Estudio Biblico

Lección 4
ABEL Y ENOC
(La cruz y el arrebatamiento)

Génesis capítulos 4 y 5


En esta lección centraremos la atención en dos personajes: Abel y Enoc, uno en cada capítulo de Génesis. Ellos contienen valiosas enseñanzas para nosotros, y representan, además, los dos extremos de la vida de la Iglesia sobre la tierra: La cruz (el sacrificio de Cristo) y el arrebatamiento, respectivamente. O, dicho de otra manera, la gracia y la gloria (Salmo 84:11). 1

CAÍN Y ABEL: DOS PECADORES ANTE DIOS

Dos hermanos en igualdad de condiciones. Estos dos hermanos se parecen entre sí en varios aspectos: ambos son hijos de los mismos padres (Adán y Eva), ambos nacieron fuera del huerto, ambos traían en sí mismos el germen del pecado. Pero también se diferencian grandemente: uno de ellos fue declarado justo2, el otro, en cambio, llegó a ser un impío, fratricida y fugitivo de Dios.

Con toda seguridad, estos dos hijos oyeron de sus padres una y otra vez el relato de las primeras cosas, y, especialmente, de la caída; y cómo ellos habían intentado cubrir inútilmente su desnudez con delantales, y cómo Dios mismo había tenido que inmolar un animal para cubrirlos. Ellos debieron de contarles cuál era la forma de estar delante de Dios. Porque desde la caída, había una sola forma de presentarse delante de Dios, y ésta era con un sacrificio de por medio. Recordar esto es fundamental para entender el capítulo 4 de Génesis.

Un error de interpretación común. Cuando se lee inadvertidamente Génesis 4, se suele caer en un error de interpretación muy común. Caín y Abel tenían oficios distintos, y cada uno trajo su ofrenda al Señor. Sin embargo, no debe pensarse que el oficio predisponía a Abel a presentar una ofrenda grata y a Caín una ingrata. La diferencia de oficios no fue el problema central. El relato de Génesis pareciera sugerir que Caín fue rechazado por no ofrecer los mejores frutos de la tierra a Dios, a diferencia de Abel, que ofreció «de lo más gordo» de sus ovejas. Esta interpretación suele oírse a menudo; sin embargo, no es correcta.

Para el perfecto entendimiento de este pasaje tenemos que ir al Nuevo Testamento. (Muchas veces ocurrirá esto, que el Nuevo explica al Antiguo).

1. Abel

«Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y muerto, aún habla por ella» (Heb. 11:4) En este versículo se nos aclaran tres cosas fundamentales respecto de por qué el sacrificio de Abel fue aceptado, y, por contraste, por qué el de Caín fue rechazado.

a) Abel era un hombre de fe. A la luz de Hebreos 11:1 podemos inferir lo que es un hombre de fe. Un hombre de fe tiene la mira puesta en lo presente que no se ve y en lo futuro que se espera. Al traer su ofrenda, Abel usó de fe. Cuando trajo su ofrenda, Abel se alineó con lo que Dios hizo para cubrir a sus padres antes de la salida del huerto, es decir, con el sacrificio de un animal. Se alineó también con su padre Adán cuando éste, con esperanza, llamó el nombre de su mujer «Eva» (madre de los vivientes). Abel miró hacia adelante y vio, por la fe, el cumplimiento de la promesa que había hecho Dios a sus padres acerca de la «simiente de la mujer», es decir, a Jesucristo, y quiso representarlo (y prefigurarlo) con su ofrenda. Abel se acercó a Dios con fe; y cuando es por fe, entonces no es por obras.

b) Dios dio testimonio de su ofrenda, no del hombre Abel. El cordero de Abel tenía un valor independiente de los méritos de Abel. Aún más, la ofrenda valía más delante de Dios que el propio adorador. ¿Por qué? Porque la ofrenda hablaba anticipadamente de Cristo, que habría de redimir con su sangre al hombre. No hubo en el carácter o personalidad de Abel algo que lo aventajara con respecto a Caín. Ambos eran pecadores perdidos. Ambos estaban bajo condenación. La paga del pecado de Adán se les había imputado a ambos aún antes de nacer. ¿Cómo podría haber sido por méritos?

Al acercarse a Dios con un sacrificio, Abel estaba reconociendo dos cosas fundamentales: a) Que el hombre había caído, y que no podía presentarse ante Dios con el fruto de sus propias obras, que son como delantales inútiles. Abel era un pecador que necesitaba un sustituto.

b) Que el pecado sólo puede ser expiado (limpiado, quitado) con sangre.

c) Abel sigue hablándonos por medio de su ofrenda. La ofrenda de Abel es la primera de una larga serie de ofrendas que el hombre usó eficazmente para allegarse a Dios. Esta larga serie fue ofrecida por los patriarcas y después por los que estaban bajo la Ley de Moisés. Estas eran tipos o sombras de la perfecta ofrenda que había de ser ofrecida por Jesucristo en la cruz. Después de este perfecto sacrificio, nadie puede añadir ofrenda alguna, porque Dios no la recibe. (Hebreos 10:18). La ofrenda de Abel tenía como objetivo, entonces, prefigurar la ofrenda de Cristo.

Abel nos dice –por medio de su ofrenda– que no hay otro camino para ser aceptado por Dios y para ser declarado justo, que el de una ofrenda sangrienta. Y el testimonio de las Escrituras posteriores nos dice que no hay perdón sino por la sangre de Jesús. (Col. 1:14).

2. Caín

El desechamiento de Caín –por su parte– nos habla de que, desde la salida del huerto, la fe (y la salvación) no es un asunto de herencia, o de carácter3. Al nacer en la carne como hijo de Adán, Caín participó de su misma naturaleza. Por tanto, él necesitaba una sangre para expiación. Pero Caín ignoró voluntariamente ese camino, y fue rechazado. Caín ofreció al Señor el fruto de la tierra maldita, y eso, sin una sangre con que expiar esa maldición. (Hebreos 9:22).

Ignorar el valor de la sangre para acercarse a Dios es hacer nulo el sacrificio de Cristo. Recordemos que el velo del templo se rasgó sólo cuando Cristo murió en la cruz (Mat. 27:51), no cuando hizo los más grandes milagros. Sin el derramamiento de la sangre del Señor Jesús, no hay ninguna posibilidad de acercarse a Dios. (Hebreos 10:19). «La ofrenda vegetal de Caín, como todo otro sacrificio incruento, no solamente no tenía valor, sino que en realidad era una abominación a los ojos de Dios. Su acto demostró su ignorancia, no solamente en cuanto a su propia condición (como pecador), sino al carácter divino (y sus demandas) ... Caín obró como si hubiera podido abrirse camino hacia Dios por medio del producto de la tierra.» (C. H. M.). (Ver Anexo Nº 1: «¿Cómo puede el hombre ser aceptado por Dios?»)

La reacción de Caín. La ira se desató en Caín, revelando cuál era el espíritu que lo animaba. El orgullo herido produjo envidia, y un deseo de venganza, que desencadenó el odio y la violencia. El enojo de Caín y su fratricidio es propio de: a) Quien no se reconoce pecador, sino que espera que Dios le acepte por sus méritos. b) El religioso lleno de justicia propia que menosprecia y persigue al que es justificado por la fe (Lc. 18: 9-14; Gál. 4:29). c) Quien pertenece al maligno (1ª Juan 3:12). Aunque antes de caer bajo su influjo, Dios le dio la opción de enseñorearse sobre su furia y evitar las consecuencias de ella. (Gén. 4:7).4

Luego de consumado el delito, él miente con presunción, y reclama con egoísmo: («Grande es mi castigo para ser soportado»). Le preocupa más la sentencia que el pecado.

Sale de la presencia de Dios sin pedir perdón, y, haciendo caso omiso a su castigo de ser «errante» en la tierra, construye una ciudad y educa a su familia en las artes y las ciencias, teniendo entre sus descendientes ganaderos, músicos y metalúrgicos; toda gente ingeniosa y exitosa, capaz de crear, no sólo una civilización, sino una «cultura». Así, emprendiendo muchas cosas y adornando el mundo, Caín intenta calmar el desasosiego de su alma. (Anexo 2: «El camino de Caín»). Después de él, su descendiente Lamec llevará al colmo la rebelión contra Dios, expresando una insaciable sed de venganza, con una actitud de orgullo y desafío.5

ENOC

El tenor del capítulo 5 de Génesis está muy bien sintetizado en las primeras palabras de Romanos 5:14: «Y reinó la muerte desde Adán ...». Y también con las del versículo 5:12: «El pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte». En los primeros siglos de la humanidad está el registro de la flaqueza humana y su sujeción al dominio de la muerte. Sin embargo, esta oscura realidad será contrastada a su tiempo por la aparición del Señor Jesucristo, «el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio» (2ª Timoteo 1:10). De todos los patriarcas mencionados en este capítulo se dice lo mismo: «Vivió ... engendró ... y murió», excepto de uno, Enoc, que no murió.

El séptimo desde Adán. Sorpren-dentemente, Enoc es el séptimo desde Adán. La muerte no pudo con el séptimo (y el «siete» es el número de Dios) 6, el cual es un tipo de Cristo, quien habría de vencer a la muerte, y también de los santos vivientes que serán arrebatados al cielo cuando aparezca el Señor Jesucristo. Enoc no fue obligado a permanecer en el mundo hasta que la iniquidad de esa generación llegara a su colmo y los juicios de Dios cayeran sobre ella. Así será también con los cristianos que hoy caminan con Dios y le agradan.

En los días de Enoc existía, igual que hoy, un gran desarrollo de las artes y la ciencia. Los hijos de Caín procuraron embellecer un mundo maldito, pero Enoc había encontrado otro mundo mejor en el que deleitarse. Enoc vivió a espaldas de un mundo gobernado por la muerte y por los hijos de Caín. ¡Que vivamos así también nosotros!

Si a Génesis 5:24 le agregamos Heb. 11:5 y Judas 14-15, tenemos algunas importantes cosas respecto de Enoc:

a) Enoc fue un hombre de fe (es el seguidor de Abel en la lista de Hebreos 11).
b) Enoc caminó con Dios (lo cual implica separación, santidad y pureza) (Amós 3:3) «No sólo andaba detrás de Dios, como hacen todos los buenos, sino que andaba con Dios, como si estuviese ya en el cielo.» (M. Henry).
c) Dios lo traspuso (Dios se agradó de él y se lo llevó).
d) Tuvo testimonio de haber agradado a Dios (el testimonio interior es claro y seguro en quienes agradan a Dios).
e) Fue un profeta –en rigor, fue el primer profeta– que testificó de los juicios de Dios a una humanidad impía. (Judas 14-15).

***

1 A. B. Simpson hace una interesante observación: las grandes figuras biografiadas en el Génesis tienen siempre a su lado otras contrastantes. Así, por ejemplo, junto a Abel está Caín; con Enoc, Lamec; con Abraham, Lot; con Isaac, Ismael; con Jacob, Esaú; y con José, sus malvados hermanos. Estos contrastes hacen más notoria la enseñanza de lo que cada uno de ellos representa.

2 Según las palabras del propio Señor Jesucristo, Abel es declarado como tal (Mateo 23:35).

3 Si había algún antecedente familiar que favorecía a alguno de ellos, ese favorecía a Caín, porque era el mayor, y fue muy bien recibido por su madre (su nombre significa «posesión»). El significado del nombre de Abel, en cambio, no demuestra grandes expectativas. La palabra «Abel» describe aquello que es insignificante, como «vanidad, respiro, aire, nada». (Ver Eclesiastés 1:2).

4 La Biblia de Jerusalén traduce así Génesis 4:7: «... Si no obras bien, a la puerta está el pecado acechando como fiera que te codicia, y a quien tienes que dominar.»

5 Es interesante hacer un paralelo entre la descendencia de Caín y la de Set. Así como el séptimo desde Adán, por la línea de Set, es Enoc, un hombre santo, el séptimo desde Adán, por la línea de Caín, es Lamec, un hombre sanguinario y bárbaro. Fue el primer bígamo, y un vengador mayor que su desdichado antepasado Caín. (Gén. 4:17-24).

6 En los primeros capítulos de Génesis, el número 7 es recurrente. Por ejemplo, en el texto hebreo, el primer versículo de Génesis tiene siete palabras. El segundo, 14 (2x7); en 4:15, Caín será vengado 7 veces, y en 4:24, Lamec será vengado 70 veces 7. En el texto hebreo de 4:1-17, Caín aparece 14 veces; Abel, siete veces, hermano 7 veces. El número 70 del nombre divino aparece en 4:26.

Cuestionario

1. ¿Qué importancia tiene Hebreos 11:4 para explicar el pasaje de Génesis 4
2. Haga un paralelo señalando 3 contrastes entre Caín y Abel
3. ¿En qué se asemeja la parábola del fariseo y el publicano con Caín y Abel?
4. Como «tipo», Enoc tiene una doble significación. ¿Cuál es?
5. Al mirar a Enoc, los cristianos nos llenamos de una preciosa esperanza. ¿Cuál es?

 


ANEXO Nº 1: ¿Cómo puede el hombre ser aceptado por Dios?

 

Cualquiera sea la religión que el hombre profese, sea nueva o antigua, se caracteriza fundamentalmente por la forma en que enseña a sus seguidores a acercarse a Dios. O bien les enseña a acercarse por sus obras, o bien les enseña a acercarse por la fe; por sus propios méritos, o por medio de una justicia externa.

Hay en la Biblia dos hombres, hermanos entre sí, que representan estas dos posturas, estas dos formas de presentarse ante Dios. Uno es Caín y el otro es Abel. Ambos, hijos de Adán y Eva.

Tanto Caín como Abel nacieron fuera del huerto, luego de la caída de sus padres. Ambos habían heredado la misma naturaleza pecaminosa de aquéllos. Los dos eran igualmente pecadores. Aunque Adán fue salvo, porque creyó en el Salvador tipificado por el animal inmolado, no podía transmitir a sus hijos la fe. Se pueden transmitir los rasgos genéticos de los padres a sus hijos, pero no la fe, porque «lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que nacido del Espíritu, espíritu es.» La naturaleza carnal es engendrada por la carne; pero las cosas espirituales (y la fe es una de ellas), son engendradas por el Espíritu de Dios.

De manera que Caín y Abel eran iguales en cuanto a su naturaleza. La caída de Adán había afectado a los dos por igual. Sin embargo, a la hora de presentarse ante Dios (porque al hombre siempre le llega la hora en que tiene que presentarse ante Dios) ellos asumieron actitudes diametralmente opuestas. Estas diferentes actitudes determinaron que recibiesen de parte de Dios una respuesta también diferente.

La Biblia dice claramente que la diferencia no estribó en la distinta naturaleza de estos hombres, ni en ninguna otra circunstancia humana, sino sólo en las ofrendas que presentaron. La ofrenda hablaba claramente acerca de lo que había en el corazón de ellos.

En Hebreos 11:4 dice: «Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y muerto, aún habla por ella.» Aquí se señala claramente que la diferencia entre estos dos hombres no consistió en el carácter de cada uno de ellos, sino en el carácter de sus ofrendas; no era una diferencia entre los adoradores, sino en su modo de adorar.

 

La ofrenda de Caín

Caín ofreció a Dios el fruto de la tierra. Esto, que pudiera parecer loable, no lo era, por cuanto la tierra estaba maldita. Por causa de la caída del Adán, Dios había declarado su juicio sobre la tierra y sobre todo lo que había sido contaminado por el pecado. De manera que al ofrecer una ofrenda de la tierra, significaba desconocer maliciosamente esa maldición. Dios había sacrificado un animal para cubrir a Adán y Eva, declarando la insuficiencia de los delantales confeccionados por ellos. Ahora, Caín menospreciaba la forma como Dios atribuía justicia al hombre, presentando una ofrenda incruenta, como si el hombre nunca hubiera pecado, y como si Dios nunca hubiera declarado su juicio hacia ellos.

Dios había tenido que derramar sangre para cubrir a los primeros padres, pero Caín consideró innecesario ofrecer un sacrificio sangriento. La Biblia dice en Hebreos que «sin derramamiento de sangre no se hace remisión». Caín era pecador, y entre él y Dios se interponía la muerte. Sin embargo él ignoró todo esto. Él trató a Dios como si fuera su igual, quien podría aceptar la ofrenda del campo maldito y pasar por alto su pecado no confesado.

Por tanto, no fue meritorio que Caín presentara una ofrenda producto de su trabajo. Dios enseñó desde el principio que es necesario un sacrificio de sangre para que el hombre pueda entrar hasta su santa Presencia. El Señor Jesús tuvo que morir en la cruz para que el velo del templo se rasgara, y quedara abierto el acceso al Lugar Santísimo para todo pecador.

La ofrenda vegetal de Caín, como todo sacrificio sin sangre, no sólo era inútil, sino también abominable. Su ofrenda demostró la ignorancia de Caín respecto de su condición caída, y respecto del carácter santo y justo de Dios.

Dios no puede recibir de nuestra mano, sino sólo aquello que Él nos ha dado. El no es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo. Nuestra ofrenda es la alabanza que traemos luego de creer en el Hijo de Dios.

 

La ofrenda de Abel

Consideremos ahora el sacrificio de Abel. Abel trajo de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas. Abel comprendió que se había abierto un camino hasta Dios por medio del sacrificio de Otro, y que las demandas de la justicia y santidad de Dios fueron satisfechas mediante la sustitución de una Víctima sin defecto.

Esta es la doctrina de la cruz, la única que Dios ha aprobado, y por medio de la cual el pecador halla perdón y paz. Esta es también la única manera en que Dios es glorificado.

Abel entendió que ninguna de sus buenas obras podían permitirle el acceso a Dios. Así también cree todo hombre que ha sido tocado por Dios para ver su extrema insolvencia y para ver, al mismo tiempo, el agrado con que Dios mira el sacrificio de su Hijo. Cristo satisfizo por completo todas las demandas divinas, y quitó de en medio el pecado.

Este sacrificio perfecto de Cristo quedó simbolizado en la ofrenda de Abel, quien no hizo nada por disminuir su culpa ni ocultar su condición pecaminosa. Simplemente, se presentó delante de Dios como pecador, y presentó como su sustituto la vida inocente de su víctima para que ésta cubriera sus faltas.

Abel merecía la muerte y el juicio, pero fue salvo porque se valió de un sustituto. Así también, toda alma quebrantada halla en Cristo su sustituto por excelencia, quien tomó su lugar en el juicio sobre la cruz. Ella sabe que ni los más ricos frutos de sus manos podrán quitar una sola mancha de su conciencia. Al confiar en la obra perfecta de Cristo, hallará perfecto descanso para su alma.

No es cuestión de sentimientos, sino que es un asunto de fe. «Justificados, pues, por la fe tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Rom. 5:1). «Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín» (Heb. 11:4).

Caín no tuvo esta fe y, por lo tanto, no trajo sacrificio de sangre. Abel tuvo fe y ofreció la sangre y la grosura, que es la vida y excelencia de la persona de Cristo.

Caín y Abel fueron identificados por Dios con su respectiva ofrenda. En ambos casos, Dios no consideró la persona del que adoraba, sino el carácter de su sacrificio. Por eso dice la Biblia que «Dios dio testimonio de sus ofrendas». Dios no dio testimonio acerca de Abel, sino de lo que él traía como ofrenda.

El corazón del hombre tiende a pensar que hay algo en nosotros que nos hace aceptos por Dios. El creyente, en cambio, considera que se ha identificado plenamente con Cristo y ha sido aceptado por lo que Cristo es. Si Cristo ha sido aceptado por Dios, entonces también es aceptado el creyente.

 

La respuesta de Dios y la reacción del hombre

Ante esta verdad, el hombre no regenerado, se siente humillado, y entonces manifiesta su hostilidad. Porque en la justificación, Dios es el todo y el hombre no es nada. Por eso, Caín «se ensañó en gran manera y decayó su semblante». Lo que llenó a Abel de contento, despertó en Caín el enojo.

El camino de Caín ha tenido muchos seguidores a través de la historia y los sigue teniendo hoy. Caín es el religioso lleno de justicia propia, que persigue y mata al testigo fiel, al hombre que ha sido y se sabe justificado. Luego, al ser confrontado por Dios, no pide perdón, sino que se aleja para construir una ciudad, y levantar toda una civilización basada en las habilidades humanas. Desde ese día hasta hoy se esfuerza por mejorar el mundo y convertirlo en otro paraíso placentero, pese a la maldición que ha caído sobre la tierra, y al hecho de que él mismo es un fugitivo.

Los seguidores de Caín son personas religiosas, pero que tienen una religión sin sangre, que no toman en cuenta los caminos de Dios. Ellos piensan que pueden acercase a Dios a su manera. Su religión es una interpretación particular y obstinada acerca de cómo agradar a Dios. Ellos tienen a Dios en sus bocas, pero en verdad no les interesa. Su religión es sólo un ritual, que sirve para acallar la conciencia, o para ser aceptado socialmente. Es una religión sin Dios y sin Salvador.

¿Con cuál de estos adoradores se identifica usted? ¿Puede ver que sus sacrificios por obtener el agrado de Dios son inútiles? ¿Puede ver que el sacrificio de Cristo, en cambio, es perfecto, y del total agrado de Dios?

Mientras usted confíe en sí mismo y en sus obras, no podrá ver la preciosidad del sacrificio de Cristo, ni hallar descanso de sus obras. Crea en el Señor Jesucristo, y alcanzará la perfecta paz con Dios. Podrá usted pasar toda su vida haciendo obras en su intento por agradar a Dios y ser aceptado por Él, pero nunca conocerá la paz perfecta que halla el alma que reconoce su pecaminosidad y se acoge a la justicia de Dios que es por la sangre de Jesucristo. Si usted se aferra a su propio camino de justicia, menospreciará el sacrificio perfecto del Señor Jesús. No lo haga más. No hay ninguna forma religiosa, ni sistema de ritos que valga la pena conservar si eso significa menospreciar al Hijo de Dios, que murió en la cruz por nosotros. Vuélvase hoy mismo a Dios y tome la senda correcta. Sólo en Cristo hay justicia y salvación eterna.

Le invito a que oremos: «Padre, te damos gracias por mostrarnos el camino de Cristo y de la fe en su obra. Renunciamos al camino de Caín, y nos acogemos al poder de la sangre de Jesucristo para ser aceptados por ti. Gracias, Padre, porque tú ya nos has recibido en tu amado Hijo. Amén.»

Revista «Aguas Vivas» N° 2, 2000, pp.13-14.

 

CUESTIONARIO

1. ¿Cuál fue el sustituto de Abel y cuál es fue el sustituto nuestro en la muerte por el pecado?
2. ¿Cómo se explica el enojo de Caín?
3. ¿Qué características tiene la religión de Caín?

 


ANEXO Nº 2: El camino de Caín (C. H. Mackintosh).

 

«Caín ha tenido sus millones de imitadores en todo tiempo. El culto de Caín es el culto universal. Es el culto de todos aquellos que no se arrepienten, de los inconversos que tienen la necesidad de inventar otro sistema de religión fuera de aquel que Dios reveló ... En el camino de Caín andan millones de sus hijos. No son personas desprovistas de todo elemento religioso en su carácter. Es decir, no quieren vivir enteramente apartados de Dios, y de vez en cuando procuran traerle alguna ofrenda. Les parece justo manifestar su reconocimiento a Dios por medio de algún presente que simbolice el fruto de sus labores. Se desconocen a sí mismos y viven ignorantes del carácter de Dios. Pero su mayor afán es cómo mejorar las condiciones de vida en este mundo, llenándola de placeres y comodidades, y procurando aumentar su belleza natural. El remedio de Dios para limpiar el mundo es rechazado y sustituido por el remedio del hombre. Este es «el camino de Caín». (Judas 11).

Basta mirar a nuestro alrededor para convencernos de la popularidad universal de este «camino». Aunque este suelo fue manchado con la sangre de uno «mayor que Abel», esto es, con la sangre de Cristo, igualmente vemos cómo el hombre desea hacer de este suelo un agradable escenario. Como en los días de Caín, se oye el sonido del arpa y del órgano, haciendo que el oído humano se vuelva sordo a ese clamor que subió primero del suelo pidiendo venganza y después de la cruz pidiendo perdón para ellos. Todos los recursos del genio humano se ponen en juego para que este mundo produzca sus más ricos y raros frutos, y se suplen no solamente todas las necesidades materiales del hombre, sino una multitud de otros deseos que el apetito depravado ha creado, hasta que la raza entera se ocupa a diario en la tarea de proveer cosas que hace algún tiempo eran desconocidas, y que parecen tan importantes que la vida sería desabrida e inaguantable si no las tuviera. (...)

Además, existe una sobreabundancia de religiosidad. Pero aun el espíritu más caritativo tiene que confesar que es una religión sólo en apariencia, y que algún defecto radical –como algún tornillo que faltara de una máquina– impide la operación satisfactoria de aquello que se ha inventado y construido, no para agradar a Dios, sino para conveniencia y exaltación del hombre ...

¡Cuán diferente es el camino de la fe! Abel sintió el peso de la maldición y lo confesó. Vio la mancha del pecado y, con la energía de una fe santa, ofreció el único remedio que lo podía cubrir: un remedio divino. Buscó y halló refugio en Dios mismo y, en lugar de construir una ciudad en la tierra, halló una tumba en el seno de ella. La tierra, tan hermoseada y embellecida en la superficie con las creaciones ingeniosas de los hijos de Caín, estaba manchada con la sangre de un justo. Recuerde esto todo hombre en el mundo. Recuérdelo también todo cristiano, cuyo ánimo sea carnal y no espiritual. Esta tierra que pisamos está manchada con la sangre del Hijo de Dios. La misma sangre que justifica a la Iglesia condena al mundo. La negra sombra de la cruz de Jesús se levanta muy alto para caer después sobre todo el fulgor y todo el oropel de este mundo efímero. La gloria de este mundo se pasa y toda su soberbia. Pronto dejará de existir y la escena que ahora deleita el ojo se marchitará como una flor. El «camino de Caín» dará lugar al error de Balaam en su forma más consumada, y entonces vendrá «la contradicción de Coré» (Judas 11). ¿Y después? El abismo abrirá su boca para tragar a los inicuos y serán entregados eternamente a la oscuridad de las tinieblas (Judas 13).

(En Estudio sobre el Libro del Génesis).

 

Cuestionario

 

1. ¿Cuál es el culto de Caín?
2. ¿Cuál es el camino de Caín?
3. Explique el sentido de la frase: «La misma sangre que justifica a la iglesia condena al mundo»