Mensajes de evangelización

El generoso perdón de Dios

Una de las parábolas del evangelio nos muestra la magnitud del perdón de Dios, que cubre la más grande deuda del hombre: la deuda por sus innumerables pecados y rebeliones con Él. Esta deuda no hay forma de pagarla por nuestros medios, por eso Dios proveyó un generoso perdón por la sangre de Cristo en la cruz.

Las parábolas usadas por el Señor Jesús tenían el propósito de declarar cosas escondidas desde la fundación del mundo. Y de esas cosas, una de las más gloriosas era dar a conocer el corazón, los pensamientos y los caminos de Dios.

Antes que el Señor revelara a Dios mediante sus enseñanzas, los hombres no conocían a Dios, y tenían un concepto equivocado de Él. El carácter de Dios estaba escondido desde la fundación del mundo, pero ahora es revelado en toda su maravillosa gracia.

La grandeza del corazón de Dios y la pequeñez de nuestro propio corazón se muestran claramente en la parábola de los dos deudores. Un rey quiso hacer cuentas con sus siervos. Uno de ellos le debía diez mil talentos, y como no pudo pagar, su señor ordenó venderle a él y su familia. Pero este siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: “Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo.” El rey, movido a misericordia, le soltó y le perdonó los 10.000 talentos. Un talento valía 6.000 dracmas, y una dracma era lo que ganaba un jornalero al día. De manera que 10.000 talentos era el equivalente a 60 millones de días de trabajo de un jornalero. Esto sería, en nuestros días, aproximadamente unos 34 millones de dólares, más de 18.000 millones de pesos chilenos.

Una cantidad impagable

Para graficar la inmensidad de la deuda, digamos que ese monto es equivalente a 1.800 casas de diez millones cada una, o a 3.600 vehículos de cinco millones. Si tuviésemos que pagar esta deuda a plazos (sin intereses), con cuotas de $ 200.000 mensuales, tardaríamos 7.500 años. Si pudiéramos pagar unos $500.000 mensuales, demoraríamos 3.000 años. Si pagáramos un millón de pesos al mes, tardaríamos 1.500 años, es decir, unas 21 vidas. Si alguien dijera: “Yo tengo mucho dinero, yo quiero pagar esa deuda mensualmente de por vida”, en setenta años debería pagar $21.428.571 todos los meses. Verdaderamente, la deuda de este siervo era impagable.

Tal como ésta, es la deuda que todo hombre tiene con Dios. Sus muchos pecados y rebeliones se han acumulado en su contra.

¡Cuánto ha ofendido la santidad de Dios! ¿Qué puede hacer el hombre en tal condición? ¿Debería intentar pagarla?

El siervo de esta parábola pretendía pagar, pero el rey, sabiendo que no podría, le perdonó. El siervo pensó como lo hace la mayoría de los hombres; es decir, creyendo que tiene alguna solvencia en sí mismo. Que tiene méritos suficientes como para que Dios lo perdone.

Dios, que conoce nuestra condición, actúa como hizo este rey, es decir: perdonando. Aún más, Dios no acepta nuestros recursos para solucionar este asunto. El no quiere que usemos recursos que están viciados por nuestra injusticia.

Cuando Dios envió a su Hijo al mundo no lo envió a cobrar deudas, sino que lo envió a perdonar, para que por medio de su sangre fuéramos limpios de todos nuestros pecados. El perdón de esta deuda no fue un acto realizado por decreto (que hubiera sido fácil), sino por medio de la muerte de su propio Hijo.

Lo que en verdad agrada a Dios es que reconozcamos que necesitamos de su gracia y su perdón. El corazón de Dios es tan amplio, sus pensamientos son tan generosos, la provisión de la sangre de Jesús es tan abundante, que hay salvación para todo aquel que se acerca a Él con un corazón quebrantado. ¿Quiere recibir el perdón de sus pecados hoy? De usted depende, sólo de usted.

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