Mensajes desde Centenario

La invitación del escritor sagrado a entrar en el Lugar Santísimo puede no hallar eco en nuestro corazón, porque la cojera nos impide avanzar hacia una intimidad con el Señor.

Teniendo libertad para entrar

César Albino C.

Lecturas: Hebreos 10:10-22, 9:11-12, 23-24; 12:12-17; Salmo 27:4; 84:1-4.

Después de ver al Señor en la Escritura ofreciéndose por nosotros, realizando una obra perfecta para ser limpios de nuestros pecados, Hebreos 10:19 nos dice: "Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo, por la sangre de Jesucristo...".

Antiguamente, sólo el sumo sacerdote podía entrar a ese lugar, con una sangre que era ajena, para expiar los pecados del pueblo. Este sacerdocio era humano, imperfecto; los sacerdotes morían y por generaciones se repetían los ritos, año tras año. Pero, en el Nuevo Pacto, el Señor se ofreció a sí mismo por nosotros. Por medio de su sacrificio, hoy día nosotros tenemos libre entrada. Por el hecho de que Jesucristo ya entró, también nosotros podemos entrar. Esta es la gracia, la bendición más grande que le ha acontecido a un creyente.

Cuán amables son las moradas del Señor

"Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré; que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo" (Salmo 27:4). Ahora esta palabra tiene cumplimiento en nosotros. Cuando no teníamos entrada al Lugar Santísimo, no podíamos hacerlo. A lo más, podía ser un anhelo, pero casi con espanto. Sin embargo, ahora que el velo está roto, podemos entrar nosotros también. Y no sólo por un tiempo: podemos estar todos los días, para inquirir, para contemplarlo, para adorarlo, para bendecirlo, para admirarlo.

Estamos en la casa del Señor, estamos delante de él. Él ya no habita en una casa hecha de manos. (En realidad, Dios es demasiado grande: el cielo es su trono y la tierra es el estrado de sus pies). Ahora podemos adorarlo. Ahora podemos decir: "Esto te pido, Señor: que esté delante de ti todos los días de mi vida. Eres tan hermoso, que no quisiera dejar de contemplarte. Quisiera enamorarme cada día más de ti".

A veces nos cuesta adorar al Señor con libertad. Y es necesario que el Señor nos revele un poco más, y nos diga: "¿Qué impide que tú adores, si el velo está roto para entrar? Si puedes contemplar y adorar, ¿por qué no lo haces?". Pareciera que tiene que empujarnos un poco, y decirnos: "¿No te das cuenta que el velo está roto; que tienes acceso libre para venir delante de mí. ¿Por qué estás como triste? ¿Por qué estás como desconsolado? ¿Por qué estás como si no tuvieras Dios?".


"¿No te das cuenta que el velo está roto;
que tienes acceso libre para venir delante de mí?"


"¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos! Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová; mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo. Aun el gorrión halla casa, y la golondrina nido para sí, donde ponga sus polluelos, cerca de tus altares, oh Jehová de los ejércitos, Rey mío, y Dios mío. Bienaventurados los que habitan en tu casa; perpetuamente te alabarán" (Salmo 84:1-4).

Ahora sí podemos decir: "Cuán amables son, Señor, tus moradas". Es por eso que mi alma anhela ardientemente, y mi carne puede cantar ahora, porque ya no hay estorbo. Podemos adorarlo, podemos bendecirlo, y esto no es por mérito humano. Pudiera decir alguien: "Yo no tengo mucho tiempo en la iglesia". Aquel que ha sido limpio por la sangre del Cordero, tiene acceso para entrar en el Lugar Santísimo no importa si es un recién convertido. Él también puede estar todos los días, todos los minutos, todas las horas, para adorarlo y bendecirlo.

"Aun el gorrión...". Esta expresión tiene una hermosa aplicación espiritual. Este gorrión representa a aquellos que a veces se sienten como menospreciados, como no tomados en cuenta. Ustedes saben que el gorrión es dañino, nadie lo quiere en los sembrados. Pero "aun el gorrión halla casa cerca de tus altares, oh Señor de los ejércitos". ¿Habrá algún hermano que se siente como menospreciado en el lugar donde trabaja, o en su casa, o se siente el más pequeñito en medio de la casa del Señor? Pues, aun ese gorrioncillo tiene un lugar en el corazón del Señor. Nos gustaría tener en la casa del Señor puros hermanos santos, hermanos que no dan problemas. Pero aun para aquel que es débil y cae en diferentes flaquezas, aun para ese hermano hay un lugar en el corazón del Señor, y puede estar delante de él también; él no lo desechará.

La sanidad del cojo

La primera palabra que leíamos en Hebreos 10 es una exhortación. "Así que, hermanos, teniendo libertad ... acerquémonos con corazón sincero". Pareciera que teniendo esta libertad, no la disfrutamos; pareciera que algunos, teniendo libertad, no entran.

Vamos a ir a Hechos 3, al episodio de la curación del cojo en la puerta del templo, y vamos a descubrir por qué muchas veces, teniendo libertad, no entramos. Pedro y Juan iban a orar. A la entrada había un cojo de nacimiento. Él no podía caminar; no se valía por sí mismo. Nos preguntamos: ¿No se daba cuenta que detrás de esa puerta los apóstoles oraban con denuedo, y que el fuego de Dios se hacía sentir? Seguramente él conocía a Pedro y a Juan, pero no se le ocurrió pedirles que orasen por él. No, a él le interesaba vivir de las limosnas.

Pero llegó el día para este hombre. Cuando Pedro le habló, y le restableció sobre sus pies, entró con los apóstoles en el templo. Ya no se quedó afuera pidiendo limosna. Fue hecho también partícipe de la gloria que se vivía en ese lugar. De la misma manera, algunos de nosotros, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo, vivimos de la fe de otras personas, de otros que sí entran y pueden inquirir. Teniendo el mismo privilegio, nos quedamos a la entrada. Los hermanos adoran, los hermanos tocan al Señor, pero nosotros no. Los otros se extasían contemplando al Señor en su hermosura, pero no nosotros no podemos. Estamos duros, fríos, sin expresión de nada.

Estamos como aquel cojo, como los que dicen: "Hermanos, oren por mí, por favor". Como los que viven de la fe de otros, de las oraciones de otros, del testimonio de otros. A veces se llena de gloria el lugar donde nos reunimos, y tocamos al Señor, y los que no pueden entrar también son tocados un poco, les cae un rocío superficial de esa gloria, pero no les dura mucho; antes de llegar a su casa ya se les ha ido. Viven de la fe de otros.

Con esto no quiero decir que no dependemos los unos de los otros; siempre nos vamos a necesitar, siempre oraremos por los hermanos. Pero hablo de aquellos que, teniendo libertad para entrar, no la aprovechan. A veces, alguien nos dice: "Hermanos, vengan por favor a orar por mi hijo, vengan a compartirle del evangelio a mi sobrino". ¿Pero, él no puede hacer una oración? ¿Él no puede dar testimonio, teniendo el mismo privilegio? ¿Por qué tiene que vivir de la fe de otros? ¿Qué diferencia hay entre uno y otro? La sangre del Cordero también es suya; todo nos ha sido dado de gracia.

Los tipos de cojera

¿Cuál será nuestra cojera? ¿Por qué no podemos entrar en el Lugar Santísimo? ¿Por qué no podemos deleitarnos en su presencia? ¿Por qué no podemos decir: "Cuán amables son, oh Jehová, tus moradas"? En Hebreos 12, el Señor nos alumbra acerca de cuál puede ser nuestra cojera.

"Por lo cual, levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas; y haced sendas derechas para vuestros pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado. Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados; no sea que haya algún fornicario, o profano, como Esaú, que por una sola comida vendió su primogenitura. Porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas" (Hebreos 12:12-17).

"Seguid la paz con todos". En esta frase descubrimos una cojera. Si yo no tengo paz con todos, nunca experimentaré el gozo en el espíritu. Por más que haga un esfuerzo por quebrantarme, emocionarme y hasta llorar, si no sigo la paz con todos, la conciencia me acusará y no podré estar libre en el Lugar Santísimo. Si no hay paz, si no estamos en comunión con la familia, con la esposa, con los hijos, con los hermanos, con los vecinos, o donde trabajo; si hay algo que me estorba, no voy a poder alegrarme nunca. O si lo logro, va a ser sólo momentáneamente.

Pero hay otra palabra más: " ... y la santidad". Seguir la santidad. No se trata sólo de apartarnos de algo tan horroroso como la fornicación o el adulterio. También eso, pero hay cosas más pequeñas. A veces es lo que miro, lo que leo, lo que digo, cuáles son mis meditaciones profundas, y muchas cosas más.

"... Brotando alguna raíz de amargura". Aquí hay otra cojera más. Raíces de amargura: tal vez algún problema, alguna dificultad con un hermano, o la falta de perdón. ¿Qué hay en el corazón? Si estamos todos sanos, si no hay raíces de amargura en el corazón, entonces podremos tocar al Señor, y nuestras palabras serán dulces para él.

Otra cojera espiritual está ejemplificada en el caso de Esaú. Él menospreció la bendición que significaba ser el primogénito. No la consideró. Podría ser también que nosotros no consideremos la bendición que nos ha concedido Dios al revelarnos a su Hijo. O que lleguemos a pensar que esto es simplemente un buen camino, como muchos dicen: "El evangelio es un buen camino; hay que seguirlo, porque hay paz", pero no amarlo; darle poca importancia al Señor, sustituirlo por cualquier otra cosa.

Estas son algunas de las cojeras que podemos mencionar, pero hay muchas más. Revisemos nuestro corazón; tal vez podamos identificar alguna parálisis, alguna cojera espiritual. ¿Por qué no puedo gozarme, por qué no puedo alegrarme? ¿Por qué otros entran y yo no puedo? ¿Por qué vivo de la fe de otros?


Revisemos nuestro corazón; tal vez podamos identificar
alguna parálisis, alguna cojera espiritual.


Quiero alentar a los hermanos que se sentían como que no estaban aptos para hacer una oración por su hijo, o para compartirle el evangelio a un vecino o a un familiar. A veces tienen que llamar a un siervo del Señor para que vaya. Y cuando no se puede, el vecino tiene que esperar la salvación. ¿Cómo es posible eso? No vivamos como el cojo, pidiendo a los que entraban: ahora nosotros también tenemos entrada al Lugar Santísimo. ¡Aprovechemos esta oportunidad, esta bienaventuranza! Pidamos al Señor que sane nuestra cojera. Nosotros también podemos entrar, todos tenemos el mismo privilegio, la misma bienaventuranza.

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