Mensajes a la iglesia

Vuestra justicia

Aparte de la justicia de Dios está la justicia del creyente, que es requisito básico para entrar en el reino de los cielos. Esta justicia es una forma de rectitud y de santidad que va más allá de los cánones religiosos y humanos en uso.

Eliseo Apablaza F.

“Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos,
no entraréis en el reino de los cielos.”
(Mateo 5:20).

Cuando el Señor Jesús dijo estas palabras estaba sentado en la cumbre de un monte, y los discípulos y la multitud estaban a su alrededor, oyéndole. Era un hombre que les hablaba, sin ningún elemento exterior que revelara la grandeza de su persona.

Sin embargo, para nosotros, este versículo y toda esta enseñanza, tiene el mismo valor que si hubiese sido dicha desde un trono, en un palacio gigantesco y lujoso, con la presencia de personalidades connotadas, porque el que lo dijo es el Señor Jesucristo, el cual es el Rey. Estas son las palabras del Rey.

¿De qué clase de justicia se habla?

Aquí dice: “Vuestra justicia”. La primera pregunta que surge es ésta: ¿De qué justicia está hablando aquí el Señor? ¿Está hablando de esa justicia objetiva que es de Cristo, y que se imparte gratuitamente a todo hombre que cree en él? ¿O es otro tipo de justicia?

Si se tratara de la justicia de Dios, entonces no tendríamos otra cosa que hacer ahora sino alabar a Dios y darle gracias por este regalo.

Pero dice aquí: “Vuestra justicia ...” Si miramos el capítulo 6:1, dice: “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres ...” En el 5:20 dice “Vuestra justicia” y aquí en 6:1 otra vez dice: “Vuestra justicia”. Si miramos el resto del capítulo 6 encontramos que habla de la limosna, de la oración y del ayuno. Entonces, se trata de algo que es nuestro, y que es producto de un cierto obrar y de un cierto hacer.

El Señor enseñó: “Guardaos de dar limosnas para que os vean, guardaos de orar para que os oigan, guardaos de ayunar para que os alaben”. Aquí estamos hablando de una forma de vivir que es propia de los que aspiran a entrar en el reino de los cielos. “Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.” Y este “no entraréis” que aparece aquí, en el griego es más categórico todavía: Dice: “De ningún modo entraréis.”

Hay, por tanto, una justicia objetiva, que es un regalo de Dios en Cristo, y hay también una justicia subjetiva, que se va perfeccionando en nosotros en la obediencia del caminar diario. Cuando esta justicia se cultiva y progresa en el creyente, llega un momento en que podemos decir: He aquí un hombre muy parecido a Cristo. Por el hecho de poseer esta justicia, tenemos dentro de nosotros la semilla, el germen de santidad, de rectitud que espera ser expresada en la vida práctica.

La justicia de los escribas y fariseos

Los escribas y fariseos solían hacer ostentación de sus obras buenas. En el cap. 6 dice que cuando daban limosna, hacían tocar trompeta delante de ellos, para que toda la gente se enterase. Al hacerlo, subían a coro las alabanzas de los hombres. Con eso ya tenían su recompensa. En el acto mismo de ser alabados, ya estaban recibiendo su recompensa. La expresión “De cierto os digo que ya tienen su recompensa”, puede traducirse también: “Ya están recibiendo (completa) su recompensa”.

También oraban en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres. Entonces, ellos recibían su recompensa, porque los demás decían: “¡Qué piadoso es este hombre!”

También ayunaban. Y cuando lo hacían, dejaban que su rostro luciera la palidez propia de quien no ha comido por algún tiempo, para mostrar a los hombres que ayunaban. Visitaban también a las viudas y a los huérfanos. Pero en Mateo 23 dice que, en vez de ir a ayudar y a consolar, ellos devoraban las casas de las viudas. Caminaban por las calles con solemnidad, y les gustaba que la gente, al pasar, se inclinara y les dijera: “¡Cómo está, Rabí!”. Y también, dentro de sus hábitos de justicia, ellos diezmaban de todo lo que ganaban. 

La justicia de los escribas y fariseos era, en cierto modo, admirable. Si les miráramos externamente, parecería que de verdad eran justos. Sin embargo, el Señor desnudó su justicia una y otra vez, y dijo que eran hipócritas. La hipocresía supone un doble estándar. Supone mostrar algo que no es. La hipocresía es un arte: es el arte de hacer ver como verdadero algo que es falso. Es el arte de causar una impresión que no es real. Por eso el Señor les dijo en una ocasión que eran semejantes a sepulcros blanqueados, hermosos por fuera, pero llenos de huesos de muertos y de inmundicia por dentro. (Mateo 23:27-28). ¡Qué figura más fuerte usó el Señor! ¡Un sepulcro! Lo podemos pintar por fuera, lo hermoseamos, si queremos lo adornamos con oro, mármol, o lo que queramos, pero por dentro no deja de ser lo que es, no deja de tener lo que tiene todo sepulcro: Huesos de muertos.

La justicia de los súbditos del reino 

Luego el Señor nos da algunas muestras de cómo ha de ser nuestra justicia. “Súbditos míos –parece que nos dijera el Señor–, ustedes no se pueden enojar contra su hermano. Ustedes no pueden decirle ‘necio’, ni ‘estúpido’, ni ‘desgraciado’ a su hermano. Si lo hacen, se exponen a las llamas del infierno.” La enseñanza antigua era; “No mates”. Con el hecho que no mataran, los judíos ya llenaban la medida de su justicia. Sin embargo, el Rey dice: “No te enojes contra tu hermano. No abras tu boca para maldecirlo; no uses epítetos indecorosos cuando te refieras a él.”

¡Cuidado con las miradas impuras, súbditos del Rey! ¿Miraste una mujer para codiciarla? ¡Adulteraste! No estuviste en su alcoba, pero la miraste con lascivia, ¡adulteraste! Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo. Si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala. ¡Súbditos del Rey!: No basta con pedir perdón por haber codiciado a una mujer extraña. Es necesario sacarse el ojo y echarlo. Si esa costumbre que tú tienes te es ocasión de caer, deséchala. Si ese hábito arraigado que tienes te es ocasión de caer, córtalo. No sólo el Señor está diciendo que hay adulterio en tales casos, sino está enseñando cómo hacer para evitar volver a caer en lo mismo.

Este es el abuso que se comete contra la gracia de Dios: La sangre está disponible, los pecados son perdonados; por tanto, puedo seguir pecando. Pero el Señor dice: “Si eso te es ocasión de caer, sácalo.” Así evitarás volver a caer. La voluntad del Señor no es que tú tengas que echar mano a la preciosa sangre a cada rato. La voluntad perfecta del Señor es que quitemos aquello que nos es ocasión de caer. ¿Qué cosas hay en la vida de los súbditos del Rey, que son ocasión de caídas, de tropiezos, de pecados? ¿Qué cosas están haciendo provisión para la carne?

¡Cuidado, súbditos casados! Cuidado con repudiar a vuestras mujeres. Alguien pudiera decir: “Yo no la he repudiado. Yo la sigo soportando”. ¿Dices “soportando”? ¿No es eso acaso una forma de repudio? ¿Cuántas veces ha habido un repudio en el corazón que no llega al extremo de despedir a la mujer, pero que sí alberga en el corazón sentimientos hostiles? 

El Señor Jesús dijo: “Ojo por ojo y diente por diente, mas yo os digo: No resistáis al que es malo”. Antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra para recibir el segundo golpe. ¿Qué es lo que normalmente ocurre? Después que vino el golpe, huimos. O bien damos el golpe de vuelta. A lo más que llega nuestra justicia es a huir. Pero ninguna de esas dos opciones es el mandamiento del Señor. Él dijo: “Cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra.”

¿Alguien te puso un pleito para quitarte algo? La solución: Contrata un abogado. Así no va a poder quitarte lo que quiere. No permitas que te quiten lo que es tuyo, lo que tú ganaste con el sudor de tu frente. Pero el Rey dice: “Si alguien quiere quitártelo, dale también la capa. Si alguien te obliga a llevar carga por una milla, ve con él dos”. No sólo has de hacer lo que es justo, sino más que eso. No sólo la bondad: más que eso. Es una bondad absurda. ¡Humanamente es absurda!

Testimonios

Recuerdo la historia de un muchacho negro que vivió como 22 años solamente, pero en esos pocos años mostró mucho del carácter de Cristo. Samuel Morris viajó en un barco desde África a Estados Unidos. En el barco todos le hablaban duro; algunos lo pisotearon y golpearon. El muchacho hizo exactamente lo que el Señor mandó aquí. Al terminar ese largo viaje, casi todos en el barco se habían convertido a Cristo, desde el capitán para abajo. Y los hombres que primero lo insultaban, al final de la travesía casi lo adoraban. ¿Qué había hecho él? ¡Era sólo un muchacho negro! Pero tenía la vida de Cristo, amaba al Señor, y ponía en práctica lo que conocía del Señor. Cuando lo golpearon, nunca reaccionó, puso siempre la otra mejilla. Siempre obedeció las órdenes; cuando había uno enfermo, corría a ayudarlo, y cuando había uno necesitado él era el primero en socorrerlo. 

Nosotros somos demasiado racionales e inteligentes, y entonces comenzamos a cuestionar esta Palabra y a decir: “No, esto es impracticable. Si yo hago esto, la próxima vez me van a pasar por encima. Si yo hago esto, me van a usar como estropajo.”

Watchman Nee cuenta la historia de un hermano en China. Tenía un arrozal en una ladera y almacenaba el agua para regarlo. Su vecino también tenía un arrozal al lado abajo del suyo. Un día el vecino hizo un boquete en su estanque, para regar su propio arrozal. Y así hizo varios días. El hermano cerraba el boquete y almacenaba agua para su arroz, y el vecino lo abría y hacía correr el agua para el suyo. Él no dijo nada. No hubo ninguna injuria en su boca. Simplemente, iba y corregía el asunto y recibía el agua para su arrozal. Sin embargo, no tenía plena paz y gozo. Consultó con los hermanos, y le dijeron que no sólo debía soportar el daño, sino que debía ir más allá. Así que el hermano comenzó a regar el arrozal del vecino por las mañanas y el suyo por la tarde. Cuando el vecino se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo, quedó perplejo. Al final, quiso conocer qué clase de gente era la que procedía así, y se entregó al Señor.

Estas palabras del Señor hablan de una justicia que va más allá de toda lógica. Richard Wurmbrand, en su libro “Torturado por Cristo” cuenta de sus 14 años en las cárceles de Rumania por causa del Señor. Él fue testigo de la conversión de muchos carceleros que veían cómo los cristianos, después de ser golpeados y privados de alimentos, los bendecían y los amaban todavía. Eso no lo podían entender. Estaba fuera de toda lógica.

¿Qué hacéis de más?

Cuando leemos Mateo 5:43-48, ¿Qué vemos allí? ¿Qué hacen los publicanos? Ellos aman a los que los aman. ¿Qué hacen los gentiles? Saludan a quienes los saludan. Pero vosotros ¿qué hacéis de más? Mire la pregunta: “¿Qué hacéis de más?” (v.47). Saludar al que nos saluda es hacer lo justo, lo que hacen todos. Es proceder según el sentido de la justicia natural. Amar a los que nos aman es lo mismo que hacen quienes no conocen al Señor. Pero vosotros, ¿qué hacéis de más? ¿Hacéis lo justo solamente, lo que demanda el buen criterio y la justicia de los hombres? ¿O hacéis algo de más?

¡La justicia de Dios en nosotros consiste en hacer cosas de más! Consiste en ir más allá de la bondad humana. Es ir la segunda milla, regalar la capa cuando nos quitan la túnica. Bendecir a los que nos crucifican es hacer algo de más. Jesús desde la cruz pidió al Padre que perdonara a quienes lo crucificaban. Cuando era maldecido, no respondía con maldición; él solamente bendijo. ¿Cuál es la regla de nuestra justicia? Aquí hay tres reglas de medida: la de los fariseos, la de los publicanos y la de los gentiles. Pero ninguna de ellas es digna de un súbdito del Rey Jesús. Ninguna de ellas es suficiente.

Estas enseñanzas del Señor Jesucristo han sido por demasiado tiempo descuidadas, o han sido guardadas en un baúl. Han sido leídas como se lee el diario. Pasamos rápido por ahí, porque no nos conviene leerlas. Sin embargo, mira la gravedad del asunto: “Si vuestra justicia no es mayor que la de aquellos, no entraréis de ningún modo en el reino de los cielos.” ¡Y algunos de nosotros presumimos de estar tan seguros de entrar en el reino de los cielos!

Los afanes del mundo

“Los gentiles buscan todas estas cosas, pero vuestro Padre sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”. ¿Qué hacen los gentiles, es decir, los incrédulos? Ellos se afanan por la comida, por la bebida, y el abrigo. “¿Qué comeremos, qué beberemos, qué vestiremos?” – dicen. Los gentiles buscan todas estas cosas. No tienen Dios. Ellos piensan que si no trabajan duro les va a faltar el pan. Ellos acumulan dinero, procuran tener una cuenta de ahorro bien grande, o adquieren terrenos y casas. Ellos están afanados. Piensan que si les falta ese dinero no van a poder vivir. ¿Qué será del mañana? ¿Qué será de los hijos? ¿Qué será de la esposa? ¡Oh, qué desesperación! ¡Hay que acumular dinero, hay que trabajar mucho! ¡Así hacen los gentiles! ¡Ellos no tienen Dios!

¿Pero qué hacen los súbditos del Rey? Cuando ellos ven un pajarillo cantando feliz en la rama de un árbol, o dando saltitos en una pradera, dicen: “¡Qué lindo es ese pajarillo. No le ha faltado de comer. No se ve lánguido. Está feliz. Él escarba en la tierra y encuentra qué comer. Va detrás de los animales, y siempre encuentra. Así el Señor los sustenta”. ¿No hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia”. El reino de Dios tiene una justicia. Es el reino y su justicia, su rectitud. Es la santidad propia del reino de Dios.

En otra parte, la Escritura dice: “Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo”. ¿Por qué los hombres no conocen la paz y el gozo? Porque ellos se afanan. Ellos no creen que Dios les sustentará, que Dios les guarda, que Dios les ama más que a esas avecillas. Entonces se afanan tras los tesoros de la tierra. Entonces sirven a un dios extraño que se llama Mamón, la riqueza idolatrada.

Las actuales hipocresías

No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21). Noten ustedes las siguientes frases: “No todo el que me dice, sino el que hace”. No se trata de decir, sino de hacer. “Muchos me dirán en aquel día: Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?” ¡Qué trabajos más santos son éstos! “Entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.” Dijimos antes que la justicia de los fariseos consistía en hacer obras en público para ser alabados por los hombres. Acá encontramos otro tipo de justicia. Es la justicia de predicar en el nombre del Señor, de echar fuera demonios y de hacer milagros. Los que esto hacen también tienen una justicia que exhibir. Tal vez podamos decir que aquella justicia –la de los fariseos– es la justicia del Antiguo Pacto, y ésta la del Nuevo Pacto. (Más bien, la justicia de los hipócritas del Nuevo Pacto).

Parece tan difícil de entender que estas gentes que hacían estas cosas tan buenas eran también hacedores de maldad. ¿Podemos imaginarnos las dos cosas juntas? ¿Uno que profetiza y que a la vez es hacedor de maldad? ¿Uno que echa fuera demonios que es también hacedor de maldad? ¿Y uno que hace milagros y que es hacedor de maldad? ¿Es posible que se reúnan en una persona esas características tan contrastantes? ¡Oh, es el Rey el que habla, amados! No es Pablo, no es Pedro. ¡Oh, temamos a las palabras del Rey! “Hacedores de maldad ... no los quiero ver, no los conozco ... apártense ...”. A ese extremo llega el repudio que le provoca al Señor este tipo de personas.

Dones y rectitud

¿Por qué es posible que ocurra esto? Amados hermanos, tanto el profetizar, como el echar demonios y el hacer milagros son acciones propias de la gente que tiene dones. Dios da dones a los hombres. En la cristiandad hay hombres con esos dones. Pero los dones nunca han equivalido a rectitud. No equivalen a  santidad práctica. Así se entiende, entonces, el que se pueda tener estos dones y ser un hacedor de maldad.

Un predicador argentino se preguntaba tiempo atrás cómo es posible que haya este tipo de gente que teniendo tantos dones son reprobados por el Señor. Y él contaba que le preguntó al Señor, orando con mucha aflicción. Y entre otras razones que el Señor le dio, recuerdo esta: Los dones no son dados necesariamente a los más capaces. Para que nadie se gloríe. Un don es un regalo, no una recompensa. Una segunda razón es que todos los que tienen dones han de temer y temblar hasta el final. Esta es una buena advertencia. El día que el Señor nos retire su gracia, nos hundimos.

La prudencia de oír y hacer

Cualquiera, pues, que me oye estas palabras y las hace le compararé a un hombre prudente ...” (Mateo 7:24). Noten ustedes estos verbos que hay aquí. “... Que me oye estas palabras y las hace ... le compararé ... ¿A qué? ... a un hombre prudente” ...

La justicia de algunos cristianos es de un nivel muy bajo. Como decía antes, la justicia de algunos maridos consiste sólo en soportar a su mujer. O la justicia de alguna esposa consiste en apenas sobrellevar a su marido. La justicia de uno que antes era un vividor es apenas el hecho de no salir por las noches, pero en su casa tiene todavía alguna forma de libertinaje. ¿Es esa la justicia de alguien que aspira al reino de los cielos? La justicia de algunos cristianos es de un nivel muy bajo, indigna del Señor.

Hemos hablado mucho de la santidad y de la justicia imputada, como verdades objetivas y eternas. Hemos dicho: “Posicionalmente somos santos” y “posicionalmente somos justos”. Pero subjetivamente nuestro estado ha andado muy lejos, contradiciendo nuestra posición. 

¿Quiénes gobernarán con Cristo?

Amados hermanos y amigos: El reino de los cielos es santo, es justo, es puro. Es de tal nobleza, que nunca se ha visto otro igual sobre la tierra. Y el Señor Jesús está preparando súbditos para que reinen con él. ¿A quiénes pondrá él a gobernar en su reino? Solamente a los que son prudentes, a los que han oído sus palabras y las hacen.

Miremos, por favor, la parábola del hijo pródigo. A nosotros nos gusta la parábola del hijo pródigo. La figura de este muchacho que se va de la casa, que vuelve, que es perdonado, y que es recibido con fiesta, nos enternece. Hay misericordia para él en la casa de su padre. Pero les voy a hacer ahora una pregunta un poco difícil, a propósito de esta parábola: ¿A cuál de los dos hijos el padre pondría a administrar su hacienda? ¿A cuál de los dos le daría la responsabilidad de administrar dinero y de tratar con los jornaleros? Acuérdense de que el padre le dice a su hijo mayor: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas”. El hijo pródigo es digno de misericordia, pero creo que no es apto para administrar los recursos en la casa de su padre.

El Señor está buscando súbditos a los cuales asignarles la administración de una ciudad, de un reino. Está buscando a quienes entregarles la tuición sobre otros y sobre muchas cosas. Hay cristianos que viven siempre con el ciclo del hijo pródigo, yéndose de la casa y volviendo a casa. Lo único que ellos conocen es la vida disipada afuera y el perdón después en la casa del padre. Su vida es un círculo vicioso. Se van y vuelven. Ellos nunca administrarán nada.

Amados hermanos santos: recibamos a los hijos pródigos, amémosles, perdonémosles, así como nosotros hemos sido perdonados. Pero tengamos una meta más alta que ser permanentemente perdonados por nuestros desvaríos. Tengamos un caminar en justicia. Seamos personas a las cuales Dios les pueda asignar tareas, trabajos y responsabilidades. Que el Señor nos socorra.

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