Recientemente
hemos recibido una palabra profética, una palabra que
nos ha amonestado respecto de nuestra realidad presente. Vino
para notificarnos que nos habíamos apartado de Dios,
que habíamos dejado la fuente de agua viva, y habíamos
cavado para nosotros cisternas, cisternas rotas que no retienen
agua.
Una
palabra profética
La
palabra profética que Dios en un principio había
enviado a Israel en tiempos de apostasía, es una notificación
que Dios hizo primeramente a Israel. Y sabemos que todo cuanto
le aconteció a Israel fue para nuestra enseñanza,
para que nosotros no cayéramos en semejante ejemplo de
desobediencia. Sin embargo, también hemos caído
en lo mismo.
Sabemos
las consecuencias que tuvo para Israel el haber dejado a Dios.
Desde muy temprano, Dios estuvo llamando a su pueblo al arrepentimiento.
Hubo algunos que se arrepintieron, pero el pueblo en su conjunto
no se arrepintió, y sufrieron las consecuencias de su
pecado. Vino Nabucodonosor y los llevó cautivos a Babilonia.
Durante setenta años estuvieron allí. Hasta que
se cumplió ese tiempo, y Dios nuevamente tendió
su mano de misericordia y los hizo volver a su tierra, por amor
a sí mismo, por amor a su escogido, por amor a Cristo.
Y
el pueblo de Israel, en esta Escritura, se hace nuevamente presente.
En el comienzo, en el primer discurso de los apóstoles,
una vez venido el Espíritu Santo, de nuevo el Señor
se dirige a Israel. Dice: "Sepa pues ciertísimamente
toda la casa de Israel que a este Jesús a quien vosotros
crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo. Al oír
esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y
a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué
haremos?".
Esta
es una pregunta muy propia del pueblo de Israel, porque ellos
estaban acostumbrados a hacer algo. '¿Qué haremos?'.
Es una actitud que también a nosotros nos alcanza. Cuando
viene una palabra profética, cuando viene una amonestación
de parte del Señor, cuando se compunge nuestro corazón,
también nos preguntamos: "Señor, después
de todo lo que tú nos dices, ¿qué haremos?".
Y
la respuesta siempre será la misma: "Arrepentíos".
Cuando Juan el Bautista introduce su ministerio, sus primeras
palabras son precisamente éstas: "Arrepentíos...".
Las primeras palabras de nuestro Señor Jesucristo cuando
inicia su ministerio, también son las mismas: "Arrepentíos,
porque el reino de Dios se ha acercado". Cuando el Espíritu
Santo inicia su ministerio, cuando los apóstoles junto
a Pedro se levantan para dar este primer discurso, de la misma
manera, nos dice: "Arrepentíos". ¡Arrepentíos!
Esta
palabra, 'arrepentimiento', significa no solamente el ser compungido,
el ser contristado. No solamente implica que nos embargue una
tristeza, sino más bien un cambio de actitud, un cambio
en nuestra manera de pensar. Es un volvernos. "Deje el
impío su camino y el inicuo sus pensamientos, y vuélvase
a Jehová, el cual tendrá de él misericordia".
Porque Dios es un Dios de misericordia, un Dios amplio en perdonar;
lento para la ira, pero grande en misericordia.
Por
tanto, el arrepentimiento implica volverse del camino equivocado,
desviado. El arrepentimiento implica un examen, es poner las
cartas sobre la mesa, hacer un examen razonable respecto de
un estado y de una situación presente. Nosotros sabemos
que el juicio implica eso - un análisis, un examen. Y
juntamente con el juicio, viene después la justicia,
y la justicia implica recibir cada uno lo que le corresponde,
después de un juicio, después de un examen. Eso
entendemos nosotros, desde un punto de vista legal. Pero así
también son las cosas en Dios.
De
manera que el arrepentimiento no siempre es un asunto tan inmediato.
A veces conlleva un tiempo, o en otros casos es de inmediato;
pero normalmente implica un tiempo, un tiempo de examen. Es
por eso que el Señor cuando nos llama a considerar las
sendas antiguas, primeramente nos dice que nos detengamos en
nuestro camino: "Deteneos, meditad cuál sea el buen
camino por el cual debéis andar".
Normalmente,
cuando el hombre está perdido, cuando se extravía,
cuando pierde el rumbo, cuando pierde la huella del camino,
se desespera, y quiere buscar rápidamente una solución
para salir del problema. Sin embargo los animales tiene una
actitud diferente, en ese sentido; es como que nos aventajan.
¿Sabe usted?, cuando un animal se pierde en la selva,
lo primero que hace es detenerse. Sí, se detiene, y se
ubica, y posteriormente actúa y camina. Sin embargo nosotros
queremos hacer algo rápido, salir rápidamente
del problema. Pero el arrepentimiento, hermano, implica detenerse.
Muchos
hermanos han sugerido que esta palabra no pase tan rápidamente.
Que la palabra vuelva al corazón, que nos escudriñe,
que nos revise, que nos pruebe. Porque la palabra ciertamente
es como una espada de dos filos, que penetra hasta los tuétanos
y separa el alma del espíritu y discierne los pensamientos
del corazón.
Este
efecto de la palabra es lo que nosotros necesitamos en este
tiempo. Por tanto no dejemos tan rápidamente la palabra
profética que ha venido, porque ciertamente si Dios nos
ha hablado así, es porque nos ama, es porque nos ama,
es porque quiere nuestro bien, porque Dios tiene pensamientos
de bien para nosotros. Porque con justicia y juicio se edifica
la casa, y es necesario que el juicio comience por casa.
Ciertamente
esta es una palabra de juicio, y para muchos de nosotros tendrá
consecuencias, y para muchos va a significar que debemos gustar
también la amargura, porque ciertamente la palabra dice:
"Mirad cuán malo y amargo es haber dejado a Jehová".
Seguramente
muchos de los que estamos aquí vamos a probar, vamos
a gustar esa desazón. Pero eso nos conducirá al
arrepentimiento, nos hará meditar, nos hará considerar
nuestros caminos. Eso implicará traer un juicio al corazón,
un examen. ¡Bendito sea el Señor!
Por
tanto la palabra arrepentimiento implica algo más profundo,
que abarca algo más de lo que normalmente nosotros conocemos
por arrepentimiento.
"Arrepentíos,
y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo
para perdón de los pecados; y recibiréis el don
del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa,
y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos;
para cuantos el Señor nuestro Dios llamare".
Ciertamente
el Señor Jesucristo vino, vino a su casa. "...a
lo suyo vino, y los suyos no le recibieron". En un sentido
general Israel no recibió al Señor, pero la palabra
que el apóstol en este momento está ministrando,
es precisamente a Israel. Y le dice que "...para vosotros
es la promesa y para vuestros hijos, y para todos los que están
lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare".
Y en esos estamos nosotros. Nosotros estábamos lejos
de los pactos y de las promesas, pero nuestro Dios nos llamó.
Nos llamó Dios, de manera que esta promesa también
es para nosotros hoy. ¡Gracias Señor!
Y
aquí aparece el Espíritu Santo como un don. Vamos
hablar respecto del Espíritu Santo ahora.
Llenos
del Espíritu Santo
El
primer hecho que se produce cuando el Espíritu Santo
viene, es que el Espíritu Santo nos sella. Es como si
Dios pusiera su sello sobre nosotros, es un sello de propiedad,
es un sello que garantiza que somos de Dios, Dios puso su sello
sobre nosotros. Nada ni nadie nos podrá separar del amor
de Dios que es en Cristo Jesús, Señor nuestro.
"Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones,
por el Espíritu Santo que nos fue dado".
Tenemos
las arras del Espíritu. Dios nos ha sellado con el Espíritu
Santo, somos propiedad de Dios. También el Espíritu
Santo nos ha bautizado, nos ha sumergido, en el cuerpo. Hemos
recibido el bautismo del Espíritu Santo; hemos sido sellados,
hemos sido bautizados en el Espíritu Santo. Y esta es
una obra que ha hecho Dios.
No
hay ningún mandamiento respecto de esto, respecto del
ser sellados y respecto del ser bautizados en el Espíritu.
Esta es una obra que Dios hace directamente. Pero hay un mandamiento
respecto del Espíritu Santo, el cual apela a nosotros.
Dice
en Efesios 5:18-20: "No os embriaguéis con vino,
en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del
Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos
y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor
en vuestros corazones; dando siempre gracias por todo al Dios
y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo".
De
igual manera, en Colosenses 3:16-17 dice: "La palabra
de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos
y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría,
cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con
salmos e himnos y cánticos espirituales. Y todo lo que
hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el
nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre
por medio de él".
Son
mandamientos que representan una misma cosa. Si ustedes pueden
observar la palabra, el resultado de ser lleno del Espíritu
Santo y que la palabra de Cristo more en abundancia en vosotros,
tiene como consecuencia el mismo resultado, tanto en lo que
se nos dice en Efesios como lo que se nos dice en Colosenses.
Aquí
podemos entender que ser lleno del Espíritu implica que
la palabra de Cristo more en abundancia en nosotros. Normalmente
nosotros entendemos que la experiencia con el Espíritu
Santo implica algo así como místico, algo que
produce alboroto. Sin embargo, a la luz de la palabra, podemos
entender que ser lleno del Espíritu Santo, significa
ser lleno de la palabra de Cristo. ¡Bendito sea el Señor!
Dice:
"No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución".
La palabra disolución significa desenfreno, falta
de control. Yo creo que muchos de los que estamos aquí,
alguna vez, nos embriagamos con vino, y conocemos muy bien cuál
es el resultado: desenfreno, disolución.
El
vino aparece aquí como un elemento negativo, pero que,
de alguna manera, representa al Espíritu Santo, porque
también el Espíritu Santo es conocido como el
vino de Dios. El vino produce un efecto que toma control sobre
nosotros y nos lleva al desenfreno.
Dice
la palabra que sin profecía el pueblo se desenfrena.
Si la palabra de Dios no mora en abundancia en nuestros corazones,
correremos la suerte de un embriagado con vino. ¡Oh hermanos,
cuán importante se hace entonces en este tiempo el ser
llenos de la palabra de Cristo! "No os embriaguéis
con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos
del Espíritu".
Nosotros
normalmente entendemos la palabra llenos y lo primero que se
nos viene la mente es un vaso, un vaso que contiene un líquido.
La palabra lleno en el griego tiene una aplicación mucho
más amplia que esto. También entendemos como lleno,
un barco con una vela. Cuando la vela es soplada por el viento,
puede dirigir, puede conducir, puede mover ese barco. Podemos
entender que esa tela está llena, llena de viento, que
permite que la nave se desplace, sea conducida.
Pero
en un sentido más estricto, la palabra lleno implica
control, control absoluto. Una persona llena del Espíritu
Santo puede estar sentada allí, en el último asiento
y puede tener control absoluto de todas las cosas que están
ocurriendo a su alrededor. No es necesariamente una persona
que esté saltando o esté danzando. Una persona
llena del Espíritu Santo tiene control de todas las cosas.
Puede estar firme contra la adversidad. "Estad quietos
y conoced que yo soy Dios", dice el Señor. De manera
que la palabra lleno implica control.
En
un sentido negativo también aparecen en las Escrituras
algunas alusiones a la palabra lleno. Podemos citar algunas:
"Llenos de ira ... llenos de amargura ... llenos de envidia".
Esa palabra implica que esa persona está dominada por
esas emociones, y su vida estará en función de
ese sentimiento, de esa emoción que le embarga.
¿Que
pasará entonces si estamos nosotros llenos del Espíritu
Santo? Un absoluto control sobre las cosas; libres de todo desenfreno,
libres de la locura. Necesitamos el control, el gobierno, del
Espíritu Santo en nuestros días. El Espíritu
Santo vino para guiarnos a toda verdad y a toda justicia.
Antes
de partir, el Señor Jesucristo dijo: "Yo nada hago
por mí mismo. Según veo hacer al Padre, eso hago
... según oigo, así juzgo". ¿Y qué
dijo del Espíritu Santo? "Él os enseñará
todas las cosas ... tomará de lo mío y os lo hará
saber". 'Mis palabras tendrán sentido cuando venga
el Espíritu Santo sobre vosotros'. Él les dijo:
"El Espíritu Santo está con vosotros",
pero luego les dice: "Estará en vosotros".
¡Bendito sea el Señor!
También
hemos recibido en estos días una palabra respecto de
la relación que existe entre el Padre y el Hijo, en esa
comunión íntima, en la cual el Señor nos
dice que también nosotros vamos a participar. Y es legítimo
que así sea, "...porque ahora yo voy al Padre, y
os conviene que yo me vaya, porque si no me fuere, el Espíritu
Santo no vendría sobre vosotros".
Los
discípulos se llenaron de tristeza, pero el Señor
Jesús les dijo que convenía que él se fuera.
A nosotros quizás, en los momentos de dificultad, donde
todas las cosas se trastocan, cuando los montes se abalanzan
sobre nosotros, también se nos podría venir a
la mente pensar: '¡Oh, si el Señor estuviera aquí!
Si él estuviera presencialmente aquí, ¡qué
diferentes serían las cosas!'. Pero el Señor Jesús
dijo: "Os conviene que yo me vaya". ¡Gracias
al Señor, porque él se fue, porque el Espíritu
Santo vino! Ahora, el Señor Jesucristo no sólo
está con nosotros, sino que está en nosotros,
por el Espíritu.
El
apóstol nos sugiere que nosotros seamos llenos del Espíritu,
que la palabra de Cristo more en abundancia en nuestros corazones,
para que tengamos control sobre nosotros mismos, para que se
cumpla lo que el Señor Jesús dijo: "Si me
coméis, viviréis por mí". ¿Y
qué significa comer a Cristo? En ese momento el Señor
percibió que los apóstoles, que eran judíos,
se habían ofendido, y les dice: "¿Esto os
ofende?".
Ciertamente
esta palabra sin la luz del Espíritu es incomprensible.
'¿Cómo es posible que comamos a Cristo y bebamos
de su sangre?'. Era contrario a lo que ellos habían aprendido,
era contrario a la ley. Sin embargo, el Señor Jesús
les dice: "El que come mi carne y bebe mi sangre...".
Y luego agrega: "La carne para nada aprovecha, las palabras
que yo os he hablado son espíritu y son vida".
¿Qué
necesitamos en estos días? Comer de Cristo. "El
que me come, vivirá por mí". "Tendrá
las mismas experiencias que yo tengo al estar en comunión
perfecta con mi Padre". "Y aun cosas mayores que éstas
haréis...". ¿Queremos tener la misma experiencia
de relacionamiento, de mutualidad, de dependencia del Señor
Jesucristo con su Padre? ¡Amén! Y eso será
una realidad en nosotros. ¡Bendito sea el Señor!
"El
que me come vivirá por mí". Por tanto, hermanos,
junto con arrepentirnos, bien hacemos en volvernos a las sanas
palabras de nuestro Señor Jesucristo, y que éstas
moren en abundancia en nosotros. Volvamos a considerar las palabras
que salieron de la boca del Maestro.
Volviendo
a la Palabra
Normalmente,
cuando nos alejamos del Señor, nos alejamos de su Palabra.
¿Ha podido ver eso usted? "Me dejaron a mí",
dice el Señor. Y en otro lugar dice: "Dejaron mi
ley". "Dejaron mi palabra. Mi palabra dejó
de ser atractiva para ellos, y se llenaron de otras cosas".
La Palabra producirá un efecto dentro de nosotros, porque
ella actúa poderosamente en los creyentes.
También
se nos exhorta a volver a las sendas antiguas, en el sentido
de tener fe. Pero, ¿qué implica tener fe? "Porque
la fe viene por el oír, y el oír, por la palabra
de Dios". ¿Queremos alcanzar buen testimonio de
haber agradado a Dios por la fe en estos días? Necesitamos
que la palabra de Cristo more en abundancia en nuestros corazones.
Dios
llama a las cosas que no son como si fuesen. Por la fe entendemos
haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de
manera que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía.
Y esa misma palabra, la palabra viviente del Dios vivo y verdadero,
es la que está en nuestros corazones hoy, y tiene el
poder de actuar poderosamente en los creyentes. Y en este sentido,
nos estamos volviendo a las sendas antiguas, a la fe. Y volvernos
a la fe implica, primeramente, volvernos a la Palabra. De manera,
hermanos, que el arrepentirnos va implicar un vivir saludable
delante del Señor.
"...hablando
entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales,
cantando y alabando al Señor en vuestros corazones; dando
siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro
Señor Jesucristo". "En el nombre de nuestro
Señor Jesucristo", no sólo significa declarar
el nombre de nuestro Señor Jesucristo, sino más
bien por medio de él, por medio de la vida de él.
"Todo lo que digáis y hagáis, hacedlo por
medio de él". Normalmente pensamos que hacer algo
en el nombre del Señor Jesús es declarar: '¡En
el nombre del Señor Jesús!'. Es mucho más
que eso.
"...hablando
entre vosotros con salmos...". ¿Qué significa
esto? ¿Qué son los salmos? Son las palabras de
Dios, inspiradas por Dios. Los cánticos espirituales
son los cánticos que manan de la palabra. ¡Qué
hermoso es cuando alabamos al Señor inspirados por las
Escrituras! Son palabras que tienen un trasfondo, y que implican
previamente haber vivido una experiencia con Dios. Porque ciertamente
las Escrituras, todos los hechos, todas las obras de Dios, primeramente
ocurrieron y después fueron escritas. Están llenas
de una experiencia de vida, de un camino probado. Y, por excelencia,
el Señor Jesucristo es el camino probado, recorrido.
¡Bendito sea el Señor! El camino del Señor
Jesucristo es un camino que ha sido transitado, y ha sido aprobado.
Ciertamente
Israel se apartó de Dios, la iglesia también se
apartó de Dios. En los tiempos más oscuros de
la historia de la iglesia, la palabra fue retirada, la palabra
estuvo escondida. No hace mucho tiempo que la palabra nuevamente
cobró vigencia.
Así
también, en los tiempos de mayor oscuridad para Israel,
la ley había desaparecido, y hubo un rey que se volvió
al Señor y encontró la ley. La encontró
como enterrada, envuelta en el polvo. Hermano amado, hermana
amada, ¿cuánto tiempo hace que no lees las Escrituras?
¡Llenémonos de la Palabra!
Ciertamente,
la experiencia de Israel fue apartarse de Dios. La iglesia,
de igual manera. Pero hay Uno que nunca se apartó de
Dios, y éste es el Señor Jesucristo. Él
nunca se apartó de Dios. Solamente en un momento, Dios
escondió su rostro de él, pero no fue por causa
de él, sino por causa de nosotros, por causa de nuestro
pecado. Él clamó: "Dios mío Dios mío
¿porque me has desamparado?". ¡Bendito sea
el Señor!
Por
tanto, hermanos, consideremos en estos días la obra del
Espíritu Santo, el rol que tiene el Espíritu Santo
en estos días. ¿Qué haremos? ¿Cómo
hemos de volver a las sendas antiguas? ¿Cómo hemos
de enmendar nuestro camino? ¿Cómo hemos de corregir
lo defectuoso?
El
Espíritu Santo está presente para guiarnos a toda
verdad y a toda justicia. Demos lugar al Espíritu en
estos días. ¡Que el Señor nos socorra!
Transcripción:
Hno. Samuel San Juan Rebolledo