Mensajes desde Centenario

Los creyentes no hemos sido llamados para vivir como individuos aislados, sino para disfrutar en plenitud la gloria de Dios, en la vida de iglesia.

Uniéndose a la iglesia

Eliseo Apablaza F.

Todos los que hemos sido salvos por la preciosa sangre del Señor Jesús fuimos separados del mundo, libertados del poder del enemigo y transformados en nuevas criaturas. Estábamos cautivos, estábamos perdidos; no sabíamos quiénes éramos, ni para donde íbamos. Pero bendecimos el día en que el Señor nos llamó, nos salvó, nos redimió, nos rescató.

En este tiempo, nuevos hermanos se están agregando, se están uniendo a esta familia. Damos gracias a Dios por cada uno de ellos. Hoy quisiéramos hablarles principalmente a los hermanos que se están uniendo, que se están apegando, que están viendo al Señor entre nosotros. Y también, de paso, a todos nos hace bien considerar cuál es el propósito de Dios cuando salva a un hombre o a una mujer.

Antes estábamos fuera, estábamos en el mundo. Ahora estamos en otro lugar. ¿A dónde nos ha traído el Señor? Hay cristianos que dicen: "Yo creo en Dios, leo la Biblia y oro solo en mi casa. No necesito reunirme". Cristianos solitarios, aislados. Algunos de ellos son casi como esos ermitaños que en la antigüedad se apartaban del mundo y se iban a vivir en la soledad. Pensaban que allí podrían tener un mayor contacto con Dios, y alcanzar más bendiciones. Sin embargo, la realidad es distinta. Un cristiano solo no podrá nunca disfrutar la gloria de Dios en plenitud; no va a experimentar nunca un verdadero desarrollo, un verdadero crecimiento.

Lo primero que quisiéramos dejar establecido es que no podemos vivir la verdadera vida cristiana en la soledad. La voluntad de Dios, cuando nos sacó del mundo, fue traernos a un lugar donde nosotros nunca más fuésemos individuos aislados. Ahora hemos venido a ser una pluralidad, hemos venido a ser muchos hijos de Dios reunidos bajo el nombre de Jesús, amparados bajo la sombra de sus alas, que estamos siendo perfeccionados y transformados a la semejanza del Hijo de Dios.

Una familia

La Escritura nos muestra que todos los que hemos sido redimidos por el Señor hemos venido a constituir una familia. ¡Bendito es el Señor! El Padre de esta familia es Dios. Hay un hermano mayor, el primogénito, que es el Señor Jesucristo. Nosotros somos, por lo tanto, hijos de Dios, y hermanos del Señor Jesús. ¡Aleluya!

En una familia, naturalmente todos los hijos comparten la vida familiar. Ninguno de ellos podría decir: "Yo tengo hermanos, pero no me relaciono con ellos. No quiero tener nada que ver con mis hermanos. Quiero vivir mi mundo, hacer mis todas mis cosas solo". Ningún hijo de Dios podría tener esa actitud, porque ningún hijo de Dios es un hijo único.

Cuando un matrimonio tiene un hijo único, toda la atención de la familia está centrada en él, todo gira en torno a él. Sin embargo, en la familia de Dios, hubo un Hijo único, pero ya nunca más habrá un hijo único. El Señor Jesucristo, que gozaba el privilegio de ser el unigénito, aceptó dejar de ser el unigénito, abrió en su corazón amoroso un espacio para recibirnos como sus hermanos. ¡Bendito es el Señor!

Nosotros, pues, haremos lo mismo; es decir, siendo hijos de Dios, abriremos el corazón para dar cabida a los muchos hermanos que Dios está agregando a esta familia.

En las familias de la tierra, es posible que un hijo sea más inteligente o tenga más habilidades que los demás, y llegar a considerarse superior a sus hermanos. Sin embargo, en la familia de Dios no es así, porque una característica de esta vida de Dios es el amor. Y cuando el amor ha sido derramado en nuestros corazones, ese amor nos lleva a amar a los demás. Y aún más, es un amor tan desbordante y tan especial, que se prodiga especialmente a quienes más lo necesitan, a los más pequeños y a los más débiles.

Hay familias en que uno de sus miembros tiene una especial debilidad. Entonces, normalmente, todo el amor de los padres, y el de los hermanos se vuelca hacia ese miembro más debilitado, más pequeño, para cubrirlo, para ayudarlo.

Nosotros somos familia de Dios. ¡Bendito sea Dios! Hermanos amados, ninguno de los nuevos que viene llegando sienta que viene aquí sólo porque hay que reunirse, y después se vaya a su casa sintiéndose huérfano, sintiéndose abandonado a su suerte otra vez. Somos una familia, y esa familia tiene lazos indestructibles.

En las familias de la tierra, llega un momento en que sus miembros se separan. La muerte los separará, si es que no hay antes otras causas naturales. Sin embargo, la familia de Dios nunca se va a separar. Aunque venga la muerte, vamos a seguir más allá, porque seguiremos teniendo a nuestro Padre, y nuestro hermano mayor ha resucitado de entre los muertos. Los que se fueron antes de nosotros, nos están esperando. Vamos a estar todos juntos un día, delante del Señor.

Se dice que los niños que se crían sin una familia son los que están expuestos a todos los males que hay en el mundo: la delincuencia, la drogadicción, la violencia. Un niño que crece fuera del contexto de una familia está destinado a una vida difícil, complicada. Me atrevería a decir, tomando esa analogía, que cuando un hijo de Dios vive solitario, va a crecer con anomalías, no se va a desarrollar normalmente.

Así, amados hermanos, tenemos que tener muy claro que hemos sido tomados del mundo, para venir a ser una familia. Al mirarnos unos a otros, podemos ver allí algo que nos identifica, que nos vincula. Somos parecidos, aunque distintos físicamente. Sin embargo, en la mirada de tu hermano tú puedes ver un destello, algo que el Señor puso allí: es la vida de Dios. Por lo tanto, no somos indiferentes los unos a los otros. Y esto se nota, porque cuando nos vemos en la calle o en cualquier ambiente extraño, nuestro corazón salta. Y el saludo y el abrazo nos alegran, porque somos familia de Dios. ¡Gracias, Señor!

Un edificio

La Escritura también dice que somos morada de Dios, que hemos sido edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, y que la piedra angular de la edificación es Jesucristo mismo, y en él todo el edificio va creciendo para ser morada de Dios.

¿Qué significa que todos nosotros vengamos a ser ahora la habitación de Dios? El Señor Jesús dijo a Pedro: "Sobre esta roca edificaré mi iglesia". El Señor estaba sugiriendo esta metáfora de la iglesia como un edificio. Pedro nos dice que el Señor Jesús es una piedra viva. Jesús es la Roca, y nosotros somos piedras. La iglesia no es un edificio de ladrillos ni de madera, sino de piedras. La piedra se encuentra en la naturaleza, es una creación de Dios. El ladrillo es una creación humana. La iglesia no es una edificación de ladrillos, porque ningún hombre nos escogió a nosotros, ninguno decidió que tú vinieras a la fe. Tú eres una piedra, y estás aquí, porque el Señor te escogió. La iglesia es una edificación hecha con piedras vivas.

Hay una gran diferencia entre una ruma, un montón de piedras, y una casa construida con piedras. Antes que la casa se construya, hay una ruma de piedras; pero después vemos cada piedra ubicada en su lugar formando el edificio. Una ruma de piedras no es un edificio. Pablo dice: "Yo, como perito arquitecto, puse el fundamento, y luego otro viene y sobreedifica". Alguien pone el fundamento; luego otros vienen, y levantan las paredes.

Una piedra en una ruma es un ente inútil. Si le preguntas: "¿Qué haces aquí?", dice: "No sé". "¿Para qué sirves?". "No sé". "¿Cuál es el propósito de tu vida?". "No sé". En cambio, cuando una piedra es parte de un edificio, y le preguntas: "¿Quién eres?", dirá: "Soy una piedra, y estoy formando la pared derecha del edificio". O: "Yo soy una piedra, y estoy en el ángulo izquierdo, afirmando el edificio". Y si le preguntas: "A tu lado, ¿quiénes están?". Entonces, dirá: "Encima de mí, está la piedra Fulana; debajo de mí, la piedra Zutana, y a la izquierda o a la derecha, hay tales o cuales piedras". "¿Y qué estás haciendo aquí?". "Mira, yo soy una simple piedra, pero estoy formando parte de un edificio precioso. Antes, no era nada; pero ahora, si te paseas dentro de este edificio, vas a ver a Dios". Su vida tiene sentido, tiene propósito. Ya no es una piedra arrumada, es una piedra edificada. ¡Gloria al Señor!

Un hermano dijo que nosotros somos puestos en un determinado lugar en el edificio, no el en el tope superior ni en el inferior, sino siempre en medio. Encima de mí hay una piedra a la cual yo debo sostener, pero debajo de mí hay otra que me sostiene a mí. Nadie está solo, nadie está abandonado a su suerte. Estoy contento porque el Señor me tomó de la cantera del mundo y me trajo a la iglesia para ser edificado. Una piedra separada es inútil, pero con otras es casa de Dios. ¡Aleluya!

Una ciudad de refugio

Otra figura que la Escritura usa para hablar acerca de lo que nosotros hemos venido a ser, es la figura de una ciudad. Somos ciudad de Dios. Hebreos 12 dice que "nos hemos acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial".

En el Antiguo Testamento, leemos que en Canaán había ciudades de refugio, ubicadas equidistantes unas de otras. Todos aquellos que habían pecado, que eran perseguidos, podían correr hacia alguna de ellas, la más cercana, y desde el momento en que atravesaban las puertas de esa ciudad estaban protegidos. Estas ciudades nos hablan muy bien acerca de lo que es la iglesia. La iglesia es una ciudad de refugio.

En la antigüedad, la gente vivía en ciudades fuertemente amuralladas. Nosotros hemos venido a la iglesia, una ciudad que tiene un muro doble, una ciudad segura. Isaías 26:1-3 nos anuncia lo que es hoy la iglesia: "En aquel día cantarán este cántico en tierra de Judá: Fuerte ciudad tenemos; salvación puso Dios por muros y antemuro. Abrid las puertas, y entrará la gente justa, guardadora de verdades. Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado".

Hermano, ¿te has sentido a veces perseguido por el enemigo, acosado por el destructor? ¿Te has sentido a la intemperie? En esos momentos, recuerda que no estás solo, que no estás a campo abierto, sino que estás habitando en una ciudad, en la cual Dios puso salvación por muros y antemuro. ¿No es algo glorioso? ¡La paz está dentro de tus muros, oh Jerusalén; el descanso, el reposo, la seguridad, están dentro de tus muros, oh Jerusalén! Todo esto podemos decirlo de la iglesia. ¡Hay paz dentro de tus muros, iglesia! ¡Hay consuelo dentro de tus muros, iglesia!

Todos los que vienen a refugiarse en este ambiente disfrutan de paz, de salvación. "Fuerte ciudad tenemos". La característica de esta ciudad es la fortaleza. Dice la Palabra que la iglesia es columna y baluarte de la verdad. La columna es algo firme, y el baluarte es la fortificación, lo más sólido que tiene una ciudad, donde se ubican los guerreros más valientes.

En Apocalipsis, Juan vio descender del cielo una ciudad preciosa, la nueva Jerusalén, la desposada del Cordero, ataviada, hermoseada. Es precioso estar en la Jerusalén celestial. El gran sueño de los judíos es un día vivir en Jerusalén. Pero nosotros ya vivimos en la verdadera Jerusalén: la iglesia, la esposa del Cordero, que desciende del cielo.

Hay una ciudad muy grande y hermosa...
Oh, yo quiero ir a esa ciudad
donde morarán los hijos de Dios.

Allí no habrá tristeza, no habrá dolor, no habrá lágrima que no sea enjugada, no habrá nada que opaque la gloria, nada que altere la bendición, la paz, el gozo de sus moradores. ¡Ciudad de Dios!

El cuerpo de Cristo

Y, por último, amados hermanos, la iglesia -mucho más que una familia, mucho más que una ciudad, mucho más que un edificio- es un cuerpo: la iglesia es el cuerpo de Cristo.

Pudiera ser que un hijo quisiera vivir en la soledad y se aparte de la familia; que una piedra no quisiera ser edificada y se quede sola; que un hijo de Dios quisiera vivir solo. Pero, ¿saben?, cuando la Escritura nos muestra que la iglesia es un cuerpo, eso significa que la mano, el pie, el ojo, no pueden estar separados. Un hijo puede irse; la mano no puede irse del cuerpo. Una piedra puede negarse a ser edificada; pero el pie tiene que estar pegado al cuerpo. Un hijo de Dios que rehúsa vivir ligado a sus hermanos es como un miembro que ha sido amputado. Naturalmente, no tiene vida.

Cuando recibimos luz para darnos cuenta que todos los hijos de Dios somos miembros de este precioso cuerpo cuya cabeza es Cristo, nunca vamos a poder separarnos de los hermanos; antes bien, buscaremos siempre la comunión con ellos. Necesitamos unos de otros.

Que los hermanos nuevos vean esto. Ustedes no sólo han llegado a participar de reuniones hermosas, o una predicación agradable, sino a participar de la vida de la iglesia, a formar parte de una familia, a ser una piedra viva en un edificio espiritual. Así que reconozcan y busquen a sus hermanos.

La vida de iglesia no termina después que ha finalizado la reunión. No, todos los días, usted sigue teniendo a sus hermanos, sigue siendo miembro del cuerpo que es la iglesia. Todos los días usted es miembro del cuerpo, forma parte de esta familia. Que el Señor nos ayude para que todos tengamos claridad y revelación acerca de lo que él nos ha hecho ser.

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