Y
toda aquella generación también fue reunida a
sus padres. Y se levantó después de ellos otra
generación que no conocía a Jehová, ni
la obra que él había hecho por Israel. Después
los hijos de Israel hicieron lo malo ante los ojos de Jehová,
y sirvieron a los baales (Jueces 2:9-10).
Esta
es la introducción del libro de los Jueces, y es más
bien una explicación de lo que va a ocurrir en los próximos
400 años de historia de Israel a partir de ese momento.
La
obra que Dios hizo a través de Josué y de su generación,
fue la posesión de la tierra prometida. Dios usó
a Josué y a esa generación para esa tarea. Pero
una cosa muy interesante es que ellos no completaron toda la
tarea. Algunas regiones no lograron ser tomadas en la época
de Josué, y algunos de esos lugares eran sumamente importantes
en los planes de Dios.
Uno
de esos lugares fue el monte de Sion, donde estaba la fortaleza
de Sion y donde, en los planes de Dios, debía ser edificada
la ciudad de Jerusalén. Allí debía ser
establecido el Ungido del Señor, y allí debía
ser edificado el templo de Dios. Entonces, aunque la obra de
Josué y de los israelitas avanzó bastante, no
se puede decir que logró llevar adelante todo lo que
Dios se había propuesto. Eso ya nos da una clave acerca
de cómo Dios hace su obra.
La
obra de Dios no puede ser hecha en una sola generación.
Por muy consagrada al Señor que una generación
sea, nunca va a conseguir hacer toda la obra de Dios, porque
la obra del Señor va más allá de la duración
de la vida humana. La vida humana no es lo suficientemente larga
y nuestro Dios es eterno. Así podemos descubrir en la
Escritura que uno de los principios fundamentales es que la
obra de Dios se hace a través de las generaciones, de
manera progresiva.
Hay
una generación que pasa y otra generación nueva
debe relevarla. Y en ese relevo es cuando se produce el momento
de mayor peligro para aquellos que estamos en ese cambio de
generación.
Tenemos
en esta historia un ejemplo de un cambio de generación
que fracasó. No se produjo un traspaso de la herencia
espiritual de los padres hacia los hijos. Murió Josué
siendo de 110 años, y a pesar del mucho tiempo que vivió,
no logró completar la tarea, porque la tarea no podía
ser completada durante la vida de un solo hombre, y muchas cosas
quedaron pendientes.
Josué,
el siervo del Señor, murió. Y después de
él, toda aquella generación murió también.
Versículo 7: Y el pueblo había servido a
Jehová todo el tiempo de Josué, y todo el tiempo
de los ancianos que sobrevivieron a Josué. Pero
cuando Josué y aquellos ancianos murieron, se levantó
otra generación que ...no conocía a Jehová,
ni la obra que él había hecho por Israel.
La
generación anterior, dice el versículo 7: ...habían
visto todas las grandes obras de Jehová, que él
había hecho por Israel. Habían sido no sólo
testigos, sino también protagonistas de toda esa obra.
Ustedes recuerdan la historia: cómo Dios los introdujo
en la tierra prometida, cómo guiados por Josué
tomaron ciudad tras ciudad; porque el Señor estaba con
ellos.
Todo
esto es una figura que tiene un significado espiritual. La tierra
prometida representa al mismo Señor Jesucristo y todas
la riquezas que Dios preparó para nosotros en Cristo.
Llamamiento
y propósito de Dios para su pueblo
En
Éxodo capítulo 19, dice el versículo 5
y 6: Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis
mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro
.
Si ellos guardaban su parte del pacto, en este caso, la ley,
ellos serían su especial tesoro sobre todos los pueblos.
Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y
gente santa.
¿Sabe
lo que significa un tesoro especial? Aquello en lo que Dios
colocaría su atención, su cuidado, su amor. Iban
a ser amados especialmente por Dios de entre todas las naciones.
Pero no sólo eso, sino que además ellos debían
ser para Dios un reino de sacerdotes y gente santa. No solamente
los llamó para manifestar en ellos las riquezas de su
gracia, sino también para que cumplieran una misión
para Dios.
Ahora,
en 1ª de Pedro 2:9, el apóstol toma las mismas palabras
que el Señor habló a Israel allí en el
Éxodo a través de Moisés. Pero ahora, estas
palabras se nos dicen a nosotros, la iglesia del Señor:
Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación
santa, pueblo adquirido por Dios. ¿Para qué?
para que anunciéis las virtudes de aquel
que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.
Hermanos
amados, este es el propósito del Señor. Cuando
él llamó a Israel, también lo llamó
para que fuese una nación que lo representase a él
sobre la tierra. No simplemente para recibir de Dios, sino también
para dar a Dios. Santidad, en un sentido original, primero,
significa separación, consagración. Algo santo
es básicamente algo que se ha apartado para Dios, que
ha sido dedicado a Dios. Eso significa santidad, eso significa
consagración. Básicamente, que no somos para nosotros
mismos ya más, sino que somos para el Señor; que
él nos separó, que él nos adquirió
para sí y para su propósito eterno.
Una
generación que fracasa
La
primera generación nunca logró cambiar su mentalidad,
y tuvo que perecer en el desierto. Pero la segunda generación,
los hijos de aquellos esclavos, vieron todo el sufrimiento y
también fueron testigos de todo lo que Dios hizo. Ellos
sí le creyeron a Dios, y entraron junto con Josué
y poseyeron la tierra.
Pero
la tercera generación, que nunca había conocido
lo que significa ser un esclavo, nació en una tierra
que fluía leche y miel, y para ellos todo eso era normal.
La abundancia, la prosperidad, eran cosas que se daban por descontado.
Pero eso que debiera haber sido una bendición, fue en
cierto sentido la causa de su tragedia y de su ruina. Porque
esa generación que no conoció por experiencia
propia lo que significaba haber sido salvado por Dios, nunca
llegó a tener conciencia de su necesidad de Dios.
Hermanos
amados, pienso que ese es el punto de inflexión en esta
historia, el que en gran parte explica el fracaso de la siguiente
generación. No basta, jóvenes y no digo
para todos los jóvenes porque no todos los jóvenes
aquí son hijos de padres cristianos, haber nacido
en la tierra prometida, no es suficiente. Es una gran bendición
que tú hayas nacido en una familia de creyentes. Pero
recuerda, tus padres pelearon batallas que tú nunca peleaste,
tus padres fueron salvados de una esclavitud que tú nunca
experimentaste. Y el gran engaño está en que llegues
a imaginar que tú no necesitas tanto a Dios como tus
padres.
Quiero
ser franco con ustedes hermanos y hermanas, es un peligro. ¿Cuántos
de ustedes saben lo que es la miseria del mundo? ¿Cuántos
de ustedes saben qué es Egipto en realidad? ¿Qué
significa estar bajo el dominio de Faraón? ¿Saben
lo que es ir por el mundo sin esperanza y sin Dios? ¿Saben
lo que es mirar hacia adelante y sólo ver vacío
y desesperación? ¿Saben lo que es el dolor y la
ruina que traen las cosas de este mundo: los pecados, las drogas,
las promesas rotas, las mentiras y los engaños?
Muchos
de ustedes miran hacia las cosas de este mundo, y hasta les
parecen atractivas, porque nunca han estado allí. Y ojalá
nunca lleguen a estar allí. Dijo una vez un hermano:
Que hablen todos los que alguna vez amaron al mundo, si
alguna vez tuvieron una hora de placer sin dolor, una hora de
alegría sin pena, una hora de victoria sin derrota; porque
todo lo que se gana en el mundo, se pierde.
Hermanos
amados, jóvenes, puede que ustedes no nos crean; pero
algunos ya estuvimos allí. Y les podemos asegurar: ¡No
hay nada allí! Y no lo decimos para convencerlos, lo
decimos porque nosotros ya vimos que allí no hay nada.
¡Bendito el día en que nuestro Salvador nos sacó
de este mundo, bendito el día en que él se fijó
en nosotros y nos sacó de la muerte a la vida!
Un
segundo aspecto que con seguridad podría haber sido causa
de ese fracaso generacional, es que miramos a nuestros padres
No sólo a nuestros padres biológicos, sino
a nuestros padres espirituales, a los hermanos que fueron antes,
o que están desde antes que nosotros y, ciertamente,
encontramos fallas, encontramos errores.
¿Ustedes
nunca han encontrado un error, un fracaso, una debilidad? Los
hay, porque no toda la tierra ha sido poseída, porque
aún falta mucho de Cristo por poseer. Es cierto, hemos
visto algunas cosas, pero no podemos decir que ya las tenemos.
No porque hablamos quiere decir que ya tenemos la plena experiencia
de lo que hablamos; pero eso no niega la realidad de esas cosas.
Quiere decir que aún tenemos que correr para poseerlo,
y queda todavía trabajo por hacer.
Entonces,
hermanos amados, a veces, la mentira y la tentación del
diablo pueden ser muy sutiles. Y una forma de tentación
es decirnos: Esto no es verdad. Mira, las personas que
se supone que debieran haberlo alcanzado todo, no lo han alcanzado.
Desde el punto de vista de Dios, nadie puede alcanzarlo todo.
Y si ustedes vienen después, no es para que juzguen y
desechen lo que hubo antes, sino para que vayan más lejos,
para que alcancen lo que nosotros no pudimos alcanzar.
Hemos
hablado tantos años de la unidad de la iglesia; pero,
por cierto, debemos confesar con tristeza que todavía
no vemos mucha unidad entre los hijos de Dios. ¿Quiere
decir
por eso que debemos desistir, que debemos abandonar la lucha?
Quizás nosotros nunca lo veamos, pero ustedes crean que
van a ver cosas que nosotros nunca alcanzamos a ver.
Si
ustedes le creen a Dios, tomen la posición que tienen
ahora como una ventaja, como un punto de partida mejor. Hay
una parte del trecho que otros ya recorrieron por ustedes. Nosotros
tuvimos que entrar por caminos que no conocíamos. Pero
ustedes no tienen que cometer los mismos errores. Para eso ya
nosotros nos equivocamos bastante. Ahora ustedes no se tienen
que tropezar en lo mismo que nosotros, porque nos tienen todavía
para ayudar, para socorrer, para aconsejar. De una generación
a otra se va acumulando el conocimiento de Dios.
Pero
aquí, lo que ocurrió fue que esta generación
no conocía al Señor: Se levantó otra
generación que no conocía al Señor, ni
la obra que él había hecho. Por eso, hermanos
jóvenes, es tan importante que ustedes conozcan el consejo
del Señor, la palabra del Señor que sus padres
recibieron antes; porque esa palabra para nosotros ha sido nuestra
vida, nuestra fortaleza. No es simplemente algo que leímos
en la Biblia; hemos comprobado la realidad de la palabra de
Dios.
Pero
ustedes deben ir más allá. Ese es el propósito
del Señor.
Aquella
generación no conocía al Señor. Cuatrocientos
años de fracaso vinieron a continuación. El tiempo
de los Jueces. ¿Usted sabe cual es la palabra que describe
a esa época? En estos días no había
rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía
(Jue. 21:25). Claro, desapareció el conocimiento de Dios,
y cada uno comenzó a hacer lo que se le ocurría.
Cuando no se conoce al Señor, lo que hay son ideas, intenciones,
iniciativa humana, y los resultados siempre son ruina espiritual
y destrucción.
La
historia de Samuel
Sin
embargo, vamos a ir a algo más alentador. ¿Qué
pasó al final de ese período, y cómo Dios
restauró aquello que aparentemente se había perdido?
Hermanos
amados, sobre todo jóvenes, aquello que Dios nos llamó
a hacer, está inconcluso. Pero ustedes no necesitan hacer
todo de nuevo. Otros ya han trabajado. Nosotros mismos partimos
de donde otros también habían trabajado, y nos
legaron algo. Pero ustedes tienen la misión de Dios de
llevarlo más lejos todavía.
¿Qué
se requiere para continuar con ese legado? ¿Qué
pide el Señor de ustedes ahora? Recuerden, ¿cuál
fue la tragedia de aquella generación que fracasó
a continuación? Que no conocían al Señor,
ni conocían la obra que él había hecho
por sus padres. Por conocimiento no queremos decir simplemente
teoría; estamos hablando de experiencia. Y esa debe ser
nuestra primera preocupación: conocer al Señor
de verdad. ¿Conoces al Señor? ¿Lo conoces
como debe ser conocido? Vamos a ir a la historia de Samuel para
ilustrarlo mejor.
Samuel
es el fin de una época y el comienzo de otra. Toda esta
historia que comenzó en Jueces es una historia de declinación
espiritual hasta llegar al punto donde parece que prácticamente
todo desaparece. Ese es el momento en que comienza la historia
de Samuel.
Había
una mujer que se llamaba Ana, y esta mujer no tenía hijos.
Todos los años, ella subía junto con su esposo
a Silo, la ciudad de Israel donde estaba el Tabernáculo.
No estaba Dios allí, pero estaba su recuerdo. Era todo
lo que quedaba en Israel: el recuerdo de que alguna vez el Señor
estuvo allí.
Cuando
uno estudia la historia de la iglesia, encuentra eso, precisamente:
Que, en muchos lugares, después de una o dos generaciones
donde realmente el Señor estuvo presente, lo que queda
es el recuerdo. Está el tabernáculo, está
el sacerdocio, todas cosas exteriores que nos recuerdan que
alguna vez el Señor estuvo allí, pero que ya no
tienen efectividad espiritual alguna. ¡Cuidado!, porque
a veces puede que estemos alimentándonos y viviendo alrededor
del recuerdo de una experiencia pasada y no de una realidad
presente.
Nosotros
debemos procurar, jóvenes, siempre, que nuestra experiencia
sea real. Que el Dios que conocemos sea nuestro Dios y que sea
real para nosotros. Es el Dios de nuestros padres, pero también
es nuestro Dios. Porque, hermanos, Dios trabaja por generaciones.
O como reza el dicho por ahí: Tú y yo no
necesitamos inventar la rueda cada vez. Se inventa una
vez y los demás la aprovechan. Así también
es con las cosas espirituales.
Observen
en qué situación estaba Ana. Israel había
llegado a su punto más bajo de deterioro espiritual.
Pero observe, nuestro Dios es tan grande, que aun el recuerdo
de su presencia puede trabajar a favor nuestro. Allí
donde alguna vez él estuvo, puede volver a estar; donde
él se manifestó, puede volver a manifestarse si
alguien lo busca otra vez. Y esta mujer buscaba al Señor.
Ana
sufría en su corazón porque no tenía hijos.
Quizás para una mujer actual es comprensible lo terrible
que es no tener hijos. Pero para una israelita era mucho más
terrible. Porque toda mujer israelita anhelaba que un día
de su vientre naciera el Cristo de Dios; pero si una mujer era
privada de ese don, era como si se la destituyera de Israel.
Por eso sufría Ana, no sólo porque quería
un hijo, sino porque ella quería un hijo para Dios.
Si
usted lee el cántico de Ana, en el capítulo 2,
se va a dar cuenta que ella era una mujer profundamente comprometida
con la condición espiritual de la nación. Parecía
que todo se había perdido. Pero entre toda esa ruina,
había una mujer en que el testimonio de Dios se sostuvo
en la noche más oscura de Israel. Una sola mujer; pero,
por esa mujer, Dios sostuvo su testimonio en Israel.
Ana
dice: Delante de Jehová serán quebrantados
sus adversarios
. ¿Por qué dice eso
Ana? Porque cuando ella estaba orando, estaba mirando lo que
pasaba en Israel. Por causa de la decadencia espiritual de la
nación, los enemigos habían invadido Israel. Por
eso ella dice: ...serán quebrantados sus adversarios,
y sobre ellos tronará desde los cielos; Jehová
juzgará los confines de la tierra, dará poder
a su Rey, y exaltará el poderío de su Ungido.
Ella veía la venida del Cristo, del Rey y por eso estaba
tan contenta.
Versículo
1:12: Mientras ella oraba largamente delante de Jehová,
Elí estaba observando la boca de ella. Pero Ana hablaba
en su corazón, y solamente se movían sus labios,
y su voz no se oía; y Elí la tuvo por ebria.
Este es un cuadro muy triste de contraste de la situación
de Ana y de Elí. Ana, una mujer quebrantada delante de
Dios, y Elí, el sumo sacerdote, incapaz de discernir
la situación espiritual de ella. Eso muestra a qué
punto de decadencia había llegado el sacerdocio.
Elí
no sabe muy bien lo que pasa y tampoco le interesa mucho. Cuando
ella le dice: Estoy atribulada y angustiada de espíritu,
él ni siquiera pregunta: Pero, ¿qué
te pasa, para que oremos juntos?, sino que simplemente
le dice: Bueno, que Dios te ayude y te dé lo que
le pediste, y la deja ir. No fue capaz de percibir que
esa mujer representaba en ese momento el eslabón en el
propósito de Dios para salvar a Israel.
Ana
se fue a su casa. Ella sí le creía al Señor,
y tuvo su hijo, y ella se lo había prometido al Señor,
y el versículo 23 dice: Y Elcana su marido le respondió:
Haz lo que bien te parezca; quédate hasta que lo destetes;
solamente que cumpla Jehová su palabra. Y se quedó
la mujer, y crió a su hijo hasta que lo destetó.
Destetar
significa hasta que dejó de mamar, o sea, al año,
más o menos. Era chiquitito. Dígame si el corazón
de una madre no está apegado a un hijo pequeño,
su único, aquel por el cual lloró tanto. Le costó
tanto ese hijo; fue el fruto de la aflicción y del trabajo
de su alma. Y Ana, cuando lo hubo destetado, lo trajo a la casa
del Señor, esa casa que parecía a punto de desmoronarse.
Y
matando el becerro, trajeron el niño a Elí. Y
ella dijo: ¡Oh, señor mío! Vive tu alma,
señor mío, yo soy aquella mujer que estuvo aquí
junto a ti orando a Jehová. Por este niño oraba,
y Jehová me dio lo que le pedí. Yo, pues, lo dedico
también a Jehová; todos los días que viva,
será de Jehová. Y así Ana entregó
a Dios lo que más amaba.
¿Cuándo
comenzó la ruina en Israel? Cuando una generación
se levantó y no conocía al Señor, porque
los padres fracasaron en traspasar su fe. Y, ¿cuándo
comenzó la restauración? Cuando una mujer traspasó
todo su amor al Señor, y entregó a su hijo para
que fuera del Señor. ¿Ve la diferencia?
A
veces la prosperidad nos mata, hermanos amados; y el dolor y
la angustia nos traen vida. Cuando estamos bien, nos olvidamos
del Señor.
Usted
quiere que su hijo estudie, tenga una carrera y le vaya mejor
en la vida que a usted. Y usted lo prepara para eso, y lo anima,
¿verdad? Y claro, pasan los años, y su hijo efectivamente
llega a ser un buen profesional y es un buen hermano. Se reúne
los domingos, a veces los días de semana; va a los retiros,
no a todos, pero a veces va. ¿No es así? Y usted
está mas o menos contento, porque usted tiene lo que
quería. Pero Dios ¿tiene lo que él quería?
¿Su hijo es útil al Señor?
Y
se levantó después de ellos otra generación
que no conocía al Señor. No quiere decir
que no lo conocían en absoluto. De seguro lo conocían,
pero no lo conocían como lo conocieron sus padres. Sus
padres lo conocieron en la angustia, en la desesperación,
en la batalla, cuando todo dependía de que el Señor
estuviese o no estuviese con ellos. ¿Ve la diferencia?
Nosotros
criamos a nuestros hijos, y después pasa el tiempo y
decimos: Estoy triste porque mi hijo no sirve al Señor.
Y claro, ¿como quería usted que lo sirviera si
usted nunca lo formó para el Señor? Lo formó
para ser un buen profesional y para ser un buen cristiano de
reuniones. Hermanos, esto es mucho más serio. Si nosotros
fracasamos, el plan de Dios se retrasa, y la vuelta es mucho
más larga, y nuestros hijos sufren más de lo que
debieran sufrir. Pero aquí la palabra del Señor
nos dice: No es necesario.
Ana
dijo: Muy bien, el Señor me dio el hijo que yo
le pedí. Que sea del Señor; que el Señor
lo use como él quiera. Yo no quiero un hijo exitoso,
no quiero un hijo rico... No estoy diciendo que sean cosas malas
por favor, no me entienda mal, pero estoy diciendo
prioridades. Lo primero, lo principal: Yo quiero un hijo
que sirva al Señor, que camine delante de su Ungido.
A usted le partiría el corazón ver un niño
tan pequeño aparentemente abandonado por su madre, dejado
ahí para que creciese en la casa de Dios. Pero escuche:
Dios bendijo a Ana y bendijo a ese niño por causa de
la fe de su madre. No hubo irresponsabilidad aquí; hubo
fe.
Y
continúa la historia. Los hijos de Elí eran impíos
y no tenían conocimiento del Señor. Elí
y su casa, completamente apartados del Señor, a punto
de arruinarse, y toda la nación pendiendo de un hilo.
Pero secretamente, Dios tenía un niño, y ese niño
había venido a través del sufrimiento de su madre.
1
Samuel 3:1: El joven Samuel ministraba a Jehová
en presencia de Elí; y la palabra de Jehová escaseaba
en aquellos días; no había visión con frecuencia.
Cuando dice aquí que la palabra de Dios escaseaba, se
refiere a esa palabra viva, real. ¿Por qué? Porque
Dios no tenía hombres que inquiriesen y procurasen obtener
esa palabra.
Y
aconteció un día, que estando Elí acostado
en su aposento, cuando sus ojos comenzaban a oscurecerse de
modo que no podía ver, Samuel estaba durmiendo en el
templo de Jehová
. El pequeño Samuel
estaba en el templo del Señor. Samuel no conocía
al Señor; pero estaba allí. ¿Cuál
es la diferencia? Si él no hubiera estado allí,
nunca lo habría llegado a conocer. Si tú quieres
conocer de verdad al Señor, tienes que estar en su casa.
Porque es allí donde el Señor se revela. No en
Egipto, no en el mundo, no en el colegio, no en la calle, no
en la televisión. En Su casa, ¿lo ves? Allí
es mucho más seguro que el Señor un día
llegue hasta a ti y se revele.
1
Samuel 3:3: Samuel estaba durmiendo en el templo de Jehová,
donde estaba el arca de Dios; y antes que la lámpara
de Dios fuese apagada.... La lámpara en la Escritura
representa la presencia de Dios. Si la lámpara se apagaba,
significaba que Israel dejaba de existir a los ojos de Dios
como nación. Pero los sacerdotes estaban tan descuidados
que las lámparas se empezaron a apagar. La razón
del fracaso de Israel evidentemente era que los sacerdotes no
habían cumplido su función.
Y
antes que la lámpara de Dios fuese apagada, Jehová
llamó a Samuel; y él respondió: Heme aquí.
Y corriendo luego a Elí, dijo Heme aquí;
¿para qué me llamaste?. Samuel no sabía
que era Dios quien hablaba con él. Y Samuel no
había conocido aún a Jehová, ni la palabra
de Jehová le había sido revelada. Vea las
dos cosas juntas: Conocer al Señor y que su Palabra nos
sea revelada. Usted puede estar en el templo, puede haber crecido
en la casa; pero eso no garantiza que usted conozca al Señor,
ni su palabra le haya sido revelada. Sin embargo, Dios quería
que Samuel conociera su palabra.
Jehová,
pues, llamó la tercera vez a Samuel. Y él se levantó
y vino a Elí, y dijo: Heme aquí; ¿para
qué me has llamado? Entonces entendió Elí
que Jehová llamaba al joven. Y dijo Elí a Samuel:
Ve y acuéstate; y si te llamare, dirás: Habla,
Jehová, porque tu siervo oye. Así se fue Samuel,
y se acostó en su lugar. Y vino Jehová y se paró,
y llamó como las otras veces: ¡Samuel, Samuel!
Entonces Samuel dijo: Habla, porque tu siervo oye. Y Jehová
dijo a Samuel: He aquí haré yo una cosa en Israel,
que a quien la oyere, le retiñirán ambos oídos.
Aquel día yo cumpliré contra Elí todas
las cosas que he dicho sobre su casa, desde el principio hasta
el fin. Y le mostraré que yo juzgaré su casa para
siempre, por la iniquidad que él sabe; porque sus hijos
han blasfemado a Dios, y él no los ha estorbado. Por
tanto, yo he jurado a la casa de Elí que la iniquidad
de la casa de Elí no será expiada jamás,
ni con sacrificios ni con ofrendas. Y Samuel estuvo acostado
hasta la mañana, y abrió las puertas de la casa
de Jehová. Y Samuel temía descubrir la visión
a Elí.
Lo
que Dios le dijo a Samuel era muy grave. Samuel amaba a Elí,
lo respetaba, y no se atrevía a decirle lo que Dios le
había dicho. Pero Dios le había hablado a Samuel.
Llamando, pues, Elí a Samuel, le dijo: Hijo mío,
Samuel. Y él respondió: Heme aquí. Y Elí
dijo: ¿Qué es la palabra que te habló?
Te ruego que no me la encubras; así te haga Dios y aun
te añada, si me encubrieres palabra de todo lo que habló
contigo. Y Samuel se lo manifestó todo, sin encubrirle
nada. Entonces él dijo: Jehová es; haga lo que
bien le pareciere. Y Samuel creció, y Jehová estaba
con él, y no dejó caer a tierra ninguna de sus
palabras. Y todo Israel, desde Dan hasta Beerseba, conoció
que Samuel era fiel profeta de Jehová. Y Jehová
volvió a aparecer en Silo; porque Jehová se manifestó
a Samuel en Silo por la palabra de Jehová.
Hermanos
amados, aquí comienza la obra de restauración.
Samuel prepara el camino para el establecimiento del reino de
Dios. Samuel es el hombre que Dios usa para recuperar todas
las cosas.
Llamamiento
y misión, hoy
Hermanos
amados, jóvenes, la obra de Dios es generacional. Primera
cosa: Lo que los que vinieron primero no completaron, los que
vienen después están llamados a completarlo. En
una primera etapa, Israel fracasó; pero una segunda etapa
se completó cuando vino Samuel.
¿Cuál
fue la diferencia entre Samuel y los que vinieron primero y
que fracasaron? Que Samuel fue entregado al Señor desde
niño, y creció para el Señor, y cuando
llego el día estaba allí dispuesto para el Señor.
Por eso Dios fijó sus ojos en Samuel, y por eso se convirtió
en el profeta del Señor, y la palabra de Dios se le reveló,
y otra vez vino palabra del Señor a Israel y la lámpara
no se apagó en el templo de Dios.
Jóvenes,
el Señor, en estos tiempos, los está preparando
para que vayan más allá. No simplemente para saber
de la Biblia. El Señor quiere que ustedes tomen el relevo,
y vayan más allá. Pero para eso se requiere dedicación
al Señor, como fue con Samuel. Yo sé que cada
uno de ustedes tiene su carrera, sus estudios. Pero escuchen,
si cada uno se consagra, se dedica al Señor y entrega
todo lo que tiene, el Señor sí puede continuar
su obra. Y la va a continuar.
Repito,
el gran peligro es pensar que tenemos todas las cosas, que no
necesitamos nada. Pero escuchen, no tenemos nada, a menos que
tengamos al Señor. Necesitamos al Señor, necesitamos
conocerlo aún más de lo que lo conocieron los
que vinieron antes que nosotros.
No
está terminada la obra de Dios en este mundo. Todavía
hay mucho más que tiene que ser hecho. La palabra del
Señor tiene que correr más lejos. Y ustedes pueden
tomar la antorcha del testimonio y llevarla a lugares donde
nunca nos hubiésemos imaginado que pueda llegar.
¿De
qué vale el éxito, de qué vale lograr algo
bueno en este mundo, y no tener nada que presentar un día
al Señor? Porque un día este mundo se va a deshacer,
y lo único que va a valer es lo que tú fuiste
a los ojos de Dios. Samuel era un niño pequeño,
pero estaba allí y cuando el Señor lo llamó,
él dijo: Heme aquí. Joven, jovencita,
¡el Señor te llama hoy! Te llama por tu nombre
y necesita de ti. ¡Bendito sea el Señor!
Síntesis
de un mensaje impartido a los jóvenes en Temuco, el 15.09.07
Transcripción: Samuel San Juan Rebolledo.