¿Por
qué sufren los cristianos?
Eliseo
Apablaza
Quisiera,
con la ayuda del Señor, compartir hoy algunas cosas relacionadas
con los padecimientos o los sufrimientos que un cristiano tiene,
intentando delante del Señor buscar algunas razones por
qué sufren los cristianos.
No
pretendemos decir todo en un mensaje, encontrar todas las causas,
todos los porqués; pero algunas cosas quisiéramos
exponer, de lo que el Señor nos ha mostrado en este último
tiempo, para que estemos apercibidos, para que sepamos cómo
enfrentar las dificultades cuando vienen.
La
santidad encarnada
Vamos
a comenzar viendo algunos versículos en 1ª de Pedro
1:15-16: "...sino, como aquel que os llamó es
santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera
de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo
soy santo".
¿Qué
tiene que ver esto de la santidad con el sufrimiento de los
cristianos? El Señor dice: "Yo soy santo".
Nosotros sabemos que Dios es santo; nosotros cantamos una canción
que dice: "Santo, santo, santo". Los ángeles
también cantan esa canción. En los cielos hay
alabanzas por la santidad de Dios.
Pero
también dice: "...como aquel que os llamó
es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra
manera de vivir". El camino de la santidad nos produce
muchas veces dolor, sufrimiento. Como un hermano ha dicho, si
queremos caminar con Dios, tenemos que hacerlo a su manera,
no a nuestra manera. Dios no se acomoda a nuestra manera de
vivir; somos nosotros los que tenemos que acomodarnos a la manera
de Dios.
Y
en nosotros no mora el bien; en nosotros está el pecado.
Desde que Adán cayó, toda la raza humana cayó,
y es esclava del pecado. El Señor Jesucristo vino para
darnos vida, para darnos libertad. ¡Bendita es la obra
del Señor Jesús en la cruz! El Señor Jesús
nos justificó, según Romanos 5, y según
Romanos 6 nos santificó, y según Romanos 8 nos
glorificó. Qué preciosa enseñanza, qué
preciosa realidad encontramos en Cristo.
Pero,
hermanos, el hecho de que el Señor nos haya santificado
al morir en la cruz, juntamente incluyéndonos a nosotros,
el viejo hombre, esa santidad de la cual se habla allí
es una santidad imputada, una santidad atribuida. "Él
es santo y él nos santifica", dice en otra parte
la Escritura.
Pero,
para que esa santidad de Dios pueda encarnarse, pueda verse
en nuestra vida, ahí hay un motivo de sufrimiento, porque
nosotros, a buenas y a primeras, no vamos a acomodar nuestro
paso al paso de Dios. Sabiendo que él es santo, nosotros
vamos a querer conservar todavía algunas viejas maneras
de ser, algunas viejas maneras de vivir, y vamos a querer seguir
llevando con nosotros muchas cosas que el mundo hace, que el
mundo dice.
Eso
puede suceder durante algún tiempo. Podemos vivir la
vida cristiana dos, tres, cuatro años, cinco años,
y a nosotros nos parece que es posible vivir así, diciendo:
"Tú eres santo, santo, santo", y nosotros viviendo
de una manera "pecaminosa, pecaminosa, pecaminosa".
Puede
pasar algún tiempo en que eso sea así; pero puede
llegar y debe llegar un día en que Dios nos dice: "A
ver, un momentito, tú dices que yo soy santo, y que yo
soy tu Padre. A ver, acomodemos un poco tu vida, hagamos algunas
adecuaciones en tu vida, para que tú, cuando me digas
que yo soy santo, eso salga de una boca que es santa, y proceda
de una vida que es santa". No sólo esta santificación
atribuida o imputada, de que porque él es santo nosotros
somos santificados en él. No, sino que nosotros seamos
transformados en santidad; es decir, la santidad impregnada,
personificada, en nosotros.
Ustedes
conocen esa palabra que dice: "En el principio era el
Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios".
Y Verbo se puede traducir como Palabra. Entonces, podemos decir
también ese versículo así: "En el
principio era la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la
Palabra era Dios". Y leyendo más abajo en el versículo
14 de ese mismo capítulo dice: "Y aquel Verbo fue
hecho carne". Es decir, "la Palabra se hizo carne".
Eso se dice del Señor Jesús.
Pero,
he aquí, hermanos, un gran acontecimiento tiene que suceder
en nosotros también. "La Palabra se hizo carne".
En ti y en mí, la Palabra tiene que hacerse carne.
En
el caso del Señor Jesús, primero estaba la Palabra,
porque él era eternamente la Palabra, y luego se hizo
carne. En nosotros, al revés, primero somos carne, y
después recibimos la Palabra, y nos transformamos de
acuerdo a esa Palabra, de tal manera que nosotros seamos también
una Palabra encarnada.
Cuántas
cosas estamos creyendo nosotros, confesando, sin que eso sea
vida, sin que eso esté encarnado en nosotros. Cuando
el Señor, en un momento dado, nos muestra cuántas
cosas yo digo que no están encarnadas, eso produce una
sensación muy grande de dolor, de vergüenza.
Participar
de su santidad
Hebreos
12:10: "Y aquéllos, ciertamente por pocos días
nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste
para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad".
Dice aquí que el Padre nos disciplina para que participemos
de su santidad.
Ahora, quisiéramos destacar la palabra 'participemos'.
¿Qué significará 'participemos'? Para que
nosotros participemos de su santidad. ¿Significará
algo así como 'conocer'? ¿Para que 'conozcamos'
de su santidad? No. 'Participar' tiene que ver con la vida,
algo práctico.
En
realidad, participar de su santidad es llegar a ser santo como
él es santo. Pero eso, no en doctrina, hermanos, no en
conocimiento bíblico, sino en nuestra carne, nuestra
alma. Entonces, he aquí una causa, un motivo de dolor
y de aflicción.
En el Salmo 39, hay un versículo que es dolorosamente
real. Dice: "Con castigos por el pecado corriges al
hombre, y deshaces como polilla lo más estimado de él".
Aquí está de nuevo la disciplina. La disciplina
viene como una corrección por el pecado. Pero luego dice:
"...y deshaces...". O sea, junto con corregir por
el pecado, dice que deshace como polilla lo más estimado
de él. Y eso produce dolor.
¿Qué
cosas el Señor está deshaciendo en nuestras vidas?
Cosas estimadas, cosas valoradas; cosas que nos producen satisfacción,
nos producen orgullo. El Señor deshace todo eso. El camino
de la santidad es un camino doloroso.
No
estamos hablando aquí, como digo, de la doctrina, de
la enseñanza de la santidad, sino de la vivencia, de
la encarnación de la santidad en nosotros. Entonces,
en un profeta se dice: "¿Andarán dos juntos
si no estuvieren de acuerdo?". El Señor nos
dice: "El que quiere ser mi discípulo, tome su
cruz y sígame". Ya seguimos al Señor
Jesús, pero, ¿de qué manera lo seguimos,
a la manera nuestra o la manera suya, con las normas nuestras
o con las normas suyas? El Señor nos dice: "O andas
a mi manera, o no andamos juntos. O tú cambias... Yo
no voy a cambiar para acomodarme a ti". Esto es fuerte.
Un
hermano dice: "Las condiciones para tener compañerismo
con Dios no son fáciles; son severas". Por ejemplo,
es necesaria una verdadera separación del mundo. No podemos
marchar nosotros al son de dos melodías la melodía
del mundo y la melodía del evangelio. Y las melodías
del mundo son muy seductoras. No podemos ir con Cristo y, al
mismo tiempo, ir con todas las demás cosas que cargamos
o traemos del mundo.
La
exigencia del Señor Jesús trae una gran perturbación
al corazón, trae un momento de 'impasse' muy fuerte.
Puede haber un momento en que no entendemos nada qué
está pasando. Aparentemente, lo he hecho todo bien; aparentemente,
todo está normal. Pero por dentro hay un verdadero temporal;
en el corazón, hay un terremoto. El día se nubló.
"¿Qué pasa, Señor?".
Puede
pasar algún tiempo, algunos días, semanas, a veces,
meses. Puede ser que no entendamos qué pasa, hasta que
de pronto el Señor nos empieza a dar luz acerca de cuantas
cosas tienen que ser removidas en nosotros. Y el Señor
nos dice: "Si quieres caminar conmigo, tienes que hacerlo
a mi manera, bajo mis principios, según mis normas; porque
yo soy santo".
"Señor, pero, a ver, ¿en qué punto
exactamente está mi problema?". Y el Señor
parece que guarda silencio, no nos aclara de inmediato cuál
es el punto. Y pasan otros días de desconcierto, de dolor,
de angustia. Y de repente, el Señor muestra una pequeña
cosita, y después otra cosa. Cómo quisiéramos
entonces que el tiempo transcurriera rápido, y que el
Señor nos dijera de una vez todo lo que quiere decirnos,
todo aquello en que le estamos ofendiendo, todo aquello en que
su santidad no es satisfecha en nosotros. Pero a veces suele
pasar un doloroso tiempo de espera.
¿Cómo
nos hace partícipes él de su santidad? La santidad
es dolorosa. Veamos 1ª Juan 1:9: "Si confesamos
nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros
pecados, y limpiarnos de toda maldad". Por mucho tiempo
este versículo no lo había entendido con mayor
profundidad, porque me parecía que "perdonar nuestros
pecados" y "limpiarnos de toda maldad" eran cosas
sinónimas. Pecado y maldad, perdonar o limpiar, era como
lo mismo. En la traducción que nosotros usamos no está
muy claro el sentido original, pero en otras traducciones está
mejor. Como ésta: "Si confesamos nuestros pecados,
él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y purificarnos
de toda iniquidad". La Biblia de Jerusalén dice:
"...y purificarnos de toda injusticia".
Entonces,
aquí está más clara la diferencia; son
dos trabajos distintos que hace el Señor. Por un lado,
si nosotros confesamos nuestros pecados, él perdona nuestros
pecados en virtud de la sangre de nuestro Señor Jesús.
Esa es una cosa. Pero lo otro es purificarnos de toda iniquidad.
La purificación tiene que ver con la depuración;
nos trae a la mente un horno con un metal -el oro, por ejemplo-
que es sometido a altas temperaturas para ser depurado, limpiado.
Porque nosotros, de acuerdo a la primera parte de este versículo,
podemos ser perdonados de nuestros pecados, pero seguir pecando
otra vez, y otra vez, y otra vez.
Pero
si el Señor nos purifica de nuestra iniquidad, es otra
cosa diferente, es un trabajo distinto. Y ese trabajo de la
purificación de la iniquidad no es un asunto de decirlo:
"Ya, te purifico de la iniquidad". Cuando alguien
perdona a otro, dice simplemente: "Te perdono". La
palabra es suficiente. Pero la purificación implica un
proceso. Cuando somos perdonados, estamos felices, porque nuestro
pecado es perdonado. ¡Gracias, Señor, quedamos
libres! Pero cuando somos purificados, eso trae dolor, trae
angustia, sufrimientos. Cuando somos perdonados, no somos cambiados.
Pero la purificación trae una transformación.
Para
perdonar, basta una palabra; para purificar, se necesita el
fuego de la aflicción. Por eso, David decía: "Purifícame,
y seré limpio". Pero no es asunto de este pecado
que tenía que ser perdonado, cuando él pecó
contra Dios en lo referente a Betsabé. Lo que David necesitaba
no sólo era el perdón; era una transformación,
para no volver a hacerlo.
En
Zacarías 13:9, hay una palabra profética que tiene
que ver con esto. Dice: "Y los meteré en el fuego,
y los fundiré como se funde la plata, y los probaré
como se prueba el oro". Probar el oro, purificar el
oro, someterlo a las temperaturas más altas, para que
salga toda la impureza.
Amados
hermanos y hermanas, pudiera ser que nosotros hemos sido perdonados
de nuestros pecados una y otra vez. Pero ese perdón de
nuestros pecados nos puede hasta convertir en un poco insensibles
al pecado. Total, la sangre está disponible, hay perdón
en la sangre del Señor. Pero, ¡cuidado!, que también
con eso, junto con eso, llegará un momento en que el
Señor nos purificará de nuestra iniquidad, y eso
es doloroso. ¿Para qué? "...para que participemos
de su santidad".
Dios
utiliza al diablo para tratar con nosotros
Hay
también otro motivo de dolor, de aflicción para
los cristianos, y tiene que ver con el diablo. Fíjense
que, al menos en tres partes, la Escritura es muy explícita
al decir que Dios utiliza al diablo para tratar con nosotros.
Es como que Dios autoriza al diablo para tratar con nosotros.
Claro, nosotros, como creyentes, sostenemos y es la verdad
una verdad fundamental para nosotros, creemos que el
Señor Jesús venció al diablo, que es un
enemigo derrotado.
Pero,
cuando Dios utiliza al diablo para herirnos, para tratarnos,
entonces pareciera ser que el diablo tiene mucho poder, y que
aunque nosotros pidamos socorro al Señor, el Señor
no nos socorre, parece que todo se confunde: la proclamación
no tiene fuerza, el nombre del Señor parece que no tiene
poder. El enemigo viene, y con fuerza. ¿Cómo se
entiende eso?
¿Se
acuerdan en el primer capítulo de Job? Miren lo que dice.
Aquí Satanás habla con Dios, y le dice: "¿Acaso
teme Job a Dios de balde?". En el versículo 9. "¿No
le has cercado alrededor a él y a su casa y a todo lo
que tiene? Al trabajo de sus manos has dado bendición;
por tanto, sus bienes han aumentado sobre la tierra. Pero extiende
ahora tu mano y toca todo lo que tiene, y verás si no
blasfema contra ti en tu misma presencia. Dijo Jehová
a Satanás: He aquí, todo lo que tiene está
en tu mano...". Aquí Dios autoriza al diablo para
que toque todo lo que Job tenía. Y de pronto, de un día
para otro, Job pierde no sólo sus bienes, sus animales,
sino sus hijos.
El
Señor Jesús, en Lucas 22:31-32 dice: "Dijo
también el Señor: Simón, Simón,
he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos
como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte".
Satanás pidió a Pedro para zarandearlo y, ¿cuál
fue la respuesta del Señor a Satanás? ¿Sí
o no? ¡Sí! "Sí, te autorizo".
Dice: "Yo he rogado por ti, que tu fe no falte". O
sea, el Señor no dice: "Yo he rogado por ti para
que no seas zarandeado". ¿Verdad que no dice así?
Dice: "...para que tu fe no falte". Para que, en medio
del zarandeo, tu fe no falte.
Ahora,
hay un tercer caso en 2ª Corintios 12:7-9. Dice: "Y
para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente,
me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás
que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; respecto
a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite
de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque
mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena
gana me gloriaré más bien en mis debilidades,
para que repose sobre mí el poder de Cristo".
¿Qué
pasó aquí? Dios permitió que, de parte
de Satanás, hubiera alguien -un demonio, seguramente,
o alguna cosa - que abofetee a Pablo. Fíjense lo que
significa abofetear a un siervo de Dios. Y Pablo dice: "Por
favor, quita al que me abofetea". Y el Señor dice:
"No". Aquí está de nuevo Satanás,
siendo usado por Dios para tratar con sus siervos.
Ahora,
intentemos por un minuto, saber por qué razón
Dios permitió que Job fuera tocado; por qué era
necesario que Pedro fuera zarandeado, y por qué era necesario
que Pablo fuera abofeteado.
Si
miramos a los dos primeros, a Job y a Pedro, vemos que se parecen
en varias cosas. Primero, ambos sobresalían entre sus
iguales. Segundo, ambos tenían ascendiente sobre los
demás; es decir, eran personas que estaban ubicadas en
un sitial como de liderazgo. Job era una persona respetada en
su tiempo, todos los hombres de su época lo admiraban.
Pedro, entre los discípulos, era el más prominente.
Tercero, ambos tenían un gran concepto de sí mismos.
Cuando Job hace uno de sus discursos por ahí, en uno
de los capítulos de su libro, habla maravillas de sí
mismo. Y Pedro, cuando dice: "Aunque todos se escandalicen
de ti, yo no me escandalizaré de ti; todos podrán
hacerlo, pero yo, no". Tenían un alto concepto de
sí.
Yo
me imagino al Señor viendo a Job, viendo a Pedro; escuchando
a Job, escuchando a Pedro, hasta que llega el día en
que dice: "Yo a estos dos no los soporto más. ¡Son
tan petulantes, son tan presumidos! Ellos no se conocen a sí
mismos. Voy a permitir que el diablo los toque, para que quede
en evidencia lo que ellos verdaderamente son".
Y
entonces, después de todo lo que pasa con Job - que llegó
a estar enfermo de una forma horrible, que aun su esposa lo
menospreció y le habló duramente - Job llega a
humillarse hasta el polvo, hasta las cenizas, y dice: "Señor,
yo no te conocía, mas ahora mis ojos te ven. Yo pongo
la mano en mi boca para no hablar más necedades. Pongo
la mano en mi boca para no hablar delante de ti. Soy un necio".
Y
Pedro. ¿Se imaginan esos tres días, mientras el
Señor estuvo en la tumba? ¡Cuántas cosas
Pedro habrá pensado! ¡Cuántas cosas se habrá
lamentado! Por eso, Pedro, después, cuando viene de vuelta,
el Señor le dice: "Tú, Pedro, ¿me
amas?". Y Pedro le dice: "Sí, Señor,
yo, yo te aprecio". "Pedro, ¿me amas".
"Señor, yo te estimo". "Pedro, ¿me
amas?". "Ah, Señor, tú sabes todas las
cosas, tú sabes que yo te estimo". Nunca Pedro se
atreve a decirle ahí: "Yo te amo".
En
esta versión que nosotros usamos, la Reina-Valera dice:
"Yo te amo". Pero en el griego no es la misma palabra;
es otra palabra menor, como cuando nosotros decimos: "Yo
te estimo, yo te aprecio". Pedro no se atreve ni siquiera
a decirle: "Señor, yo te amo", porque recién
lo había negado.
Después
del zarandeo, Pedro fue otra persona. Entonces, claro, Dios
es todopoderoso. El diablo es poderoso; pero el Señor
es todopoderoso. Y el diablo, a veces, sin darse cuenta, pero
sin poder evitarlo, sirve a los propósitos de Dios, para
nuestro bien. Claro, cuando Dios le permite al diablo que zarandee
a Pedro, Satanás se va con todo, no sólo para
zarandearlo, sino para destruirlo. Porque el diablo quiere destruir.
Sin embargo, allí está el límite que Dios
le pone.
Dios
siempre le pone un límite al diablo cuando trata con
nosotros. Por eso, respecto a Job, le dice: "Toca todo
lo que él tiene, pero a él no lo toques".
Y después, cuando se trata de Pedro, el Señor
dice: "Yo he rogado por ti, para que tu fe no falte".
Es decir, junto con Dios permitir aquello, él mismo le
pone límite, para que no lo destruya, porque si no, nos
destruiría. Pero, ¡bendito sea Dios!, él
tiene todo poder.
Y
aun estas experiencias dolorosas de las cuales estamos hablando
son permitidas por el amor de Dios. Todo lo que Dios hace con
nosotros, lo hace por amor. Él nos conoce tan bien, él
sabe que no hay otra forma para ser purificados, a no ser el
fuego de la aflicción, el fuego de la angustia.
Hermanos,
en estos días hemos sabido de muchos hermanos y hermanas
que están pasando por aflicciones, por pruebas, por tribulaciones.
Estamos aquí intentando encontrar algunas causas, algunas
razones de por qué sufren los cristianos.
Hemos
hablado de que nosotros tenemos que ser hechos santos, transformados
en personas santas, y hemos dicho que, para eso, no sólo
nuestros pecados tienen perdonados, sino que nosotros tenemos
que ser purificados de toda iniquidad. Estamos diciendo aquí
que a veces Dios permite que Satanás nos toque. Todas
estas cosas pueden suceder.
En
el caso de Pablo, él fue abofeteado. Claro, Pablo había
recibido tantas bendiciones espirituales, que él podría
considerarse un 'súper cristiano'. "¿Quién
ha estado en el tercer cielo? ¿Quién tiene la
revelación que yo tengo", podría decir Pablo.
Y podría decirle a un hermano pequeño: "Y
tú, ¿quién eres para que me hables a mí
así?".
Entonces,
Dios le envía a alguien que lo abofetee. Y una bofetada,
ustedes saben, no sólo es dolorosa; sino, más
que eso, es vergonzosa. Cuando una persona es abofeteada, yo
creo que lo que más le duele es la vergüenza de
haber sido abofeteada. ¡Y Pablo era abofeteado! Pero él
había aprendido a caminar con ese aguijón, de
tal manera que dice: "Me glorío en las dificultades,
me glorío en las angustias, me glorío en los golpes
que recibo; porque cuando soy débil, cuando soy humillado,
cuando soy avergonzado, entonces soy fuerte".
Ahora,
aquí hay un asunto importante que tenemos que decir.
Hay una parte de la Escritura en que nos dice que nos humillemos
bajo la poderosa mano de Dios, que él nos exaltará
cuando fuere tiempo. Y dice también que nosotros debemos
resistir al diablo.
Aquí
hay algo que tenemos que aclarar. Cuando estamos pasando por
este tipo de aflicciones, por este zarandeo, cuando sentimos
que el enemigo nos hostiliza, nos rodea por todas partes, ¿nos
dejaremos llevar para que haga todo lo que quiera con nosotros?
¡No! Nosotros tenemos que, de acuerdo a esta Palabra,
someternos, humillarnos bajo la poderosa mano de Dios, y luego,
cuando eso ocurra, recibiremos la gracia, la fuerza para resistir
al diablo. Aceptamos lo que viene de Dios, en humillación,
en sometimiento; pero tenemos que estar atentos para que el
diablo no se aproveche de nuestra debilidad.
Someternos
a Dios - ahí está la clave. Si nos sometemos a
Dios, nos humillamos bajo la poderosa mano de Dios, diciéndole:
"Señor, tú eres justo, tú eres santo.
Este dolor que me ha venido, esta aflicción que estoy
sufriendo, la merecía, Señor. Veo que es necesaria
para mí. Veo que este horno de aflicción era preciso
que lo viviera. Señor, yo me humillo delante de ti; no
tengo quejas, Señor, no tengo reclamos". Eso es
humillarse bajo la poderosa mano de Dios. Y estar ahí,
en silencio, esperando con paciencia, hasta que la tempestad
amaine, hasta que el Sol de justicia se levante.
Escandalizarse
del Señor
Aquí
hay, entonces, algunas explicaciones al dolor, al sufrimiento.
Pero, para terminar, quisiera referirme a otra clase de sufrimiento,
que no tiene una muy clara explicación. Veamos Mateo
11:2-6:
"Y
al oír Juan, en la cárcel, los hechos de Cristo,
le envió dos de sus discípulos, para preguntarle:
¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos
a otro? Respondiendo Jesús, les dijo: Id, y haced saber
a Juan las cosas que oís y veis. Los ciegos ven, los
cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los
muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio;
y bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí".
Juan
está en la cárcel. Y vemos a Juan aquí,
que, por primera vez en su ministerio tan fiel, tan exitoso,
él tuvo una duda. Fíjense qué cosa extraña:
la duda no la tuvo Juan al comienzo de su ministerio, sino al
final. He aquí una debilidad de Juan. Y le envía
a preguntar al Señor: "¿Eres tú aquel
que había de venir?". Y Juan se olvida que él
mismo había dicho: "Este es el Cordero de Dios que
quita el pecado del mundo".
Tan
grande es su turbación; tan grande es la tempestad que
se le vino encima a Juan, que él llega a dudar que ese
Jesús sea el Cristo. ¿Quién puede entenderlo?
Entonces, ¿qué es lo que hace el Señor
para darle la respuesta a Juan? Sana a los ciegos, a los cojos
los hace andar; hace un montón de milagros allí,
en presencia de los mensajeros de Juan, y les dice: "Vayan
a Juan y díganle, cuéntenle. Y díganle.
"Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí".
¡Extrañas palabras!
Juan
está en la cárcel. Él ha predicado que
Jesús vendría con poder, para limpiar su era,
para guardar el trigo en el granero y para quemar la paja. Él
ha predicado que Jesús vendrá como libertador,
lleno de juicio. Y aquí ve a Jesús sanando enfermos,
¡y él, Juan, su siervo fiel, está en la
cárcel! Jesús no lo va a ver, Jesús no
lo va a consolar. Juan podía decir: "Jesús
liberta a los cautivos... y a mí no me liberta".
Este
es un punto que también puede sucedernos a nosotros.
En algún momento de nuestra vida nos sentimos como encarcelados.
"El Señor hace milagros por doquier, pero a mí
no me mira, ni me escucha, ni se acuerda de mí. Estoy
en la cárcel". ¿Cómo explicamos eso?
Las
palabras del Señor a Juan "Bienaventurado
es el que no halle tropiezo en mí" significan
esto: "Bienaventurado es el que no se ofende conmigo, el
que no se enoja conmigo, el que no tropieza en mí".
Hay
momentos en la vida de un cristiano en que las oraciones parecen
no ser respondidas. Y eso produce cansancio, produce desesperanza,
desaliento. Y entonces, aun en el corazón de un fiel
cristiano, pudiera levantarse una queja contra el Señor.
"Todos los demás reciben bendición; yo no.
¿Qué te pasa conmigo, Señor? ¿Por
qué me tratas así? ¿No eres compasivo,
no eres tierno, no eres misericordioso? ¿No levantas
tú al caído? ¿Y yo, Señor?".
Dice
el Señor: "Bienaventurado es el que no halle
tropiezo en mí", dando a entender con eso que
no son muchos, no son todos, los bienaventurados. Es decir,
da a entender que hay mucha gente que tropieza en Cristo, que
se escandaliza de él, que se vuelve atrás y no
quiere seguirlo más. Porque él es muy exigente;
porque a veces, cuando pedimos una cosa, el Señor nos
da otra. Le pedimos paz, y parece que nos da aflicción;
le pedimos paciencia, y vienen problemas. Queremos acercarnos
a Dios -¿le ha pasado a usted?- y comienza una multitud
de problemas, como si él no nos escuchara, como si él
no quisiera que le sirviéramos.
Muchas
victorias se obtienen lenta y dolorosamente. ¿Por qué,
si él tiene todo poder? El podría hacer así,
y este vicio que yo tengo podría ser quitado... Sin embargo,
¡es tan lentamente la forma en que yo obtengo la victoria
y con tanta dificultad! Las respuestas de Dios son lentas, a
veces demasiado lentas.
Y
los silencios de Dios... Usted ha orado por la conversión
de sus seres queridos, de algún hijo, de algún
nieto. Pero ahí él está, duro, como siempre
o peor que nunca. El Señor guarda silencio. ¿Nos
escandalizaremos con él? Diremos: "Señor,
por favor, ¿hasta cuándo? ¿Eres o no Dios
poderoso? ¿Tienes poder o no para libertar?". Y
el Señor guarda silencio. Usted oró, buscando
alivio de alguna angustia, y no hay alivio. Parece que la carga
es más pesada que antes. Entonces, en esas condiciones,
ser leal a Cristo, es cansador, fatigoso.
Algo
parecido ocurrió con las hermanas de Lázaro. El
Señor estuvo varios días lejos, y Lázaro
enfermo. Y Lázaro muere, y él llega después.
"Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano
no habría muerto". El Señor parecía
que estaba distraído. "Está ocupado en tantas
cosas; a mí no me ve, no me escucha. Parece que tienes
algunos 'regalones', y yo no soy regalón de él".
Cuando
nosotros oramos, a veces el Señor dice "Sí",
y a veces dice "No". A veces no dice nada. Pero, sobre
todo lo que estamos diciendo, por encima de todo lo que estamos
diciendo, él nos ama, y su amor por nosotros es doloroso
también. Porque el que ama, sufre. "El amor es sufrido".
Él sufre por nosotros, con nosotros. Porque él
nos ve sufrir, y él sufre, pero él sabe que no
hay alternativa para nuestro sufrimiento.
Él
dice: "Hijo, yo no puedo evitarte el sufrimiento, porque
es a través de este sufrimiento que tu oración
va a ser contestada". Porque nosotros habíamos orado:
"Señor, quiero convertirme a ti de todo corazón,
quiero servirte de todo corazón, quiero amarte de todo
corazón. Transfórmame a tu imagen". Y cuando
el Señor empieza a contestar la oración, lo hace
a través de esto, a través de estas aflicciones.
Porque esa es la manera como somos transformados. Esa es la
manera, ese es el "Sí" de él muchas
veces.
A
veces, una oración no respondida es la mayor bendición
para nosotros. La razón de sus "No" es enriquecernos,
y no empobrecernos; la razón de su silencio es transformarnos,
y no destruirnos. Sus propósitos son más altos;
no los alcanzamos a ver. Las respuestas del Señor son
más grandes que nuestras peticiones. Austin-Sparks dice:
"Las palabras del Señor son como plata; pero sus
silencios son como oro".
Si
usted nunca ha pasado esta clase de aflicción, no va
a entender de qué estoy hablando, y puede parecer que
este mensaje no tiene mucho sentido. Pero si usted ha vivido
algo de esto, sabrá de qué estamos hablando. Sus
silencios no tienen una explicación, muchas veces. Pero
el Señor nos dice: "Bienaventurado eres si no te
ofendes conmigo".
¿Estamos
ofendidos con él, porque él no nos ha respondido,
porque él no nos ha socorrido a tiempo? ¿Estamos
ofendidos con él? ¿Estamos como con un resquemor
en el corazón, como con un desánimo? Decir: "No,
no sigo más, no puedo más. La vida del mundo es
tan fácil, es tan placentera. O, incluso, hay mismos
cristianos que parece que nunca viven lo que yo estoy viviendo.
No me comprometo más, no me consagro más... ¡Puros
problemas!".
Si
nosotros tenemos esa actitud, significa que estamos ofendidos
con él, significa que estamos tropezando en él,
que nos estamos escandalizando en él. Y él le
dijo a Juan: "Bienaventurado es el que no halle tropiezo
en mí". Es como si el Señor nos dijera: "Mira,
yo soy el Señor; yo sé lo que tengo que hacer.
No me pidas explicaciones".
Oh,
a veces podemos decir: "Jesucristo es el Señor".
Fácilmente decirlo. Pero, ¿sabe lo que significa
decir eso? Significa decir que él tiene toda la autoridad
en nosotros para hacer y para no hacer. Decir: "Tú
eres santo, santo, santo", puede costarnos un gran precio
en algún momento dado. Porque él no permitirá
para siempre que nosotros le digamos eso a él, y que
no seamos santos en toda nuestra manera de vivir. ¡El
Señor tenga misericordia de nosotros!
Les
leo un pensamiento de David Wilkerson para terminar. Dice: "La
parte más difícil de la fe es la última
media hora, justo antes de cuando Dios te va a responder. Cuando
estamos a punto de renunciar, o de escandalizarnos, Dios comienza
a actuar". Amén.