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La dimensión del cuerpo

A medida que el mundo se torna más hostil, que las fuerzas del mal arrecian, que el amor se enfría, que la fe decae, que los gigantes de la fe disminuyen, que los esfuerzos individuales se tornan insuficientes, se hace imperativo ver el cuerpo, funcionar como cuerpo, y dar la batalla como cuerpo – como el cuerpo de Cristo.

Probablemente conocimos al Señor en un ambiente donde la fe era intensamente individual, donde se premiaban el esfuerzo y la iniciativa propia; probablemente dimos, por años, la batalla, como cristianos independientes, o, junto a otros que conformaban "nuestro grupo", velando por el interés particular, nuestra obra particular, y conociendo nuestros problemas particulares; sin embargo, en algún momento, Dios nos condujo por un camino de fracaso en lo individual, para que entrásemos en una dimensión antes no conocida.

Dios nos introdujo, a unos tal vez poco a poco, o tal vez de manera más fuerte, en la comprobación de que solos fracasamos, que somos insuficientes, que no podemos prevalecer por nuestras fuerzas, porque la voluntad de Dios desde tiempos remotos siempre fue el cuerpo – sólo que nunca lo vimos así. Por años pensamos que nosotros –nuestro pequeño "grupo"– éramos el foco del interés de Dios, una especie de "isla de la fantasía", donde todo era idílico, y que fuera de nosotros, de nuestro ambiente tan especial, nada era posible, todo estaba en ruinas.

Al principio nos resistimos a esa idea, porque no es fácil aceptar que somos un fracaso. Tuvimos todavía arrestos de héroe – los últimos coletazos de una causa perdida. Nos aferramos a los principios que, por años, parecieron darnos resultados; multiplicamos el esfuerzo, la oración y el ayuno. Incluso buscamos desesperadamente ayuda. Sin embargo, nada resultó.

Entonces, de pronto, Dios nos llevó a mirar para el lado. ¿Y qué vimos? Vimos a otros –hermanos nuestros– que estaban en la misma condición: Como heridos después de una batalla; como veteranos de guerra tempranamente desahuciados. Entonces comenzamos a contarnos nuestras penurias, a confesarnos nuestros fracasos. Y entonces juntos –gracias a Dios–, empezamos a cobrar fuerzas, a mirar hacia el trono de la gracia de Dios. Tuvimos la esperanza de que si nos juntábamos todos los fracasados, los esquilmados por el enemigo, podíamos tal vez sobrevivir.

Entonces la Palabra se tornó más clara para nosotros, y vimos que la Biblia es intensamente corporativa. Que las epístolas del Nuevo Testamento son 'eclesiológicas' y no personalistas. Que la voluntad de Dios tiene que ver con el cuerpo y no con el individuo. Que las más consistentes promesas de Dios en tiempos de lucha, de peligro, y de escasez son para la iglesia y no para el cristiano particular.

Vimos la belleza de la palabra "miembro" en vez que la del "individuo"; la belleza de los muchos miembros actuando sincronizadamente bajo la dirección del Espíritu, y no la humana sabiduría de un sistema finamente estructurado. Comprobamos la preciosidad de la voluntad de Dios "agradable y perfecta", que es vivir la preciosa vida resucitada del Hijo de Dios en forma colectiva, y que nos une a todo el precioso cuerpo de Cristo sobre la tierra.