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Gracia, misericordia y perdón

¿Cuántas veces hemos de perdonar a nuestro hermano? ¿Siete veces en un día? Jesús dijo: "Hasta setenta veces siete". ¿Parece absurdo? Para Dios no. En la parábola del acreedor incompasivo (Mat. 18:21-35), Jesús nos enseña esto. En esta parábola, Jesús hace primeramente que nos miremos a nosotros mismos. ¿Cuánto nos perdonó Dios en su gracia? Es una deuda impagable, "porque la redención de su vida es de gran precio, y no se logrará jamás" (Sal. 49:8).

Si hacemos los cálculos según la parábola, tendríamos que vivir 164.000 años para pagar la deuda. Ni aun vendiendo todo lo que poseemos podríamos saldarla. ¿No es una incoherencia que el siervo haya pedido paciencia para poder cancelar? Sin embargo, su señor, lleno de gracia y de misericordia, entendiendo qué jamás podría pagarla, le perdonó la deuda. ¿No fue así con nosotros también? Nuestro Señor, lleno de gracia y de misericordia anuló el registro de la deuda que había contra nosotros en aquella cruz. Sí, totalmente.

Jesús continúa diciendo que aquel siervo encontró luego por el camino a alguien que le debía 100 días de trabajo. Apenas 100 días. Si él hubiese ido a cobrar antes, cuando aún tenía una deuda pendiente, sería aceptable, ¡pero hizo esto después que él mismo fue infinitamente perdonado!

En el verso 30 el clamor de su consiervo fue el mismo que hacía poco él mismo había hecho a su señor; pero él no lo aceptó; en cambio, lo echó en la cárcel. Jesús entonces enseña que el señor de aquel siervo, cuando supo, indignado, lo entregó a sus verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Y nos dice: "Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas" (v. 35). Haciendo algunos cálculos más, si ese siervo perdonase setenta veces siete la deuda de su consiervo cada día, por un período de más 50 años, perdonando 490 veces por día, aun así la deuda de su consiervo sería 25 veces menor que la suya.

El misterio de la piedad, del cual nos habla 1ª Timoteo 3:16, nos enseña que el Dios de gracia, amoroso, misericordioso y bondadoso, fue manifestado en carne. Jesús es la expresa imagen de su Ser (Heb. 1:3). En Jesucristo vemos toda la benignidad de Dios (Tit. 3:4). En él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad (Col. 2:9). Este misterio de la piedad continúa. El Dios benigno, que se manifestó en carne y que fue justificado en el espíritu, ahora quiere manifestar su vida piadosa a través de su pueblo, de su iglesia (Ef. 2:10).

Tenemos que hacer esta cuenta para evaluar cuán lleno de gracia y misericordia ha sido nuestro Dios con nosotros, y cuánto quiere manifestar, por Cristo, su vida piadosa en nosotros. "Misericordia quiero, y no sacrificio", dice nuestro Señor. Ahora "si alguno... no se conforma a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo, y a la doctrina que es conforme a la piedad, está envanecido, nada sabe..." (1ª Tim. 6:3-4).