Mensajes a la iglesia

Las contradicciones de Sansón

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Sansón no es sólo una figura bíblica con valor histórico, sino que es una metáfora de la suerte que puede correr un cristiano -y la iglesia -cuando confía en sus dones y se hace amigo del mundo. De sus contradicciones y fracasos, de su liviandad y sensualidad, podemos extraer valiosas lecciones para nosotros.

Eliseo Apablaza F.

Vamos a tener la Biblia abierta en el libro de Jueces, desde el capítulo 13 en adelante. Nuestra meditación se va a centrar en la figura de Sansón, el juez de Israel. Esperamos obtener de esta palabra algunas enseñanzas útiles para todos nosotros. 

Un hombre carismático

Sansón nació en un hogar piadoso. Unas de las primeras cosas que el ángel de Dios había dicho a su madre fue que el niño habría de ser un varón apartado para Dios. Es lo que se conoce en las Escrituras como un nazareo. Él no debería beber nunca vino ni sidra, ni debería comer ninguna cosa inmunda. 

En las páginas siguientes encontramos a un hombre poderoso en su fuerza, que era capaz de matar un león como se mata a un cabrito, y de matar a muchos hombres con la quijada de un animal. Era capaz de tomar las puertas de una ciudad y caminar muchos kilómetros con ellas a cuestas. Era un hombre tan dotado, que aunque lo amarraran con cuerdas, bastaba que hiciera un pequeño esfuerzo y éstas se rompían. Ninguna cosa podía menguar su poder porque tenía un don de Dios.

Sansón era un hombre carismático. («Carisma» significa «don»). Él no siguió un entrenamiento especial para llegar a tener mucha fuerza. Sansón era un hombre que estaba dotado por Dios para ser un hombre fuerte.

Así ocurre cuando Dios da sus dones. Él los da gratuitamente a quien él quiere. Él no mira la clase de persona que uno es para darle sus dones. Lo hace porque a él le parece bien. Así también, ¡a Dios le ha parecido bien darnos a Jesucristo, que es el Don inefable de Dios! Nosotros alabamos su gracia, y declaramos que el mayor don que hemos recibido es Jesucristo. Somos más bienaventurados que Sansón: Tenemos a Jesús el Hijo de Dios.

Un mal administrador de los dones

Sansón, sin embargo, no fue un buen administrador de los dones que Dios le dio. Vemos en él a un hombre muy caprichoso y solitario. Muchas veces usó la fuerza para su propio provecho. Muchas veces le vemos cometer pecados, pero como era un hombre talentoso de parte de Dios, él seguía venciendo a los enemigos y seguía librándose de los peligros.

Una metáfora

Sansón no sólo existió en aquellos días de los jueces. Desde allí hasta acá en la historia ha habido muchos Sansones. Siempre ha habido hombres de Dios que han tenido mucha fuerza espiritual, una capacidad que deslumbra a los demás. Sin embargo, a la hora de administrar los recursos que Dios les ha dado, no han sido sabios. Tal vez conozcamos a algunos de los Sansones de hoy. Nosotros mismos podemos estar en peligro de convertirnos en un Sansón más. Por eso nos conviene mirar atentamente el caminar de este hombre y obtener las lecciones que el Señor quiere darnos.

No se sujetó al Dador

Una de las cosas que llama la atención es que Sansón muchas veces hizo uso de su don, pero nunca le vemos preguntarle al Dador de ese don acerca de cómo debía usarlo. Él vivía su vida con tanto despilfarro, que jamás le dice a Dios: «Señor, tú me diste esto que es algo maravilloso, que es algo para mantener a tu pueblo libre de sus enemigos, ¿qué debo hacer con él? ¿Cuál es la mejor forma de administrarlo?». Él vivía muy confiado en sí mismo. No tenía una actitud sujeta a Dios.

Un hombre sensual

Además de eso, Sansón tenía una gran debilidad. Era un hombre muy sensual. Fue seducido una y otra vez por lo deseos de la carne. Cierta vez fue a una ciudad filistea, donde encontró a una mujer que le agradó. Luego les dijo a sus padres: «Yo he visto en Timnat una mujer de las hijas de los filisteos. Os ruego que me la toméis por mujer». Fue todo muy rápido. 

Él miró a una mujer del pueblo enemigo, como si dijéramos «una mujer del mundo». Los padres trataron de disuadirlo. Sin embargo, él insistió: «Tómame ésta por mujer, porque ella me agrada». No dijo: «Dios la escogió para mí». Ni dijo: «Dios me ha dicho que debe ser mi esposa». 

De aquí en adelante comienza –muy tempranamente– un descenso en la vida de este varón de Dios. ¡Fueron tantas las complicaciones que tuvo con esa mujer! Sansón había sido seducido por los deseos de los ojos. 

La ramera de Gaza

Un poco más adelante, Sansón fue a otra ciudad filistea que se llamaba Gaza. Y allí se metió allí con una mujer ramera. Cuando los hombres de Gaza lo supieron, le hicieron una encerrona. «Cuando se levante en la mañana para irse, lo mataremos”. Pero Sansón tenía astucia además de fuerza. A medianoche él se escapó, tomó las puertas de la ciudad, y se las llevó.

La caída

Después vino la tercera mujer, Dalila. Y la Escritura dice, simplemente: «Después de esto, aconteció que se enamoró de una mujer en el valle de Sorec, la cual se llamaba Dalila.» (16:4). Aquí comienzan las desdichas con esta mujer. El único objetivo de Dalila fue obtener el secreto de su fuerza. Sin embargo, él no tuvo ojos avisados para darse cuenta de esa intención, y comenzó una relación muy superficial con ella.

Los filisteos la amenazaban para que obtuviera el secreto, pero tres veces Sansón se burló de ellos. Finalmente, aconteció que “presionándole ella cada día con sus palabras e importunándole, su alma fue reducida a mortal angustia.» Y cayó en la trampa. Cuando él quiso escapar, no pudo. No sabía que Jehová ya se había apartado de él. Los filisteos lo tomaron, le sacaron los ojos, le llevaron a la ciudad de Gaza, y le ataron con cadenas para que moliese en la cárcel, como un esclavo sometidos a trabajos forzados.

La amistad con el mundo

Sansón nos muestra a qué extremos puede llegar un hombre de Dios en su amistad con el mundo. «Los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida no proceden del Padre, sino del mundo» (1ª Juan 2:16). Y esta es la fuente de mayores dificultades para un hombre que quiere caminar en rectitud. El mundo le sonríe con el dulce rostro de una mujer. Una sonrisa angelical, pero un corazón diabólico.  El escritor inspirado dice: «¡Oh almas adúlteras, ¿no sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios?» (Santiago 4:4).

La tercera mujer provocó la caída de Sansón. Lo que había comenzado como un enamoramiento fácil, provoca al final de la vida de este hombre, su caída, su ceguera, su esclavitud, su humillación y su muerte. 

El peligro de jugar con fuego

Nosotros leemos en el libro de Proverbios 6:27: «¿Tomará el hombre fuego en su seno sin que sus vestidos ardan? ¿Andará el hombre sobre brasas sin que sus pies se quemen?». Estas dos preguntas son importantes. Es bueno que nos las hagamos. Tal vez haya alguno que dice: «Déjenme; yo soy fuerte. Yo no voy a caer. Yo puedo caminar sobre las brasas, y no me voy a quemar. Yo puedo tomar un poco de fuego aquí en mi pecho y nada me va a pasar». Así tan ilusos han sido muchos siervos de Dios que han jugado con fuego y se han quemado.

La caída de Sansón nos muestra que tanto puede ir el cántaro al agua que al fin se rompe. ¡La mujer de Timnat fue tan insistente, que Sansón le declaró el enigma! ¡Dalila fue tan insistente, que le dijo su secreto! Hay veces en que el mundo viene con forma de una mujer, importunando una y otra vez, intentando seducir una y otra vez hasta que se provoca el quiebre de la voluntad. El acoso constante es una de las armas favoritas del diablo. Si él se nos presentara en forma repentina, diciendo: «Yo soy Satanás; yo te voy a hacer caer», difícilmente va a lograr su propósito. Pero él actúa de otra forma: Hoy día un poco; mañana otro poco. Al tercer día un poco más. Al décimo día o al undécimo, se produce la caída.

No podríamos decir que Sansón tuvo un momento de debilidad. ¡Fue una seguidilla de momentos! Fue un camino que tomó tempranamente y que lo llevó al fracaso.

Más que una figura histórica

Sansón no es sólo una figura histórica. Sansón nos habla de un hombre que ha perdido la capacidad de decir «no» al pecado, que ha perdido el temor, y se ha llenado de autocomplacencia. Que confía en sus dones y en su capacidad para resistir hasta el final.

Sansón también nos muestra lo que ha sido la cristiandad a través de los siglos, la iglesia que se ha prostituido con el mundo, que ha cedido ante la tentación sutil de la carne, de la gloria humana y el deleite. La iglesia que se ha apartado del temor de Dios; que se ha ido a juguetear con los filisteos –o con las filisteas– del mundo. La iglesia que debió haberse guardado como un nazareo para Dios, pero que, como este varón, se deja seducir por los ojos hermosos, o por la mirada provocativa. «La amistad con el mundo es enemistad contra Dios». No hay términos medios.

El triste final

El final de Sansón es muy triste. Los filisteos no fueron compasivos con él: Le sacaron los ojos, los mismos con los que se había llenado de sensualidad y concupiscencia. Allí donde estuvo el origen de su pecado, allí estuvo su castigo.   

Nosotros vemos en Apocalipsis el juicio contra la gran ramera. Las figuras son distintas, pero son semejantes también. Aquí, es un hombre quien está esclavizado, al que le sacan los ojos y es juzgado por Dios. Allá, es una mujer la que se sienta como reina, que ha cometido fornicación con los reyes de la tierra y con el mundo. Este sacarle los ojos a Sansón es similar a aquella vergüenza que vendrá sobre Babilonia –la cristiandad apóstata– el día en que el Señor la juzgue. En aquel día, en una hora vendrán los juicios sobre ella, y se llenará de vergüenza la que alguna vez se codeó con los grandes, la que tuvo acceso a los sitios de honor en el mundo. Entonces será humillada hasta lo sumo.

“Y le llevaron a Gaza». Allí estuvo cautivo en una ciudad extranjera, la misma donde él había estado con esa ramera. La misma ciudad cuyas puertas se había echado al hombro y se las había llevado. Esa misma ciudad fue su cárcel. Todo se le vuelve en contra. Es el pago por su carnalidad. «Dios no puede ser burlado; lo que el hombre sembrare, eso también segará».

En este día en que nosotros vivimos, la cristiandad está siendo tentada como Sansón por Dalila. También hay mujeres filisteas que caminan por las calles contoneándose, y que aparecen por las pantallas de televisión o del cine, exhibiendo una hermosa figura, sin que los hombres incautos sepan lo que hay detrás de ello. Hay muchas filisteas y filisteos acechando. Las mujeres para tentar y los varones para destruir. Unas ponen la trampa, y los otros dan el golpe de muerte. Dalila atrapa, y los filisteos cortan el cabello de la consagración. El mundo ofrece y el diablo derriba. El mundo y el diablo aliados contra los cristianos.

«Y le ataron con cadenas» Estas cadenas no pudieron ser rotas esta vez. ¿Cómo habrá clamado Sansón, y habrá forcejeado? Así nos parece que está hoy gran parte del pueblo cristiano en el mundo. Está ciego, esclavo en el mundo (y por el mundo), y atado con gruesas cadenas.

Pero lo más vergonzoso viene a continuación. Sansón fue obligado a moler, como un esclavo. ¿Podemos imaginarnos un molino de piedra, y a Sansón, con algunos arneses sobre su cuerpo, dando vueltas y vueltas en torno? ¿Podemos imaginarnos el juez de Israel, al hombre poderoso de otro tiempo, girando como un asno en torno a una noria? Sus días no tienen alternativa, no hay cómo salir de esa rutina. Pasa un día y otro día, y lo único que él puede hacer es dar vueltas y vueltas, sin destino.

El mundo de Sansón es un mundo giratorio. Es un mundo donde no hay una meta. Es un ir y venir, y en esto nos recuerda a Israel en el desierto, donde vagó 40 años. ¿Para qué? ¿Cuál era su norte? Israel daba vueltas en el desierto y su fin era la muerte. Dios los llevaba para que murieran allí.

¿Pueden imaginarse lo que es eso, cuando sobre un hombre hay una sentencia de muerte, y él sabe que sus días y sus noches son una espera para morir? ¿Qué importa que el sol salga hermoso un día? ¡Él está dando vueltas y tiene que morir! ¿Qué importa que afuera la vida bulla en toda su diversidad? Él está dando vueltas y espera la hora de su muerte.

Seguramente los otros presos se burlaban de él. «Hey, tú, ¿no eras el libertador de Israel? ¿No eras el Juez? ¿No tenías tanta fuerza? ¿No te burlabas de tus enemigos? ¿No matabas con una quijada de animal a mil filisteos? ¿No tomaste un león y lo desjarretaste como si fuera un cabrito? ¿Y qué de la historia de los cadáveres amontonados, quinientos a un lado y quinientos al otro? « Las victorias de otro tiempo se le trocaron en ignominia.

Esta es la condición de un hombre apóstata, de una cristiandad esclavizada, dando vueltas y vueltas, sin reparar en el futuro que le espera. 

Un día los filisteos tuvieron fiesta. Ofrecían sacrificios a su dios Dagón. Querían hacer una gran algarabía. Ellos decían: «Nuestro dios nos entregó a Sansón en nuestras manos. Hagámosle fiesta. Rindámosle culto». Después que hubieron bebido un poco y cuando sintieron alegría en su corazón, dijeron: «Llamen a Sansón para que nos divierta. Llamen a ese payaso para que nos entretenga». ¡Llevaron a Sansón, el cual sirvió de juguete delante de ellos!

Un cristiano apóstata, por muy bien dotado que haya sido, llega a ser un juguete en las manos de sus enemigos, un motivo de risa. Esta es una de las frases más tristes de las Escrituras: «Sirvió de juguete delante de ellos» (Jueces 16:25). Un hombre llamado a ser santo, a una consagración absoluta.

En ese momento le había crecido algo el cabello. Sansón concibe entonces una idea que va muy de acuerdo a su personalidad: la venganza. Entonces se pone entre las dos columnas del edificio, se apoya en ellas y el edificio se viene abajo. Los filisteos murieron. Pero Sansón también murió.

No fue una venganza perfecta como las que él acostumbraba realizar, porque él también murió. ¿Es ese un fin digno para un siervo de Dios?

Nacido de Dios

Ahora bien, ¿cómo salir de esa encerrona en que el diablo ha metido a muchos hijos de Dios? Nosotros tenemos que ver que hay una salida. 1ª de Juan capítulo 5. ¿Cómo dice este primer versículo? «Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios». Este versículo habla de creer algo respecto de Jesús. 

Creer que Jesús es un profeta no tiene mucho sentido. Si la gente cree que Jesús es un profeta meramente entonces nada sucede en su corazón. Pero aquí dice que ocurre algo sobrenatural con aquellos que creen que Jesús es el Cristo. Esa fe produce un milagro en el corazón: el milagro del nuevo nacimiento.

Sin embargo, esto no es suficiente para vencer.

Una fe victoriosa

En el versículo 5 de este mismo capítulo tenemos la fe completa, para una victoria completa. «¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?» ¿Están los filisteos allí amenazando? ¿Están las mujeres filisteas tentando? ¿Está el mundo y sus oropeles con una red para hacer caer a los hijos de Dios? ¡Tenemos la victoria! ¡Los que creen que Jesús es el Hijo de Dios ellos vencen al mundo!

Creer que Jesús es el Cristo y creer que Jesús es el Hijo de Dios son dos expresiones que constituyen una misma realidad, porque Jesús es uno solo. Pero esta fe tiene una doble expresión y un doble efecto. Los que así creen son nacidos de Dios y también vencen al mundo. 

¿Cuál es la causa por la que Sansón, es decir, el cristianismo apóstata, o los cristianos mundanos en particular, caen en poder de los filisteos, de las mujeres en la tentación, y de los hombres para su destrucción? Porque la fe de los cristianos hoy en día es una fe ambigua: «Sí, yo creo que Jesús era un buen hombre, era un profeta”; o bien una fe incompleta: “Yo creo que Jesús es el Salvador.» Por supuesto, si tú crees que Jesús es el Salvador de tu alma, sin duda eres salvo, pero eso todavía no te dará la victoria sobre el mundo.  

No sólo salvos; también vencedores

Dios quiere que su pueblo no sólo sea salvo de la condenación eterna, sino que sea un pueblo vencedor. ¡No sólo creemos que Jesús es el Salvador; creemos que Jesús es el Hijo de Dios! Y esta fe es una fe victoriosa. Sansón no lo supo, pero tú lo sabes, y yo lo sé. 

Creer que Jesús es el Hijo de Dios significa que él es como un grano de trigo que murió para que los muchos recibieran su vida y pudieran vivir su victoria. Jesús en la cruz venció, y nosotros hoy vencemos también, porque tenemos esta vida victoriosa. Tenemos un privilegio mayor que el que tuvo Sansón.

¿Alguno de ustedes no tiene esta fe? ¿O ha tenido una fe claudicante, que cree y no cree? ¿Te has sentido frustrado, con alguna victoria esporádica, pero más que nada con derrotas? Hoy es el día de creer. No simplemente creer que Jesús es un profeta, sino creer correctamente lo que él es. Y cuando la tentación venga, ya sabemos lo que tenemos que creer, confesar y declarar: “¡Yo he creído y confieso que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios!”

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