Muchos cristianos están cansados y frustrados porque han hecho mezcla entre la gracia y la ley.

La gracia de Dios

Mario Quidequeo

Lecturas: Juan 1:1-18, Hebreos 10:5-10.

El glorioso evangelio de nuestro Dios, se remonta desde el principio de la eternidad. El evangelio según San Juan, comienza así: "En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios". Esta buena noticia, esta buena voluntad de Dios para con los hombres estaba en la eternidad, en Jesucristo.

Hasta nuestros días, Dios ha tratado con el hombre de diferentes maneras. La palabra citada dice: "Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo".

La ley vino de Dios. La ley es santa, justa y buena; fue dada por medio de Moisés, un hombre terrenal. En contraste a eso, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo, el hombre celestial, que no es de la tierra, sino del cielo.

Romanos 3:20 dice: "Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de El , porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado". Mas, ¿qué dice la gracia?: "Justificados pues por la fe tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo".

Este es el propósito de la ley: alumbrarnos de que, humanamente, somos incapaces de cumplir las demandas de Dios. Sin embargo, el pueblo judío no lo entendió así. Aun más, ellos se gloriaban en la ley. Y la ley no cumplió su objetivo en ellos; más bien, los cegó para no conocer su propia realidad, su propia naturaleza. La voluntad de Dios es que los hombres se conozcan pecadores, incompetentes para responder a las justas demandas de Dios, de manera que a través de este ayo vengan a Jesucristo - la gracia, la verdad.

La gracia de Dios consiste en aquella virtud suya de poder dar algo a cambio de nada. Tener gracia implica tener solvencia para poder entregar algo a cambio de nada. Y esta solvencia, esta capacidad, esta virtud, está en Dios. Dios tiene la capacidad de dar a cambio de nada. Esta gracia está en Dios, y es abundante; es una riqueza muy grande.

Para alcanzar la gracia de Dios, para que un hombre y una mujer se pueda apropiar de ella, primeramente tiene que ser convencido por el Espíritu Santo de que nada puede hacer en sí mismo para agradar a Dios. De manera que los que reciben la abundancia de la gracia son aquellos hombres y mujeres que se saben incompetentes.

Nosotros necesitamos crecer en la gracia. Hay un trono de gracia, y en ese trono está el autor de ella. La Palabra dice que nos acerquemos confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y para hallar gracia para el oportuno socorro. Necesitamos hallar gracia para vivir la vida cristiana, necesitamos gracia de Dios para relacionarnos entre los hermanos, necesitamos gracia de Dios para perdonar. Necesitamos crecer en la gracia.

La gracia llega al hombre, o tenemos entrada a ella, por medio de la fe. La fe es el don que nos conduce a la gracia. Necesitamos gracia para vivir, gracia para juzgar, gracia para creer, gracia para crecer, para reinar. Necesitamos gracia para ser salvos, gracia para servir, gracia para ser salvos de nosotros mismos. La mayor inversión que el Señor está haciendo en este tiempo respecto de su gracia, es precisamente para que seamos salvos de nosotros mismos.

Recientemente, la Palabra nos ha hablado de ser salvos de nosotros mismos, de convertirnos nosotros mismos a Dios. Porque, ciertamente, nos hemos convertido del mundo a Dios, y de los ídolos a Dios. Pero hay un aspecto en esto de convertirnos, y es convertirnos de nosotros mismos a Dios. Necesitamos alcanzar esa gracia.

El error de los gálatas

En este tiempo, han aparecido muchos engañadores, de lo cual el Señor nos ha estado hablando, lo que hace necesario orar al Señor y pedir que él nos conceda espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de su voluntad, para que sepamos la esperanza a la cual hemos sido llamados. Necesitamos espíritu de sabiduría y de revelación para entender la gracia de Dios.

En la epístola a los Gálatas se nos habla que vinieron a esta iglesia, una iglesia gentil, ciertos judíos que se habían convertido a Cristo. Eran cristianos judíos. Aun cuando, en estricto rigor, no existen cristianos judíos o cristianos gentiles - son cristianos, simplemente. Pero, para poder explicar de mejor forma el trasfondo de esto, los identificaremos así.

Ellos vinieron a esta iglesia a inquietar a los cristianos que habían recibido la gracia de Dios, que habían sido llamados a ser libres. Vinieron diciendo: "Está bien, es bueno que ustedes reciban al Señor Jesucristo, que reciban el evangelio, las buenas nuevas; pero también es necesario guardar la ley, específicamente en lo relacionado a la circuncisión".

El apóstol Pablo dice que estos hombres vinieron con esa doctrina a fin de ser librados de la persecución de la cruz. Ser salvos, hermanos, y entender la salvación de Dios por gracia, implica persecución. Porque la gracia de Dios significa creer y anunciar a Jesucristo, y a éste crucificado. El apóstol Pablo dijo: "Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado" (1ª Cor. 2:2).

Jesucristo, absoluto, completo. Todo el don, toda la gracia, todo el poder, toda la potencia, todo el favor, toda la misericordia de Dios, reunida en él. "Consumado es", dijo el Señor Jesús cuando murió en la cruz. Y esto implica persecución, persecución de parte de aquellos que quieren agradar a Dios en la carne.

Sin embargo, los que se acogen a la gracia, dicen: "Yo nada puedo hacer". Creen en la palabra del Señor Jesucristo cuando dijo: "Separados de mí, nada podéis hacer" (Juan 15:5). Estos hombres y mujeres que se acogen a la gracia reciben -por revelación- luz, discernimiento, entendimiento, sabiduría, para conocerse a sí mismos. Y este conocerse a sí mismo implica un proceso .

Estos cristianos judíos, estos judaizantes, querían introducir en la iglesia esta doctrina, este engaño. Entonces, el apóstol Pablo se levanta con mucha fuerza para defensa del evangelio eterno de nuestro Señor Jesucristo, para hacer volver nuevamente a estos hermanos a Cristo, hermanos que habían recibido al Señor y se les había anunciado un evangelio de gracia, para librarlos de esta otra corriente de doctrina, de querer hacer mezcla entre Moisés y Cristo.

Entonces, Pablo es muy severo con la iglesia, y les dice: "¡Oh gálatas insensatos! ¿quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado?" (Gál. 3:1) "¿Quién os fascinó...?". Esta palabra, fascinar, significa hechizar. ¿Quién hizo una obra de hechicería en vosotros? Si queréis agradar a Dios en la carne, "...de Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído" (Gál. 5:4). ¡Qué terrible es desligarse de Cristo, caer de la gracia!

Yo me pregunto: Si en ese tiempo de mayor gracia, de mayor fuerza, de mayor poder - estaban los apóstoles presentes- apareció este tipo de doctrina, ¿será posible que esto también se repita en nuestro días? Sí, puede aparecer de una manera muy sutil.

La gracia de Dios nos lleva a humillarnos delante de Dios, nos limpia de toda justicia propia y de toda presunción. La gracia de Dios nos libra de considerarnos superiores a los demás. La gracia de Dios nos ubica en un mismo plano, de manera que ella nos liberta.

Cristianos cansados

Yo sé que hay muchos cristianos cansados hoy, y que el caminar en Cristo les ha significado una pesada carga. Y Dios nos aconseja que ninguno deje de alcanzar la gracia de Dios. La gracia de Dios se alcanza; la gracia de Dios no se compra. Para recibir gracia de parte de Dios, tú no tienes que llevar méritos a cambio. Lo único que necesitas es humillarte, y pedir; necesitas sentirte pobre, muy pobre, muy menesteroso, muy insuficiente.

¿Por qué a muchos les cuesta tanto recibir la gracia de Dios? ¿Por qué cuesta tanto que los hombres vengan y se acojan a Cristo? Porque en la naturaleza del hombre existe un potencial, existe una presunción de poder hacer algo bueno. Pero el Señor dice que en el hombre no hay nada bueno, que ni lo bueno ni lo malo del hombre es recibido por Dios. El Señor, al alumbrarnos de esta manera, nos está librando. Esta liberación consiste en que no echemos mano a lo que es nuestro.

¿Por qué muchos cristianos están cansados y frustrados hoy? Es precisamente porque han hecho mezcla entre la gracia y la ley, la gracia con las obras.

La gracia también nos libra de gloriarnos en nosotros mismos. Y aquí también está presente la cruz. El apóstol Pablo dijo: "...de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades" (2ª Cor. 12:9). ¡Qué contradicción! Alguien podría gloriarse en que todo lo puede, porque es fuerte, porque es inteligente, porque es sabio. Pero el apóstol se gloriaba en sus debilidades. ¿Sabes por qué? Porque decía que el poder de Dios se perfeccionaba en la debilidad, y se gloriaba en la cruz de Cristo.

¿Se dan cuenta ustedes cómo la cruz está presente en la gracia? Por tanto, lo que nosotros estamos recibiendo y conociendo de parte de Dios, es un evangelio donde la cruz esta implícita. La gracia nos libra de gloriarnos en nosotros mismos.

Hermanos, en esto de no gloriarnos en nosotros mismos, tenemos que entender que nuestro corazón es engañoso. No es que nuestro corazón sea engañado, sino que él nos engaña a nosotros. Tenemos que tener cuidado. "Dame, hijo mío, tu corazón, y miren tus ojos por mis caminos" (Prov. 23:26) "Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?" (Jer. 17:9) "¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos" (Sal. 19:12).

En muchos ambientes se da gloria a Dios. El Señor dijo : "Este pueblo de labios me honra..." (Mt. 15:8). Es muy probable que, si no conocemos la gracia de Dios en verdad, nos dejemos algo de gloria para nosotros mismos. Aun cuando con nuestros labios atribuyamos a Dios gloria, en nuestro corazón está quedando un remanente de gloria para nosotros respecto de una obra que puede ser genuina de Dios. Y esto nos encadena, nos lleva cautivos.

Por otro lado, si no hay frutos, si ya no camino con Dios, porque estoy en un receso, o en un tiempo de disciplina, o caí en pecado, o erré en el camino, entonces, en toda esta frustración y este fracaso, de alguna manera quisiéramos apropiarnos de aquellos hechos positivos, buenos, que hicimos antes del tiempo de caer. Y para poder levantarnos, pensamos que tenemos que hacer algo meritorio, y no entendemos que para volver al principio tenemos que humillarnos delante de Dios y arrepentirnos. No nos basta con eso.

El hombre que se ampara en su propia justicia, es arrogante, es menospreciador, se cree mejor que los demás. En el proceso, en el caminar de la iglesia, existen muchos fracasos, muchos tropiezos. El mismo Señor Jesús dijo que era imposible que no vinieran tropiezos. En la iglesia, nosotros tenemos que crecer y ser hombres y mujeres espirituales. El apóstol dice: "Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado" (Gál. 6:1).

De manera que necesitamos la gracia de Dios para poder juzgar estas cosas, porque con juicio se edifica la casa, y es necesario que el juicio comience en casa. Pero, ahora, ¿cómo hemos de juzgar? Hemos de juzgar con un espíritu de mansedumbre, de restauración, con un espíritu redentor. Necesitamos gracia para eso, y esta gracia permite que separemos el pecado del pecador, para que condenemos el pecado, pero salvemos al pecador. Entonces, si somos espirituales, en eso seremos evaluados. Si tú tienes este espíritu, eres un hombre espiritual; si no tienes este espíritu frente a este conflicto, entonces eres un hombre carnal.

¿De qué manera estamos juzgando? Esto tampoco significa que vamos a hacer vista gorda a los pecados. De ninguna manera. No vamos a encubrir, no nos vamos a prestar para eso. Pero, ¿cuál será nuestra actitud frente a esa situación? ¿De qué manera vamos a juzgar, con qué inteligencia, con qué sabiduría? Necesitamos gracia de Dios. Nuestro hablar es consecuencia de como entendemos las cosas espirituales; en ese camino son condicionadas nuestras actitudes.

De la manera en que entendemos las cosas, hablamos, y esto condiciona nuestra forma de ser y de actuar. Tal es el pensamiento del hombre, tal es él. ¿Cómo piensas tú? Tu forma de pensar va a condicionar tu forma de hablar, y ésta condicionará tu forma de actuar. La gracia nos limpia, la gracia hace una separación. En la gracia está presente la cruz de Cristo. ¡Bendito es el Señor!

Respecto a la dispensación de la gracia, el Señor Jesús vino, no para complementar algo que faltaba a la ley. De ninguna manera. La venida del Señor Jesucristo conlleva un nuevo pacto, una nueva alianza. El profeta Juan el Bautista viene como uno que se pone en el medio, entre la dispensación de la ley y de la gracia, como despidiendo a Moisés y dando paso a Jesucristo. Porque el fin de la ley es Cristo.

"Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo". ¿Eso significa que no hay profetas hoy? El profeta representativo de la ley aquí, es Juan. Pero hoy día hay profetas de una nueva dispensación, la dispensación de la gracia.

La iglesia tiene profetas. Hay apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. Y, ¿para qué están éstos? Para apertrechar a los santos, para equiparlos, a fin de que los santos edifiquen el cuerpo de Cristo que es la iglesia, "...hasta que todos lleguemos ... a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo" (Ef. 4:13).

De manera que vemos a Juan en este ministerio, introduciendo la gracia, introduciendo a Jesucristo. "Este es aquel de quien yo dije: Después de mí viene un varón, el cual es antes de mí; porque era primero que yo" (Juan 1:30). "Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia" (Juan 1:16). ¿Hemos tomado de su plenitud? Sí. El apóstol Pablo refiriéndose a la iglesia dice: "...la cual es su cuerpo, la plenitud de aquel que todo lo llena en todo".

"Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero..." (Juan 1:17). Este pero es un pero de separación, es un cambio de dispensación. Lo viejo queda atrás, y se introduce lo nuevo. "...quita lo primero, para establecer esto último" (Heb. 10:9). Y en esta voluntad hemos sido nosotros santificados. ¿Somos santificados por las obras de la ley? ¿Somos santificados por hacer algo? No. En esta voluntad de Dios somos santificados. ¡Bendito sea el Señor!

Por tanto, hermanos, no aceptemos ningún tipo de mezcla. Porque hay muchos judaizantes que andan por ahí. Un hombre que se afirma en la ley es un hombre que apunta con el dedo, es inmisericorde; y se enoja con ira contra aquel que se acoge a la gracia, "...porque la ley produce ira".

Respecto de la gracia, el apóstol Pablo inyecta un antídoto contra la astucia de la carne. Él dijo así: "...mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia" (Rom. 5:20). La abundancia de la gracia sobrepasó la abundancia del pecado. Astutamente, el hombre podría decir: "Perseveremos en el pecado para que la gracia abunde" (v. 6:1). Esa astucia está en el corazón pecaminoso carnal. Pero él dijo: "En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?" (v. 6:2). De manera que la cruz se hace presente para librarnos de cualquier astucia de la carne.

Manifestaciones de la gracia en días de la Ley

Antes y en el tiempo de la ley, hubo algunas manifestaciones de gracia. Cuando Dios confrontó a ciertos hombres, ellos lo primero que hicieron fue exhibir su justicia: "Yo he hecho esto, he andado rectamente delante de ti". Uno de los ejemplos más contundentes que tenemos respecto de eso, es Job. Él exhibió toda su justicia delante de Dios, pero después tuvo que cerrar su boca. Y dijo: "No seguiré hablando, porque soy vil; de oídas te había oído". Tenía un conocimiento muy limitado del Señor.

Y hay otro hombre, Ezequías. "En aquellos días Ezequías cayó enfermo de muerte. Y vino a él el profeta Isaías hijo de Amoz, y le dijo: Jehová dice así: Ordena tu casa, porque morirás, y no vivirás. Entonces él volvió su rostro a la pared, y oró a Jehová y dijo: Te ruego, oh Jehová, te ruego que hagas memoria de que he andado delante de ti en verdad y con íntegro corazón, y que he hecho las cosas que te agradan. Y lloró Ezequías con gran lloro. Y antes que Isaías saliese hasta la mitad del patio, vino palabra de Jehová a Isaías, diciendo: Vuelve, y di a Ezequías, príncipe de mi pueblo: Así dice Jehová, el Dios de David tu padre: Yo he oído tu oración, y he visto tus lágrimas; he aquí que yo te sano; al tercer día subirás a la casa de Jehová. Y añadiré a tus días quince años -estos son quince años de gracia-, y te libraré a ti y a esta ciudad de mano del rey de Asiria; y ampararé esta ciudad por amor a mí mismo, y por amor a David mi siervo" (2 R. 20:1-6).

¡Qué tremendo, hermanos! No es por causa de la justicia que él exhibió. Yo creo que respecto de su oración, fueron consideradas sólo sus lágrimas, su lloro, su humillación. Pero, ¿qué fue lo que movió a Dios a concederle quince años más de vida? "...por amor a mí mismo, y por amor a David mi siervo". Nosotros sabemos lo que representa David . "Jesús, Hijo de David". David representa al Señor Jesucristo. De manera que Dios le dijo a Ezequías: "Por amor a mí mismo y por amor a mi Hijo, haré esto".

Dios demanda tremendas cosas; pero, al mismo tiempo, él provee todo lo necesario a fin de que esas demandas sean cumplidas. En esto consiste la gracia. Dios tenía un problema, una dificultad en cuanto a lo que él es. Porque, por un lado, Dios es justo; pero también, en esencia, él es amor. Sin embargo, él tiene que manifestar estos dos aspectos en plenitud; tiene que hacer justicia y también tiene que amar. Según su justicia, "El alma que pecare, esa morirá" ... Porque la paga del pecado es muerte" (Ez. 18:20; Rom. 6:23). ¿Cómo el Señor iba a solucionar esto? ¿Cómo iba a manifestar su justicia? Alguien tenía que pagar.

Nosotros estábamos en deuda con Dios; teníamos una deuda que no podíamos pagar. Éramos absolutamente insolventes para pagar esta deuda. Es justo que, si alguien debe, pague. "No debáis a nadie nada ... al que respeto, respeto; al que honra, honra" (Rom. 13:8, 7). Eso es justo. De manera que esta demanda de Dios podía ser cancelada solo por el mismo. Por eso es que envió a su Hijo Jesucristo. De manera que el Señor Jesucristo tomó nuestro lugar, y él pagó el precio, porque nosotros éramos insolventes e incompetentes.

Este es el comienzo de la salvación, y la salvación siempre es por gracia. A veces interpretamos mal esto del evangelio de la gracia y el evangelio del reino. ¿Qué necesitamos para reinar? Necesitamos gracia. "Pues si por la trasgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida...". Ahora, ¿quiénes son los que van a reinar en vida? "...los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia" (Rom. 5:17). La gracia se recibe por fe.

De manera que, para reinar, si tú tienes aspiraciones de reinar con Cristo, necesitas recibir de la abundancia de la gracia; recibirla, y comprobar que esa gracia está actuando dentro de ti. Porque la gracia de Dios actúa, no es un don pasivo. De ninguna manera. Y esta gracia nos capacita; es como un maestro que tenemos dentro. Esta gracia nos enseña que, "renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo" (Tit. 2:12-13).

Necesitamos gracia de Dios para añadir a nuestra fe, virtud; "...a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo ... Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo" (2ª P. 1:5-8, 11).

Necesitamos conocer la gracia, conocer vivencialmente cómo funciona la gracia, cuáles son los efectos de la gracia. Este es un mensaje para los que están cansados, para los que, en su caminar, de alguna manera, han introducido cierta mezcla entre la gracia y la ley. Entonces, esta palabra viene a depurarnos, a limpiarnos. Somos de la gracia, vamos a vivir por gracia, reinaremos por gracia. Vamos a sobrellevarnos en la gracia, a perdonarnos en la gracia, a aceptarnos en la gracia. Vamos a juzgar lo que tenemos que juzgar, en la gracia.

"La gracia y la verdad". No solamente es gracia, sino que también es verdad. Porque todo lo que de la ley recibimos solamente es sombra. Pero en Cristo está la realidad. Y es precisamente por eso que Dios hizo un pacto eterno, un pacto perpetuo, que no va a ser reemplazado por otro; porque es un mejor pacto, hecho en base a mejores promesas. Oh hermanos, estamos persuadidos de cosas mejores. Mejor pacto, mejores promesas. ¡Bendito sea el Señor! Amén.

Resumen de un mensaje impartido el 18 de junio de 2006.

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