|
Mensajes desde Centenario Si Cristo no es el fundamento, si él no es el centro de nuestra atención; entonces, nada es suficiente. La iglesia necesita urgentemente volver a Cristo. Para que él tenga la preeminencia Eliseo Apablaza F. "Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia" (Colosenses 1:15-18). Quisiera subrayar la última frase: "...para que en todo tenga la preeminencia". Para mayor claridad, en el versículo 18, podemos enlazar la primera frase y la última: "Y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia ... para que en todo tenga la preeminencia". ¡Bendito es el Señor! Voy a decir algunas cosas obvias, muy básicas, acerca de lo que es hoy el consejo del Señor para nosotros. Jesucristo es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, y fue constituido como cabeza de este cuerpo, para que en todo tenga la preeminencia. En muchos contextos cristianos se está planteando hoy un autoexamen, para reformular el camino a seguir en el futuro. Hay un libro reciente que se titula algo así como "Diez grandes ideas en la historia de la Iglesia", cuyo autor sostiene que, para redefinir lo que es la iglesia, tenemos que echar mano a su historia. Y revisa la historia de la iglesia desde Lutero hasta el día presente, extrayendo algunas ideas fundamentales de grandes reformadores, como para que -tomando estas ideas- la iglesia pueda revitalizarse, encontrar el camino que le permita expresar su verdadera identidad. Interesante libro. Pero al terminar de leerlo quedamos con la impresión de que muchas de las respuestas que se dan son todavía cuestiones externas, secundarias, no esenciales: cómo un autor entendió la santidad, cómo otro entendió la unidad de la iglesia, o la justificación por la fe, o la acción social de la iglesia, pero que falta lo fundamental. El testimonio de las Escrituras Cuando leemos la Palabra, vemos que la iglesia es el cuerpo de Cristo, y que Cristo es la cabeza del cuerpo. Él fue dado como cabeza del cuerpo que es la iglesia para que en todo tenga él la preeminencia. Cuando Pablo dice: "Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado", lo vemos desechando cosas, rehusando un cierto saber -que no era poco en el caso de él-, para sólo conocer a Jesucristo. Y cuando nos muestra la forma como hacía la obra de Dios, nos dice que él, como perito arquitecto, puso el fundamento, que es Cristo, y que sobre ese fundamento la iglesia va creciendo como un edificio, como habitación de Dios. En Efesios 4, Pablo nos muestra de nuevo la visión de la iglesia como cuerpo "...bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor". Y en el versículo 15 dice que ese crecimiento, esa edificación, es "...en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo". El crecimiento del cuerpo depende, pues, de la cabeza, y sólo se consigue cuando nosotros nos asimos de la cabeza. Hoy en día, echamos de menos un mayor énfasis no en la santidad, no en las profecías, no en los dones, no en los líderes; sino en Cristo. El único énfasis que va a restaurar la iglesia, que le va a dar crecimiento y madurez, es volver a asirnos de él, a conocerlo a él, a predicarlo a él. Todas las demás cosas pueden ser muy loables, y pueden tener su ubicación en el misterio de Dios; pero si no es Cristo el fundamento, si no es él el centro de nuestra atención, el objeto de nuestro culto; entonces, no es suficiente. La iglesia necesita urgentemente volver a Cristo. Una triste realidad Como dije al comienzo, esta es una cosa tan obvia: somos cristianos. La palabra cristianos deriva de Cristo. Sin embargo, aun siendo algo tan obvio, está tan olvidado, tan descuidado, tan ignorado. Pareciera ser que Cristo no es suficiente hoy para la iglesia; entonces ella tiene que embellecer su camino, tiene que entretenerse en algo. Sería -se puede pensar- tan aburrido hablar de él todos los días, alabarle sólo a él en todas las reuniones. Centrarlo todo en Cristo como que es tan monótono, tan rutinario... En el libro "David Wilkerson exhorta a la iglesia", uno de sus capítulos lleva por título "El hombre más indeseable del mundo". ¡Ese capítulo se refiere a Jesucristo! Por supuesto, el autor lo dice con mucho respeto. Él dice que Cristo es ignorado no sólo en los países ateos o en los regímenes totalitarios que han pretendido sacarlo de sus sistemas de vida: Cristo es aborrecido en los ambientes aparentemente más ortodoxos. Su cruz es vergonzosa; su sangre derramada no se menciona, es un tema desagradable. Cristo, motivo de oprobio, de escándalo, de vergüenza. Sólo podemos atrevernos a pensar o afirmar una cosa así, si es que no conocemos de verdad a Jesucristo. Porque él es un pozo insondable, porque él es la plenitud de Dios; en él están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. ¡En Cristo está la vida, la vida eterna! Es una cosa tan obvia, pero tan tristemente olvidada. El testimonio del Padre Cuando el Señor Jesús vino en la tierra, el Padre habló desde los cielos en tres ocasiones, y en todas dio un mismo testimonio: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo contentamiento". Al parecer el original griego dice "en quien me complací"; es decir, como algo consumado. El Padre se complació absolutamente en el Hijo aun antes de que comenzara su ministerio, cuando estaba siendo bautizado en el Jordán. ¡Qué perfección! ¡Qué agrado más pleno! ¿Podemos nosotros decir que en Cristo tenemos toda nuestra complacencia? ¿O nuestro corazón está dividido todavía y queremos a Cristo, pero queremos también otras añadiduras? ¿O queremos obtener algo de Cristo, o utilizar su nombre para lograr una determinada posición? Tres veces habló el Padre desde los cielos a favor de su Hijo. Y en una cuarta ocasión, en Mateo 16, encontramos que, indirectamente, habló al corazón de Pedro, cuando éste dijo: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente". Y el Señor le dijo: "Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos". Él había pasado casi tres años con sus discípulos, cuando ocurre esa escena en Cesarea de Filipo. Faltan pocos meses para el día de la cruz. Ellos habían visto desplegarse el poder de Dios, habían visto innumerables milagros, habían estado asombrados muchas veces. Pero el Señor escoge este lugar apartado, en el norte, cerca del monte Hermón, más allá de Galilea de los gentiles, para hacerles la gran pregunta: "¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?". Y ante las respuestas erráticas que ellos dan, les dice: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?". Recién, después de tres años juntos, el Señor les hace la pregunta fundamental. El silencio de ellos indica que no le conocían. "Y ustedes?"... Silencio... Si no hubiese sido porque el Padre lo revela al corazón de Pedro, él tampoco lo hubiera sabido. Cristo es suficiente Y aquí tocamos un punto fundamental: ¿Por qué Cristo no es reconocido, no es servido, no es amado? ¿Por qué el tema de Cristo es sólo un tema tangencial en la vida de la iglesia? ¿Acaso no es él suficiente? Si en una reunión centramos todo en el Señor, ¿creen ustedes que vamos a salir de ella vacíos, frustrados? ¡Cristo es suficiente! ¡Oh, cuántas veces lo hemos experimentado! Hablar de él, contemplarlo en un cierto rasgo de su persona, en alguno de sus maravillosos atributos, en la forma como él se expresa a través de los miembros del cuerpo. ¡Él es suficiente! Tal vez sea necesario que el Señor nos vuelva a hacer esta pregunta a todos nosotros: "¿Quién dicen ustedes que soy yo?". Y aquí es donde la impotencia de la carne se hace más manifiesta, porque nadie puede conocer al Hijo si no le es revelado por el Padre. No por estudiar en un seminario, no por tener la mejor Biblia comentada, no por nuestras buenas obras. Sólo el Padre lo revela a través del Espíritu Santo. ¡Gracias por la obra preciosa del Espíritu Santo, que nos da testimonio de Jesús, de lo precioso e inigualable que es él! El día que lo reemplacemos a él por las más hermosas canciones, por el culto más espectacular, por los milagros más asombrosos; ese día moriremos. ¡Él es irreemplazable! ¡Jesús es bendito! "Acuérdate de Jesucristo" Termino diciendo esto: "Acuérdate de Jesucristo, del linaje de David, resucitado de los muertos conforme a mi evangelio" (2 Timoteo 2:8). ¿Por qué Pablo le dice a su colaborador más cercano, el más confiable: "Acuérdate de Jesucristo"? El contexto de esta epístola es que Pablo ya es viejo. Su partida está cercana, y escribe a Timoteo como un padre encargándole las cosas más importantes a su hijo antes de morir. ¿Es que Timoteo se había olvidado? ¿O es que los cristianos se estaban olvidando de Cristo? Cuando Pablo escribía esta epístola, ya estaba surgiendo la apostasía; algunos estaban abandonando la fe. Se estaban introduciendo doctrinas extrañas, discusiones sobre asuntos secundarios de la revelación. Y él dice: "Acuérdate de Jesucristo. Hijo, ¡no te olvides de él!". Iglesia, ¡no te olvides de él! Él es la vida, él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia. Jesús es nuestra cabeza, es nuestra vida, es nuestra gloria. ¡Jesús es nuestro todo! *** |