Para seguir al Señor es preciso experimentar una conversión radical.

Pedro y los tratos de Dios

Pedro Alarcón

"Le dijo Simón Pedro: Señor, ¿a dónde vas? Jesús le respondió: A donde yo voy, no me puedes seguir ahora; mas me seguirás después. Le dijo Pedro: Señor, ¿por qué no te puedo seguir ahora? Mi vida pondré por ti. Jesús le respondió: ¿Tu vida pondrás por mí? De cierto, de cierto te digo: No cantará el gallo, sin que me hayas negado tres veces" (Jn. 13:36). "...pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos ... Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente" (Luc. 22:32, 61-62).

Han sido muchas las veces en que, de diferentes maneras, se ha compartido acerca del caminar de Pedro con el Señor Jesús. Estos versículos han sido inspiración de muchas predicaciones; pero la palabra del Señor es eterna.

La Palabra es como la fuente que había en el atrio del templo del Antiguo Pacto, donde se lavaban los sacerdotes cada día, cuando entraban a ministrar ante la presencia de Dios. Esa fuente de bronce bruñido había sido hecha con los espejos de las mujeres israelitas, y cuando los levitas que ministraban se lavaban allí, se veían reflejados en ella – tenían conciencia de lo que ellos eran. Como esa fuente es también la palabra del Señor. Que el Señor nos pueda lavar con su Palabra.

Nosotros, como Pedro al principio de su caminar, recibimos el llamado del Señor para seguirle. Y todos los que estamos aquí hoy podemos decir que hemos respondido a ese llamado. Hemos vivido, en muchos sentidos, las mismas experiencias de Pedro. Analizar el caminar de este discípulo del Señor nos sirve de consolación, porque en él nos vemos también nosotros reflejados. Nosotros hemos pasado o tendremos que pasar, de una u otra manera, las mismas experiencias por las cuales él pasó, porque la vida del creyente es un proceso, es un caminar.

Retrato de un discípulo

La vida del creyente se inicia cuando el Señor, en su misericordia, nos llama a él. Cuando el Señor lo llamó, Pedro era un pescador. El Señor lo instó a que dejara las redes y le siguiera. Pedro fue un discípulo obediente; inmediatamente empezó a seguir al Maestro. Más tarde, en las experiencias que vivió, también le recuerda al Señor: "He aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido" (Mat. 19:27). Él estaba consciente de esto.

Podemos decir que Pedro era un discípulo obediente. Había algo natural en él, una medida de obediencia, por eso habló al Señor de esta manera. Pero además era un hombre de fe, y al parecer tenía una gran fe. Recordemos cuando los discípulos estaban en la barca y el Señor venía caminando sobre las aguas. Podemos decir que Pedro tenía una gran fe, porque él salió de la barca y empezó a caminar. Pero, a poco andar, después de su arrebato de fe, empezó a mirarse a sí mismo, a todo lo que le rodeaba y empezó a hundirse en las aguas, y el Señor tuvo que socorrerlo.

Conocemos además otra característica de Pedro: él era muy determinado, capaz de tomar decisiones rápidamente. Cuando el Señor les habla acerca de que le era necesario ir a Jerusalén y padecer a manos de los principales de la nación de Israel, y empieza a describir las cosas que le sobrevendrán por causa del cumplimiento del propósito divino de salvación, Pedro le empieza a reconvenir: "Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca" (Mat. 16:22). Y el Señor tuvo que reprenderle.

También Pedro había oído cuando el Señor dijo: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame" (Mat. 16:24). En el pasaje de Lucas 22:61-62: "Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente", vemos al Señor con su mirada llena de ternura, de compasión, sabiendo anticipadamente lo que iba a suceder con Pedro, sabiendo que todos los aspectos de la vida natural de éste tendrían que ser tratados. Anticipándose a esto, el Señor le había advertido y le había dicho algo así como: "Pedro, no es como a ti te parece; tus apreciaciones te confunden, porque tú no te conoces a ti mismo. Pero yo te conozco".

Cuando el Señor nos llamó, fuimos objeto de su misericordia. El Espíritu Santo nos ha revelado a Cristo en lo profundo, en su naturaleza divina y también como el hombre perfecto que agradó el corazón del Padre, al que vino a salvar a todos los que no teníamos ninguna oportunidad, porque en Adán todos estábamos muertos, destituidos de la gloria de Dios. Podríamos pasar la eternidad agradeciendo al Señor la misericordia que tuvo con nosotros.

Cristo, en la cruz, derribó esa barrera que se había levantado entre nosotros y Dios. Cuando él fue crucificado en su cuerpo de carne, abolió la enemistad que nosotros teníamos con Dios, y luego las enemistades que había entre los hombres. ¡Qué tremenda es la obra del Señor! El Señor no permita que olvidemos la terrible condición caída desde la cual él nos levantó. ¡Bendito es el Señor!

Podríamos pasar la vida entera mirando el sacrificio de Cristo y lo que él hizo por nosotros, declarando que nuestros pecados han sido perdonados por la sangre de Jesús. Podemos declararlo a todos los hombres, porque lo que vivimos es real en nosotros. Lo menos que podemos hacer es contar a todos los hombres que hay una esperanza de salvación, que hay una sangre derramada hace dos mil años atrás, de un hombre justo y santo que agradó el corazón de Dios, y que ese sacrificio está disponible hoy, para que todo aquel que quiera reconciliarse con Dios reciba el perdón de sus pecados, como nosotros lo hemos recibido. ¡Bendito es el Señor!

Todos hemos participado de esto. Esta es la puerta de entrada, la experiencia inicial cuando conocimos al Señor. Nos encontramos con él, él nos llama, nos persuade, y al responder a su llamado, todo esto que mencionamos viene a ser nuestro por medio de la fe. Si hubiese personas aquí, que aún no tienen esta realidad, esta seguridad de saber que sus pecados han sido perdonados, quiero decirles que para ellos también es esta bendición.

Conociéndose a sí mismo

Sin embargo, el caminar de un creyente no se detiene aquí. Este es el principio de nuestro conocimiento del Señor y de andar con él. Habrá que vivir otras experiencias, para llegar al momento en que –como Pedro– cada uno conozca también cuál es su propia condición. Y esto no sólo se refiere a tener conciencia de los pecados que usted cometió, a los hechos pecaminosos que desagradaron a Dios, sino que conocerá el origen, la raíz, que hay dentro de sí mismo, de esta fuente de toda obra perversa, y tendrá que ir conociéndose cada vez más a sí mismo. En realidad, Pedro no se conocía a sí mismo, él tenía mucha confianza en su propia forma de entender las cosas.

Algo que no he mencionado es que Pedro seguramente vio que en las capacidades naturales de su alma, él era una persona muy sagaz. Nosotros sabemos que fue Dios quien verdaderamente le reveló el hecho de que Jesús era el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Pedro era muy agudo, tenía la capacidad de captar cosas espirituales, aunque no las comprendía bien. Sin embargo, eso no le serviría de mucho en el momento de conocerse a sí mismo. Este rasgo natural podría servirle para otras cosas, relativas a su entorno; pero, para conocerse a sí mismo, era imprescindible pasar por los tratos de Dios, por el camino de la cruz de Cristo; descubrirse primero a sí mismo, y aceptar luego el llamado del Señor: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo" (Mat. 16:24).

¿Qué significa 'negarse a sí mismo'? Significa negarse a todos esos rasgos naturales que Pedro tenía y que nosotros también tenemos, negarse a todo lo que somos en nuestro ser natural.

Recordemos que Dios nos creó con espíritu, alma y cuerpo. El alma, allí donde está la conciencia de lo que nosotros mismos somos, es el reducto más fuerte que el Señor tiene que tratar, y allí apunta la palabra del Señor al decir: "Niéguese a sí mismo". Es en los rasgos de nuestra alma, en nuestras capacidades naturales, donde el Señor nos invita a negarnos a nosotros mismos, y a dejar que fluya la vida suya, contenida en lo más profundo de nuestro espíritu. Cristo está ahora morando por la fe en nuestros corazones, Cristo vive en nosotros - Esto es real.

Cristo vive en nuestro espíritu; pero la voluntad de Dios es que su Hijo no sólo esté en el espíritu del hombre. No sólo sea relegado al Lugar Santísimo, donde Dios se manifestaba en el Antiguo Testamento, y donde se manifiesta inicialmente en la vida del creyente –en su espíritu–, sino que también llene con Su gloria el Lugar santo –nuestra alma– y aun se muestre hacia afuera, para que todos puedan tocar la gloria contenida en nosotros. Que el velo de nuestra carne no sea un obstáculo para que vean, toquen, y se encuentren con Dios por medio del Señor Jesucristo. Que el velo de nuestra alma, impedimento más grande que el de nuestro cuerpo, se rompa, para que la vida preciosa del Hijo de Dios, que puede vivificar a todo hombre, no sea relegada al Lugar Santísimo.

A veces nos quedamos en el Antiguo Testamento, contemplando esa gloria. Sabemos que está allí, en el interior. Pero no nos damos cuenta que, cuando Cristo murió en la cruz, Dios mismo, soberanamente, rompió el velo que separaba el Lugar Santísimo, donde sólo un hombre podía acceder a la gloria de Dios y todos los demás quedaban fuera esperando las noticias de lo que había ocurrido allí. Ahora, ese velo había sido roto, y todos los hombres podían tocar a Dios. ¡Gloria al Señor, esto es algo grande!

Dios había estado encubierto a causa de la gravedad del pecado del hombre, porque Él es santo, santo, santo, y no tiene comunión con el pecado. Oh, hermanos, que el Señor nos conceda esa virtud: que los creyentes, que hemos experimentado la gracia de Dios, podamos aborrecer el pecado como él lo aborrece.

Pero también, hermanos, así como el Señor, a causa de la santidad que hay en él, aborrece con tanta fuerza el pecado; también, no con menos intensidad, ama al pecador. Eso lo hemos experimentado, es una realidad: Dios nos amó de tal manera, que no se reservó a su Hijo, lo más precioso que él tenía, sino que lo dio por todos nosotros. ¡Gracias, Señor, esto es para bendecirlo, para prorrumpir en alabanza!

Eso nos dio Dios. Su gloria, que estaba oculta para los hombres, por fin ahora era liberada. Ahora, los hombres podrían tocar a Dios, encontrarse con Dios. Y eso que Adán gustó un poco, antes de su caída, cuando Dios descendía con la brisa de la tarde y tenía comunión con él y Adán hablaba con él, ahora está disponible para nosotros, porque el velo fue roto. El propósito del Señor, hoy, es que también se rompa el velo entre nuestro espíritu y nuestra alma.

Pedro no se conocía. Forzosamente, tendría que pasar por una crisis, para que sus ojos fuesen abiertos y tomara conciencia de que todo lo que brotaba de él era un obstáculo para la obra del Señor. Todo lo nuestro, todo lo que no es de Cristo, sino del hombre natural, del 'yo', es una limitación para nuestro servicio a Dios en este día. Por eso, Pablo dice que nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, también gemimos dentro de nosotros mismos, porque quisiéramos ser libertados de nosotros mismos, es decir, de esto que aprisiona al Señor.

A veces se piensa que, para que la gente se convierta, hay que hacer grandes campañas, traer grandes evangelistas, utilizar todos los dones del Espíritu. Pero, si sólo el Señor nos diera la comprensión acerca de esto que hablamos, si realmente aceptáramos el llamado del Señor a negarnos a nosotros mismos, entonces él, por su propia vida, alcanzaría a los necesitados. Y ya no habría un evangelista, o cinco, o diez, sino muchos – toda la iglesia. Cada hijo de Dios sería un instrumento a través del cual fuesen alcanzados los que tienen necesidad.

Se debería repetir en este tiempo lo que ocurrió con el Señor Jesucristo. Él fue un hombre como nosotros, completo en espíritu, alma y cuerpo. Pero él, teniendo en su alma la capacidad de tomar decisiones por sí mismo, vivió una vida completa de negación mientras caminó en la tierra. Desde que llegó a este mundo, él sabía que venía para negarse a su vida del alma, y los hombres pudieron tocar la vida divina que estaba contenida en él. Por eso, hubo tantas maravillas, milagros, sanidades y resurrecciones naturales y espirituales.

Las mayores resurrecciones que hizo el Señor Jesús fueron aquellas que levantaron a los que estaban muertos en delitos y pecados. Él había dicho: "De cierto, de cierto, os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán" (Juan 5:25). Esa resurrección la experimentó Marta y la experimentó María, la experimentó Lázaro y asimismo todos los discípulos del Señor, porque realmente pasaron de muerte a vida. Y esta resurrección también la hemos experimentado nosotros.

Es verdad que también hubo resurrecciones en lo natural; que el Señor levantó a su amigo Lázaro, lo resucitó para que no quedara ningún lugar a dudas de que él es la resurrección y la vida, y que el que esté muerto, en cualquier clase de muerte, puede ser levantado por el Señor. Él tiene vida, y puede dar vida a todos; él es la vida de Dios que se nos ha manifestado.

Una conversión radical

"Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces" (Luc. 22:61). Aquí está el fracaso de Pedro, aquí está ese punto de crisis que el discípulo tuvo que experimentar para poder conocerse a sí mismo y saber que en él había una gran limitación para los propósitos de Dios.

"Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente" (Luc. 22:62). No nos equivoquemos al pensar que este fue un llanto al sentirse compungido, al reconocer que él no había llenado la medida del Señor. Este llanto era mucho más que una simple aflicción; implicaba reconocer que en él no había absolutamente nada bueno, nada que le sirviera al Señor, y que en sus capacidades naturales él no podía servir al Maestro, no podía seguir el camino de la cruz.

Seguramente Pedro recordó de las palabras que él mismo había dicho antes: "Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré ... Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré" (Mat. 26:33, 35). Pero la respuesta del Señor, anticipando la experiencia de Pedro, es: "Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos" (Luc. 22:31-32). Fue como decirle: "Pedro, tú vas a pasar por una amarga experiencia. Lo que ahora no entiendes, lo comprenderás entonces, una vez que pases por la crisis, "una vez vuelto", una vez que te conviertas...".

Quiero enfatizar la palabra volverse, convertirse. A veces, pensamos que la conversión es lo mismo que el arrepentimiento, y que arrepentirse es lo mismo que sentirnos mal porque hemos ofendido al Señor y llorar por nuestro pecado. Pero el arrepentimiento es mucho más que llorar por haber desagradado al Señor. Es un cambio de mentalidad, un cambio de actitud.

Tampoco confundamos el arrepentimiento con la conversión. Nosotros fuimos primeramente compungidos por la palabra del Señor. Nuestro espíritu fue alcanzado, fue revivido, fue resucitado por el Señor cuando vino por primera vez su palabra a nosotros. El segundo paso fue el arrepentimiento.

Sin embargo, hermanos, también necesitamos 'convertirnos', volvernos al Señor. Es verdad que vivimos una medida de arrepentimiento, es verdad que vivimos una medida de conversión a Cristo cuando nos encontramos con él la primera vez; porque 'convertirse' significa 'volverse'.

Cuando el Señor dice a Pedro: "...una vez vuelto", es como decirle: "cuando te conviertas". ¿Acaso Pedro no se había convertido, no se había vuelto de sus cosas, de su mundo, cuando el Señor lo llamó por primera vez? ¿Acaso nosotros, cuando el Señor nos llamó por primera vez, no dejamos atrás el mundo, para seguirle? Es verdad que experimentamos esa conversión, nos volvimos al Señor. Antes caminábamos en otro sentido, en la corriente de este mundo, y cuando el Señor nos llamó, nos volvimos y empezamos a caminar en pos de él; le hemos seguido.

Pero aquí, la conversión de la cual el Señor habla a Pedro tiene que ver con volverse de sí mismo a Cristo, con negarse a sí mismo y no negar a Cristo. Cuando no nos negamos a nosotros mismos, cuando aún estamos vueltos hacia nosotros mismos, lo estamos negando a él.

Nos hemos convertido del mundo a Cristo; del pecado, de nuestra antigua manera de vivir, a Cristo. Sí, como Pedro, hemos dejado muchas cosas, lo hemos dejado todo por seguir al Señor. Así lo creemos. Pero cuando se vive esta experiencia, nos damos cuenta que todavía hay algo irreductible, que está de pie en nosotros, y que no lo hemos rendido todo al Señor. Por eso es necesaria esta palabra, porque el Señor quiere que le rindamos todo lo que somos.

Indudablemente, lo que más nos cuesta rendir es nuestro yo. Podemos renunciar a todas las demás cosas, entregar nuestros bienes, nuestro tiempo; dejar nuestros trabajos para seguir al Señor y servir en su obra; aspiramos a los dones del Señor para trabajar a favor de su propósito, y eso está bien. Pero el Señor no va a estar conforme hasta el día en que se lo demos todo a él.
Al Señor no le sirve una entrega a medias. No sirve que le entregues cosas al Señor. Él te quiere a ti, quiere tu alma, tu 'yo', rendido a él. Porque no pueden permanecer ambos – Cristo y el 'yo' en nosotros. Antes bien, lo que Dios quiere es que Cristo permanezca en pie, y que el alma venga a ser un siervo que se postra ante Su estrado, reconociendo que Él es quien debe reinar en el trono de cada corazón.

Es necesario entregarle a Él el trono de nuestro corazón, donde por tanto tiempo el 'yo' ha estado usurpando el lugar que le corresponde a Cristo. Es preciso que nos volvamos al Señor, porque él dice: "Separados de mí, nada podéis hacer" (Juan 15:5). Y si ha de manifestarse la gloria de Dios, y han de convertirse los pecadores, y si la iglesia ha de llegar al propósito que Dios de llevarla a la madurez, no nos podemos saltar esta etapa.

Creo que la iglesia está llegando a este punto. Desde hace mucho tiempo, el Señor nos ha venido hablando de muchas maneras, para romper esta barrera que se levanta en nosotros – que somos nosotros mismos. Entonces, ¿estamos dispuestos a negarnos a nosotros mismos? Cristo en ti y en mí es el único que puede agradar el corazón del Padre en todos los ámbitos de nuestra vida, en el propósito que Dios tiene con nosotros y con la iglesia. La única manera en que todo esto tenga cumplimiento es que sólo Él quede en pie y nosotros nos postremos delante suyo, rendidos completamente a él.

Creo que todos nosotros necesitamos hoy la experiencia de esta conversión: volvernos de nosotros mismos a Cristo.

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