. Con ellos ganó todas las batallas de Dios. No fue con los grandes de la tierra, no fue con los tenían las mejores armas. Fue con los afligidos, con los endeudados, y con los que tenían amargura de espíritu. De esos hombres despreciables salieron los valientes de David, transformados por la gracia (1 Sam. 25:15-16), vencedores en incontables batallas (2 Sam.23:8-39). David es un tipo de Cristo. Cristo nos ha escogido a nosotros que estábamos como aquéllos de la cueva de Adulam. Cómo ha reivindicado el Señor a los que estábamos en esa condición: apocados, despreciados. Lo vil del mundo, lo que no era. El evangelio los llama bienaventurados: "Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis." (Luc.6:20-21). Cuando el Señor vino, vino a los quebrantados de corazón, los cautivos, los ciegos, los oprimidos. Ellos no tienen acceso a los deleites de la tierra. Ellos con su pan se contentan, bajo un humilde techo se cobijan, con una tosca frazada se calientan. Por eso cuando un pobre se convierte al Señor, qué bienaventurado es. El puede apreciar mejor que un rico lo que es la gracia de Dios y las riquezas que el Padre le ha dado en herencia. Por eso Santiago es tan enérgico cuando habla contra los ricos opresores.(2:1-13). Cuán bienaventurados son, en cambio, los pobres. "¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman?" (2:5). No tenemos nada contra los ricos. Y si entre nosotros los hay, buena cosa es. El Señor no hace acepción de personas. Pero aquí lo que se está diciendo es que aquellos que eran despreciados son levantados. El evangelio levanta al caído. "A los pobres es anunciado el evangelio" envió a decir el Señor a Juan. Ovejas sin pastor, sin esperanza, perdidos, extraviados, ¿quién los tomaba en cuenta? A los fariseos les importaban solamente los que traían grandes ofrendas. Esa viuda pobre que echó dos blancas, ¿a quién le interesaba? ¿qué valor tenía? Para los hombres, ninguno; pero el Señor dijo que esa mujer había echado la ofrenda más grande. Ella dio todo lo que tenía. Por lo tanto, los siervos de Dios no podemos menospreciar a nadie, y en esto el Señor nos va a pedir cuentas si nos desviamos de la verdad haciendo acepción de personas, y prefiriendo a los hermanos que tienen más bienes de esta tierra. Tenemos que ser claros en esto. El Señor no nos dejará pasar una anormalidad como esa. Los valles son rellenados. "Dios ha visitado a su pueblo", dijeron cuando el Señor resucitó al hijo de la viuda de Naín. Esta era una viuda pobre que tenía un solo hijo. ¡Qué bendito es el Señor! ¡Cuán compasivo es Él! El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz. "Oh tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles; el pueblo asentado en tinieblas vio gran luz; y a los asentados en región de sombra de muerte, luz les resplandeció." (Mat. 4:15-16). Galilea era despreciada en esos días, Jesús era un galileo y los hombres decían: "¿De Nazaret (ciudad de Galilea) puede salir algo de bueno?. Si el Señor hubiese nacido en Jerusalén, tal vez los fariseos y saduceos le hubieran tomado en cuenta y hasta le hubieran dado el título de rabino. Pero El venía de Galilea de los gentiles, de donde nunca había salido algo de bueno. Entonces no puede ser el Cristo, decían (Jn. 7:41). ¡Ah, el Señor reivindicó a estas ciudades apartadas, casi extranjeras! Neftalí y Zabulón: Dos tribus de las más pequeñas ¿quién las tomaba en cuenta? Mas, en esos lugares anduvo sanando enfermos y consolando a los enlutados. Prácticamente toda la primera parte de Mateo, los primeros 18 capítulos, está destinada a narrar el ministerio del Señor en Galilea. Allí predicó los más hermosos mensajes, allí dio las más claras enseñanzas. Esto fue en Galilea de los gentiles. Bendito es el Señor que no nos ha despreciado a nosotros, pobres de la tierra y viles. El Señor tuvo misericordia de nosotros. Los montes y collados son bajados Así como los valles son rellenados, los montes y collados con bajados. Los soberbios y los altivos son humillados. Los sabios y los entendidos, los grandes de la tierra, los sabios según el mundo, ellos no conocerían la verdad. Los Herodes eran reprendidos públicamente; los fariseos y saduceos eran confrontados con sus tinieblas. Los Nicodemos, los José de Arimatea tuvieron que bajar de su altura para conocer al Mesías. Los Saulos tuvieron que ser derribados para poder ver la gloria de Dios. En Mateo 23 tenemos al Señor Jesús hablando contra los escribas y fariseos. Él no los llama aparte para increparlos. Lo hace delante de todo el pueblo: "Escribas y fariseos hipócritas". Los grandes de la tierra, los sabios de este mundo fueron bajados en su soberbia por el Señor. Juan también les derriba de su presunción, de su rango social y espiritual encumbrado, diciéndoles: "Generación de víboras, ¿quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego." (Mateo 3:7-10). Mirad cómo habla Juan. Les da justo donde más les duele. ¿Cuál era la presunción mayor que ellos tenían? ¿No era el ser hijos de Abraham? Al Señor Jesús se lo dijeron: "Nosotros somos hijos de Abraham". Juan se adelanta a ese argumento, diciéndoles: "No penséis decir dentro de vosotros mismos tal cosa." ¡Cómo debe de haberles dolido! Y como si eso fuera poco, les remacha diciéndoles que el hacha está puesta a la raíz de los árboles, para cortarlos y echarlos en el fuego. ¡Cómo fue abatida la soberbia de los grandes, de los justos en apariencia, de los falsos hijos de Abraham! A veces irá a ser necesario bajar montes y collados. Que el Señor nos dé la fuerza para hacerlo entonces. Los caminos torcidos serán enderezados ¿Qué significa un camino torcido? Nosotros sabemos que el camino de la justicia, el camino de Dios es un camino recto. Es la senda derecha que tenemos que hacer para nuestros pies. Los caminos torcidos son aquellos en que los accesos a Dios están cerrados. Si nosotros miramos Marcos 7 encontramos allí una serie de elementos que los fariseos y saduceos hipócritas habían levantado para impedir que los hombres pudiesen acercarse libremente a Dios. El camino derecho del Señor lo habían torcido. ¿Qué es lo que enseñaban ellos? Que no se podían comer pan con manos inmundas, es decir, no lavadas; ellos se aferraban a la tradición de los ancianos antes que al mandamiento de Dios, ellos ataban cargas pesadas sobre los hombres que ellos ni con un dedo querían mover. Les hacían difícil a los hombres el acceso a Dios. "Si tú no haces esto, no puedes ser justo, no tienes oportunidad delante de Dios". Mire usted hoy día la cristiandad. ¡Cuántas cosas hay que impiden que los hombres puedan mirar al Señor y conocer la salvación de Dios! ¡Cuántas tradiciones humanas hay en la cristiandad! Desde los diezmos para abajo (siendo los diezmos una cosa santa, establecida por el Señor), que tantas veces se utiliza simplemente como una herramienta para sacarle dinero a las personas y para enriquecimiento de los líderes. "Y si no das el diezmo no puedes hacer esto ni aquello". Les cierran el camino a la gente. Y muchos tal vez no se acercan al Señor, porque les van a obligar a pagar el diezmo, lo cual para un corazón no convertido es una cosa difícil de hacer. ¿Por qué no les atraen primero con la palabra del evangelio, clara, pura y bendita, y después cuando sea un convertido, cuando haya obedecido a la fe, le enseñan lo demás? Pero el camino está torcido. "Cerráis el reino de los cielos delante de los hombres; pues ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que están entrando … recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros" (Mat.23:13, 15). ¿Se acuerdan, en Hechos, de lo que los judaizantes decían a los discípulos? "Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos" (Hech.15:1). De nuevo, el camino de Dios que es santo, puro y recto ellos lo querían torcer para cerrarles el camino a Dios. El Señor dijo: "Yo soy el camino … Y el que a mí viene no le echo fuera." (Juan 14:6, 6:37). Los hombres han puesto requisitos que impiden a los hombres llegar a conocer a Dios. Son caminos tortuosos, obra de hombres, no de Dios. Ellos han dejado el camino recto y se han extraviado en sus propias concupiscencias; ellos "han seguido el camino de Caín y se lanzaron por lucro en el error de Balaam" (Judas 11). Ellos siguen sus propios pensamientos; han buscado una propia forma de agradar a Dios y piensan que lo que ellos opinan tiene que ser observado por los demás. El hombre trata de acomodar la verdad de Dios a sus intereses y rehúye las demandas. Los caminos ásperos serán allanados El camino de Dios no solamente es recto, sino que también es libre, expedito, llano. Permite la entrada libre hasta el trono de Dios. Aquí nosotros tenemos que mirar Isaías 62 y tenemos que lanzar una proclama. La proclama de los guardas que están sobre los muros de Jerusalén. Esos que todo el día y toda la noche no callan jamás. Los que no reposan, los que no le dan tregua, los que no le olvidan hasta que restablezca a Jerusalén y la ponga por alabanza en la tierra. El versículo 10 dice: "Pasad, pasad por las puertas; barred el camino al pueblo; allanad, allanad la calzada, quitad las piedras, alzad pendón a los pueblos." Allanar el camino. ¿Qué significa allanar el camino? Significa quitar las piedras, los impedimentos, los tropiezos. Una piedra es aquello que nos hace tropezar y caer. Hay quienes quieren allegarse al Señor, pero al ver que un cristiano antiguo cae en pecado, tropiezan. Esta es una piedra en el camino que les cierra el camino a Dios a mucha gente. ¡Oh, tenemos que llorar porque esto ocurre en nuestros propios días y ante nuestras propios ojos!. A quien así peque y a quien reitere su pecado, el Señor le pasará la cuenta, no sólo por su pecado, sino por los tropiezos que ha causado en los de afuera, y por los dolores, por la angustia, y por la muerte que ha introducido en la casa de Dios. Esto no es un juego. El hecho de ser un creyente hoy no es un juego. Porque el ser un creyente te transforma inmediatamente, hermano, en enemigo del diablo, te pone en la mira de Satanás. Pero cuánto más si tú eres un obrero, un anciano, un maestro, un profeta, o un diácono. ¡Oh, cómo quisiera el enemigo derribarte, por eso lanza sobre ti todas sus andanadas! Por eso tenemos que guardarnos puros, sin mancha, en esta generación maligna y perversa. El Señor no tiene compromisos de por vida con nosotros. El Señor no ha firmado ningún contrato con nosotros, como para ponernos engreídos y comenzar a juguetear con el pecado. Esa víbora venenosa nos va a morder igual si nos exponemos a ella, aunque seamos muy crecidos. No juguemos. No es tiempo de jugar. Dará conocimiento de salvación a su pueblo "Para dar conocimiento de salvación a su pueblo, para perdón de sus pecados" (Lucas 1:77). Ahora que el camino está libre, ahora que se han quitado los obstáculos, que se ha allanado el camino, que se ha enderezado lo torcido, ahora se puede mostrar el camino de Dios. Hemos hecho una obra preparatoria en la oración, en la batalla espiritual. Ahora mostramos el camino de Dios. Ahora reconciliamos a la gente con Dios. Ahora podemos hacer esta obra de reconciliación, y podemos decir como Juan: "He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo". Si logramos que ellos miren al Señor, quedarán sanos de toda plaga, al igual que los judíos cuando miraron la serpiente alzada en el desierto. Ellos serán sanados de sus pecados. Se convertirán al Señor para esperar la gloriosa venida del Señor Jesucristo. Que el Señor nos socorra para que estas cosas, y este ejemplo de Juan, para que la palabra que el Señor nos está hablando en este tiempo nos haga conscientes de lo que somos. Estamos en una época tremendamente crucial en la historia de la humanidad. Somos una generación privilegiada. No lo olvidemos. Estamos llegando a la meta. La Aurora se anuncia. Estamos en la cuarta vigilia. Aunque el mar es bravo, aunque se levantan las olas, el Señor viene caminando sobre ellas y nos dice: "Yo soy". Es el mismo "Yo soy" que hizo los cielos y la tierra, quien nos sustenta hoy día. Es en sus brazos que nosotros nos arrojamos confiados, porque a El nadie le puede conmover. Su trono está firme en el universo y no hay demonio ni hay enemigo que se pueda oponer a esta obra, porque es obra de Dios. Un hombre que restaura es un hombre que trata con los hombres primero, es decir, con montes que tiene que abatir, y con valles que tiene que alzar. Trata con los hombres, pero también con las doctrinas y tradiciones, que son los obstáculos que cierran el camino hacia Dios. Ahí están los caminos torcidos y los caminos ásperos. Luego, tiene que mostrar a los hombres la salvación de Dios. Que el Señor nos ayude para que nosotros podamos colaborar con Él en esta obra. Que se alienten nuestros corazones, que se afirmen las rodillas. Este es día de restauración. Es nuestra oportunidad de servir a Dios. Es uno solo el tramo que nosotros podemos correr en esta carrera; si no lo corremos, el Señor buscará a otros. Tendrá otras alternativas tal vez, pero nosotros lo habremos perdido todo. Son cortos los días que tenemos. La vida es breve, aprovechémosla. Invirtámonos en el Señor con todo nuestro corazón. Que así sea. Amén. *** (Este estudio fue compartido originalmente en forma de dos mensajes a la iglesia en Temuco, Chile, en el mes de junio de 1998. Su objetivo era suplir una necesidad específica de esa iglesia en aquel momento; sin embargo, poco después se publicó en forma de librito que circuló en otras asambleas de Chile. Hoy lo ponemos a disposición de todos quienes aman al Señor Jesucristo, con la esperanza de que el Señor se sirva usarlo para su gloria.) |