Estudio Bíblico

Un mensaje para la iglesia hoy
Un bosquejo de la 1ª Epístola de Juan

Esta epístola es una de las obras finales del Nuevo Testamento (escrita en el año 95 d.C.), escrita después de la caída de Jerusalén (año 70 d.C.). Su autor es el apóstol amado, el que estuvo más cerca del Señor Jesús. En su soberanía, Dios reservó a este apóstol para el final, porque era preciso que un hombre con el testimonio de Juan contrarrestara la avalancha que sobrevino al testimonio de Dios y la iglesia.

La situación del mundo en los días de Juan era muy parecida a la del mundo hoy, por lo tanto, el mensaje del Espíritu para las iglesias de entonces es el mismo para las iglesias hoy.

En esta epístola de Juan se destacan cinco asuntos principales, que son las grandes preocupaciones del apóstol para la Iglesia en el tiempo del fin, un tiempo de confusión, de decadencia y apostasía. Estos temas son: el testimonio, el pecado, el amor, el mundo y el espíritu de error (del anticristo). Cada uno de ellos es tocado más de una vez en la misma epístola, y cada vez se agrega algún elemento nuevo, hasta alcanzar la plenitud hacia el final. Normalmente, la segunda o tercera mención explica, complementa o concluye el asunto en cuestión.

El conjunto de estos cinco temas es la respuesta de Dios para una iglesia que sufre los embates de la carne (que azuza el pecado y refrena el amor), del mundo (que despierta deseos sensuales) y el diablo (que irrumpe con el espíritu de error), a fin de mantener el testimonio.

1. Respecto del testimonio se habla al principio y al final de la epístola, y es como su sello de garantía, de autenticidad. Dios tiene un testimonio, pero también necesita de testigos humanos. Por eso, se plantea primero el testimonio de Juan, el testigo más cercano al Señor, que da testimonio de la certeza de las cosas de las cuales va a hablar (1:1-4), y finalmente se menciona el testimonio aún más firme de los Tres que testifican en el cielo y los tres que testifican en la tierra (5:7-8). Este es el testimonio de Dios (5:9-12). Y estas son pruebas indubitables acerca de la certeza de la verdad de Dios.

2. Sobre el pecado (de cómo ser limpiado de ellos, y del Abogado que defiende nuestra causa en los cielos) se habla en 1:5-2:6. Se retoma el tema en el capítulo 3, donde se dice que el creyente no practica el pecado porque es nacido de Dios y la simiente de Dios permanece en él (1-10). Y finalmente, la epístola se cierra con este tema, diciendo que si nos guardamos del pecado el maligno no nos hará daño (5:16-21).

3. El amor tiene el siguiente tratamiento: Primero se nos recuerda el mandamiento del Señor al respecto (2:7-11), luego se nos dice que el amor es una señal que caracteriza a los hijos de Dios (3:10-24), y que este amor se manifiesta en las cosas prácticas. Luego, se nos conduce a la fuente del amor: Dios, que es amor, y quien nos demostró su amor dándonos a su Hijo. Los creyentes aman, porque han nacido de Dios, y la perfección de este amor consiste en estar libre del temor y en amar al hermano. (4:7-21).

El no hacer injusticia y el amar a los hermanos es la doble característica que identifica a los hijos de Dios (3:10).

4. Lo referente al mundo: primero está la exhortación a no amar el mundo, pues el amor al mundo es excluyente con el amor del Padre (2:15-17), y en el capítulo 5 se nos enseña cuál es la clave (doble) para que esto sea posible: Creer que Jesús es el Cristo nos hace nacer de Dios, y creer que Jesús es el Hijo de Dios nos habilita para vencer el mundo. Es decir, los vencedores son los que creen que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios (5:1-5).

5. El asunto del espíritu de error, está desarrollado así: primero se advierte acerca de los anticristos que han salido de entre los propios hermanos (2:18-19), se enseña cómo identificarlos, pues ellos no confiesan al Hijo, antes bien lo niegan (2:22-23), y se alienta a los hermanos diciendo que la unción del Santo es la salvaguarda ante ese espíritu de error (2:20, 24-27). Luego, en el capítulo 4 se nos enseña cómo probar los espíritus para descubrir al espíritu de error (ellos no confiesan que Jesucristo ha venido en carne, 1-3), y se nos muestra nuestra victoria sobre ellos, porque somos de Dios y los hemos vencido. (4:4-6).

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