Lecturas:
Juan 1:1-18, Hebreos 10:5-10.
El
glorioso evangelio de nuestro Dios, se remonta desde el principio
de la eternidad. El evangelio según San Juan, comienza
así: "En el principio era el Verbo, y el Verbo era
con Dios, y el Verbo era Dios". Esta buena noticia, esta
buena voluntad de Dios para con los hombres estaba en la eternidad,
en Jesucristo.
Hasta
nuestros días, Dios ha tratado con el hombre de diferentes
maneras. La palabra citada dice: "Pues la ley por medio
de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron
por medio de Jesucristo".
La
ley vino de Dios. La ley es santa, justa y buena; fue dada por
medio de Moisés, un hombre terrenal. En contraste a eso,
la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo, el hombre
celestial, que no es de la tierra, sino del cielo.
Romanos
3:20 dice: "Ya que por las obras de la ley ningún
ser humano será justificado delante de El , porque por
medio de la ley es el conocimiento del pecado". Mas, ¿qué
dice la gracia?: "Justificados pues por la fe tenemos paz
para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo".
Este
es el propósito de la ley: alumbrarnos de que, humanamente,
somos incapaces de cumplir las demandas de Dios. Sin embargo,
el pueblo judío no lo entendió así. Aun
más, ellos se gloriaban en la ley. Y la ley no cumplió
su objetivo en ellos; más bien, los cegó para
no conocer su propia realidad, su propia naturaleza. La voluntad
de Dios es que los hombres se conozcan pecadores, incompetentes
para responder a las justas demandas de Dios, de manera que
a través de este ayo vengan a Jesucristo - la gracia,
la verdad.
La
gracia de Dios consiste en aquella virtud suya de poder dar
algo a cambio de nada. Tener gracia implica tener solvencia
para poder entregar algo a cambio de nada. Y esta solvencia,
esta capacidad, esta virtud, está en Dios. Dios tiene
la capacidad de dar a cambio de nada. Esta gracia está
en Dios, y es abundante; es una riqueza muy grande.
Para
alcanzar la gracia de Dios, para que un hombre y una mujer se
pueda apropiar de ella, primeramente tiene que ser convencido
por el Espíritu Santo de que nada puede hacer en sí
mismo para agradar a Dios. De manera que los que reciben la
abundancia de la gracia son aquellos hombres y mujeres que se
saben incompetentes.
Nosotros
necesitamos crecer en la gracia. Hay un trono de gracia, y en
ese trono está el autor de ella. La Palabra dice que
nos acerquemos confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar
misericordia, y para hallar gracia para el oportuno socorro.
Necesitamos hallar gracia para vivir la vida cristiana, necesitamos
gracia de Dios para relacionarnos entre los hermanos, necesitamos
gracia de Dios para perdonar. Necesitamos crecer en la gracia.
La
gracia llega al hombre, o tenemos entrada a ella, por medio
de la fe. La fe es el don que nos conduce a la gracia. Necesitamos
gracia para vivir, gracia para juzgar, gracia para creer, gracia
para crecer, para reinar. Necesitamos gracia para ser salvos,
gracia para servir, gracia para ser salvos de nosotros mismos.
La mayor inversión que el Señor está haciendo
en este tiempo respecto de su gracia, es precisamente para que
seamos salvos de nosotros mismos.
Recientemente,
la Palabra nos ha hablado de ser salvos de nosotros mismos,
de convertirnos nosotros mismos a Dios. Porque, ciertamente,
nos hemos convertido del mundo a Dios, y de los ídolos
a Dios. Pero hay un aspecto en esto de convertirnos, y es convertirnos
de nosotros mismos a Dios. Necesitamos alcanzar esa gracia.
El
error de los gálatas
En
este tiempo, han aparecido muchos engañadores, de lo
cual el Señor nos ha estado hablando, lo que hace necesario
orar al Señor y pedir que él nos conceda espíritu
de sabiduría y de revelación en el conocimiento
de su voluntad, para que sepamos la esperanza a la cual hemos
sido llamados. Necesitamos espíritu de sabiduría
y de revelación para entender la gracia de Dios.
En
la epístola a los Gálatas se nos habla que vinieron
a esta iglesia, una iglesia gentil, ciertos judíos que
se habían convertido a Cristo. Eran cristianos judíos.
Aun cuando, en estricto rigor, no existen cristianos judíos
o cristianos gentiles - son cristianos, simplemente. Pero, para
poder explicar de mejor forma el trasfondo de esto, los identificaremos
así.
Ellos
vinieron a esta iglesia a inquietar a los cristianos que habían
recibido la gracia de Dios, que habían sido llamados
a ser libres. Vinieron diciendo: "Está bien, es
bueno que ustedes reciban al Señor Jesucristo, que reciban
el evangelio, las buenas nuevas; pero también es necesario
guardar la ley, específicamente en lo relacionado a la
circuncisión".
El
apóstol Pablo dice que estos hombres vinieron con esa
doctrina a fin de ser librados de la persecución de la
cruz. Ser salvos, hermanos, y entender la salvación de
Dios por gracia, implica persecución. Porque la gracia
de Dios significa creer y anunciar a Jesucristo, y a éste
crucificado. El apóstol Pablo dijo: "Pues me propuse
no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste
crucificado" (1ª Cor. 2:2).
Jesucristo,
absoluto, completo. Todo el don, toda la gracia, todo el poder,
toda la potencia, todo el favor, toda la misericordia de Dios,
reunida en él. "Consumado es", dijo el Señor
Jesús cuando murió en la cruz. Y esto implica
persecución, persecución de parte de aquellos
que quieren agradar a Dios en la carne.
Sin
embargo, los que se acogen a la gracia, dicen: "Yo nada
puedo hacer". Creen en la palabra del Señor Jesucristo
cuando dijo: "Separados de mí, nada podéis
hacer" (Juan 15:5). Estos hombres y mujeres que se acogen
a la gracia reciben -por revelación- luz, discernimiento,
entendimiento, sabiduría, para conocerse a sí
mismos. Y este conocerse a sí mismo implica un proceso
.
Estos
cristianos judíos, estos judaizantes, querían
introducir en la iglesia esta doctrina, este engaño.
Entonces, el apóstol Pablo se levanta con mucha fuerza
para defensa del evangelio eterno de nuestro Señor Jesucristo,
para hacer volver nuevamente a estos hermanos a Cristo, hermanos
que habían recibido al Señor y se les había
anunciado un evangelio de gracia, para librarlos de esta otra
corriente de doctrina, de querer hacer mezcla entre Moisés
y Cristo.
Entonces,
Pablo es muy severo con la iglesia, y les dice: "¡Oh
gálatas insensatos! ¿quién os fascinó
para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo
fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado?"
(Gál. 3:1) "¿Quién os fascinó...?".
Esta palabra, fascinar, significa hechizar. ¿Quién
hizo una obra de hechicería en vosotros? Si queréis
agradar a Dios en la carne, "...de Cristo os desligasteis,
los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis
caído" (Gál. 5:4). ¡Qué terrible
es desligarse de Cristo, caer de la gracia!
Yo
me pregunto: Si en ese tiempo de mayor gracia, de mayor fuerza,
de mayor poder - estaban los apóstoles presentes- apareció
este tipo de doctrina, ¿será posible que esto
también se repita en nuestro días? Sí,
puede aparecer de una manera muy sutil.
La
gracia de Dios nos lleva a humillarnos delante de Dios, nos
limpia de toda justicia propia y de toda presunción.
La gracia de Dios nos libra de considerarnos superiores a los
demás. La gracia de Dios nos ubica en un mismo plano,
de manera que ella nos liberta.
Cristianos
cansados
Yo
sé que hay muchos cristianos cansados hoy, y que el caminar
en Cristo les ha significado una pesada carga. Y Dios nos aconseja
que ninguno deje de alcanzar la gracia de Dios. La gracia de
Dios se alcanza; la gracia de Dios no se compra. Para recibir
gracia de parte de Dios, tú no tienes que llevar méritos
a cambio. Lo único que necesitas es humillarte, y pedir;
necesitas sentirte pobre, muy pobre, muy menesteroso, muy insuficiente.
¿Por
qué a muchos les cuesta tanto recibir la gracia de Dios?
¿Por qué cuesta tanto que los hombres vengan y
se acojan a Cristo? Porque en la naturaleza del hombre existe
un potencial, existe una presunción de poder hacer algo
bueno. Pero el Señor dice que en el hombre no hay nada
bueno, que ni lo bueno ni lo malo del hombre es recibido por
Dios. El Señor, al alumbrarnos de esta manera, nos está
librando. Esta liberación consiste en que no echemos
mano a lo que es nuestro.
¿Por
qué muchos cristianos están cansados y frustrados
hoy? Es precisamente porque han hecho mezcla entre la gracia
y la ley, la gracia con las obras.
La
gracia también nos libra de gloriarnos en nosotros mismos.
Y aquí también está presente la cruz. El
apóstol Pablo dijo: "...de buena gana me gloriaré
más bien en mis debilidades" (2ª Cor. 12:9).
¡Qué contradicción! Alguien podría
gloriarse en que todo lo puede, porque es fuerte, porque es
inteligente, porque es sabio. Pero el apóstol se gloriaba
en sus debilidades. ¿Sabes por qué? Porque decía
que el poder de Dios se perfeccionaba en la debilidad, y se
gloriaba en la cruz de Cristo.
¿Se
dan cuenta ustedes cómo la cruz está presente
en la gracia? Por tanto, lo que nosotros estamos recibiendo
y conociendo de parte de Dios, es un evangelio donde la cruz
esta implícita. La gracia nos libra de gloriarnos en
nosotros mismos.
Hermanos,
en esto de no gloriarnos en nosotros mismos, tenemos que entender
que nuestro corazón es engañoso. No es que nuestro
corazón sea engañado, sino que él nos engaña
a nosotros. Tenemos que tener cuidado. "Dame, hijo mío,
tu corazón, y miren tus ojos por mis caminos" (Prov.
23:26) "Engañoso es el corazón más
que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?"
(Jer. 17:9) "¿Quién podrá entender
sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos"
(Sal. 19:12).
En
muchos ambientes se da gloria a Dios. El Señor dijo :
"Este pueblo de labios me honra..." (Mt. 15:8). Es
muy probable que, si no conocemos la gracia de Dios en verdad,
nos dejemos algo de gloria para nosotros mismos. Aun cuando
con nuestros labios atribuyamos a Dios gloria, en nuestro corazón
está quedando un remanente de gloria para nosotros respecto
de una obra que puede ser genuina de Dios. Y esto nos encadena,
nos lleva cautivos.
Por
otro lado, si no hay frutos, si ya no camino con Dios, porque
estoy en un receso, o en un tiempo de disciplina, o caí
en pecado, o erré en el camino, entonces, en toda esta
frustración y este fracaso, de alguna manera quisiéramos
apropiarnos de aquellos hechos positivos, buenos, que hicimos
antes del tiempo de caer. Y para poder levantarnos, pensamos
que tenemos que hacer algo meritorio, y no entendemos que para
volver al principio tenemos que humillarnos delante de Dios
y arrepentirnos. No nos basta con eso.
El
hombre que se ampara en su propia justicia, es arrogante, es
menospreciador, se cree mejor que los demás. En el proceso,
en el caminar de la iglesia, existen muchos fracasos, muchos
tropiezos. El mismo Señor Jesús dijo que era imposible
que no vinieran tropiezos. En la iglesia, nosotros tenemos que
crecer y ser hombres y mujeres espirituales. El apóstol
dice: "Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna
falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu
de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que
tú también seas tentado" (Gál. 6:1).
De
manera que necesitamos la gracia de Dios para poder juzgar estas
cosas, porque con juicio se edifica la casa, y es necesario
que el juicio comience en casa. Pero, ahora, ¿cómo
hemos de juzgar? Hemos de juzgar con un espíritu de mansedumbre,
de restauración, con un espíritu redentor. Necesitamos
gracia para eso, y esta gracia permite que separemos el pecado
del pecador, para que condenemos el pecado, pero salvemos al
pecador. Entonces, si somos espirituales, en eso seremos evaluados.
Si tú tienes este espíritu, eres un hombre espiritual;
si no tienes este espíritu frente a este conflicto, entonces
eres un hombre carnal.
¿De
qué manera estamos juzgando? Esto tampoco significa que
vamos a hacer vista gorda a los pecados. De ninguna manera.
No vamos a encubrir, no nos vamos a prestar para eso. Pero,
¿cuál será nuestra actitud frente a esa
situación? ¿De qué manera vamos a juzgar,
con qué inteligencia, con qué sabiduría?
Necesitamos gracia de Dios. Nuestro hablar es consecuencia de
como entendemos las cosas espirituales; en ese camino son condicionadas
nuestras actitudes.
De
la manera en que entendemos las cosas, hablamos, y esto condiciona
nuestra forma de ser y de actuar. Tal es el pensamiento del
hombre, tal es él. ¿Cómo piensas tú?
Tu forma de pensar va a condicionar tu forma de hablar, y ésta
condicionará tu forma de actuar. La gracia nos limpia,
la gracia hace una separación. En la gracia está
presente la cruz de Cristo. ¡Bendito es el Señor!
Respecto
a la dispensación de la gracia, el Señor Jesús
vino, no para complementar algo que faltaba a la ley. De ninguna
manera. La venida del Señor Jesucristo conlleva un nuevo
pacto, una nueva alianza. El profeta Juan el Bautista viene
como uno que se pone en el medio, entre la dispensación
de la ley y de la gracia, como despidiendo a Moisés y
dando paso a Jesucristo. Porque el fin de la ley es Cristo.
"Dios,
habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo
a los padres por los profetas, en estos postreros días
nos ha hablado por el Hijo". ¿Eso significa que
no hay profetas hoy? El profeta representativo de la ley aquí,
es Juan. Pero hoy día hay profetas de una nueva dispensación,
la dispensación de la gracia.
La
iglesia tiene profetas. Hay apóstoles, profetas, evangelistas,
pastores y maestros. Y, ¿para qué están
éstos? Para apertrechar a los santos, para equiparlos,
a fin de que los santos edifiquen el cuerpo de Cristo que es
la iglesia, "...hasta que todos lleguemos ... a un varón
perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo"
(Ef. 4:13).
De
manera que vemos a Juan en este ministerio, introduciendo la
gracia, introduciendo a Jesucristo. "Este es aquel de quien
yo dije: Después de mí viene un varón,
el cual es antes de mí; porque era primero que yo"
(Juan 1:30). "Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia
sobre gracia" (Juan 1:16). ¿Hemos tomado de su plenitud?
Sí. El apóstol Pablo refiriéndose a la
iglesia dice: "...la cual es su cuerpo, la plenitud de
aquel que todo lo llena en todo".
"Pues
la ley por medio de Moisés fue dada, pero..." (Juan
1:17). Este pero es un pero de separación, es un cambio
de dispensación. Lo viejo queda atrás, y se introduce
lo nuevo. "...quita lo primero, para establecer esto último"
(Heb. 10:9). Y en esta voluntad hemos sido nosotros santificados.
¿Somos santificados por las obras de la ley? ¿Somos
santificados por hacer algo? No. En esta voluntad de Dios somos
santificados. ¡Bendito sea el Señor!
Por
tanto, hermanos, no aceptemos ningún tipo de mezcla.
Porque hay muchos judaizantes que andan por ahí. Un hombre
que se afirma en la ley es un hombre que apunta con el dedo,
es inmisericorde; y se enoja con ira contra aquel que se acoge
a la gracia, "...porque la ley produce ira".
Respecto
de la gracia, el apóstol Pablo inyecta un antídoto
contra la astucia de la carne. Él dijo así: "...mas
cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia"
(Rom. 5:20). La abundancia de la gracia sobrepasó la
abundancia del pecado. Astutamente, el hombre podría
decir: "Perseveremos en el pecado para que la gracia abunde"
(v. 6:1). Esa astucia está en el corazón pecaminoso
carnal. Pero él dijo: "En ninguna manera. Porque
los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos
aún en él?" (v. 6:2). De manera que la cruz
se hace presente para librarnos de cualquier astucia de la carne.
Manifestaciones
de la gracia en días de la Ley
Antes
y en el tiempo de la ley, hubo algunas manifestaciones de gracia.
Cuando Dios confrontó a ciertos hombres, ellos lo primero
que hicieron fue exhibir su justicia: "Yo he hecho esto,
he andado rectamente delante de ti". Uno de los ejemplos
más contundentes que tenemos respecto de eso, es Job.
Él exhibió toda su justicia delante de Dios, pero
después tuvo que cerrar su boca. Y dijo: "No seguiré
hablando, porque soy vil; de oídas te había oído".
Tenía un conocimiento muy limitado del Señor.
Y
hay otro hombre, Ezequías. "En aquellos días
Ezequías cayó enfermo de muerte. Y vino a él
el profeta Isaías hijo de Amoz, y le dijo: Jehová
dice así: Ordena tu casa, porque morirás, y no
vivirás. Entonces él volvió su rostro a
la pared, y oró a Jehová y dijo: Te ruego, oh
Jehová, te ruego que hagas memoria de que he andado delante
de ti en verdad y con íntegro corazón, y que he
hecho las cosas que te agradan. Y lloró Ezequías
con gran lloro. Y antes que Isaías saliese hasta la mitad
del patio, vino palabra de Jehová a Isaías, diciendo:
Vuelve, y di a Ezequías, príncipe de mi pueblo:
Así dice Jehová, el Dios de David tu padre: Yo
he oído tu oración, y he visto tus lágrimas;
he aquí que yo te sano; al tercer día subirás
a la casa de Jehová. Y añadiré a tus días
quince años -estos son quince años de gracia-,
y te libraré a ti y a esta ciudad de mano del rey de
Asiria; y ampararé esta ciudad por amor a mí mismo,
y por amor a David mi siervo" (2 R. 20:1-6).
¡Qué
tremendo, hermanos! No es por causa de la justicia que él
exhibió. Yo creo que respecto de su oración, fueron
consideradas sólo sus lágrimas, su lloro, su humillación.
Pero, ¿qué fue lo que movió a Dios a concederle
quince años más de vida? "...por amor a mí
mismo, y por amor a David mi siervo". Nosotros sabemos
lo que representa David . "Jesús, Hijo de David".
David representa al Señor Jesucristo. De manera que Dios
le dijo a Ezequías: "Por amor a mí mismo
y por amor a mi Hijo, haré esto".
Dios
demanda tremendas cosas; pero, al mismo tiempo, él provee
todo lo necesario a fin de que esas demandas sean cumplidas.
En esto consiste la gracia. Dios tenía un problema, una
dificultad en cuanto a lo que él es. Porque, por un lado,
Dios es justo; pero también, en esencia, él es
amor. Sin embargo, él tiene que manifestar estos dos
aspectos en plenitud; tiene que hacer justicia y también
tiene que amar. Según su justicia, "El alma que
pecare, esa morirá" ... Porque la paga del pecado
es muerte" (Ez. 18:20; Rom. 6:23). ¿Cómo
el Señor iba a solucionar esto? ¿Cómo iba
a manifestar su justicia? Alguien tenía que pagar.
Nosotros
estábamos en deuda con Dios; teníamos una deuda
que no podíamos pagar. Éramos absolutamente insolventes
para pagar esta deuda. Es justo que, si alguien debe, pague.
"No debáis a nadie nada ... al que respeto, respeto;
al que honra, honra" (Rom. 13:8, 7). Eso es justo. De manera
que esta demanda de Dios podía ser cancelada solo por
el mismo. Por eso es que envió a su Hijo Jesucristo.
De manera que el Señor Jesucristo tomó nuestro
lugar, y él pagó el precio, porque nosotros éramos
insolventes e incompetentes.
Este
es el comienzo de la salvación, y la salvación
siempre es por gracia. A veces interpretamos mal esto del evangelio
de la gracia y el evangelio del reino. ¿Qué necesitamos
para reinar? Necesitamos gracia. "Pues si por la trasgresión
de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán
en vida...". Ahora, ¿quiénes son los que
van a reinar en vida? "...los que reciben la abundancia
de la gracia y del don de la justicia" (Rom. 5:17). La
gracia se recibe por fe.
De
manera que, para reinar, si tú tienes aspiraciones de
reinar con Cristo, necesitas recibir de la abundancia de la
gracia; recibirla, y comprobar que esa gracia está actuando
dentro de ti. Porque la gracia de Dios actúa, no es un
don pasivo. De ninguna manera. Y esta gracia nos capacita; es
como un maestro que tenemos dentro. Esta gracia nos enseña
que, "renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos,
vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando
la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa
de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo" (Tit. 2:12-13).
Necesitamos
gracia de Dios para añadir a nuestra fe, virtud; "...a
la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al
dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad,
afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque si estas
cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán
estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro
Señor Jesucristo ... Porque de esta manera os será
otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro
Señor y Salvador Jesucristo" (2ª P. 1:5-8,
11).
Necesitamos
conocer la gracia, conocer vivencialmente cómo funciona
la gracia, cuáles son los efectos de la gracia. Este
es un mensaje para los que están cansados, para los que,
en su caminar, de alguna manera, han introducido cierta mezcla
entre la gracia y la ley. Entonces, esta palabra viene a depurarnos,
a limpiarnos. Somos de la gracia, vamos a vivir por gracia,
reinaremos por gracia. Vamos a sobrellevarnos en la gracia,
a perdonarnos en la gracia, a aceptarnos en la gracia. Vamos
a juzgar lo que tenemos que juzgar, en la gracia.
"La
gracia y la verdad". No solamente es gracia, sino que también
es verdad. Porque todo lo que de la ley recibimos solamente
es sombra. Pero en Cristo está la realidad. Y es precisamente
por eso que Dios hizo un pacto eterno, un pacto perpetuo, que
no va a ser reemplazado por otro; porque es un mejor pacto,
hecho en base a mejores promesas. Oh hermanos, estamos persuadidos
de cosas mejores. Mejor pacto, mejores promesas. ¡Bendito
sea el Señor! Amén.
Resumen
de un mensaje impartido el 18 de junio de 2006.