La palabra profética dada por Dios a Israel tiene una aplicación a la Iglesia, para que se vuelva al Señor y a su Espíritu.

Necesidad del Espíritu

Mario Quidequeo

"Le dijo Simón Pedro: Señor, ¿a dónde vas? Jesús le respondió: A donde yo voy, no me puedes seguir ahora; mas me seguirás después. Le dijo Pedro: "Sepa pues ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo. Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare" (Hechos 2:36-39).

Recientemente hemos recibido una palabra profética, una palabra que nos ha amonestado respecto de nuestra realidad presente. Vino para notificarnos que nos habíamos apartado de Dios, que habíamos dejado la fuente de agua viva, y habíamos cavado para nosotros cisternas, cisternas rotas que no retienen agua.

Una palabra profética

La palabra profética que Dios en un principio había enviado a Israel en tiempos de apostasía, es una notificación que Dios hizo primeramente a Israel. Y sabemos que todo cuanto le aconteció a Israel fue para nuestra enseñanza, para que nosotros no cayéramos en semejante ejemplo de desobediencia. Sin embargo, también hemos caído en lo mismo.

Sabemos las consecuencias que tuvo para Israel el haber dejado a Dios. Desde muy temprano, Dios estuvo llamando a su pueblo al arrepentimiento. Hubo algunos que se arrepintieron, pero el pueblo en su conjunto no se arrepintió, y sufrieron las consecuencias de su pecado. Vino Nabucodonosor y los llevó cautivos a Babilonia. Durante setenta años estuvieron allí. Hasta que se cumplió ese tiempo, y Dios nuevamente tendió su mano de misericordia y los hizo volver a su tierra, por amor a sí mismo, por amor a su escogido, por amor a Cristo.

Y el pueblo de Israel, en esta Escritura, se hace nuevamente presente. En el comienzo, en el primer discurso de los apóstoles, una vez venido el Espíritu Santo, de nuevo el Señor se dirige a Israel. Dice: "Sepa pues ciertísimamente toda la casa de Israel que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo. Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?".

Esta es una pregunta muy propia del pueblo de Israel, porque ellos estaban acostumbrados a hacer algo. '¿Qué haremos?'. Es una actitud que también a nosotros nos alcanza. Cuando viene una palabra profética, cuando viene una amonestación de parte del Señor, cuando se compunge nuestro corazón, también nos preguntamos: "Señor, después de todo lo que tú nos dices, ¿qué haremos?".

Y la respuesta siempre será la misma: "Arrepentíos". Cuando Juan el Bautista introduce su ministerio, sus primeras palabras son precisamente éstas: "Arrepentíos...". Las primeras palabras de nuestro Señor Jesucristo cuando inicia su ministerio, también son las mismas: "Arrepentíos, porque el reino de Dios se ha acercado". Cuando el Espíritu Santo inicia su ministerio, cuando los apóstoles junto a Pedro se levantan para dar este primer discurso, de la misma manera, nos dice: "Arrepentíos". ¡Arrepentíos!

Esta palabra, 'arrepentimiento', significa no solamente el ser compungido, el ser contristado. No solamente implica que nos embargue una tristeza, sino más bien un cambio de actitud, un cambio en nuestra manera de pensar. Es un volvernos. "Deje el impío su camino y el inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia". Porque Dios es un Dios de misericordia, un Dios amplio en perdonar; lento para la ira, pero grande en misericordia.

Por tanto, el arrepentimiento implica volverse del camino equivocado, desviado. El arrepentimiento implica un examen, es poner las cartas sobre la mesa, hacer un examen razonable respecto de un estado y de una situación presente. Nosotros sabemos que el juicio implica eso - un análisis, un examen. Y juntamente con el juicio, viene después la justicia, y la justicia implica recibir cada uno lo que le corresponde, después de un juicio, después de un examen. Eso entendemos nosotros, desde un punto de vista legal. Pero así también son las cosas en Dios.

De manera que el arrepentimiento no siempre es un asunto tan inmediato. A veces conlleva un tiempo, o en otros casos es de inmediato; pero normalmente implica un tiempo, un tiempo de examen. Es por eso que el Señor cuando nos llama a considerar las sendas antiguas, primeramente nos dice que nos detengamos en nuestro camino: "Deteneos, meditad cuál sea el buen camino por el cual debéis andar".

Normalmente, cuando el hombre está perdido, cuando se extravía, cuando pierde el rumbo, cuando pierde la huella del camino, se desespera, y quiere buscar rápidamente una solución para salir del problema. Sin embargo los animales tiene una actitud diferente, en ese sentido; es como que nos aventajan. ¿Sabe usted?, cuando un animal se pierde en la selva, lo primero que hace es detenerse. Sí, se detiene, y se ubica, y posteriormente actúa y camina. Sin embargo nosotros queremos hacer algo rápido, salir rápidamente del problema. Pero el arrepentimiento, hermano, implica detenerse.

Muchos hermanos han sugerido que esta palabra no pase tan rápidamente. Que la palabra vuelva al corazón, que nos escudriñe, que nos revise, que nos pruebe. Porque la palabra ciertamente es como una espada de dos filos, que penetra hasta los tuétanos y separa el alma del espíritu y discierne los pensamientos del corazón.

Este efecto de la palabra es lo que nosotros necesitamos en este tiempo. Por tanto no dejemos tan rápidamente la palabra profética que ha venido, porque ciertamente si Dios nos ha hablado así, es porque nos ama, es porque nos ama, es porque quiere nuestro bien, porque Dios tiene pensamientos de bien para nosotros. Porque con justicia y juicio se edifica la casa, y es necesario que el juicio comience por casa.

Ciertamente esta es una palabra de juicio, y para muchos de nosotros tendrá consecuencias, y para muchos va a significar que debemos gustar también la amargura, porque ciertamente la palabra dice: "Mirad cuán malo y amargo es haber dejado a Jehová".

Seguramente muchos de los que estamos aquí vamos a probar, vamos a gustar esa desazón. Pero eso nos conducirá al arrepentimiento, nos hará meditar, nos hará considerar nuestros caminos. Eso implicará traer un juicio al corazón, un examen. ¡Bendito sea el Señor!

Por tanto la palabra arrepentimiento implica algo más profundo, que abarca algo más de lo que normalmente nosotros conocemos por arrepentimiento.

"Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare".

Ciertamente el Señor Jesucristo vino, vino a su casa. "...a lo suyo vino, y los suyos no le recibieron". En un sentido general Israel no recibió al Señor, pero la palabra que el apóstol en este momento está ministrando, es precisamente a Israel. Y le dice que "...para vosotros es la promesa y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare". Y en esos estamos nosotros. Nosotros estábamos lejos de los pactos y de las promesas, pero nuestro Dios nos llamó. Nos llamó Dios, de manera que esta promesa también es para nosotros hoy. ¡Gracias Señor!

Y aquí aparece el Espíritu Santo como un don. Vamos hablar respecto del Espíritu Santo ahora.

Llenos del Espíritu Santo

El primer hecho que se produce cuando el Espíritu Santo viene, es que el Espíritu Santo nos sella. Es como si Dios pusiera su sello sobre nosotros, es un sello de propiedad, es un sello que garantiza que somos de Dios, Dios puso su sello sobre nosotros. Nada ni nadie nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús, Señor nuestro. "Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, por el Espíritu Santo que nos fue dado".

Tenemos las arras del Espíritu. Dios nos ha sellado con el Espíritu Santo, somos propiedad de Dios. También el Espíritu Santo nos ha bautizado, nos ha sumergido, en el cuerpo. Hemos recibido el bautismo del Espíritu Santo; hemos sido sellados, hemos sido bautizados en el Espíritu Santo. Y esta es una obra que ha hecho Dios.

No hay ningún mandamiento respecto de esto, respecto del ser sellados y respecto del ser bautizados en el Espíritu. Esta es una obra que Dios hace directamente. Pero hay un mandamiento respecto del Espíritu Santo, el cual apela a nosotros.

Dice en Efesios 5:18-20: "No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones; dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo".

De igual manera, en Colosenses 3:16-17 dice: "La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales. Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él".

Son mandamientos que representan una misma cosa. Si ustedes pueden observar la palabra, el resultado de ser lleno del Espíritu Santo y que la palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, tiene como consecuencia el mismo resultado, tanto en lo que se nos dice en Efesios como lo que se nos dice en Colosenses.

Aquí podemos entender que ser lleno del Espíritu implica que la palabra de Cristo more en abundancia en nosotros. Normalmente nosotros entendemos que la experiencia con el Espíritu Santo implica algo así como místico, algo que produce alboroto. Sin embargo, a la luz de la palabra, podemos entender que ser lleno del Espíritu Santo, significa ser lleno de la palabra de Cristo. ¡Bendito sea el Señor!

Dice: "No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución". La palabra disolución significa desenfreno, falta de control. Yo creo que muchos de los que estamos aquí, alguna vez, nos embriagamos con vino, y conocemos muy bien cuál es el resultado: desenfreno, disolución.

El vino aparece aquí como un elemento negativo, pero que, de alguna manera, representa al Espíritu Santo, porque también el Espíritu Santo es conocido como el vino de Dios. El vino produce un efecto que toma control sobre nosotros y nos lleva al desenfreno.

Dice la palabra que sin profecía el pueblo se desenfrena. Si la palabra de Dios no mora en abundancia en nuestros corazones, correremos la suerte de un embriagado con vino. ¡Oh hermanos, cuán importante se hace entonces en este tiempo el ser llenos de la palabra de Cristo! "No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu".

Nosotros normalmente entendemos la palabra llenos y lo primero que se nos viene la mente es un vaso, un vaso que contiene un líquido. La palabra lleno en el griego tiene una aplicación mucho más amplia que esto. También entendemos como lleno, un barco con una vela. Cuando la vela es soplada por el viento, puede dirigir, puede conducir, puede mover ese barco. Podemos entender que esa tela está llena, llena de viento, que permite que la nave se desplace, sea conducida.

Pero en un sentido más estricto, la palabra lleno implica control, control absoluto. Una persona llena del Espíritu Santo puede estar sentada allí, en el último asiento y puede tener control absoluto de todas las cosas que están ocurriendo a su alrededor. No es necesariamente una persona que esté saltando o esté danzando. Una persona llena del Espíritu Santo tiene control de todas las cosas. Puede estar firme contra la adversidad. "Estad quietos y conoced que yo soy Dios", dice el Señor. De manera que la palabra lleno implica control.

En un sentido negativo también aparecen en las Escrituras algunas alusiones a la palabra lleno. Podemos citar algunas: "Llenos de ira ... llenos de amargura ... llenos de envidia". Esa palabra implica que esa persona está dominada por esas emociones, y su vida estará en función de ese sentimiento, de esa emoción que le embarga.

¿Que pasará entonces si estamos nosotros llenos del Espíritu Santo? Un absoluto control sobre las cosas; libres de todo desenfreno, libres de la locura. Necesitamos el control, el gobierno, del Espíritu Santo en nuestros días. El Espíritu Santo vino para guiarnos a toda verdad y a toda justicia.

Antes de partir, el Señor Jesucristo dijo: "Yo nada hago por mí mismo. Según veo hacer al Padre, eso hago ... según oigo, así juzgo". ¿Y qué dijo del Espíritu Santo? "Él os enseñará todas las cosas ... tomará de lo mío y os lo hará saber". 'Mis palabras tendrán sentido cuando venga el Espíritu Santo sobre vosotros'. Él les dijo: "El Espíritu Santo está con vosotros", pero luego les dice: "Estará en vosotros". ¡Bendito sea el Señor!

También hemos recibido en estos días una palabra respecto de la relación que existe entre el Padre y el Hijo, en esa comunión íntima, en la cual el Señor nos dice que también nosotros vamos a participar. Y es legítimo que así sea, "...porque ahora yo voy al Padre, y os conviene que yo me vaya, porque si no me fuere, el Espíritu Santo no vendría sobre vosotros".

Los discípulos se llenaron de tristeza, pero el Señor Jesús les dijo que convenía que él se fuera. A nosotros quizás, en los momentos de dificultad, donde todas las cosas se trastocan, cuando los montes se abalanzan sobre nosotros, también se nos podría venir a la mente pensar: '¡Oh, si el Señor estuviera aquí! Si él estuviera presencialmente aquí, ¡qué diferentes serían las cosas!'. Pero el Señor Jesús dijo: "Os conviene que yo me vaya". ¡Gracias al Señor, porque él se fue, porque el Espíritu Santo vino! Ahora, el Señor Jesucristo no sólo está con nosotros, sino que está en nosotros, por el Espíritu.

El apóstol nos sugiere que nosotros seamos llenos del Espíritu, que la palabra de Cristo more en abundancia en nuestros corazones, para que tengamos control sobre nosotros mismos, para que se cumpla lo que el Señor Jesús dijo: "Si me coméis, viviréis por mí". ¿Y qué significa comer a Cristo? En ese momento el Señor percibió que los apóstoles, que eran judíos, se habían ofendido, y les dice: "¿Esto os ofende?".

Ciertamente esta palabra sin la luz del Espíritu es incomprensible. '¿Cómo es posible que comamos a Cristo y bebamos de su sangre?'. Era contrario a lo que ellos habían aprendido, era contrario a la ley. Sin embargo, el Señor Jesús les dice: "El que come mi carne y bebe mi sangre...". Y luego agrega: "La carne para nada aprovecha, las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida".

¿Qué necesitamos en estos días? Comer de Cristo. "El que me come, vivirá por mí". "Tendrá las mismas experiencias que yo tengo al estar en comunión perfecta con mi Padre". "Y aun cosas mayores que éstas haréis...". ¿Queremos tener la misma experiencia de relacionamiento, de mutualidad, de dependencia del Señor Jesucristo con su Padre? ¡Amén! Y eso será una realidad en nosotros. ¡Bendito sea el Señor!

"El que me come vivirá por mí". Por tanto, hermanos, junto con arrepentirnos, bien hacemos en volvernos a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo, y que éstas moren en abundancia en nosotros. Volvamos a considerar las palabras que salieron de la boca del Maestro.

Volviendo a la Palabra

Normalmente, cuando nos alejamos del Señor, nos alejamos de su Palabra. ¿Ha podido ver eso usted? "Me dejaron a mí", dice el Señor. Y en otro lugar dice: "Dejaron mi ley". "Dejaron mi palabra. Mi palabra dejó de ser atractiva para ellos, y se llenaron de otras cosas". La Palabra producirá un efecto dentro de nosotros, porque ella actúa poderosamente en los creyentes.

También se nos exhorta a volver a las sendas antiguas, en el sentido de tener fe. Pero, ¿qué implica tener fe? "Porque la fe viene por el oír, y el oír, por la palabra de Dios". ¿Queremos alcanzar buen testimonio de haber agradado a Dios por la fe en estos días? Necesitamos que la palabra de Cristo more en abundancia en nuestros corazones.

Dios llama a las cosas que no son como si fuesen. Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de manera que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía. Y esa misma palabra, la palabra viviente del Dios vivo y verdadero, es la que está en nuestros corazones hoy, y tiene el poder de actuar poderosamente en los creyentes. Y en este sentido, nos estamos volviendo a las sendas antiguas, a la fe. Y volvernos a la fe implica, primeramente, volvernos a la Palabra. De manera, hermanos, que el arrepentirnos va implicar un vivir saludable delante del Señor.

"...hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones; dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo". "En el nombre de nuestro Señor Jesucristo", no sólo significa declarar el nombre de nuestro Señor Jesucristo, sino más bien por medio de él, por medio de la vida de él. "Todo lo que digáis y hagáis, hacedlo por medio de él". Normalmente pensamos que hacer algo en el nombre del Señor Jesús es declarar: '¡En el nombre del Señor Jesús!'. Es mucho más que eso.

"...hablando entre vosotros con salmos...". ¿Qué significa esto? ¿Qué son los salmos? Son las palabras de Dios, inspiradas por Dios. Los cánticos espirituales son los cánticos que manan de la palabra. ¡Qué hermoso es cuando alabamos al Señor inspirados por las Escrituras! Son palabras que tienen un trasfondo, y que implican previamente haber vivido una experiencia con Dios. Porque ciertamente las Escrituras, todos los hechos, todas las obras de Dios, primeramente ocurrieron y después fueron escritas. Están llenas de una experiencia de vida, de un camino probado. Y, por excelencia, el Señor Jesucristo es el camino probado, recorrido. ¡Bendito sea el Señor! El camino del Señor Jesucristo es un camino que ha sido transitado, y ha sido aprobado.

Ciertamente Israel se apartó de Dios, la iglesia también se apartó de Dios. En los tiempos más oscuros de la historia de la iglesia, la palabra fue retirada, la palabra estuvo escondida. No hace mucho tiempo que la palabra nuevamente cobró vigencia.

Así también, en los tiempos de mayor oscuridad para Israel, la ley había desaparecido, y hubo un rey que se volvió al Señor y encontró la ley. La encontró como enterrada, envuelta en el polvo. Hermano amado, hermana amada, ¿cuánto tiempo hace que no lees las Escrituras? ¡Llenémonos de la Palabra!

Ciertamente, la experiencia de Israel fue apartarse de Dios. La iglesia, de igual manera. Pero hay Uno que nunca se apartó de Dios, y éste es el Señor Jesucristo. Él nunca se apartó de Dios. Solamente en un momento, Dios escondió su rostro de él, pero no fue por causa de él, sino por causa de nosotros, por causa de nuestro pecado. Él clamó: "Dios mío Dios mío ¿porque me has desamparado?". ¡Bendito sea el Señor!

Por tanto, hermanos, consideremos en estos días la obra del Espíritu Santo, el rol que tiene el Espíritu Santo en estos días. ¿Qué haremos? ¿Cómo hemos de volver a las sendas antiguas? ¿Cómo hemos de enmendar nuestro camino? ¿Cómo hemos de corregir lo defectuoso?

El Espíritu Santo está presente para guiarnos a toda verdad y a toda justicia. Demos lugar al Espíritu en estos días. ¡Que el Señor nos socorra!

Transcripción: Hno. Samuel San Juan Rebolledo

***