Vamos
a tener delante de nosotros la epístola a los Corintios,
y vamos a revisar algunos pasajes.
Como
ustedes saben, Corintios es una epístola que se escribió
a una iglesia relativamente nueva; por lo tanto, los temas que
desarrolla el apóstol aquí atiende necesidades
de hermanos que están creciendo, que están en
una etapa todavía de niñez. Y Corintios nos muestra
algunos problemas propios de la infancia espiritual. El propósito
de Dios es sacarnos de esa infancia y llevarnos a la madurez.
El
hermano Austin-Sparks ha dicho que el 90 por ciento del Nuevo
Testamento está dedicado al asunto de la madurez, de
cómo los hijos de Dios pueden ser llevados y conducidos
de la niñez a la madurez. El gran tema del Nuevo Testamento
no es la evangelización, sino la edificación de
la iglesia, para llevarla a la madurez.
Tres clases de problemas
Hay
al menos tres clases de cosas en esta 1ª epístola
a los Corintios que caracterizan a los hermanos nuevos. El primer
gran asunto lo toca, aproximadamente, desde el capítulo
1 al 4; el segundo, del capítulo 5 al 11; y el tercero
en los capítulos del 12 al 14.
1.
Los hermanos mayores
El
primero de ellos trata sobre el lugar y la ubicación
que tienen los hermanos mayores, en este caso, los apóstoles.
Por extensión, puede aplicarse también a los ancianos,
los predicadores, todos los que tienen un lugar más visible
en la obra de Dios. Se trata de ver el lugar que ellos tienen,
cuál es la función que desempeñan, y cuáles
son los peligros a que la iglesia está expuesta por una
incorrecta comprensión de estas cosas.
Aquí
en estos capítulos se nos muestra que los hermanos de
Corinto estaban encandilados por la gracia que Dios les había
dado a los apóstoles que ellos conocían. Y entre
ellos se habían formado grupos de "seguidores"
de tal o cual apóstol.
Algunos
hermanos decían: '¡A mí me gusta tanto Pedro!
Cuando viene y nos predica, mis entrañas se conmueven;
cuando Pedro ora por un enfermo, se sana. Yo pienso que no hay
ninguno como Pedro'.
Y
otro decía: 'Pero es que ¿no te has dado cuenta
cómo habla Apolos? ¡La facilidad que tiene para
exponer la palabra, la claridad en la enseñanza! Él
puede hablar dos horas, y a mí me parece que habló
diez minutos. ¡No hay ninguno como Apolos! Aunque él
no haya sido un apóstol del Señor, sin embargo,
¡cómo se derrama la gracia de Dios a través
de este hombre!'.
Había
otro grupo que decía: 'No hay ninguno como Pablo, ese
que persiguió a la iglesia, que en otro tiempo era un
enemigo. ¡Mira, ahora, cómo habla, cómo
da testimonio del Señor y de la fe, con qué gracia!
¡Qué revelación que tiene! Él nos
descubre los misterios de Dios'.
Y
aun había otro grupo que decía: 'Todos ustedes
están equivocados. No hay que seguir ni a Pablo, ni a
Apolos, ni a Pedro. Solamente hay que seguir al Señor.
Yo no tengo nada que ver con Pablo, ni con Pedro, ni con Apolos.
Yo tengo una relación directa con Dios'.
Como
ustedes se fijan, había cuatro grupos, cuatro facciones,
dentro de la iglesia en Corinto.
Ahora,
cuando Pablo conoce esta situación, Pablo pudo haber
esgrimido argumentos como este: 'Soy yo el que puse la primera
piedra allí. Por lo tanto, no pongan a ninguno a mi altura;
yo soy el apóstol de ustedes, yo soy la autoridad para
ustedes'.
O
como este otro: 'Todos los que siguen a los hombres están
equivocados, y solamente los que se dicen ser de Cristo están
en lo correcto'.
Si
hubiera dicho lo primero, habría demostrado no conocer
el cuerpo de Cristo; si hubiera dicho esto último habría
sentado un mal precedente dentro de la iglesia, esto es, de
que los hermanos no deben sujeción a nadie, que son libres,
pues tienen comunicación directa con Dios.
Ninguno
de estos cuatro grupos tenía la razón. Y Pablo,
aunque era el apóstol que había iniciado la obra
allí, no podía pensar: 'Bueno, ya que hay tanta
confusión aquí, vamos a sacar provecho. Todos
deben seguirme a mí'.
Este
es un problema que suele suceder con los hermanos que están
recién comenzando. A veces, ellos se sienten muy ligados
en su corazón hacia aquel hermano o hermana que le compartió
por primera vez el evangelio. Entonces, se produce una afinidad
en su corazón, y les parece que no hay ningún
hermano como aquél, no hay ninguna hermana como aquélla.
Y entonces comienza a idealizar a esta persona.
Esta
es, según vemos en Corintios, una tendencia natural.
Los hermanos nuevos tienden a levantar a los hombres y a tomar
partido, a destacar sus virtudes y a omitir absolutamente sus
defectos.
Pero
también, así como ellos caen fácilmente
en este extremo, también caen en el otro. El más
mínimo defecto o debilidad, puede transformarse en un
motivo para decepcionarse y para no seguir caminando.
Ahora,
¿qué es lo que Pablo enseña aquí
al respecto? En el capítulo 3 versículo 5, él
dice: "¿Qué, pues, es Pablo, y qué
es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis
creído..." Servidores. "...y eso según
lo que a cada uno concedió el Señor. Yo planté,
Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así
que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que
da el crecimiento".
Mire
usted cómo Pablo pone a estos grandes apóstoles
en su lugar. Ellos son sólo colaboradores de Dios; ellos
hicieron una pequeña tarea para que los hermanos llegaran
a ser lo que son hoy como iglesia. Uno puso el fundamento, uno
plantó, otro regó, es decir, impartió la
palabra para que hubiera crecimiento, pero ni el que planta
ni el que riega es algo. Es decir, ni éste ni aquél
es nada. Sólo Dios, que da el crecimiento.
Entonces,
este es un punto que nosotros tenemos que ver como expresión
de madurez. Nosotros reconocemos al que planta y al que riega.
Sí, él hizo esa función, él hizo
ese trabajo. Mas, ¿de dónde procede todo? Todo
procede de Dios. Ellos son simplemente instrumentos, colaboradores
de Dios. Ellos tienen una función honrosa, sin duda;
pero no más que eso.
Versículo
9: "Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros
sois labranza de Dios, edificio de Dios". A partir de este
versículo hacia abajo, Pablo pone el acento, no en los
grandes hombres de Dios, sino en la iglesia. Porque luego de
decir "nosotros somos colaboradores", dice en seguida
"ustedes son labranza de Dios, edificio de Dios".
O sea, la casa de Dios, la construcción de Dios, son
ustedes, no nosotros; no Pablo, no Apolos, no Pedro.
Versículo
21: "Así que ninguno se gloríe en los hombres;
porque todo es vuestro...". Y sigue explicando: "...sea
Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea
la muerte, sea lo presente, sea lo porvenir, todo es vuestro...".
Hermanos, ustedes son los dueños de Pablo, de Pedro,
ustedes son los dueños de cada uno de ellos. No es que
ustedes sean posesión de un hombre, o estén para
seguir a un hombre. Ustedes no les pertenecen a los ancianos,
ni a los obreros, ni a los predicadores. Al revés, ¡los
predicadores, los ancianos, los obreros, les pertenecen a ustedes!
Ustedes
son los dueños. "...todo es vuestro", sea esto,
sea lo otro. Y aun más, dice: "...sea el mundo,
sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo porvenir,
todo es vuestro". La iglesia tiene todo, es poseedora de
todas esas cosas.
Vean
ustedes qué alto es el privilegio que tiene la iglesia.
Porque la iglesia va a reinar, la iglesia va a poseer el siglo
venidero, la iglesia va a co-reinar con Cristo. Por eso dice
"sea el mundo". Sí, hermanos, hoy día
el mundo está en manos de los poderosos de la tierra.
Pero es momentáneamente, no más. Llegará
el día en que la iglesia regirá las naciones.
Sí, lo profetizamos, de acuerdo a la palabra del Señor.
Hoy
día el mundo se pelea por alcanzar el poder. Sin embargo,
el poder le pertenece al Señor Jesucristo. Así
que "todo eso es vuestro". Y vosotros, ¿de
quién sois? El versículo 23: "...y vosotros
de Cristo". O sea, ¿cuál es el dueño
de ustedes? ¡Cristo! No los hombres, no Pablo, no Cefas,
no Apolos. Cristo es su dueño, y ustedes son dueños
de aquellos que les sirven a ustedes la Palabra.
El
único de quien ustedes pueden decir que es su dueño,
su jefe, su autoridad indiscutible, es el Señor Jesucristo.
Nosotros somos simplemente colaboradores y también autoridades
delegadas de Dios. Por eso tenemos que ser claros aquí.
No se trata de derribar las autoridades y decir: 'Aquí
no hay autoridad, aquí no hay a quien someterse, aquí
yo sólo me relaciono con Dios'. No. Hay autoridades delegadas;
los ancianos son autoridades delegadas, los hermanos mayores
son autoridades delegadas. Sin embargo, la fuente de todo eso
es el Señor Jesús. Y de todo eso habla hasta el
capítulo 4 incluido.
Miren
el 4:10: "Nosotros somos insensatos por amor de Cristo...".
¿Quiénes son los nosotros ahí? Los apóstoles.
Ahí está Pablo, Pedro, Apolos. Eso que ellos querían
levantar, por los cuales se dividían y se peleaban entre
ellos. ¿Qué dice Pablo de sí mismo, de
ellos, de los apóstoles? "...somos insensatos por
amor de Cristo, mas vosotros prudentes en Cristo...". La
iglesia es prudente en Cristo. "...nosotros débiles,
mas vosotros fuertes; vosotros honorables, mas nosotros despreciados".
Entonces,
fíjense cómo la epístola comienza levantando
a los hombres (es decir, la inmadurez de los hermanos), y aquí,
en este capítulo 4, el Espíritu Santo termina
derribando a estos supuestos grandes hombres y mostrándolos
en su debilidad, su flaqueza.
Así
que, hermanos, ustedes que están llegando hace poco a
la fe, a ustedes ya les ha pasado esto. ¿Verdad? Pero
pienso que a los más antiguos también les puede
pasar. Cristo es tan maravilloso, tan rico, que él no
se expresa sólo a través de un hombre. Un hombre
es demasiado pequeño para expresar toda la riqueza de
Cristo. Por eso se necesitaba de todos estos apóstoles,
para que Cristo pueda expresar toda su riqueza. En uno de una
manera, en otro, de otra.
Es
el mismo Cristo, pero es tan variado, que se muestra de una
manera a través de Pedro, de otra manera a través
de Apolos y de otra manera a través de Pablo.
Todo
el Nuevo Testamento nos muestra la inescrutable, la inefable
riqueza de Cristo. ¿Por qué hay cuatro evangelios
y no uno? Porque ninguno de ellos, en solitario, podía
expresar todo lo que Cristo es. Entonces, Mateo lo muestra como
el Rey, Marcos como el Siervo, Lucas como el Hombre, Juan como
Dios. Y ahí tenemos, en esos aparentes contrastes de
Rey, Siervo, Hombre y Dios, la conjugación perfecta,
la complementación de lo que Cristo es - Cristo es un
Rey humilde, y Cristo es hombre y Dios. Se necesitaban cuatro
para decir todo eso.
Así
también, cuando nosotros leemos las bienaventuranzas:
"Bienaventurados los pobres... Bienaventurados los humildes...
Bienaventurados los pacificadores...", ¿qué
es eso? ¿Son nueve clases de personas, o es una persona
en su multiplicidad de rasgos? En verdad, es Cristo quien es
descrito allí en esos nueve rasgos. No sólo uno;
los nueve.
Cuando
leemos en Gálatas 5 las nueve manifestaciones del fruto
del Espíritu, ¿qué es eso? Es Cristo también,
en su precioso carácter. Y cuando leemos los nueve dones
del Espíritu en 1ª Corintios 12, ¿qué
es eso? Es la expresión de Cristo a través de
la iglesia.
Entonces,
esto es señal de madurez, decir: 'Sí, me gusta
el hermano tanto, porque a través de él yo puedo
ver algo de Cristo que nadie más puede expresar como
él. Pero también me gusta este otro hermano, porque
me expresa a Cristo de otra forma. Y también aquél,
y también aquel otro'. Y al final, la lista es tan larga,
que tenemos que reconocer al Cristo en cada hermano y hermana.
Cada
uno de ustedes en particular expresa a Cristo de una manera
única e irrepetible. Porque si no, el Señor hubiese
hecho clones; seríamos clones de Cristo, pero no somos
clones de Cristo. Cuando usted ve en la Escritura a Pablo al
final de sus días, aunque ya era un hombre transformado
a imagen de Cristo, él seguía siendo Pablo, tenía
una característica propia. Y Pedro fue Pedro hasta el
final, aunque expresaba a Cristo plenamente.
¿Cuál
es la gloria de Cristo? La gloria de Cristo final va a ser ésta:
Expresarse de una manera diferente, única e irrepetible,
a través de millones y millones de cristianos que vana
despedir brillos, destellos distintos, y todo eso es Cristo,
porque somos uno en Cristo Jesús. Cada uno de nosotros
tenemos algo diferente de Cristo, de tal manera que aquí
no se trata de elegir éste o aquél, sino éste
y aquél y aquél y aquél. ¡Todos,
todos!
Entonces,
no le pidamos a un manzano que nos dé peras. El manzano
nos da exquisitas manzanas y el peral nos da exquisitas peras.
No se trata de comparar la pera con la manzana; se trata de
comer peras y manzanas. Todo lo que es de Cristo es saludable,
todo es bueno para nosotros.
2.
Los apetitos del cuerpo
Veamos
ahora cuál es el problema, o cuál es el común
denominador, de los capítulos 5 al 11 de 1ª a los
Corintios. Claro, a simple vista, probablemente no se vea tan
claro. Pero, ¿saben ustedes?, al leer con detenimiento,
una y otra vez, la epístola a los Corintios en estos
capítulos, podemos resumirlo en este problema: El gran
problema que queda en evidencia aquí es el problema de
los apetitos.
Fíjense,
los corintios tenían problemas con los apetitos de su
cuerpo. Y esta suele ser también una característica
de los hermanos que están avanzando poco a poco hacia
la madurez. El capítulo 5 comienza con un problema de
fornicación. Había allí un problema de
fornicación, y Pablo entonces atiende ese problema.
Luego,
en el capítulo 6:13 dice: "Las viandas para el vientre,
y el vientre para las viandas...". Este asunto de la comida
surge aquí en 1ª a los Corintios con mucha fuerza.
Así que, estos dos problemas grandes son, por un lado
las fornicaciones, es decir, el problema sexual, y el problema
de los apetitos desenfrenados de comer y beber.
Vamos
a leer algunos versículos como muestra, porque es bien
recurrente. Ahí vuelve de nuevo a decir en el versículo
6:18: "Huid de la fornicación". De eso estaba
hablando en el capítulo 5. Y parece que cuando empezó
a hablar en el capítulo 6 del problema de las disputas
entre los hermanos, parece que se había olvidado del
tema de la fornicación, pero no. En el versículo
18 aparece de nuevo.
Y
en el capítulo 7 habla del matrimonio. Pero, ¿por
qué habla del matrimonio en el capítulo 7? Miren
el versículo 2. ¿Cómo comienza el versículo
2? "...a causa de las fornicaciones...". Ya, tenemos
entonces fornicaciones y el problema de las viandas.
Avancemos
al capítulo 8 versículo 8: "Si bien la vianda
no nos hace más aceptos ante Dios; pues ni porque comamos,
seremos más, ni porque no comamos, seremos menos. Pero
mirad que esta libertad vuestra no venga a ser tropezadero para
los débiles". Versículo 13: "Por lo
cual, si la comida le es a mi hermano ocasión de caer,
no comeré carne jamás, para no poner tropiezo
a mi hermano". ¿Se fijan que hay un problema con
la comida?
Y
fíjense en el capítulo 9. Ahí se habla
de los derechos del apóstol, pero miren lo que dice el
versículo 4: "¿Acaso no tenemos derecho de
comer y beber?". Porque el problema de fondo sigue siendo
el problema de la comida.
Capítulo
10 versículos 3-5: "...y todos comieron el mismo
alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual;
porque bebían de la roca espiritual que los seguía,
y la roca era Cristo. Pero de los más de ellos no se
agradó Dios; por lo cual quedaron postrados en el desierto".
Versículo 7: "Ni seáis idólatras,
como algunos de ellos, según está escrito: Se
sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó
a jugar". Y aquí el apóstol hace recuerdo
de aquella escena cuando los judíos venían atravesando
el desierto, y estaban cansados del maná, y dijeron:
"¡Oh, quién nos diese a comer carne".
Dios envió una nube de codornices. ¿Se acuerdan?
Se sentaron a comer y a beber, y después vino la destrucción.
En
el versículo 8, ¿cómo dice? "Ni forniquemos,
como algunos de ellos fornicaron, y cayeron en un día
veintitrés mil". Ahora, fíjense, hermanos.
¿No les parece curioso a ustedes? Habla de la fornicación...
y comida. Fornicación... y vuelve al asunto de la comida.
Versículo 25: "De todo lo que se vende en la carnicería,
comed, sin preguntar nada por motivos de conciencia...".
Versículo 28: "Mas si alguien os dijere: Esto fue
sacrificado a los ídolos; no lo comáis...".
Capítulo
11 versículo 20: "Cuando, pues, os reunís
vosotros, esto no es comer la cena del Señor. Porque
al comer, cada uno se adelanta a tomar su propia cena; y uno
tiene hambre, y otro se embriaga". ¿De qué
estamos hablando de nuevo otra vez aquí? Del problema
de la comida y la bebida. O sea, era tan fuerte el problema
en ellos, que aun en el momento de la cena era un problema,
era un obstáculo, era un motivo de tropiezo. Versículo
34: "Si alguno tuviere hambre, coma en su casa, para que
no os reunáis para juicio".
Entonces,
aquí tenemos un gran trecho de la epístola, desde
el capítulo 5 al 11, en que se tratan temas relativos
a los apetitos del cuerpo: problemas de tipo sexual, y el problema
de la gula.
En
nuestros días, el pecado sexual está tan alentado
por todas las fuerzas demoníacas que rodean el mundo,
que envuelven al mundo. Creo que en nuestros días, si
tenemos que darle una aplicación hoy a esta palabra fornicación,
creo que no sólo implica una unión sexual física,
sino que implica toda esta maraña de pecados relacionados
con el sexo. Como el Señor dijo: "Basta que un hombre
mire a una mujer para codiciarla, y ya adulteró con ella
en su corazón".
Creo
que hay muchas fornicaciones de este tipo en medio de la iglesia.
Y es fuerte tener que decirlo así. Basta que nos descuidemos
y demos lugar al espíritu inmundo que ha envuelto al
mundo en sus redes de sensualidad y concupiscencia.
Y
claro, ¿quiénes están más expuestos
a esto? Los hermanos más pequeños. Porque aquí
no se trata de si somos salvos o no somos salvos. Todos los
que hemos recibido al Señor somos salvos, todos ya tenemos
la vida eterna adentro. Pero, ¿qué es lo que pasa?
Que nosotros todavía arrastramos un cuerpo de muerte.
El
Señor está forjando en nosotros un carácter,
pero ese carácter no se forja de la noche a la mañana.
Hay un caminar hacia la santidad, hacia la justicia, hacia la
integridad. Si nosotros nos descuidamos, entonces vamos a estar
rápidamente siendo envueltos en este problema de la sexualidad
ilícita. Que el Señor tenga misericordia de su
iglesia; que nos libre, porque son demonios, son espíritus
que están desatados por el mundo entero.
En
el otro asunto de la comida y la bebida es más difícil
precisar los límites. Pero yo les voy a hablar un poquito
en confianza, y perdonen los hermanos que están aquí
por primera vez, o que han venido hace muy pocas veces. He escuchado
en otros países que a los hermanos chilenos les gusta
comer, y, sobre todo, beber. Hay hermanos en otros países
que, por principio, no beben vino. Y sucede que cuando ellos
vienen acá y nos ven comer y beber, y si lo hacemos en
exceso, eso puede traer algunos problemas.
Creo
que somos considerados por algunos bastante liberales en esta
materia. Pero a mí me asusta un poco; realmente, me asusta
un poco. Basta abrir un poquito la puerta, y podemos pasar el
límite de lo que es adecuado. Nos puede suceder que después,
que en vez de beber bebida, ya estamos tomando cerveza. Y después
viene algo más refinado. Entonces, eso ya es un problema.
Por
eso, es preciso estar atentos. El Señor advierte a través
de Proverbios y otras partes de la Biblia sobre el peligro del
vino. No podemos desoír esas advertencias.
Los
corintios tenían problemas con la comida y la bebida.
Podemos imaginarnos un grupo de ellos diciendo: 'Vamos a reunirnos
en la casa del hermano, vamos a comer un poco, una cosa liviana,
y luego vamos a participar de la mesa'. El dueño de casa
era muy generoso, entonces no le bastaba poner algo para 'picar',
sino que preparaba una carnecita por ahí y después
el vino. Cuando llegaba la hora de partir el pan, estaban los
hermanos "demasiado alegres". Y con una alegría
no del Espíritu.
Ahora,
al tratar estas cosas, tenemos que ser muy cuidadosos, porque
podemos irnos de un extremo al otro extremo. ¿Se dan
cuenta que uno siempre tiende a irse a los extremos? Entonces,
no se trata de decir que el hermano compartió sobre que
no había que tomar vino, o que no había que reunirse
para comer. No es eso. Hay momentos en que se puede tomar una
copa de vino, hay momentos en que se pueden reunir los hermanos
para comer y para beber; pero que el Señor nos conceda
la gracia para poner los límites. Hay límites,
porque dice Pablo aquí mismo: "Todo me es lícito,
pero no todo conviene ... no todo edifica. Ninguno busque su
propio bien, sino el del otro".
No
queremos ser esclavos ni de esto ni de aquello. Somos libres,
porque nosotros hemos sido libertados por el Señor Jesucristo.
No os hagáis esclavos de ninguna cosa, ni de hombres,
ni de pasiones, ni de apetitos, porque el Señor nos hizo
libres.
¿Cuál
es la solución que Pablo da para este problema? Fíjense
ustedes cómo termina el capítulo 9. En el medio
de todos los capítulos donde toca este tema, dice en
los versículos 25 al 27: "Todo aquel que lucha,
de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona
corruptible, pero nosotros una incorruptible. Así que
yo, de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera
peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo,
y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo
para otros, yo mismo venga a ser eliminado".
"Golpeo
mi cuerpo". Sabemos que no se trata de ascetismo. No se
trata de hacer lo que algunos hacen aquí en Chile, acudir
a un supuesto 'santuario' caminando de rodillas, o de espaldas
en el suelo, o arrastrándose con un ídolo en las
manos. Claro, ésa es una manera de golpear el cuerpo,
¿pero para qué?
¿Por
qué Pablo nos invita a golpear el cuerpo? ¿Para
obtener la salvación? ¿Para ver si Dios se muestra
benévolo conmigo? ¿A ver si Dios me perdona los
pecados? ¡No! Aquí no se trata de golpear el cuerpo
para eso; se trata de golpear el cuerpo para alcanzar una corona.
Dice ahí "la corona incorruptible". ¿Y
quiénes son los que tienen corona? Los reyes. Tiene que
ver con el reino.
Todos
somos salvos por la gracia de Dios, pero sólo unos pocos
reinarán con Cristo mil años sobre a tierra. Y
éstos son los que golpean su cuerpo y se niegan a sí
mismos. En ese sentido habla de golpear el cuerpo; no para alcanzar
salvación ni el perdón de los pecados. Y tampoco
de refiere a azotarse o martirizarse, sino simplemente, a poner
el necesario límite a los apetitos desordenados.
3.
Dones y profecía
Pasamos
al tercer punto, capítulos 12 al 14. ¿De qué
se habla aquí? Capítulo 12, dones espirituales;
capítulo 13, la preeminencia del amor; capítulo
14, dice esta Biblia, el hablar en lenguas. Ya sabemos que ese
título no está muy acertado; más bien debería
decir ahí: El profetizar. Ese es el tema del capítulo
14: El Profetizar.
Hermanos,
los corintios tenían un problema relacionado con los
dones espirituales. Si uno lee atentamente el capítulo,
se da cuenta que ellos tenían muchos dones, y hacían
de sus dones un motivo de vanagloria. Supongamos, uno tenía
el don de hacer milagros y el otro de hablar en lenguas y el
otro de interpretar las lenguas. Cada uno pensaba que su don
era el mejor.
Cuando
uno se mira a sí mismo y piensa que lo que uno tiene
es lo mejor, significa que no ha visto al cuerpo, porque el
cuerpo es variado en su expresión, en los dones que tiene.
Entonces, Pablo comienza en el capítulo 12 hablando de
los nueve dones del Espíritu, pero en seguida se pone
a hablar del cuerpo, de los muchos miembros que tiene el cuerpo
y de que todos están sujetos unos a otros; que no todo
el cuerpo es un solo miembro, que ninguno puede menospreciar
al otro miembro.
¿Y
por qué pasa a hablar del cuerpo, si comenzó hablando
de los dones? Porque el tema de los dones tiene que verse en
un sentido colectivo, corporativo. Y como luego va a decir en
el capítulo 14, todo es para la edificación de
la iglesia, no para que se exhiba el que tiene el don. Porque
la tendencia natural de la persona que tiene dones es exhibir
sus dones.
Cuando
una persona recibe el bautismo del Espíritu Santo con
manifestación de lenguas, ¡entonces desea que todo
el mundo sepa que habla en lenguas! Así se comienza a
centrar la atención en el don. Sin embargo, aquí
en Corintios se nos muestra que todo eso tiene una razón
de ser en el cuerpo. Y en el cuerpo, no todos tienen dones de
sanidad, no todos hablan lenguas, no todos interpretan, no todos
hacen milagros.
"Procurad,
pues, los dones mejores", pero no para una exhibición
personal, sino para la edificación del cuerpo. Y por
eso, al terminar el capítulo 12, dice: "Mas yo os
muestro un camino aun más excelente", y ahí
habla del amor.
Sin
el amor no vale de nada tener profecía, entender los
misterios, tener toda la fe; es decir, todos los dones del Espíritu
serían simplemente como metal que resuena o címbalo
que retiñe, si es que no hay amor.
¿Y
en qué consiste el amor? Consiste en que uno sale de
su esfera personal y entra en la esfera del otro. Cuando amamos,
nos preocupamos del hermano, del bienestar del otro. Los dones
tienden a centrar las cosas en sí mismo; el amor tiende
a sacar las cosas de sí mismo, para que vayan hacia el
cuerpo.
Capítulo
14 versículo 1: "Seguid el amor; y procurad los
dones espirituales, pero sobre todo que profeticéis".
En este versículo están resumidos los tres capítulos:
el 12, el 13 y el 14. Cuando dice: "Seguid el amor",
ahí está resumido el 13; "...y procurad los
dones espirituales", ahí está resumido el
12; "...pero sobre todo que profeticéis", ahí
está resumido el 14.
Entonces,
uno puede sacar las conclusiones. De estos tres capítulos,
¿en cuál de ellos pone el apóstol el acento?
¿A cuál lo pone por encima de todos? Aunque parezca
extraño, es el profetizar. ¿Por qué? Podemos
decirlo a la luz de todo el capítulo 14, porque cuando
la iglesia profetiza ocurre algo maravilloso: Toda la iglesia
edifica a toda la iglesia. Recuerden esa frase: A través
de la profecía, toda la iglesia edifica a toda la iglesia.
Vean
ustedes, en este momento hay uno que está predicando;
pero esta no es la profecía de la cual habla el capítulo
14 de Corintios. La profecía de la cual se habla en el
capítulo 14 de Corintios es la profecía de todos
los miembros. Por eso dice en el versículo 24: "Pero
si todos profetizan...". Y el versículo 31: "Porque
podéis profetizar todos uno por uno...". ¿Se
fijan que ésta no es la profecía como el ministerio
del profeta, del apóstol, del evangelista? Aquí
se habla de la profecía de toda la iglesia. Profecía.
Nosotros
le decimos también 'proclama', decir una proclama. Pero
aquí, en términos bíblicos, eso es profetizar.
Y todos pueden hacerlo uno por uno.
Todos
pueden hacerlo. Y cuando todos lo hacen, ocurre algo maravilloso:
Toda la iglesia es edificada. Y si hay incrédulos, ¿qué
pasa con los incrédulos? "...por todos es convencido,
por todos es juzgado".
Aquí
en esta misma reunión ha ocurrido así, gracias
a Dios. Y a veces ha ocurrido lo siguiente: que antes que el
predicador suba al estrado a predicar, ya la iglesia predicó,
y ya los pecadores fueron alcanzados, y ya fueron convencidos.
Creo que en algunos casos se podría perfectamente obviar
el sermón, y decir simplemente: 'La iglesia ya predicó,
la iglesia profetizó, ¿quién se va a entregar
al Señor hoy? ¿Quién va a doblegar su voluntad
delante del Señor?'.
Esa
es la normalidad y esa es la posición de madurez de la
iglesia. Entonces, cuando Pablo ataca estos problemas en la
iglesia en Corinto, es porque está tratando de sacar
a los hermanos de una distorsión, para introducirlos
en la madurez.
Así
que nosotros anhelamos los dones espirituales. Deseamos que
el Señor manifieste sus dones, todos sus dones, a través
de todo su pueblo; pero esos dones tienen que estar al servicio
de la iglesia, en amor, de modo que todos puedan profetizar.
Así
que hermanos, especialmente los nuevos, esto queremos decirles
con el amor del Señor: Todos ustedes, en cualquier reunión
de la iglesia, ustedes pueden alzar su voz y decir lo que reciban
del espíritu en su corazón. Todos ustedes pueden
profetizar.
Tal
vez usted piensa: 'Ah, yo soy tan nuevo, yo conozco tan poco
de estas cosas'. ¡No, hermano, está equivocado!
Usted tiene mucho, y usted no se da ni cuenta lo mucho que tiene.
Y usted abre su boca y el Señor la va a llenar, y va
a decir palabras que van a edificar la iglesia.
¿Qué
pasa en una familia cuando el pequeño hijo o la hija
comienza a decir sus primeras palabras? ¿Se enojan y
le dicen: 'Cállate'? ¡No, hermano! Cuando dice
esas primeras palabras, todo el mundo se alegra, porque dijo
por primera vez 'mamá' o 'papá', o dijo una frase
completa.
Así
también la iglesia se alegra cuando escucha a los hermanos
nuevos decir algo. Es un gozo; eso refresca el corazón
de los más viejos. Amén. ¡Bendito es el
Señor!