Mensajes desde Centenario

Consagrar la vida al Señor y decidir seguir en pos de él tiene un alto costo, pero al mismo tiempo es un gran privilegio.

La senda de un nazareo

César Albino C.

Lectura: Números 6: 1-12.

En el Antiguo Pacto, se hacía voto de consagración para dedicarse a Jehová. El nazareato consistía en apartarse voluntariamente, exclusivamente para Dios por un tiempo determinado. El nazareo era un consagrado al Señor.

El nazareato es parecido al discipulado en el Nuevo Testamento. El Señor Jesucristo, hablando acerca del llamamiento a los discípulos dice: "Si alguno quiere venir en pos de mí" –sepa lo que tiene que empezar a vivir de aquí en adelante–, "niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame" (Luc. 9:23).

El nazareato solía ser temporal, mas para nosotros, los que en esta dispensación de la gracia hemos consagrado nuestra vida al Señor, es para siempre. ¡Qué privilegio para un hombre que ha sido regenerado, que ha sido alcanzado por su gracia! ¿Cómo podría vivir indiferente, sin consagrar el resto de su vida al Señor, habiendo sido recogido por misericordia?

Todos los que hemos creído en el Señor Jesucristo tenemos la misma fe, somos hijos de Dios; aun así, hay sólo un pequeño remanente que quiere seguir al Señor santificándose para él, viviendo por él y para él.
La iglesia está viviendo un período muy precioso de frutos, de palabra, de revelación; pero creo que en estos días el Señor quiere algo más de nosotros: quiere que le sirvamos como nunca antes lo hemos hecho. A medida que pasa el tiempo, el camino se nos va estrechando, pero aquel que está mirando al Señor, cuanto más lo ve, más lo conoce y más lo ama; más quiere entregarse por completo. A medida que se va acercando a él se da cuenta que todo lo del mundo es pasajero y es vano. Las luces del mundo, la gloria de los hombres, para él no tienen sentido. Su gozo, su alegría, todo, está en el Señor.

El nazareato perfecto de Jesús

No podemos dejar de hablar del nazareo perfecto: nuestro bendito Señor Jesucristo. Su manera de ser, su estilo de vida, en todo fue impecable. Todo el tiempo estaba consagrándose a su Dios, nada hacía por su propia cuenta. Vivió el nazareato perfectamente. Él fue intachable hasta su muerte en la cruz, y por esa causa fue levantado de entre los muertos.

En Juan 4:34, él dice: "Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra". En otras palabras, "Yo no tengo otra manera de vivir; es Dios conmigo. Solamente lo amo a él, estoy pendiente de él, y hago lo que él quiere. Esto es todo lo que tengo que hacer en la tierra: la voluntad de mi Padre".

En el Salmo 22:6, siendo él Dios, siendo el creador de los cielos y de la tierra, declara:"Yo soy gusano, y no hombre". En todo orden de cosas, él mostró lo que es honrar a Dios. Nunca se asomó en él la vanagloria. Siempre vivió una vida crucificada, no haciendo ostentación de lo que él era. Cuando Pedro proclama la revelación más grande del Mesías en la tierra, él les manda que no lo digan a nadie. Cuando el pueblo quiere hacerlo rey, por las maravillas que hacía, se va al monte, a la soledad. En realidad, siempre vivió una vida consagrada, un estilo precioso de vida delante del Padre. Ejemplo nos dejó él para seguir sus pisadas.

"Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa; tú sustentas mi suerte ... Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre" (Salmo 16:5, 11). El Señor tuvo una consagración perfecta. Él sabía que sólo en la presencia de Dios estaba todo su contentamiento, toda su alegría y todo su gozo.

La abstinencia del vino

El nazareo debía observar varias abstinencias. Una de ellas era la del vino. "Y el vino que alegra el corazón del hombre, el aceite que hace brillar el rostro, y el pan que sustenta la vida del hombre" (Salmo 104:15).
El vino representa las cosas que alegran en el mundo, lo que el hombre anhela o valora muy alto. Es el goce terrenal, pasajero, aquel que llena momentáneamente el corazón del hombre y que lo lleva hasta llegar a creerse algo, cuando en el fondo no es nada. Cuando un hombre está con algunas copas en su cabeza, se envalentona y comienza a hablar, y no hay quien lo detenga. Es el estilo de vivir, la alegría vana del hombre.

¿En qué se alegra el mundo hoy? En una película, en un partido de fútbol; con algún líder político, con un cantante. Llega hasta a emocionarse, a saltar y a gritar. Es todo lo que el mundo busca: el dinero, el bienestar material. Su disfrute está en tener muchas cosas. "Alégrate, alma mía, muchos bienes tienes". En cambio, para un nazareo, su gozo es Cristo y sólo Cristo. Nada más que eso le llena. Todo lo demás pierde su brillo. Lo único que brilla delante de sus ojos es su precioso Salvador y Señor.

Que el Señor nos conceda la dicha de poder gozarnos sólo en Cristo. Que nuestra alma, si quiere danzar, o si tiene que llorar de alegría, sea por Cristo y sólo él. Que no sea el gozo terreno, pasajero, liviano.
Para un nazareo, su gozo siempre será Cristo. No depende de las circunstancias de la vida, de cómo le está yendo, sino de que Cristo es su todo. Los demás podrán relajarse, pero el que ha decidido seguir en pos de Cristo no puede estar sin contemplarle, sin orar, sin bendecirle, sin leer la Escritura, sin servirle. Es imposible. No puede encontrarle sabor a otra cosa. Su deleite, su gozo, su copa, su herencia, su todo, es Cristo y sólo Cristo.

Que el Señor nos conceda el privilegio de amarle y servirle de verdad. Otros cristianos pueden relajarse, otros pueden darse libertad en la carne. Pero el nazareo dice: "No, "todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica ... todas las cosas me son lícitas, pero yo no me dejaré dominar de ninguna", por cuanto he decidido consagrar mi cabeza al Señor".

Que no se debilite nuestro corazón cuando algunos cristianos blasfeman contra el Señor con sus palabras ociosas, sus actitudes, su manera de vivir. Aunque todos los demás sean livianos, nosotros hemos decidido servir al Señor, y servirle hasta cuando él venga.

El dejarse crecer el cabello

La abstinencia del vino representa la renuncia al goce terrenal. Pero había otra abstinencia más: el nazareo no pasaría navaja sobre su cabeza, dejaría crecer su cabello.

1 Corintios 11:14 dice: "La naturaleza misma ¿no os enseña que al varón le es deshonroso dejarse crecer el cabello?". Los que quieren vivir una vida justa y piadosa, tendrán que perder su dignidad natural, sus derechos. El varón debería cortarse el cabello, pero si se lo deja crecer es como perder esa dignidad. Esto significa que un consagrado nunca tendrá que reclamar derechos y hacerse justicia por sí mismo, sino siempre esperar en el Señor.

Los discípulos saben que no tienen que reclamar justicia. Lo natural es decir: "Tienen que hacerme justicia". Algunos declaran: "El Señor me hará justicia". Pero según esta regla del nazareato, él pierde toda su dignidad.

"De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía, porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres?" (1 Cor. 3:3). Si nos decidimos a andar como hombres y no como siervos, entonces reclamaremos nuestros derechos, exigiremos que se nos haga justicia. "Yo tengo que salir adelante, yo tengo que decir la última palabra". El hombre natural lucha hasta salir favorecido. Eso hace el común de los hombres. Pero uno que ha decidido seguir al Señor de verdad, esperará sólo en el Señor. No puede reclamar derechos: tiene que tomar la cruz.

El no contaminarse con muertos

Otra abstinencia del nazareo era de no tocar muertos. Romanos 8:6: "Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz". Cuando leemos en Números 6, pareciera injusto que si alguien cayese súbitamente muerto junto a un nazareo, aunque éste no tenía la intención de estar con él, contaminaba su cabeza, y tenía que hacer un sacrificio expiatorio para librarse de esa culpa.

¿Qué significa esto para nosotros? En esta generación tan maligna y perversa pareciera tan difícil ser fiel, ser santo. El enemigo nos bombardea con cosas pecaminosas de todos lados. En estas condiciones, ¿quién podrá ser nazareo, quién podrá ser un discípulo que agrade el corazón del Señor? Pero me consuelan estas palabras: "Cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia" (Rom. 5:20).

De manera que en esta mala generación, si el hombre o la mujer deciden consagrar de todo corazón su vida al Señor, tendrá la asistencia de la gracia para ser fiel, más de lo que piensa o entiende. Porque la gracia capacita al hombre, le da autoridad, le socorre para salir adelante y enfrentarse a todas las vicisitudes de la vida. Os digo una cosa: que cuando el Señor venga, muchos nazareos estarán en pie para recibirlo.

Los nazareos tendrán que huir de toda palabra corrompida, de pensamientos desordenados, de chismes y murmuraciones. Cualquiera de estas cosas nos contamina, y a veces somos participantes de ellas, y hasta las aprobamos. Hay gente murmuradora aun en medio de la casa del Señor. El que ha decidido consagrarse al Señor tendrá que huir de toda forma de muerte. "El que es santo, santifíquese todavía" (Ap. 22:11). La gracia está disponible para todos los que quieran santificarse y agradar al Señor.

El nazareo no debía contaminarse ni por su padre ni por su madre, ni por sus hermanos. Esto se relaciona con los afectos familiares. Cuando en la iglesia hay una disciplina que involucra a alguien de la familia, algunos parientes suelen tomar partido a favor del afectado. Si es disciplinado un esposo, una esposa o un hijo, los demás se debilitan y dicen: "Sí, fueron muy duros con él, o con ella", y generalmente se apartan de la comunión.

Un nazareo dirá: "El Señor tiene razón, él hizo lo correcto. En cuanto a mí, seguiré adelante, amando al Señor. Dios es el que hace justicia, yo no reclamo nada, ni puedo detenerme por mi padre ni por mi madre".

Qué similitud hay entre lo que el Señor dice: "Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo" (Luc. 14:26). Cuando su madre y sus hermanos vienen a buscarle, él dice, señalando a sus discípulos: "He aquí mi madre y mis hermanos" (Luc. 12:49). ¿Es que no amaba a su madre, es que no amaba a sus hermanos? Sí los amaba. Pero su todo era Dios. Él les estaba dando una enseñanza a sus discípulos: que primero está él. Primero está el Señor, antes que tu esposa y que tus hijos, antes que todos tus familiares, por muy amados que sean.

Un nazareo desecha esa alianza natural, y dice: "Yo soy de Cristo, y en primer lugar voy a agradar a mi Señor". No es porque no ame a su familia. Los hijos tendrán que honrar más que nunca a sus padres, el esposo a la esposa, y la esposa a su esposo; pero primero está el Señor. Cuando José y María buscaban al niño Jesús, él les dijo: "¿No sabíais vosotros que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?". Fue intachable en su conducta con sus seres queridos, pero he aquí le vemos decidido por sobre todo a consagrar su cabeza a Dios su Padre. Que el Señor nos conceda esa dicha también.

Amamos mucho a todos nuestros familiares, pero el Señor es más precioso. Es más digno de seguirle, de amarle con todo el corazón. Y cuando le amamos así, parece que sube más amor por los hijos y más amor todavía por la esposa o por el esposo.

En realidad, la satisfacción del discípulo, del nazareo, solamente está en su Señor.

La expiación por la culpa

"Y consagrará para Jehová los días de su nazareato, y traerá un cordero de un año en expiación por la culpa; y los días primeros serán anulados, por cuanto fue contaminado su nazareato" (Lv. 6:12).

Cuando empezamos a contaminar nuestro nazareato por una u otra causa, se empieza a perder el gozo, el Espíritu se va apagando, no hay sensibilidad ni discernimiento, no hay sabiduría, sino frustración y desánimo. ¡Qué tremendo es no percibirlo, como le pasó a Sansón, que cuando mancilló su nazareato, cesó el poder de Dios en él!

Si el nazareo pecaba, tenía que presentar un sacrificio expiatorio. Pero lo terrible era que los primeros días de su consagración eran anulados. Cuando caemos en pecado, poco a poco nos vamos apartando del Señor, y hasta nos separamos de la comunión, nos vamos.

Cuando alguien se aleja de la comunión, y más tarde vuelve, suele querer ocupar el mismo lugar que antes dejó. Y pronto empieza a alzar la voz, queriendo ser tomado en cuenta. Pero, de acuerdo al ejemplo del nazareato, los días de su primera consagración son anulados. Entonces, tendrá que volver al punto en el cual cayó, y desandar lo que anduvo con su cabeza contaminada. Durante el período en que él estuvo lejos, pasaron muchas cosas preciosas en la iglesia –hubo edificación, hubo disciplina, hubo gozo, fuimos transformados un poco más a la imagen del Señor Jesucristo– pero él quedó rezagado. Si pretende seguir sirviendo al Señor con su cabeza mancillada, con su corazón contaminado, todo el pueblo se da cuenta, todos los hermanos se dan cuenta. No hay virtud, no hay gracia, no hay sabiduría, no hay discernimiento.

Sí, los primeros años son anulados, pero hay esperanza de restauración para quienes han mancillado su nazareato, porque Dios es bueno y Dios es fiel, y porque la sangre expiatoria de Cristo está vigente para salvar.

Consagrar la vida al Señor y decidir seguir en pos de él tiene un costo muy alto, pero al mismo tiempo es un privilegio tremendamente grande. El Señor es precioso. Por tanto, es mejor consagrar la vida al Señor que vivir en los deleites temporales del pecado. Tenemos que amarlo, tenemos que seguirlo de todo corazón. El llamado para un nazareo o un discípulo es a andar como Cristo anduvo. La demanda es alta.

Si alentamos a los hermanos, a los hijos, a la esposa, que hay que consagrarse de verdad; si les decimos en seguida la verdad a los que vienen llegando –que Dios es santo–; si eso les va a caer como fuego en el corazón, y de ahí van a empezar a crecer en Cristo, vamos a dejar edificado su corazón con la palabra de verdad, y tal será su consagración en los días venideros.

Que el Señor nos conceda esa dicha.

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