El
propósito de Dios se revela desde la creación
del hombre. "Hagamos... a nuestra imagen, conforme a
nuestra semejanza; y señoree...". Luego
Dios llama a Israel, lo saca de Egipto, "
os tomé
sobre alas de águilas, y os he traído a mí".
Qué interesante. No sólo a la tierra prometida,
ni al desierto del Sinaí, sino a él, a Dios mismo.
Y el Señor le dice a su pueblo que si ellos oyen su voz,
si guardan su pacto, entonces serían su especial tesoro.
Pero
en el corazón del Señor estaba esto: "Y
vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa"
(Ex. 19: 6). Reyes y sacerdotes.
En
primera epístola de Pedro capítulo 2, el Espíritu
Santo a través del apóstol viene diciendo que
la misma Escritura denuncia el fracaso de Israel. Ellos desecharon
la piedra escogida y preciosa; les sirvió de tropezadero.
No fueron fieles, no se cumplió en ellos lo que Dios
les había prometido.
Pero
está hablando ahora a los creyentes del Nuevo Pacto;
nos está hablando a nosotros. Y la palabra ya no es una
promesa; la palabra se convierte en una realidad, en una afirmación.
"Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio,
nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis
las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a
su luz admirable" (1ª Ped. 2:9).
"Mas
vosotros sois...". A Israel se le dijo: "...vosotros
seréis...". Hay diferencia entre el Antiguo
Pacto y el Nuevo. En el Antiguo todo es promesa de lo que algún
día va a ocurrir. Si es que cumplimos, entonces seremos.
Pero aquí el Nuevo Pacto usa un lenguaje muy firme. ¡Bendito
sea el nombre del Señor!
El
Señor creó al hombre para que señoreara...
Ya veremos el fracaso del hombre. El Señor llamó
a Israel para que fuese un reino de sacerdotes, pero ellos también
fracasaron. Pero el propósito del Señor no se
detuvo ni fracasó.
Al
contrario, Dios se propone levantar un pueblo; lo está
levantando, lo está formando, lo ha tenido y lo tiene.
Porque nosotros no somos los únicos cristianos sobre
la tierra. ¡Cuántas generaciones de creyentes,
de siervos de Dios, de reyes y sacerdotes, ha habido desde el
primer día que el evangelio fue predicado!
Los
reyes y sacerdotes de hoy
Nosotros
estamos en la tierra hoy; somos los protagonistas de nuestro
tiempo. Somos los reyes que Dios tiene, somos los sacerdotes
que Dios tiene en este tiempo, destinados para cosas gloriosas,
inmensas, que están por delante.
Vamos
al libro de Apocalipsis. Todo lo que vamos a leer allí
son proclamaciones de victoria.
"Al
que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con
su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su
Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los
siglos. Amén" (Apoc. 1:5-6). Él
nos amó, nos lavó de nuestros pecados con su sangre,
y además "nos hizo reyes y sacerdotes". No
le bastaba solamente que estuviésemos limpios. Él
necesita reyes y sacerdotes para Dios su Padre. ¡Dios
quiere tener reyes; Dios quiere tener sacerdotes!
Apocalipsis
5 es el capítulo que nos muestra el trono de Dios y del
Cordero, es decir, el lugar más exclusivo del universo,
rodeado de millones y millones de ángeles. Es el Lugar
Santísimo del cielo. Es allí donde se dicen estas
cosas, delante del trono de Dios:
"...y
cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar
el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado,
y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y
lengua y pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro
Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra"
(Apoc. 5:9-10).
Alimentémonos
con la palabra del Señor, hermanos; suba fe y esperanza
a nuestros corazones por la palabra de Dios. El sólo
hecho de leer las Escrituras nos ayuda, nos sana, nos llena
de esperanza.
"Bienaventurado
y santo el que tiene parte en la primera resurrección;
la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino
que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán
con él mil años" (Apoc. 20:6). ¿Qué
le parece, hermano? ¿Hay esperanza en la palabra del
Señor?
Nosotros
no somos simplemente un grupo de personas a quienes les gusta
reunirse y cantar algunos cánticos. No somos unos débiles
cristianos, para vivir oprimidos; somos hombres y mujeres que
tenemos la más grande esperanza, ¡la esperanza
de vivir y reinar con Él! Y esto, por los siglos de los
siglos.
Apocalipsis
22. Aquí ya está la eternidad; aquí ya
no está Satanás, pues fue condenado en el capítulo
20. ¡Se fue al lago de fuego el acusador de los hermanos,
condenado y destruido para siempre! Ése es su destino.
En Apocalipsis 22 tenemos cielos nuevos y tierra nueva, donde
mora la justicia. Ya las bodas del Cordero se consumaron. Aquí
se describe una ciudad que cuenta con un río de agua
viva que sale del trono de Dios y del Cordero.
"Y
no habrá más maldición; y el trono de Dios
y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán,
y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes.
No habrá allí más noche; y no tienen necesidad
de luz de lámpara, ni de luz del sol, porque Dios el
Señor los iluminará; y reinarán
por los siglos de los siglos" (Apoc. 22:3-5).
Hemos
leído algunos versículos del Antiguo Testamento
y algunos del Apocalipsis. ¿Y qué vemos en esto
sino una línea recta? Una línea trazada desde
el principio, que tiene un final glorioso. Dios comienza creando
al hombre, y Su propósito es que el hombre señoree
sobre todas las bestias, y aun sobre lo que se arrastra sobre
la tierra. Eso es una profecía, porque el que se arrastra
sobre la tierra es la serpiente, y en la Biblia la serpiente
es Satanás el diablo.
De
tal manera que el hombre fue creado con el propósito
de señorear. Y al final de las Escrituras vemos el triunfo
del Creador, luego que ha transcurrido toda la historia, que
no es muy grata, porque la historia humana está llena
de fracasos, de derrotas, dolor, angustia y muerte; sin embargo,
el propósito de Dios no se desvía a diestra ni
a siniestra.
La
Biblia no concluye con el Antiguo Testamento, ni en la mitad
del Nuevo Testamento. No hay ningún versículo
que diga: 'Pero lamentablemente, a causa de la infidelidad del
pueblo, no se pudo cumplir el ideal divino'. No se dice eso.
¡Aleluya, hermanos, qué bueno es conocer el final
de la historia!
Esta
palabra sirva de aliento para los que están padeciendo
hoy. Sé que hay hermanos aquí que están
mordiendo dolorosos fracasos; les hemos acompañado en
sus lágrimas. Pero les tengo una buena noticia: Ese no
es el fin de tu historia; eso que estás viviendo es tan
sólo un capítulo de ella, porque el final de tu
historia es lo que acabamos de leer en este libro. ¡Gloria
al Señor!
Al
final, el Señor obtiene lo que él quiere. Él
tiene reyes a su lado, porque él es Rey de reyes. Así
es que los reyes hoy le rendimos honor a nuestro Rey. ¡Gloria
a nuestro Rey! ¡Bendito sea nuestro Rey!
Hermanos,
Adán, que estaba destinado a reinar, a guardar el huerto,
a labrarlo, cedió a la tentación, y junto con
su mujer comieron el fruto que no debían comer. Esto
es un alejamiento de esta línea recta, y el hombre que
debía señorear sobre la serpiente, el hombre que
estaba destinado a reinar, se desvió del camino. Luego
se sucedieron todas las desgracias de la humanidad, a partir
del fracaso de Adán.
Más
tarde, cuando llegamos a los versículos leídos
en Éxodo 19, el Señor saca a su pueblo y se propone
tener un reino de sacerdotes y gente santa. ¿Qué
es un sacerdote? Es un hombre o una mujer que tiene acceso a
Dios. Cualquiera no puede entrar. Cualquiera no podía
entrar en el tabernáculo, sino sólo los sacerdotes;
y al Lugar Santísimo sólo podía entrar
el sumo sacerdote.
Un
sacerdote es uno que puede entrar, uno que tiene acceso a Dios.
Y como tales, tenemos el privilegio de tener acceso libre a
Su presencia y no ser consumidos por ello. Eso es un sacerdote,
alguien que puede entrar en las cámaras secretas de Dios,
que puede entrar en Su tabernáculo, venir al Lugar Santísimo
y hablar con su Dios, rogarle e interceder. Eso es un sacerdote.
Y
un rey es uno que reina. El rey ordena, y lo que él ordena,
se cumple. El rey tiene autoridad. Entre todos los pueblos,
el Señor quiso tener un pueblo escogido Israel.
Pero bien sabemos que ellos fracasaron. Ellos tenían
Dios, y no fueron a su Dios; tenían sacerdocio, y no
respetaron ni ejercieron ese sacerdocio. Tenían profetas,
y no les oyeron; tenían una palabra, y no obedecieron
sus enseñanzas. Ellos tenían una mesa bien servida,
y no la comieron.
Hermanos,
¿y qué de nosotros? ¿Tenemos nosotros palabra?
Sí, tenemos las Escrituras. Gracias al Señor por
cada versículo de este libro. Lo tenemos. Pero me pregunto:
¿Lo leemos? Nos debe dar dolor y pena. Y el Espíritu
Santo nos quiere hablar, nos quiere amonestar. No sea que nos
pase a nosotros lo mismo que a Israel, pues se nos ha dado mucho.
Hermanos,
Israel podría tener una excusa frente a nosotros. Ellos
tenían el libro de la ley; pero no tenían lo que
tú y yo tenemos. Nosotros tenemos al Espíritu
Santo morando en nuestros corazones. Tenemos la palabra y tenemos
el Espíritu. ¿Quién nos reveló que
la sangre de Cristo nos limpia de todo pecado? La Biblia lo
dice. Pero la Biblia sólo podría ser letra. Pero
más allá de la letra, el Espíritu de Dios
nos ha confirmado su veracidad. Y lo disfrutamos, porque el
Espíritu Santo está en nosotros administrando
todos los tesoros, la sabiduría y la gracia, a nuestro
favor.
Además
de eso, podemos imaginarnos a un cristiano lleno del Espíritu,
pero solitario, lo cual es una contradicción. Pero hermanos,
existe la iglesia, el cuerpo de Cristo, la comunión de
los santos. Yo considero que esta reunión es un privilegio.
Escuchar a una hermana leer las Escrituras, a otra hermana orar
y a otro hermano proclamar, y a los hermanos cantar juntos alabando
al Señor, es un privilegio. Hay muchos hermanos nuestros
que no tienen esta posibilidad.
Los
reyes esclavizados
Somos
de Cristo, hermanos. Hermano, hermana, usted tiene una mesa
servida. ¿Y por qué vive como un hambriento? ¿Y
por qué fracasa el rey? "¿Es Israel siervo?,
¿es esclavo? ¿Por qué ha venido a ser presa?",
dijo el profeta Jeremías (2:14). Siendo libre, ¿por
qué ha venido a ser esclavo?
Amado
hermano, usted es libre. No se esclavice. ¿Qué
apetitos, qué seducciones, batallan contra la vida del
Señor, contra la obra del Señor? Fíjense
que en cuanto a la tentación de Eva y de Adán,
las Escrituras dicen que el fruto era agradable. Era algo atractivo;
no era algo malo.
"Y
vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que
era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar
la sabiduría" (Gén. 3: 6). Bueno... agradable...
codiciable. ¿Cuántas cosas de este mundo están
compitiendo con el trono del Señor en tu corazón
y en mi corazón? ¿Cuántas cosas codiciables,
cuántas cosas agradables, cuántas cosas 'buenas'?
'No, si esto no es malo...' se oye decir. Pero, no sea que 'lo
bueno' venga a desplazar al Señor en el corazón,
pues entonces, los que deberían estar reinando se tornan
en esclavos.
Hermano,
esta es una responsabilidad individual de cada uno de nosotros.
Hoy, usted puede ser un rey o puede ser un esclavo; pero la
responsabilidad será suya, porque Dios tiene para usted
y para mí una línea recta que comienza en Génesis
y termina en Apocalipsis. Porque en el propósito de crear
al hombre, ¡ese hombre eres tú! Fuimos creados
para señorear. Tú y yo. Cada uno.
¿Qué
reacción le provoca a usted ver a un hombre borracho
en la calle, durmiendo? ¡Qué tremendo, hermano!
Pensar que ese hombre fue creado para reinar, y ahí yace,
cual esclavo miserable. Cuando vemos la condición del
hombre en el mundo hoy, la violencia, los crímenes, la
corrupción en todas sus formas, ¡qué esclavitud,
hermanos! Un enemigo ha hecho esto.
Pero
más triste todavía puede ser que cristianos, creyentes,
hermanos en Cristo, estén esclavizados. ¿Qué
te esclaviza, qué te ata, qué te impide servir
y glorificar al Señor? ¿Será que, andando
por esta línea recta, en algún punto de ella,
al igual que Adán o que Israel, tú estás
descuidando tu caminar y algo te esta apartando de esta línea
recta gloriosa?
Pero,
hermanos, ¿qué está hablando el Espíritu
Santo al corazón mientras compartimos esta palabra? ¿No
vemos una intención de amor en el corazón del
Señor? ¿No busca Él cautivarnos y recuperar
terreno en nuestros corazones? Porque el Señor te está
diciendo a ti y a mí que él nos quiere para los
propósitos más elevados. ¡El Señor
quiere que reinemos en vida! "Reinarán en vida
los
que reciben la abundancia de la gracia
" ( Rom.
5:17). Porque el Dios que tenemos, hermanos, es un Dios abundante,
es un Dios poderoso y santo.
Pero
de alguna manera el enemigo nos confunde, como dijo también
el apóstol: "Porque os celo con celo de Dios;
pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como
una virgen pura a Cristo. Pero temo que como la serpiente con
su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean
de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo"
(2ª Cor. 11: 2-3).
Amado
hermano, conocemos en las Escrituras que las cosas no son instantáneas.
Conocemos que hay un camino, un trato, una disciplina, un crecimiento
hacia la madurez cristiana. Tú estás pasando por
un trato del Señor, otro está pasando por una
disciplina. Otro por un desgaste espiritual; ya no tiene ánimo,
el corazón no está encendido. Todos estamos en
un punto distinto en nuestra vida en Cristo. Pero hermanos amados,
nada justifica la negligencia en el orar. Como sacerdotes tenemos
siempre mucho trabajo.
Hay
un mundo que se muere. ¿Habrá un sacerdote que
pueda descansar? Hermanos, se necesitan muchos intercesores.
¿Habrá alguien que tiene acceso a Dios, que ore,
que clame, que pida misericordia por esta ciudad, por este país,
por este mundo?
Pero
los sacerdotes están entretenidos o de brazos cruzados.
Y, ¿sabe, hermano?, le voy a decir: Usted no está
contento. El sacerdote que está de brazos cruzados, que
no está cumpliendo su función sacerdotal, no está
feliz.
Así
como el Señor tiene una mesa maravillosa servida, el
mundo también tiene su mesa servida. Cada vez que tomas
cosas del mundo, no te sacias. Las cosas del mundo terminan
enfermándonos. Hay sacerdotes enfermos y hay reyes que
no reinan. Hay reyes engrillados, como aquellos reyes derrotados
del Antiguo Testamento.
Tú
eres un rey, una reina; tú eres un sacerdote, una sacerdotisa.
Hermano, hermana, ¡recuperemos la línea!, volvamos
al camino, porque al final habrá una gloria inmensa,
y parte de aquella gloria se puede comenzar a vivir desde ahora.
Porque el Señor necesita hoy hombres y mujeres que entren,
que tengan acceso a su presencia, que vayan y vuelvan glorificando
el nombre de su Dios.
El
ejemplo de nuestro Rey
El
Rey de reyes dice esto: "Padre mío, si es posible,
pase de mí esta copa, pero que no sea como yo quiero,
sino como tú" (Mat. 26:39). Recordemos lo acontecido
en el huerto de Edén. Ellos tenían el fruto, y
no se molestaron en preguntar: '¿Comemos o no comemos?'.
Simplemente estiraron la mano, y comieron.
El
Señor está frente a una copa... Con lágrimas,
con dolor, pero finalmente escoge la voluntad del Padre. Beber
esa copa le significó la cruz, la muerte, pero, más
aun, le significó la resurrección, la ascensión,
y estar hoy glorificado en el trono de Dios en las alturas.
¡Bendito sea nuestro Rey!
¿Vas
a escoger algo agradable, pasajero, y vas a perder reinar? Pero,
hermanos, escojamos hoy lo que es del Señor, y tendremos
el gozo de servirle y la alegría de reinar con Cristo
en esta vida. Vas a tener la alegría de atar lo que tu
Señor quiere atar, de desatar lo que tu Dios quiere desatar,
de bendecir lo que Dios quiere bendecir. Vas a tener el gozo
de entrar a su presencia, y la oración no será
una rutina de unas cuantas frases, sino un corazón derramado
en la presencia del Señor.
Una
mesa abundante
Hermano,
Dios nos ha preparado una mesa abundante, nos ha dado una palabra
llena de riqueza; ha puesto su Espíritu dentro de ti
y dentro de mí, para que le busquemos y le adoremos,
y le sirvamos no en nuestras fuerzas, sino en virtud de la presencia
gloriosa de Su Espíritu en nosotros.
El
Espíritu Santo, que está contristado en el corazón
de muchos, anhela expresarse con libertad, porque tú
estás destinado a reinar, a ser un rey y un sacerdote.
Así está escrito en este Libro bendito. Este es
tu destino y el mío. Hermana, ¡tú eres una
reina! Hermano, ¡tú eres un rey! ¡No aceptes
ser esclavo, porque eres rey! Tú eres sacerdote; no te
quedes sin trabajo, no te quedes sin función.
¡Qué
linda es una reunión de reyes! ¡Qué hermosa
es una reunión de sacerdotes! ¡Señor, venga
tu reino! Alguien escribió una vez que un día
se hará por última vez esa oración. Cuando
los escogidos del Señor en toda la tierra, unánimes,
se levanten y le digan: 'Señor, ¡venga tu reino!'.
Y desde el cielo se responderá: '¡Llegó
la hora! ¡Bendito sea el Señor! ¡Llegó
la hora de atar a Satanás, llegó la hora de recoger
a los escogidos!'.
Hermanos,
¿han oído ustedes hablar del 'calentamiento global'?
El mundo está asustado. De aquí a treinta años,
el planeta puede ser inhabitable. Léalo en la Biblia
(2ª Ped. 3:10). Hermano, ¡el Señor viene!
Por tanto, permanezcamos en la línea recta. ¡Aleluya,
ven, Señor! ¡Pero antes de tu venida, que se salven
los escogidos, que se salven los que están en tu corazón!
Síntesis
del mensaje compartido a la iglesia en Temuco el 14/10/07.