Han
sido muchas las veces en que, de diferentes maneras, se ha compartido
acerca del caminar de Pedro con el Señor Jesús.
Estos versículos han sido inspiración de muchas
predicaciones; pero la palabra del Señor es eterna.
La
Palabra es como la fuente que había en el atrio del templo
del Antiguo Pacto, donde se lavaban los sacerdotes cada día,
cuando entraban a ministrar ante la presencia de Dios. Esa fuente
de bronce bruñido había sido hecha con los espejos
de las mujeres israelitas, y cuando los levitas que ministraban
se lavaban allí, se veían reflejados en ella
tenían conciencia de lo que ellos eran. Como esa fuente
es también la palabra del Señor. Que el Señor
nos pueda lavar con su Palabra.
Nosotros,
como Pedro al principio de su caminar, recibimos el llamado
del Señor para seguirle. Y todos los que estamos aquí
hoy podemos decir que hemos respondido a ese llamado. Hemos
vivido, en muchos sentidos, las mismas experiencias de Pedro.
Analizar el caminar de este discípulo del Señor
nos sirve de consolación, porque en él nos vemos
también nosotros reflejados. Nosotros hemos pasado o
tendremos que pasar, de una u otra manera, las mismas experiencias
por las cuales él pasó, porque la vida del creyente
es un proceso, es un caminar.
Retrato
de un discípulo
La
vida del creyente se inicia cuando el Señor, en su misericordia,
nos llama a él. Cuando el Señor lo llamó,
Pedro era un pescador. El Señor lo instó a que
dejara las redes y le siguiera. Pedro fue un discípulo
obediente; inmediatamente empezó a seguir al Maestro.
Más tarde, en las experiencias que vivió, también
le recuerda al Señor: "He aquí, nosotros
lo hemos dejado todo, y te hemos seguido" (Mat. 19:27).
Él estaba consciente de esto.
Podemos
decir que Pedro era un discípulo obediente. Había
algo natural en él, una medida de obediencia, por eso
habló al Señor de esta manera. Pero además
era un hombre de fe, y al parecer tenía una gran fe.
Recordemos cuando los discípulos estaban en la barca
y el Señor venía caminando sobre las aguas. Podemos
decir que Pedro tenía una gran fe, porque él salió
de la barca y empezó a caminar. Pero, a poco andar, después
de su arrebato de fe, empezó a mirarse a sí mismo,
a todo lo que le rodeaba y empezó a hundirse en las aguas,
y el Señor tuvo que socorrerlo.
Conocemos
además otra característica de Pedro: él
era muy determinado, capaz de tomar decisiones rápidamente.
Cuando el Señor les habla acerca de que le era necesario
ir a Jerusalén y padecer a manos de los principales de
la nación de Israel, y empieza a describir las cosas
que le sobrevendrán por causa del cumplimiento del propósito
divino de salvación, Pedro le empieza a reconvenir: "Señor,
ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca"
(Mat. 16:22). Y el Señor tuvo que reprenderle.
También
Pedro había oído cuando el Señor dijo:
"Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese
a sí mismo, y tome su cruz, y sígame"
(Mat. 16:24). En el pasaje de Lucas 22:61-62: "Entonces,
vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó
de la palabra del Señor, que le había dicho: Antes
que el gallo cante, me negarás tres veces. Y Pedro, saliendo
fuera, lloró amargamente", vemos al Señor
con su mirada llena de ternura, de compasión, sabiendo
anticipadamente lo que iba a suceder con Pedro, sabiendo que
todos los aspectos de la vida natural de éste tendrían
que ser tratados. Anticipándose a esto, el Señor
le había advertido y le había dicho algo así
como: "Pedro, no es como a ti te parece; tus apreciaciones
te confunden, porque tú no te conoces a ti mismo. Pero
yo te conozco".
Cuando
el Señor nos llamó, fuimos objeto de su misericordia.
El Espíritu Santo nos ha revelado a Cristo en lo profundo,
en su naturaleza divina y también como el hombre perfecto
que agradó el corazón del Padre, al que vino a
salvar a todos los que no teníamos ninguna oportunidad,
porque en Adán todos estábamos muertos, destituidos
de la gloria de Dios. Podríamos pasar la eternidad agradeciendo
al Señor la misericordia que tuvo con nosotros.
Cristo,
en la cruz, derribó esa barrera que se había levantado
entre nosotros y Dios. Cuando él fue crucificado en su
cuerpo de carne, abolió la enemistad que nosotros teníamos
con Dios, y luego las enemistades que había entre los
hombres. ¡Qué tremenda es la obra del Señor!
El Señor no permita que olvidemos la terrible condición
caída desde la cual él nos levantó. ¡Bendito
es el Señor!
Podríamos
pasar la vida entera mirando el sacrificio de Cristo y lo que
él hizo por nosotros, declarando que nuestros pecados
han sido perdonados por la sangre de Jesús. Podemos declararlo
a todos los hombres, porque lo que vivimos es real en nosotros.
Lo menos que podemos hacer es contar a todos los hombres que
hay una esperanza de salvación, que hay una sangre derramada
hace dos mil años atrás, de un hombre justo y
santo que agradó el corazón de Dios, y que ese
sacrificio está disponible hoy, para que todo aquel que
quiera reconciliarse con Dios reciba el perdón de sus
pecados, como nosotros lo hemos recibido. ¡Bendito es
el Señor!
Todos
hemos participado de esto. Esta es la puerta de entrada, la
experiencia inicial cuando conocimos al Señor. Nos encontramos
con él, él nos llama, nos persuade, y al responder
a su llamado, todo esto que mencionamos viene a ser nuestro
por medio de la fe. Si hubiese personas aquí, que aún
no tienen esta realidad, esta seguridad de saber que sus pecados
han sido perdonados, quiero decirles que para ellos también
es esta bendición.
Conociéndose
a sí mismo
Sin
embargo, el caminar de un creyente no se detiene aquí.
Este es el principio de nuestro conocimiento del Señor
y de andar con él. Habrá que vivir otras experiencias,
para llegar al momento en que como Pedro cada uno
conozca también cuál es su propia condición.
Y esto no sólo se refiere a tener conciencia de los pecados
que usted cometió, a los hechos pecaminosos que desagradaron
a Dios, sino que conocerá el origen, la raíz,
que hay dentro de sí mismo, de esta fuente de toda obra
perversa, y tendrá que ir conociéndose cada vez
más a sí mismo. En realidad, Pedro no se conocía
a sí mismo, él tenía mucha confianza en
su propia forma de entender las cosas.
Algo
que no he mencionado es que Pedro seguramente vio que en las
capacidades naturales de su alma, él era una persona
muy sagaz. Nosotros sabemos que fue Dios quien verdaderamente
le reveló el hecho de que Jesús era el Cristo,
el Hijo del Dios viviente. Pedro era muy agudo, tenía
la capacidad de captar cosas espirituales, aunque no las comprendía
bien. Sin embargo, eso no le serviría de mucho en el
momento de conocerse a sí mismo. Este rasgo natural podría
servirle para otras cosas, relativas a su entorno; pero, para
conocerse a sí mismo, era imprescindible pasar por los
tratos de Dios, por el camino de la cruz de Cristo; descubrirse
primero a sí mismo, y aceptar luego el llamado del Señor:
"Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese
a sí mismo" (Mat. 16:24).
¿Qué
significa 'negarse a sí mismo'? Significa negarse a todos
esos rasgos naturales que Pedro tenía y que nosotros
también tenemos, negarse a todo lo que somos en nuestro
ser natural.
Recordemos
que Dios nos creó con espíritu, alma y cuerpo.
El alma, allí donde está la conciencia de lo que
nosotros mismos somos, es el reducto más fuerte que el
Señor tiene que tratar, y allí apunta la palabra
del Señor al decir: "Niéguese a sí
mismo". Es en los rasgos de nuestra alma, en nuestras
capacidades naturales, donde el Señor nos invita a negarnos
a nosotros mismos, y a dejar que fluya la vida suya, contenida
en lo más profundo de nuestro espíritu. Cristo
está ahora morando por la fe en nuestros corazones, Cristo
vive en nosotros - Esto es real.
Cristo
vive en nuestro espíritu; pero la voluntad de Dios es
que su Hijo no sólo esté en el espíritu
del hombre. No sólo sea relegado al Lugar Santísimo,
donde Dios se manifestaba en el Antiguo Testamento, y donde
se manifiesta inicialmente en la vida del creyente en
su espíritu, sino que también llene con
Su gloria el Lugar santo nuestra alma y aun se muestre
hacia afuera, para que todos puedan tocar la gloria contenida
en nosotros. Que el velo de nuestra carne no sea un obstáculo
para que vean, toquen, y se encuentren con Dios por medio del
Señor Jesucristo. Que el velo de nuestra alma, impedimento
más grande que el de nuestro cuerpo, se rompa, para que
la vida preciosa del Hijo de Dios, que puede vivificar a todo
hombre, no sea relegada al Lugar Santísimo.
A
veces nos quedamos en el Antiguo Testamento, contemplando esa
gloria. Sabemos que está allí, en el interior.
Pero no nos damos cuenta que, cuando Cristo murió en
la cruz, Dios mismo, soberanamente, rompió el velo que
separaba el Lugar Santísimo, donde sólo un hombre
podía acceder a la gloria de Dios y todos los demás
quedaban fuera esperando las noticias de lo que había
ocurrido allí. Ahora, ese velo había sido roto,
y todos los hombres podían tocar a Dios. ¡Gloria
al Señor, esto es algo grande!
Dios
había estado encubierto a causa de la gravedad del pecado
del hombre, porque Él es santo, santo, santo, y no tiene
comunión con el pecado. Oh, hermanos, que el Señor
nos conceda esa virtud: que los creyentes, que hemos experimentado
la gracia de Dios, podamos aborrecer el pecado como él
lo aborrece.
Pero
también, hermanos, así como el Señor, a
causa de la santidad que hay en él, aborrece con tanta
fuerza el pecado; también, no con menos intensidad, ama
al pecador. Eso lo hemos experimentado, es una realidad: Dios
nos amó de tal manera, que no se reservó a su
Hijo, lo más precioso que él tenía, sino
que lo dio por todos nosotros. ¡Gracias, Señor,
esto es para bendecirlo, para prorrumpir en alabanza!
Eso
nos dio Dios. Su gloria, que estaba oculta para los hombres,
por fin ahora era liberada. Ahora, los hombres podrían
tocar a Dios, encontrarse con Dios. Y eso que Adán gustó
un poco, antes de su caída, cuando Dios descendía
con la brisa de la tarde y tenía comunión con
él y Adán hablaba con él, ahora está
disponible para nosotros, porque el velo fue roto. El propósito
del Señor, hoy, es que también se rompa el velo
entre nuestro espíritu y nuestra alma.
Pedro
no se conocía. Forzosamente, tendría que pasar
por una crisis, para que sus ojos fuesen abiertos y tomara conciencia
de que todo lo que brotaba de él era un obstáculo
para la obra del Señor. Todo lo nuestro, todo lo que
no es de Cristo, sino del hombre natural, del 'yo', es una limitación
para nuestro servicio a Dios en este día. Por eso, Pablo
dice que nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu,
también gemimos dentro de nosotros mismos, porque quisiéramos
ser libertados de nosotros mismos, es decir, de esto que aprisiona
al Señor.
A
veces se piensa que, para que la gente se convierta, hay que
hacer grandes campañas, traer grandes evangelistas, utilizar
todos los dones del Espíritu. Pero, si sólo el
Señor nos diera la comprensión acerca de esto
que hablamos, si realmente aceptáramos el llamado del
Señor a negarnos a nosotros mismos, entonces él,
por su propia vida, alcanzaría a los necesitados. Y ya
no habría un evangelista, o cinco, o diez, sino muchos
toda la iglesia. Cada hijo de Dios sería un instrumento
a través del cual fuesen alcanzados los que tienen necesidad.
Se
debería repetir en este tiempo lo que ocurrió
con el Señor Jesucristo. Él fue un hombre como
nosotros, completo en espíritu, alma y cuerpo. Pero él,
teniendo en su alma la capacidad de tomar decisiones por sí
mismo, vivió una vida completa de negación mientras
caminó en la tierra. Desde que llegó a este mundo,
él sabía que venía para negarse a su vida
del alma, y los hombres pudieron tocar la vida divina que estaba
contenida en él. Por eso, hubo tantas maravillas, milagros,
sanidades y resurrecciones naturales y espirituales.
Las
mayores resurrecciones que hizo el Señor Jesús
fueron aquellas que levantaron a los que estaban muertos en
delitos y pecados. Él había dicho: "De
cierto, de cierto, os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando
los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que
la oyeren vivirán" (Juan 5:25). Esa resurrección
la experimentó Marta y la experimentó María,
la experimentó Lázaro y asimismo todos los discípulos
del Señor, porque realmente pasaron de muerte a vida.
Y esta resurrección también la hemos experimentado
nosotros.
Es
verdad que también hubo resurrecciones en lo natural;
que el Señor levantó a su amigo Lázaro,
lo resucitó para que no quedara ningún lugar a
dudas de que él es la resurrección y la vida,
y que el que esté muerto, en cualquier clase de muerte,
puede ser levantado por el Señor. Él tiene vida,
y puede dar vida a todos; él es la vida de Dios que se
nos ha manifestado.
Una
conversión radical
"Entonces,
vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó
de la palabra del Señor, que le había dicho: Antes
que el gallo cante, me negarás tres veces" (Luc.
22:61). Aquí está el fracaso de Pedro, aquí
está ese punto de crisis que el discípulo tuvo
que experimentar para poder conocerse a sí mismo y saber
que en él había una gran limitación para
los propósitos de Dios.
"Y
Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente" (Luc.
22:62). No nos equivoquemos al pensar que este fue un llanto
al sentirse compungido, al reconocer que él no había
llenado la medida del Señor. Este llanto era mucho más
que una simple aflicción; implicaba reconocer que en
él no había absolutamente nada bueno, nada que
le sirviera al Señor, y que en sus capacidades naturales
él no podía servir al Maestro, no podía
seguir el camino de la cruz.
Seguramente
Pedro recordó de las palabras que él mismo había
dicho antes: "Aunque todos se escandalicen de ti, yo
nunca me escandalizaré ... Aunque me sea necesario morir
contigo, no te negaré" (Mat. 26:33, 35). Pero
la respuesta del Señor, anticipando la experiencia de
Pedro, es: "Simón, Simón, he aquí
Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero
yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez
vuelto, confirma a tus hermanos" (Luc. 22:31-32). Fue
como decirle: "Pedro, tú vas a pasar por una amarga
experiencia. Lo que ahora no entiendes, lo comprenderás
entonces, una vez que pases por la crisis, "una vez vuelto",
una vez que te conviertas...".
Quiero
enfatizar la palabra volverse, convertirse. A veces, pensamos
que la conversión es lo mismo que el arrepentimiento,
y que arrepentirse es lo mismo que sentirnos mal porque hemos
ofendido al Señor y llorar por nuestro pecado. Pero el
arrepentimiento es mucho más que llorar por haber desagradado
al Señor. Es un cambio de mentalidad, un cambio de actitud.
Tampoco
confundamos el arrepentimiento con la conversión. Nosotros
fuimos primeramente compungidos por la palabra del Señor.
Nuestro espíritu fue alcanzado, fue revivido, fue resucitado
por el Señor cuando vino por primera vez su palabra a
nosotros. El segundo paso fue el arrepentimiento.
Sin
embargo, hermanos, también necesitamos 'convertirnos',
volvernos al Señor. Es verdad que vivimos una medida
de arrepentimiento, es verdad que vivimos una medida de conversión
a Cristo cuando nos encontramos con él la primera vez;
porque 'convertirse' significa 'volverse'.
Cuando
el Señor dice a Pedro: "...una vez vuelto",
es como decirle: "cuando te conviertas". ¿Acaso
Pedro no se había convertido, no se había vuelto
de sus cosas, de su mundo, cuando el Señor lo llamó
por primera vez? ¿Acaso nosotros, cuando el Señor
nos llamó por primera vez, no dejamos atrás el
mundo, para seguirle? Es verdad que experimentamos esa conversión,
nos volvimos al Señor. Antes caminábamos en otro
sentido, en la corriente de este mundo, y cuando el Señor
nos llamó, nos volvimos y empezamos a caminar en pos
de él; le hemos seguido.
Pero
aquí, la conversión de la cual el Señor
habla a Pedro tiene que ver con volverse de sí mismo
a Cristo, con negarse a sí mismo y no negar a Cristo.
Cuando no nos negamos a nosotros mismos, cuando aún estamos
vueltos hacia nosotros mismos, lo estamos negando a él.
Nos
hemos convertido del mundo a Cristo; del pecado, de nuestra
antigua manera de vivir, a Cristo. Sí, como Pedro, hemos
dejado muchas cosas, lo hemos dejado todo por seguir al Señor.
Así lo creemos. Pero cuando se vive esta experiencia,
nos damos cuenta que todavía hay algo irreductible, que
está de pie en nosotros, y que no lo hemos rendido todo
al Señor. Por eso es necesaria esta palabra, porque el
Señor quiere que le rindamos todo lo que somos.
Indudablemente,
lo que más nos cuesta rendir es nuestro yo. Podemos renunciar
a todas las demás cosas, entregar nuestros bienes, nuestro
tiempo; dejar nuestros trabajos para seguir al Señor
y servir en su obra; aspiramos a los dones del Señor
para trabajar a favor de su propósito, y eso está
bien. Pero el Señor no va a estar conforme hasta el día
en que se lo demos todo a él.
Al Señor no le sirve una entrega a medias. No sirve que
le entregues cosas al Señor. Él te quiere a ti,
quiere tu alma, tu 'yo', rendido a él. Porque no pueden
permanecer ambos Cristo y el 'yo' en nosotros. Antes
bien, lo que Dios quiere es que Cristo permanezca en pie, y
que el alma venga a ser un siervo que se postra ante Su estrado,
reconociendo que Él es quien debe reinar en el trono
de cada corazón.
Es
necesario entregarle a Él el trono de nuestro corazón,
donde por tanto tiempo el 'yo' ha estado usurpando el lugar
que le corresponde a Cristo. Es preciso que nos volvamos al
Señor, porque él dice: "Separados de mí,
nada podéis hacer" (Juan 15:5). Y si ha de manifestarse
la gloria de Dios, y han de convertirse los pecadores, y si
la iglesia ha de llegar al propósito que Dios de llevarla
a la madurez, no nos podemos saltar esta etapa.
Creo
que la iglesia está llegando a este punto. Desde hace
mucho tiempo, el Señor nos ha venido hablando de muchas
maneras, para romper esta barrera que se levanta en nosotros
que somos nosotros mismos. Entonces, ¿estamos
dispuestos a negarnos a nosotros mismos? Cristo en ti y en mí
es el único que puede agradar el corazón del Padre
en todos los ámbitos de nuestra vida, en el propósito
que Dios tiene con nosotros y con la iglesia. La única
manera en que todo esto tenga cumplimiento es que sólo
Él quede en pie y nosotros nos postremos delante suyo,
rendidos completamente a él.
Creo
que todos nosotros necesitamos hoy la experiencia de esta conversión:
volvernos de nosotros mismos a Cristo.