Mensajes a la iglesia

ICABOD, o cuando la gloria de Dios se va

La pérdida de la gloria de Dios es la peor desgracia que podía ocurrirle a Israel, y es la peor desgracia que puede ocurrirle también a la Iglesia.

Eliseo Apablaza F.

Lectura: 1 Samuel 4:17-22, Ezequiel, caps. 8 - 10, 40 - 43, 47

Este pasaje que hemos leído se ambienta al final del período de los jueces, un período oscuro en la historia de Israel. Aquí encontramos a un hombre llamado Elí, un anciano de noventa y ocho años. En esos días, sus dos hijos, Ofni y Finees, habían corrompido el sacerdocio, por lo que Dios estaba cansado de soportarlos. 

Quitada es la gloria de Israel

En este tiempo se produce una batalla con los filisteos, quienes capturaron el arca. Esta terrible noticia provoca una serie de descalabros, entre ellos la muerte de Elí y de una de sus nueras, que estaba embarazada. Antes de morir, la mujer alcanza a decir una palabra, que fue finalmente el nombre que llevó su hijo: «Icabod». (Sin gloria). Esta palabra refleja muy bien lo que significaba para ellos la pérdida del arca.

El arca contenía el testimonio de Dios. Para Israel representaba la presencia y la gloria de Dios. Ahora la gloria de Israel había sido quitada. ¿Qué puede hacer el pueblo de Dios cuando la presencia de Dios le es quitada? Sin embargo, en aquella oportunidad, Dios intervino para defender su testimonio, de modo que los filisteos tuvieron que devolver el arca.

Eran los días en que Dios todavía tenía misericordia de su pueblo.

Otra época, pero la misma pérdida

Pero avancemos en las Escrituras, y vayamos al libro de Ezequiel capítulo 10. Aquí encontramos al pueblo de Israel en otra época histórica, pero con el mismos problema: de nuevo han perdido la presencia de Dios.

Aquí vemos cómo Dios abandona el templo en Jerusalén. ¿Qué puede haber ocurrido para que la gloria de Dios abandonase el templo, ese lugar santo donde él había hecho morada? Después de este capítulo 10 nosotros encontramos sólo desolación y destrucción. Vinieron los babilonios, Nabucodonosor y sus ejércitos, y luego el templo fue destruido y quemado. Llegó a ser una ruina, el templo y la ciudad entera.

Las causas de la pérdida

Las causas de esto las encontramos en el capítulo 8. Era el sexto año del cautiverio de Ezequiel en Babilonia. El profeta estaba en su casa, con los ancianos de Judá, también cautivos; y entonces el Señor lo tomó y lo llevó en visión a Jerusalén para mostrarle cuál era la causa de por qué Dios había decidido retirar su gloria de ese lugar. 

Un ídolo en la entrada

“Y me llevó en visiones de Dios a Jerusalén, a la entrada de la puerta de adentro que mira hacia el norte, donde estaba la habitación de la imagen del celo, la que provoca a celos». Aquí encontramos la primera causa: a la entrada misma del templo, por el norte, había un ídolo. ¿No les había dicho él en la Ley acaso que no se debían crear imágenes de cosa alguna bajo el cielo, ni menos inclinarse ante ellas y adorarlas? 

El Señor le dice a Ezequiel: «¿No ves lo que ellos han hecho? Han construido esa abominación para alejarme de mi santuario». No es que Dios se quiera ir: ellos le están alejando.

El pecado de los ancianos

En los versículos 6b al 12 tenemos la segunda causa. Los ancianos representaban la autoridad en Israel, eran los hombres respetables. Ellos, en un número de setenta, estaban contemplando esa pared llena de imágenes de ídolos, de figuras de reptiles y bestias abominables.

Cuando el pueblo de Dios llega a esa condición de decir: «No nos ve Jehová; podemos hacer lo que nosotros queramos», es que ha llegado a una total inconsciencia de la presencia de Dios, y a una falta absoluta de temor. Esta es una de las señales de la apostasía.

El pecado de las mujeres

Sin embargo, no era todo. El Señor le dice al profeta: «Vuélvete aún, verás abominaciones mayores que hacen éstos. Y me llevó a la entrada de la puerta de la casa de Jehová, que está al norte; y he aquí mujeres que estaban allí sentadas endechando a Tamuz». (v.13). Tamuz era un ídolo procedente de Babilonia. Tamuz se representaba como un niño en brazos de su madre, Astarot. Según las fábulas paganas, Nimrod se había divinizado y se había manifestado de nuevo en su hijo, Tamuz. Los babilonios creían que éste era el salvador del mundo anunciado en Génesis 3.

Esta teología babilónica se había infiltrado en Israel. Y aquí están estas mujeres israelitas –llamadas a ser santas, a adorar al único Dios vivo y verdadero– endechando a Tamuz dentro de la propia área del templo. ¿Qué historias se contarían respecto de él que producían en estas mujeres tal emoción y llanto?

El pecado de los ministros

«Luego me dijo: ¿No ves, hijo de hombre? Vuélvete aún, verás abominaciones mayores que estas. Y me llevó al atrio de adentro de la casa de Jehová; y he aquí junto a la entrada del templo de Jehová, entre la entrada y el altar, como veinticinco varones, sus espaldas vueltas al templo de Jehová y sus rostros hacia el oriente, y adoraban al sol, postrándose hacia el oriente». (vv.15-16).

Cuando se ordenó el servicio levítico en el templo, se establecieron veinticuatro turnos para servir en la casa. Aquí encontramos en estos veinticinco varones un representante de cada uno de esos turnos levíticos, más el sumo sacerdote. Éstos eran los que se acercaban para ministrar delante de Dios. Pero ellos están postrados adorando el sol.

El culto a la imagen

He aquí tres grupos representativos de Israel cometiendo pecados abominables delante de Dios, y en el mismo lugar santo. Parece increíble. ¿No era suficiente todo esto para que Dios decidiera retirar su gloria?

Permítanme hacer ahora una aplicación de estas tres abominaciones que vio Ezequiel en el templo de Jerusalén. Creo que hay un mensaje aquí para nosotros.

¿Qué nos puede hablar a nosotros esos setenta ancianos contemplando la pared pintada con imágenes diversas, con formas de animales, bestias abominables? Desde lo más recóndito de la historia hasta el siglo XX, las civilizaciones se habían desarrollado en torno a la palabra. Sin embargo, en estas últimas décadas, la cultura está cada vez más centrada en la imagen. Desde los días en que el cine se inventó, a fines del XIX, la forma de comunicación más influyente es la imagen. «Una buena imagen habla más que mil palabras».

Sin duda las figuras que los setenta ancianos contemplaban eran representaciones de los ídolos de los pueblos vecinos. ¿Qué formas de pecados, de depravaciones, estarían figurados allí? Cuando se habla en las Escrituras de culto idolátrico se refiere a las prácticas depravadas que se realizaban en honor de los ídolos. A cada ídolo se le consagraban sacerdotisas, que estaban allí para servir el culto con los que acudían a adorar.

Aquellas formas de abominación nos sugieren el moderno culto a la imagen a través del cine y le televisión. La sexualidad orgiástica –incluido el bestialismo–  ya está siendo divulgada desvergonzadamente. La depravación se sabe cómo comienza, pero no se sabe dónde termina. Cuando el corazón del hombre se ha depravado, no le basta la normalidad, sino que cae en las formas más grotescas de sexualidad contra natura. Creo que esto es una advertencia para los cristianos de hoy. Cuidado con las imágenes que se ofrecen ante nuestros ojos. La manifestación de esta forma de abominación se está cumpliendo de manera literal, porque ya existen televisores tan delgados que se pueden colgar en la pared como si fueran un cuadro. Si usted tiene dinero, puede comprar uno de tamaño gigante que cubra toda la pared. 

La idolatría

La segunda de estas abominaciones son las mujeres que lloran a Tamuz. Esto tiene que ver con la idolatría.

Cuando el catolicismo por allá por el siglo IV quiso abrirse para recibir a todo el mundo en el seno de la iglesia, entonces adaptó su teología a las teologías paganas permitiendo que dejaran su huella en el cristianismo. La figura de María con el niño Jesús en brazos no está tomada de las Escrituras, sino que es herencia del paganismo babilónico.

Aunque no se quiera reconocer, la imagen de María y el niño en brazos es un ídolo al cual no sólo se venera, sino también se adora. Usted seguramente ha visto imágenes con muchas flores y velas encendidas. La gente se acerca y se arrodilla frente a ellas. ¿Qué es eso? ¡Eso es idolatría!

¡Cuánto de Babilonia se ha infiltrado allí! En el libro «Babilonia, misterio religioso», Ralph Woodrow muestra cómo Babilonia está presente en todas las falsas religiones y también en el catolicismo, introduciendo varias figuras, símbolos y celebraciones. ¡Esto es asombroso y espeluznante!

«La reina del cielo»

Cuando se produjo el cautiverio de Israel, un pequeño remanente huyó a Egipto escapando de Nabucodonosor. El profeta Jeremías fue obligado a ir con ellos. Estando allá, Jeremías llamó al remanente allí en Egipto a volverse a Dios.

Sin embargo, la respuesta que dieron las mujeres a ese llamado es un discurso desfachatado y soberbio, en que ellas adhieren desvergonzadamente a “la reina del cielo”, atribuyéndole todas las bondades que no fueron capaces de atribuir al Dios de Israel. (Jer.45:16-19). Así también, hay un ídolo hoy día en el mundo cristiano al cual suelen denominar la ‘reina del cielo’. Este es uno de los muchos títulos que tenía Astarot, la madre de Tamuz. 

Puede llegar a tal extremo el extravío y la dureza del corazón idólatra, que se puede defender un ídolo en contra de Dios. Si a una mujer idólatra tú le tocas el ídolo que tiene ese niño en brazos, lo más probable es que se haga enemiga de ti, y que diga: «Gracias a él (o ella en este caso) yo estoy bien». La idolatría se introduce de forma disimulada hasta atrapar el corazón y encadenarlo.

Las religiones de Oriente

Veamos ahora la tercera abominación. Esos veinticinco varones estaban vueltos hacia el oriente, postrados ante el sol. La entrada al tabernáculo en el desierto estaba hacia el oriente. En Ezequiel encontramos que Dios se manifestaba desde el oriente. Sin embargo, aquí ellos estaban vueltos hacia el oriente no para adorar a Dios, sino para adorar al sol.

Hoy el mundo entero está vuelto también hacia el oriente. El oriente está invadiendo a occidente con sus filosofías. La Nueva Era está teñida por las filosofías orientales. Ellas tienen en común la creencia de que el hombre puede llegar a ser dios por medio de ciertas prácticas y disciplinas; que el hombre puede perfeccionarse por sí mismo.

Esta filosofía se está infiltrando también en la cristiandad apóstata. Muchos de los e-mails que los cristianos se envían a través de Internet son mensajes de autoperfec-cionamiento. Ellos instan a los cristianos a desarrollar su potencial: «Mira lo que está en ti, déjalo fluir, déjalo salir. No busques fuera, busca dentro de ti». Ellos no dicen: «Dentro de ti está el Señor», sino «Mírate a ti y ve que tú eres capaz si te perfeccionas, si te disciplinas».

Hace poco tiempo se denunció que las Naciones Unidas están intentando formar una nueva religión, que integra elementos de ecología, de humanismo y, sobre todo, de filosofías orientales. Creo que los cristianos van a ser tentados más y más por estas filosofías en los días venideros.

Hay libros extraños en la mesa de noche de muchos cristianos, libros con clara influencia oriental. Hay ahí autores muy conocidos y admirados, que suelen asociarse con la sabiduría y la prosperidad. Parecen inofensivos, pero son dañinos. ¡Cuidado, son víboras que muerden fuerte!

Los juicios caen

Cuando estas tres clases de abominaciones se introducen en medio del pueblo de Dios, entonces Dios decide retirarse. En el capítulo 8 de Ezequiel se denuncian las abominaciones, y en el capítulo 9 vienen los juicios. Los verdugos aparecen con sus instrumentos para destruir, pero también llega un varón vestido de lino para marcar a aquellos que gemían y clamaban por las abominaciones que se hacían en medio de Jerusalén. Todos los que no tenían la marca fueron exterminados, comenzando desde el santuario.

Así también, los juicios de Dios van a caer sobre la cristiandad apóstata, sobre los cristianos acomodados al mundo, que se han entregado a los placeres y a toda conducta abominable. 

La gloria del Señor abandona el templo

El capítulo 10 de Ezequiel muestra cómo el Señor se va. El arca todavía estaba allí; sin embargo, el Señor se va. La gloria de Dios se posó sobre unos querubines y se fue alejando, hasta posarse en un cerro cercano a Jerusalén. Y «desde allí, desapareció». No sólo abandonó el templo, sino también ¡abandonó la ciudad! Ya no había ningún lugar que mereciera tener su gloria.

Cuando el arca fue robada en los días de Elí, Dios mismo se vindicó y la trajo de vuelta. Sin embargo, aquí encontramos que el arca todavía está en el templo, pero Dios ya no está allí. El arca ya no tenía la gloria.

Ved lo que hay en la cristiandad hoy: el arca está allí, pero la gloria no está. El nombre de Cristo está, y su doctrina; pero la gloria de Cristo se ha ido. 

Oh, amados hermanos, ¡no dejemos que la gloria de Dios nos abandone nunca! ¡Él no quiere irse; somos nosotros los que podríamos alejarle! Guardemos la santidad en el temor de Dios, librémonos de estas contaminaciones, guardemos nuestra conducta pública y privada, tengamos paz unos con otros, amémonos, bendigámonos y tengamos comunión.

Dios muestra su plan futuro

Vayamos a Ezequiel capítulo 40. Habían pasado como veinte años desde las visiones anteriores y Ezequiel tuvo una nueva visión. Versículo 2: «En visiones de Dios me llevó a la tierra de Israel, y me puso sobre un monte muy alto, sobre el cual había un edificio parecido a una gran ciudad, hacia la parte sur». En la realidad lo que había era una ciudad destruida, un templo quemado. Pero en la visión, Ezequiel ve un nuevo templo.

Luego, en el capítulo 43 de Ezequiel se anuncia una nueva etapa en el desarrollo del propósito de Dios. Dios tuvo que desechar una ciudad contaminada y corrupta. Dios tuvo que aceptar que quemaran el templo sagrado, pero él no se quedó así. Le mostró a Ezequiel lo que habría de ocurrir en los tiempos futuros: él se habría de conseguir una nueva ciudad, él iba a tener un nuevo templo.

Versículos 6 y 7: «Y oí uno que me hablaba desde la casa; y un varón estaba junto a mí, y me dijo: Hijo de hombre, este es el lugar de mi trono, el lugar donde posaré las plantas de mis pies, en el cual habitaré entre los hijos de Israel para siempre». ¡He aquí un lugar donde Dios habitará para siempre! ¡Un lugar del cual Dios no se irá nunca, porque es santo, santo, como Dios es santo! A la luz del Nuevo Testamento, podemos decir que esta casa nueva y definitiva es la iglesia.

La primera Jerusalén, aquel santuario terrenal, fracasó. Pero, he aquí, hay un santuario celestial que no fracasará. Dios habitará en él para siempre. Los judíos pueden pensar que este templo descrito aquí en Ezequiel es un templo que hay que construir ahora. De hecho, ellos han tomado estas indicaciones para levantar un nuevo templo en Jerusalén. Pero nosotros hablamos de la Jerusalén celestial, del santuario celestial, no hecho de manos. ¡La gloria nunca más se irá de nosotros! ¡Él habitará en medio nuestro para siempre! 

Las aguas vivas

En Ezequiel capítulo 47 se muestra que de debajo del umbral de esa casa salían aguas, y que el profeta es introducido en ese río. ¿Cuál es el templo del cual fluyen las aguas vivas? ¿Cuál es el lugar donde halla saciedad, reposo y paz todo hombre? ¿Donde recibe sanidad todo aquel que entra en este río? Este no es un edificio hecho de manos, este es un edificio espiritual. Nosotros hemos sido saciados con estas aguas salutíferas. Esta es la iglesia del Dios Viviente. En medio de ella está Aquel que dijo: “El que tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí ... de su interior correrán ríos de agua viva”.

Nuestra honra presente

Aborrecemos y nos limpiamos de toda contaminación y de toda idolatría. Nos declaramos un pueblo santo, un pueblo justo, un pueblo para Dios. Que nunca tengamos que decir. «Él ya no está, él se ha ido».

¿En qué consiste la gloria de Dios? ¿Consistirá en luces, en llamarazos? ¿Consistirá en una gran humareda? Oh, la gloria de Dios a veces es un viento suave y apacible, es una cosa delicada que se va transmitiendo de uno a otro cuando damos testimonio, cuando oramos, cuando juntos adoramos. No es algo visible. Donde Dios está, allí está la gloria de Dios.

La gloria de Dios nos cautiva por dentro. Es una atracción, es un gozo, es un deseo de estar ante su presencia. Es sentir sus caricias, es saber que nada nos falta, porque estamos en él y porque él está en nosotros. Es saber que sus cuidados no se han apartado. No lo alejemos nunca.

No pretendamos imitar la gloria de Dios. Tampoco es necesario que hagamos esfuerzos: la gloria está, simplemente, porque Dios ha decidido que ésta sea su habitación.

***