El
reclamo de Dios a Israel tiene muchos puntos de coincidencia
con nuestra realidad.
«Me
han olvidado»
Eliseo
Apablaza
Lectura:
Jeremías 2:13.
"...Dos
males ha hecho mi pueblo, me dejaron a mí y..."
buscaron en mi lugar sustitutos, algo que me pudiera reemplazar",
dice el Señor. Dos males, dos pecados, dos errores graves.
Decíamos
la semana anterior que hay pecados pequeños y hay pecados
grandes. Y también está el gran pecado, el pecado
mayor: "...me dejaron a mí", dice el
Señor.
Porque
él es la fuente. La palabra fuente aquí significa
vertiente, aquello de donde fluye el agua en forma espontánea,
en forma viva. El Señor es esta fuente, la única
fuente, la única vertiente de donde sale el agua viva.
Todas
las otras aguas son aguas estancadas, y un agua estancada no
es un agua saludable: es un agua putrefacta, contaminada. Cuando
una persona tiene sed, lo que más desea es beber, pero
no cualquier cosa, no cualquier agua. Aquí nos dice la
Escritura que el único que nos da a beber el agua pura,
el agua viva, es el Señor, porque él es la vertiente
del agua viva.
Nosotros, fuera del Señor, sólo encontramos aguas
contaminadas, que no pueden saciar y además de no saciar,
nos enferman, nos contaminan.
El
reclamo de Dios para su pueblo de Israel era éste: "Me
han dejado a mí". No era: 'Han dejado una religión'.
No era: 'Han dejado de ofrecerme sacrificios'. No era: 'Han
dejado de ir al templo, o de ir a Jerusalén tres veces
al año'.
El
reclamo de Dios no era que hubiesen dejado un sistema de culto
o una serie de rituales conforme a la ley. Nosotros podemos
seguir haciendo las cosas externamente, sin acudir a la vertiente
del agua viva. Al igual que Israel, nosotros podemos venir todos
los domingos a reunión y cantar hermosas canciones, podemos
declarar grandes verdades, podemos decir que somos miembros
de este cuerpo precioso que es la iglesia, y aun así,
no estar bebiendo de la fuente de agua viva, y aun así
podemos haberle abandonado a él.
Cuando
el Señor nos dice: "Me han dejado a mí",
está metiendo la espada entre el alma y el espíritu.
Está pasando el arado como dice un campesino
hasta el fondo, para que se remuevan las piedras, el cascajo,
las raíces, y quede solamente la buena tierra.
Cuando
el Señor dice: "Me han dejado a mí ... me
han abandonado a mí", está yendo al fondo
del problema. Esta es la verdad. Sabemos que Dios es un Dios
de gracia, es un Dios de misericordia, es un Dios de perdón;
pero también es un Dios de verdad. Porque Jesucristo
es la verdad, y cada vez que Jesucristo se manifiesta en un
ambiente, entonces la mentira queda al descubierto, entonces
las tinieblas son denunciadas, y entonces la realidad queda
al desnudo.
Cuando
la palabra de Dios viene, cuando el Señor viene por su
Espíritu y nos da su palabra, ¿qué es lo
que nos está diciendo?: ¡Cuidado con las apariencias!
¡Cuidado con los formalismos externos! ¡Cuidado
con la mera asistencia a reuniones! ¡Cuidado con guardar
u observar ciertos rituales! ¡Cuidado! La verdad es diferente.
Él
dice: "Me han dejado a mí, fuente de agua viva".
Creo que el Señor ha estado hablando a nuestros corazones
durante estos últimos días, y su voz nos ha estado
persuadiendo. ¿Y se fijan ustedes, el tenor de esta reunión
ha sido bastante diferente al de las reuniones anteriores? ¿Por
qué, creen ustedes? Porque el pueblo ha oído la
voz de Dios, y se ha humillado.
Tenemos
que proseguir humillándonos delante del Señor,
en pidiéndole perdón, diciéndole: "Señor,
tienes toda la razón; te hemos abandonado, y nos hemos
intentado saciar con aguas contaminadas durante mucho tiempo.
Señor, proseguiremos en buscarte, proseguiremos en humillarnos
delante de ti. No descansaremos hasta que se cumpla aquella
palabra que dice: "En tu presencia hay plenitud de gozo
y delicias a tu diestra para siempre".
¿Cuándo
el pueblo de Dios pierde el gozo? ¿Cuándo, en
vez del gozo, hay amargura, hay tristeza, hay dolor, hay angustia?
Cuando le dejamos a él. Pero no bien nos volvemos, no
bien nos arrepentimos, y el Señor, que es grande en misericordia
y amplio en perdonar, borra nuestras rebeliones, perdona nuestros
pecados y sana nuestra tierra.
Él
sana nuestra tierra. Nuestra tierra es todo aquello que nosotros
tenemos y somos. "Sanaré su tierra". Nuestra
heredad, nuestra casa, nuestra familia, nuestro trabajo, todo
el entorno en que nosotros nos movemos, será sanado el
día que se humilla su pueblo.
Pero
el hombre no puede humillarse. No hay capacidad de humillarse
ni de arrepentirse a menos que Dios nos conceda su gracia. Es
la palabra, la palabra viva de Dios, es esta espada que traspasa,
la que nos convierte el alma. ¡Gracias al Señor
por su palabra!
Si
estos días tú has estado leyendo las Escrituras,
y le has estado diciendo: 'Señor, háblame, conviérteme
de mis malos caminos', yo te aseguro, el Señor va a hacer
que su palabra obre en tu corazón. Porque esta palabra
de Dios es más viva y eficaz que toda espada de dos filos,
y penetra hasta allí, en lo profundo del corazón,
y aun en las coyunturas y los tuétanos, en las partes
más intrincadas del alma, allí donde no puedes
tú tener acceso, porque no te conoces. Allí penetra
la palabra de Dios, y descubre las intenciones del corazón,
y todo queda desnudo y abierto a los ojos de aquel a quien tendremos
que dar cuenta.
Nosotros
no nos conocemos, no sabemos cuán duro y soberbio es
nuestro corazón, no conocemos cuán engañoso
es nuestro corazón. No nos damos ni cuenta, y nos deslizamos.
No nos percatamos, y ya estamos al borde del precipicio. Oh,
sálvanos, Señor, no dejes que nuestro pie resbale.
A tiempo, conténnos, reténnos, sujétanos.
Atráenos a ti, porque nuestro corazón siempre
intenta huir.
Así
de necio es el corazón del hombre. "...me dejaron
a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas,
cisternas rotas que no retienen agua". Y como consecuencia
de eso viene la desazón y el dolor.
Cuán
malo y amargo es dejar a Dios
En
los versículos siguientes del capítulo 2 de Jeremías,
dice: "Tu maldad te castigará, y tus rebeldías
te condenarán; sabe, pues, y ve cuán malo y amargo
es el haber dejado tú a Jehová tu Dios, y faltar
mi temor en ti, dice el Señor, Jehová de los ejércitos".
Noten ustedes que aquí, en estas palabras, no es el Señor
el que castiga, o el que enjuicia, sino que es nuestro propio
pecado, es nuestra propia maldad, nuestra propia rebeldía,
la que trae consecuencias.
Creo
que algunos de nosotros hemos estado de alguna manera viviendo
esto. Nuestros errores nos han costado caro, nuestros pecados
se han vuelto contra nosotros. Lo que hemos sembrado con mala
siembra ha redundado en una mala cosecha.
"...Ve
cuán malo y amargo es haber dejado tú a Jehová
tu Dios...". Cada vez que dejamos al Señor,
alguna tontería hacemos, y después sufrimos las
consecuencias por meses, por años, y a veces durante
la vida entera. Y entonces, cuando viene esta cosecha dolorosa,
nosotros clamamos al Señor y lloramos lágrimas
amargas, y cómo quisiéramos echar el tiempo a
rodar hacia atrás, hasta el momento antes del pecado,
hasta el minuto inmediatamente anterior a la tentación
que no pudimos vencer.
Cómo
quisiéramos que el tiempo volviera atrás, pero
no hay lugar. El tiempo aquí en esta vida es irreversible.
El hombre ha soñado con poder arreglar sus errores pasados,
y ha inventado libros y películas donde usted puede volver
hacia atrás en el tiempo. Ay, qué alivio traería
poder remediar lo que es tan doloroso. Pero en la realidad no
es posible. No sé si has tenido tú esta experiencia.
En
Jeremías 14:7-9, fíjense en las palabras del profeta.
"Aunque nuestras iniquidades testifican contra nosotros,
oh Jehová, actúa por amor de tu nombre; porque
nuestras rebeliones se han multiplicado, contra ti hemos pecado.
Oh esperanza de Israel, Guardador suyo en el tiempo de la aflicción,
¿por qué te has hecho como forastero en la tierra,
y como caminante que se retira para pasar la noche? ¿Por
qué eres como hombre atónito, y como valiente
que no puede librar? Sin embargo, tú estás entre
nosotros, oh Jehová, y sobre nosotros es invocado tu
nombre; no nos desampares".
En
los versículos 8 y 9 hay cuatro comparaciones que hace
el profeta. ¿Cómo él ve al Señor,
en medio de su angustia y en medio de su dolor?
Primero,
como un forastero en la tierra. Un forastero es alguien que
está de paso, que no está en su lugar. ¡Señor,
yo te siento como un forastero en mi tierra! Forastero es uno
que no está comprometido conmigo, con nosotros, es uno
a quien no le importan nuestros problemas. Señor, ¿por
qué tú eres como un forastero en mi tierra?
Segundo,
como caminante que se retira para pasar la noche. Señor,
¿por qué no te quedas a dormir en mi casa, esta
noche? Si estás tú, todo estará bien. ¿Por
qué te vas justo en el momento más difícil?
¿Por qué en la noche recrudecen los dolores y
las angustias, y junto con ponerse el sol y oscurecerse el día,
y parece que el alma se sume en las tenebrosas oscuridades del
dolor? Y justo en ese momento, cuando yo quiero que él
esté, él se va a pasar la noche a otro lado.
Tercero,
"¿Por qué eres como hombre atónito...?".
Un hombre atónito, por ejemplo, es aquel que se queda
parado en el puente mientras abajo en el río se está
ahogando alguien. Lo mira, y no hace nada. O como aquel que
es testigo de un asalto a una mujer anciana, y él se
queda de brazos cruzados, mirando. Como un hombre atónito,
un hombre que no sabe qué hacer.
Cuarto,
"¿...Y como valiente que no puede librar?".
Oh, ¿no es nuestro Señor un valiente? Pero hay
momentos en que él no puede librar.
¿En
qué momento ocurre lo que están mostrando estas
cuatro figuras? Es el momento cuando nuestras rebeldías
y nuestros pecados que se han amontonado delante del Señor
se vuelven contra nosotros como una avalancha incontenible.
Ocurre después que nosotros lo hemos dejado a él,
y él nos ha tenido que dejar solos, por nuestro bien.
Y
nosotros lo dejamos a él en nuestra presunción.
'Lo estamos pasando bien; no necesitamos a Dios. Me está
yendo bien en el trabajo, la familia está ordenada. Todo
está bien, ya no necesito a Dios; lo dejo'. Y además,
flirteo con el pecado, y comienzo a gustar de él. Pero
al poco tiempo mis pecados se vuelven contra mí, y en
ese momento, cuando yo quiero tener al Señor, él
no está.
"...Como
hombre atónito ... como valiente que no puede librar
... como uno que se retira para pasar la noche ... como un forastero
en mi tierra". Tal vez esté hablando cosas como
de loco. Seguramente tú, hermano joven, hermana que estás
llegando a la fe recién, nunca lo has vivido, pero ese
es el castigo, ese el precio de dejarlo a él.
Y
el profeta clama y dice: "Oh esperanza de Israel, Guardador
suyo en el tiempo de la aflicción...". Sí,
es verdad, pero hay momentos en que él no puede librar,
en que el dolor no puede ser menguado, en que la amargura no
puede trocarse en dulzura. "...ve cuán malo y
amargo es haber dejado tú a Jehová tu Dios".
Un
camino plagado de necedad
Versículo
20: "Porque desde muy atrás rompiste tu yugo
y tus ataduras, y dijiste: No serviré". Aquí
está usando la figura del buey que está enyugado
con otro buey. La Palabra nos dice que nosotros hemos sido enyugados
con Cristo. Pero aquí resulta que uno de estos bueyes,
nosotros, el lado nuestro, en un momento dado quebramos el yugo.
Dijimos: 'Anda solo, yo me quedo aquí, yo estoy bien
aquí; no serviré, no araré más.
No estaré más sujeto a este yugo que significa
trabajo, que significa pérdida de mi libertad'.
Y
luego dice: "Con todo eso, sobre todo collado alto y
debajo de todo árbol frondoso te echabas como ramera".
O sea, ¿cuál es la razón de que este buey
no quería seguir en el surco? Es que quería prostituirse
como una ramera. ¡Oh, dejar al Señor trae consecuencias
difíciles de prever en el momento, trae como consecuencia
caer en innumerables pecados, errores, decisiones dolorosas,
que traen consecuencias lamentables!
Versículo
23: "¿Cómo puedes decir: No soy inmunda,
nunca anduve tras los baales?". Este mismo pueblo que
no dijo: '¿Dónde está Jehová para
buscarlo?', sí pudo decir: 'No soy inmunda, nunca anduve
tras los baales'.
Y
en el verso 25 seguimos leyendo lo que ellos decían:
"Mas dijiste: No hay remedio en ninguna manera, porque
a extraños he amado, y tras ellos he de ir".
Noten ustedes las palabras. 'No hay remedio, ya no hay una vuelta
que hacerle ya. He amado a extraño y voy a ir con ellos'.
Hace
unos años atrás escuchamos de boca de una mujer
aparentemente creyente unas palabras tan dolorosas, tan terribles,
similares a esto que aparece aquí. Con gran desparpajo
dijo: 'El mundo está tan bueno y el Señor se tarda
tanto', y se fue al mundo. Y allí está todavía.
'El
mundo está tan bueno'. Sí, espere un poquito,
y va a ver cuán malo y amargo es el mundo. ¿Cuál
es el trabajo que hace el diablo allí? Es el de engañar.
Este que engaña a las naciones; él trabaja de
esa manera, haciendo creer a la gente algo que no es, concediéndole
momentáneamente una cierta satisfacción, un cierto
deleite que luego se transforma en amargura, en dolor, en el
infierno mismo.
Versículo
27: "...que dicen a un leño: Mi padre eres tú;
y a una piedra: Tú me has engendrado". ¡Qué
estupidez es esta! El leño se refiere a un ídolo
de madera, y la piedra a un ídolo de piedra. ¿Y
cuál era la razón de esa estupidez? Era que los
pueblos de alrededor lo hacían; esa era su costumbre,
su forma de adorar, su forma de creer. Eso se llama contemporizar,
se llama adaptarse al medio, se llama convertirse a ellos. Algo
tan ridículo como eso.
A
nosotros nos parece ridículo, pero veamos los modernos
leños y las modernas piedras que hay. ¿Verdad
que también podemos convertirnos a un leño y a
una piedra sin darnos cuenta que es un leño y que es
una piedra? Porque ahora no es leño ni es piedra, es
tecnología. Ahora es sofisticación, ahora la piedra
está muy engalanada y el leño está muy
bien adornado, para que no parezca ídolo. Pero son ídolos.
Necesitamos
discernimiento, ojos ungidos, para ver aquello que es un ídolo,
aquello que desagrada al Señor, porque Dios es celoso.
¿Y por qué es celoso? Porque ama. Si usted no
amara a alguien, entonces no le importaría que la persona
amada se prostituyera. ¿Le diría usted algo así
a la persona que más ama: 'Pues, haz lo que quieras,
vete adonde quieras, con quien quieras'?. No, porque usted la
ama.
El
amor de Dios nos atrae
El
amor con que el Señor nos ama es un amor que nos atrae.
Por eso dice: "Vuélvete a mí". El Señor,
en su misericordia, rebaja aún más el estándar
de exigencia cuando dice: "Si alguna mujer se va de su
casa y anda con otros hombres, ¿el marido la volverá
a recibir?". Según aquí, la ley, no. Pero
aun así el Señor dice: "Vuélvete a
mí. No importa que te hayas prostituido, no importa que
hayas tenido amantes, ¡vuélvete a mí!".
El Señor nos dice en su amor y en su celo por nosotros
hoy: "Vuélvete a mí".
El
dolor de los pecados cometidos, la cosecha mala por la mala
siembra, no podrá dejar de recogerse; sin embargo, el
Señor en su gracia mitigará algo el dolor, y nos
concederá consuelo en esas noches largas. Y entonces
oraremos y nos postraremos delante de él y sentiremos
casi en forma tangible que las gotas de agua desde el cielo
tocan nuestro corazón y lo refrescan. Sí, hay
consolación, hay esperanza. Y si no, díganme si
el gozo que hoy hemos sentido alabando al Señor, ¿no
es también una demostración de que en él
hay esperanza?
Pero
el Señor quiere que nuestro gozo sea completo. Y será
completo el día en que nos humillemos completamente,
el día que nos volvamos a él completamente, el
día que derribemos los ídolos completamente. Ese
día tendremos un gozo completo, y sentiremos no sólo
que nosotros estamos contentos. Porque aun eso podría
ser demasiado egoísta: buscar reconciliarnos con él
y recuperarlo a él para estar bien nosotros.
Pero,
¿sabe?, a medida que avanzamos en esta carrera, en esta
comunión con Cristo, a medida que le vamos conociendo
a él, entonces nuestros intereses van dando lugar a sus
intereses, nuestro gozo va cediendo a su gozo y nuestro contentamiento
va cediendo ante su contentamiento, y le diremos: Señor,
que tú halles contentamiento y deleite en medio de tu
casa. Porque "Yo soy de mi amado, y conmigo tiene su contentamiento".
Versículo
29-33: "¿Por qué porfías conmigo?
Todos vosotros prevaricasteis contra mí, dice Jehová.
En vano he azotado a vuestros hijos; no han recibido corrección.
Vuestra espada devoró a vuestros profetas como león
destrozador. ¡Oh generación! atended vosotros a
la palabra de Jehová. ¿He sido yo un desierto
para Israel, o tierra de tinieblas? ¿Por qué ha
dicho mi pueblo: Somos libres; nunca más vendremos a
ti? ¿Se olvida la virgen de su atavío, o la desposada
de sus galas? Pero mi pueblo se ha olvidado de mí por
innumerables días. ¿Por qué adornas tu
camino para hallar amor?".
Amados
hermanos, este es el reclamo que hace Dios, y que nos hace a
nosotros. No sólo a Israel en los días de Jeremías,
sino en estos días. "No adornes más tu camino
para hallar amor. No bebas más agua del Nilo, no bebas
más agua del Eufrates. No sigas cavando cisternas, porque
están rotas. No más".
Las
sinrazones de la separación
Hay
tantas razones, hay tantos motivos por los cuales el alma se
separa de Dios Voy a poner algunos ejemplos.
Algunas
veces los jóvenes que se titulan en la universidad sacan
su título. Han alcanzado una meta tan alta, han estudiado
por tantos años con tanto sacrificio, han estado durante
años viviendo estrecheces. Ante las puertas está
un camino nuevo, un trabajo estable, un sueldo magnífico.
'Ahora me toca a mí', dicen. Llega el buen sueldo, el
buen auto, la buena casa, y hemos visto a algunos cristianos
dejar al Señor por un éxito laboral, profesional,
como si el Dios que ellos tenían era el Dios sólo
de las estrecheces, el Dios de la pobreza. 'Ahora, en mi riqueza,
este Dios no encaja aquí. En mi bonanza, este Dios no
encaja'.
O,
a veces, el matrimonio es una causa de dejar al Señor.
Una pareja se enamora y se casan. Son el uno para el otro; cada
uno se mira al espejo en los ojos del otro. Todo es idílico,
todo es precioso; no hay ni una nube en el horizonte, todo está
despejado. Pero se olvidan que el matrimonio es una relación
entre tres personas y la tercera es el Señor.
Y si el Señor Jesús no está allí,
entonces, no hay matrimonio duradero, estable. Él es
quien une el matrimonio; es él el que le da estabilidad,
solidez. Si lo dejamos a él, nos quedamos con una pálida
imitación de lo que es el matrimonio, porque estaremos
relacionándonos sólo como un hombre y una mujer,
con todas sus debilidades.
Hay
muchos más ejemplos que podríamos dar. Hay cosas
mucho más sutiles en el corazón de un cristiano
que podrían convertirse en un tropiezo y en un obstáculo
en su relación con Dios.
Ustedes
saben que todos nosotros, los que hemos sido llamados a la fe,
adolecemos de diversos problemas. No sé si usted se ha
dado cuenta, pero si usted se conoce un poco, se da cuenta que
usted tiene más de algún problema serio en su
configuración psicológica, o social; en fin, tenemos
alguna tara, por decirlo de alguna manera clara, porque la Escritura
dice que lo vil, lo menospreciado, lo que no es, escogió
Dios.
Entonces,
nosotros siempre, desde niños, desde que nos dimos cuenta
que teníamos esta tara hay diversas, yo no las
voy a especificar, porque cada uno sabe cuál es la suya
nosotros la tratamos de disimular. Entonces queremos aparecer
socialmente como firmes, fuertes, exitosos, inteligentes, equilibrados,
etc. Pero en el fondo sabemos que tenemos una tara llámese
complejo, insatisfacción, o lo que sea.
Y
cuando el Señor nos bendice y nos da su Espíritu
y nos hace herederos de la tierra y del cielo porque
somos herederos de cosas que nunca hemos imaginado, porque dice
que heredaremos todas las cosas. Bueno, cuando nos sentimos
así, tan ricos, tan grandes, tan inteligentes, porque
el Señor de alguna manera nos suple esas necesidades;
esas carencias las llena y ese complejo de alguna manera el
Señor lo sana, y cuando nos sentimos así, entonces
"nos creemos el cuento", como se dice, y ya parece
que no necesitamos a Dios.
Entonces,
si en nuestra infancia fuimos atropellados, porque éramos
negros, porque éramos chicos, porque teníamos
este defecto, luego, cuando ya tenemos al Señor y nos
sentimos grandes, reaccionamos contra eso y arremetemos contra
los demás, a veces con violencia, y algo se va produciendo
en el corazón que nos va separando de Dios. Ya no somos
los niños pequeños que tiemblan a su palabra,
aquellos que llegamos a él llorando nuestros pecados
y buscando consuelo y abrigo. Por eso es tan importante lo que
el Señor dijo: "Mirad a estos niños; si alguno
no se hace como un niño, entonces no entrará en
el reino de los cielos".
Hermanos,
las fragilidades, los complejos, la tendencia a las depresiones
que tenemos, esa incapacidad para relacionarnos bien con los
demás, esa tendencia a aislarnos, esa timidez que a veces
nos pasa la cuenta, esas cosas, las permite el Señor
para que nosotros estemos cerca de él. No permita que
una vez que eso ha sido corregido en nosotros nos apartemos
de él.
Muchas
de las pruebas y de los toques que el Señor nos da son
para que sigamos siendo dependientes; porque si dejamos de ser
dependientes, entonces ya no necesitamos del Señor. El
Señor dice: "Separados de mí nada podéis
hacer; por lo tanto, el día que ustedes se alejan de
mí van a tener muchas dificultades y muchos problemas".
Volvámonos
a él
Que
el Señor nos socorra. Que en este tiempo, más
que exhibir conocimiento bíblico, más que echar
mano a las cosas que hemos aprendido de largos años,
podamos volvernos a él con un corazón humillado,
quebrantado, y aun agradecerle al Señor por esos problemas
que nos están haciendo sufrir.
¿Hay
cosas que te están haciendo llorar, cosas que te están
lacerando el alma, que son como una espina clavada allí
donde más te duele? Si eso está ocurriendo hoy,
hermano, eso lo permite el Señor para que tú te
vuelvas a él, porque él nos quiere y nos anhela
celosamente, y desea tener en nosotros su contentamiento.
"...a
fin de presentaros como una virgen pura a Cristo". Esa
era la intención del apóstol Pablo. Para eso vivía,
ministraba, se desvivía, iba y venía: para presentar
al pueblo de Dios como una virgen pura. ¿Qué significa
virgen? No sólo físicamente virgen; sobre todo,
espiritualmente virgen. Por eso el Señor habla a través
de Pablo que seamos limpios de toda contaminación, sea
de carne o de espíritu, para una virginidad espiritual,
una virginidad del alma.
Tengo
mucho de que arrepentirme todavía, y el Señor
sabe. Yo debería estar sentado ahí escuchando
que otro dijera estas palabras, pero el Señor quiso que
yo las hablara. Pero la palabra es como una espada de dos filos,
que corta hacia delante y corta hacia atrás, a los que
escuchan y al que habla.
Volvámonos
al Señor, retomemos las sendas antiguas. Preguntémosle
al Señor por el camino, aunque ya sabemos cuál
es el camino. Volvámonos a él, que el Señor
tendrá de nosotros misericordia; volvámonos al
Dios nuestro, que será amplio en perdonar.