Mensajes desde Centenario

Edificando la Casa de Dios

Mario Quidequeo

"Acuérdate, oh Jehová, de David, y de toda su aflicción; de cómo juró a Jehová, y prometió al Fuerte de Jacob: No entraré en la morada de mi casa, ni subiré sobre el lecho de mi estrado; no daré sueño a mis ojos, ni a mis párpados adormecimiento, hasta que halle lugar para Jehová, morada para el Fuerte de Jacob" (Salmos 132:1-5).

Nuestro Dios está en los cielos; él habita en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu. ¡Bendito es nuestro Dios! Él creó el mundo, las galaxias, todo lo que vemos y lo que no vemos.

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, y siempre fue su deseo habitar entre los hombres, tener comunión con ellos; quería que el hombre contara con su compañía y amistad. Pero fue tan grande la caída del hombre, que Dios entregó lo más grande que tenía, a su Hijo amado, Jesucristo, para que ese propósito se cumpliera.

La carga del corazón de David

En la dispensación pasada, Dios habitó en tiendas, habitó en un tabernáculo. Después, habitó en un templo, que fue edificado por Salomón. Con todo, no era la morada definitiva que Dios buscaba.

Hubo un hombre de Dios que quiso hallar morada, hallar lugar para Jehová, morada para el fuerte de Jacob. En su tiempo, le fue notificado por Dios mismo que a él no le sería permitido edificar casa, porque había derramado mucha sangre.

Pero David sabía que de su descendencia Dios levantaría al Cristo, y éste le edificaría casa. Pero había en el corazón de David un profundo anhelo. Él había conocido a Dios, había conocido la salvación de Dios. David sabía de dónde fue tomado. Un hombre que había conocido las victorias de Dios, había conocido su salvación en plenitud, había conocido sus misericordias, había conocido el perdón de Dios. Había conocido cómo Dios levanta del polvo al pobre. Sin embargo, eso no lo tenía satisfecho.

David interpretó en su tiempo el deseo de Dios de querer habitar entre los hombres, de hallar un lugar donde Dios hallara reposo. ¡Qué dignidad, qué nobleza! ¡Qué valioso es el hombre para Dios!

Amados hermanos, ¡si nosotros pudiéramos mirar cómo Dios ve al hombre! Nosotros siempre miramos al hombre desde nuestra perspectiva; miramos su caída, su pecado, su ruina. Pero Dios pagó el más alto precio para que el hombre fuese rescatado para este propósito, para que Dios pudiera habitar entre los hombres.

Este espíritu que habitaba en David, este deseo, este anhelo, no le fue permitido; pero con todo, él, en su tiempo, hizo todo lo necesario para que su hijo Salomón pudiera edificar casa para Dios. Él se esmeró, él trabajó, juntó todos los materiales necesarios para que Salomón pudiera edificar casa para Dios.

Pero, con todo, nosotros sabemos que esa edificación tuvo su tiempo de gloria, y pasada esa dispensación, ese templo fue derribado, fue destruido, porque era solamente una sombra, porque era solamente una figura del verdadero templo de Dios, el cual somos nosotros. Nosotros somos templo de Dios, somos la morada de Dios en el Espíritu.

David valoró en su tiempo la presencia de Dios entre los hombres, y él quería que el lugar de Jehová fuera más digno que el que él tenía; valoró la presencia de Dios, aún cuando habitaba en tiendas, en tabernáculos, y posteriormente en un templo, aun cuando eso todavía estaba un poco lejano al corazón mismo del hombre; porque Dios, en definitiva, quería habitar en el corazón de los hombres, no en un templo hecho por mano de hombres, ni por más adornado de oro, plata y piedras preciosas que estuviera.

La obra de Dios en este tiempo

Nosotros, hermanos, en este tiempo, en esta dispensación, hemos sido honrados por Dios, para que Dios viniese a habitar, a morar en nuestros corazones. Esta dignidad, esta honra, no la tuvieron los hombres en el pasado tiempo. Dios era un mero visitante, porque todavía no estaban dadas todas las cosas para que Dios pudiera habitar en el corazón de los hombres.

Pero ahora están dadas las cosas para que Dios halle reposo, para que encuentre un lugar, un corazón, donde habitar. Y ese templo, y esa casa, es la iglesia. Lo que no le fue concedido a David, a nosotros nos ha sido concedido. Por tanto, debemos ser muy diligentes, debemos caminar con temor y temblor, debemos estar conscientes de lo que significa que Dios habite entre los hombres.

Nos parece que el Dios que actúa en esta dispensación es diferente al Dios de la antigua dispensación, al Dios de Israel, al Dios de Moisés, al Dios de David. Nos parece que Jehová de los ejércitos, el Dios temible, el Dios celoso, el Dios que juzgaba con severidad en esos tiempos; pareciera que ese Dios no es el Dios que nosotros tenemos hoy. Pero nuestro Dios no ha cambiado: él sigue siendo el mismo, él es el Dios fuerte y celoso, es el Dios que se santifica a sí mismo, y que no puede habitar en un lugar que no sea santo.

"Sed santos, porque yo soy santo", dice el Señor. Por tanto, en este tiempo, hermanos amados, consideremos la morada de Dios como algo muy delicado. Invirtamos todas nuestras fuerzas, todo nuestro tiempo, todo lo que sea necesario, para la edificación del cuerpo de Cristo que es la iglesia; renunciemos a todo, con tal que Dios pueda hallar un lugar donde habitar.

Y ya lo está habitando, ya vino Dios. Jesús dijo: "...y vendremos a él, y haremos morada con él". Ya vino el Espíritu Santo; el Espíritu Santo fue derramado sobre toda carne. Cuando nosotros nos convertimos a Cristo, el Espíritu Santo vino a morar en nuestros corazones. Porque el Espíritu Santo vino, y el Espíritu Santo está aquí, y el Espíritu Santo es Dios.

Por tanto, hagamos todo lo que sea necesario para adornar la casa de Dios. Caminemos con los pies descalzos, porque el lugar donde pisamos es santo. No seamos estorbo, no desparramemos. El Señor Jesucristo dijo: "El que conmigo no recoge, desparrama". No seamos tropiezo para ningún hermano.

Todas las cosas van a pasar, los cielos van a ser mudados, la tierra y todo lo que en ellos hay; nuestros enemigos van a ser destruidos, el tiempo ya no va a ser más. Y de todo el universo conocido, lo que Dios va a sacar de este mundo que nosotros conocemos, se llama iglesia. Es lo único que va a sacar Dios, porque nos amó, porque Dios quiso tener comunión con nosotros. Nos escogió, no porque nosotros hubiésemos sido mejores que los demás, sino porque nos amó. ¡Bendito sea nuestro Dios! ¡Qué honra, qué dignidad más grande!

Por tanto, atendamos con mucha diligencia las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos. Que el lugar donde Dios mora sea un lugar grato para él.

Normalmente, nosotros queremos satisfacción para nosotros, anhelamos las mejores bendiciones de Dios; tenemos preocupación por nuestra casa, por nuestra familia, por nuestros hijos, tenemos preocupación por los hermanos. Pero no descuidemos los deseos de Dios, lo que Dios quiere. No descuidemos el propósito de Dios. Que Dios sea agradado en todo; que esa sea nuestra gloria.

Tenemos un huésped maravilloso, precioso. Cuando a una casa llega alguien importante, hacemos todo lo necesario para atenderlo bien; preparamos la mejor comida, preparamos la mejor habitación. Nuestro Dios, ¿no será digno de ser atendido así?

Amados hermanos, ¿cómo está nuestro corazón hoy? ¿Qué lugar está ocupando Cristo en nuestro corazón? ¿Está ocupando el primer lugar? ¿Existe en nosotros en este tiempo este espíritu que habitó en David, o nos estamos ocupando sólo de la satisfacción de nuestras necesidades? ¿Y que Dios tenga nuevamente que despertar nuestro espíritu? Para que –como en el tiempo de Hageo– nuevamente vuelva a decir:

"Así ha hablado Jehová de los ejércitos, diciendo: Este pueblo dice: No ha llegado aún el tiempo, el tiempo de que la casa de Jehová sea reedificada.
"Entonces vino palabra de Jehová por medio del profeta Hageo, diciendo:
¿Es para vosotros tiempo, para vosotros, de habitar en vuestras casas artesonadas, y esta casa está desierta? Pues así ha dicho Jehová de los ejércitos: Meditad bien sobre vuestros caminos. Sembráis mucho, y recogéis poco; coméis, y no os saciáis; bebéis, y no quedáis satisfechos; os vestís, y no os calentáis, y el que trabaja a jornal recibe su jornal en saco roto. Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Meditad sobre vuestros caminos. Subid al monte, y traed madera, y reedificad la casa; Y pondré en ella mi voluntad, y seré glorificado, ha dicho Jehová ...Y despertó Jehová el espíritu de Zorobabel, hijo de Salatiel, gobernador de Judá, y el espíritu de Josué hijo de Josadac, sumo sacerdote, y el espíritu de todo el resto del pueblo; y vinieron y trabajaron en la casa de Jehová de los ejércitos, su Dios" (Hageo 1:2-7; 14).

En ese entonces, Dios tuvo que despertar el espíritu en estos hombres, para que la casa fuera reedificada. Mientras este espíritu está durmiendo -este espíritu que anhela, que sueña, que llora, para que Dios halle un lugar donde habitar-, entonces nos preocupamos de nosotros mismos; entonces, todo lo que de Dios nos interesa saber es su bendición, todo el favor de Dios para con nosotros. Pero nos olvidamos de Dios, del lugar que ocupa Dios en este propósito, en esta obra.

Que nuestro Dios tenga misericordia de nosotros, y que despierte nuestro espíritu, para que Dios ocupe el lugar que le corresponde. Hay tantos aspectos, hay tantas cosas que podríamos nosotros tratar respecto de este cambio de prioridad a causa de este espíritu que sueña, que llora por la casa de Dios. Que el Señor nos socorra por su Espíritu, para aclarar a cada uno de nosotros.

Sobreedifiquemos

"Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo, como perito arquitecto, puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica, porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta, porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada, y la obra de cada uno, cual sea, el fuego la probará. Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa, y si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego" (1ª Cor.3:10-15).

"¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Y si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él, porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es. Nadie se engañe a sí mismo".

Nadie se engañe a sí mismo. Hay una obra, hay un fundamento que ya fue puesto en nosotros, el cual es Jesucristo. Ese fundamento está puesto en la iglesia, está puesto en los creyentes, y nadie lo puede cambiar, nadie lo puede mover.

También hay una edificación, que ha venido sobre nosotros, y esta edificación les corresponde a los apóstoles y profetas. Pero también hay una sobreedificación, de la cual todos nosotros somos responsables. Y respecto de esta sobreedificación, se recibirá recompensa, o se sufrirá pérdida.
"Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa". Aquí se está hablando respecto de la sobreedificación, de la cual todos nosotros, individualmente, somos responsables. Por tanto, el apóstol Pablo estaba encarnando este espíritu que habitó en David. Sabemos que Pablo tuvo el ministerio de la edificación del cuerpo de Cristo, así como Pedro tuvo el ministerio de la predicación, y como Juan el de la restauración. El apóstol dice: "Yo, como perito arquitecto, puse el fundamento, y nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto".

En esta sobreedificación, hermanos, es necesario, y el apóstol lo dice: "Os ruego, por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo ... que es vuestro culto racional, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta". Es necesario que presentemos nuestro cuerpo delante de Dios en sacrificio vivo; es necesario que para la venida de nuestro Señor Jesucristo sea hallado nuestro espíritu, nuestra alma y nuestro cuerpo, irreprensible.

Si el temor de Dios está en nuestro corazón, y estamos conscientes de que Dios está en medio de su casa, entonces, nos preocuparemos de estas cosas, de mantener limpia nuestra alma delante de Dios, y seremos diligentes en remediar toda situación que estorbe, que apague y contriste al Espíritu Santo.

El Señor Jesucristo pagó un precio muy alto al morir en la cruz por nuestro rescate, a fin de que el deseo del corazón de Dios se cumpliera. Nos salvó, nos recuperó. Estas piedras, que estaban muertas, él las vivificó, para que en este tiempo estemos siendo edificados como casa espiritual.

Santifiquémonos, amados hermanos, santifiquemos nuestro espíritu, nuestra alma y nuestro cuerpo; derramemos nuestro corazón delante de Dios. Y si este anhelo por la casa de Dios que habitó en el corazón de David no está en nuestro corazón, y si las prioridades están cambiadas, oremos al Señor.
Yo creo que la venida del Señor está cerca, creo que el Señor está edificando su casa, está preparando a su novia, para presentársela a sí mismo como una iglesia sin mancha, sin arruga ni cosa semejante. Y Dios quiere que seamos participantes activos en esta obra.

El fundamento ha sido puesto, hemos sido edificados; pero hay una tarea de sobreedificación que hacer, y tiene que ser con oro, con plata y piedras preciosas. Por tanto, es necesario que subamos al monte, porque esta edificación es con material divino; no es con elementos de la tierra.

Un desafío por delante

La iglesia en este tiempo tiene un desafío muy grande, un desafío inmenso. Y nosotros, en Chile, hemos sido muy favorecidos por Dios en cuanto a la revelación de Cristo y la iglesia. Recientemente, con el hermano Eliseo, visitamos a los hermanos en Brasil. Los hermanos allí están experimentando cambios, como consecuencia de la luz que están recibiendo de parte de Dios. Muchos de ellos están padeciendo tribulación por causa de la Palabra, están buscando a Dios con oración, con ruego y súplica.

Hay hombres de Dios que están siendo despertados en este tiempo. Ellos necesitan ver, palpar, tocar el cuerpo de Cristo que es la iglesia. Están cansados de la religiosidad, de la anormalidad; ellos quieren venir a la realidad de las cosas, están buscando la voluntad de Dios en la Palabra, se están informando acerca de las cosas que están ocurriendo en otras latitudes.

Ellos quieren que sus experiencias en Cristo sean corroboradas por otros hermanos. Es impresionante ver cómo consideran a los hermanos de las iglesias en Chile. Preguntan: "Hermanos, ¿cómo están viviendo ustedes la realidad del cuerpo de Cristo en Chile? ¿Qué grandes cosas son las que ha hecho Dios con ustedes?".

Hermanos, no nos estanquemos, avancemos; no nos quedemos con las glorias pasadas. Hay una promesa gloriosa para la iglesia: Que su gloria en los tiempos postreros será mayor que la primera. Anhelémosla ardientemente en nuestro corazón; superemos todo obstáculo, toda dificultad, a fin de que la iglesia sea edificada y se halle lugar para nuestro Dios.

Revisemos nuestros corazones, revisemos nuestra relación con nuestros hermanos. Si ha habido dificultades en la comunión, en el trato con los hermanos, seamos diligentes en atender estas cosas; no las dejemos pasar.

El Espíritu Santo es una persona, y se contrista cuando los hermanos están enemistados, cuando hay pecados no confesados, cuando él está siendo desplazado, y son otras cosas las que están ocupando el lugar de Dios.

Oremos por la casa de Dios. Es una casa de misericordia. No hay un lugar mejor que la iglesia. Amado hermano, no te apresures a irte, sea cual sea la situación que te corresponda vivir. Esta casa de misericordia ha escogido Dios para habitar, porque la ha amado. Cualquier lugar, por mejor que parezca, no es comparable con la iglesia. Si tienes que vivir un trato, una disciplina, ¡vívela en la casa, aquí!

David conocía a Dios, él sabía que era un Dios misericordioso. Frente a un pecado, Dios le dio a escoger una entre tres alternativas de juicio. Entonces David dijo: "Caigamos ahora en manos de Jehová, porque sus misericordias son muchas". Hay hermanos que se apresuran a alejarse de la casa cuando se ven enfrentados a situaciones semejantes, y después vuelven como si nada. Pareciera que el temor de Dios se ha apartado de sus corazones.

Discúlpenme, hermanos, que hable así. Pareciera que estas cosas no se pueden hablar de otra manera, sino llorando. Trato de evitarlo, pero no puedo; pero sé que ustedes me entienden. Sé también que entre nosotros hay hermanos que derraman su corazón delante de Dios por esta causa.

La iglesia está en ruinas, y nosotros hoy estamos siendo llamados a colaborar en la reedificación del cuerpo de Cristo que es la iglesia. Somos los primeros en la avanzada; hay enemigos que se oponen tenazmente. Necesitamos ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; necesitamos ser como esos hombres que, junto con edificar los muros, tenían sus espadas desenvainadas. Con una mano trabajaban en la obra, y en la otra tenían la espada ceñida a sus lomos.

No podemos descuidarnos, amados hermanos; no es tiempo para reposar, no es tiempo para dar sueño a nuestros ojos. Haya este espíritu que había en David: "No daré descanso... no daré sueño a mis ojos, hasta que halle lugar para Jehová". Hay enemigos que se oponen; necesitamos tomar toda la armadura de Dios. Necesitamos estar en una comunión perfecta el uno con el otro; una casa dividida no puede permanecer. Necesitamos tener comunión con todos los hermanos. No podemos estar enemistados; no, es imposible, nuestros enemigos prevalecerían.

Si tienes dificultad con tu hermano, ve a él, arregla las cosas, y oren juntos; y si no existe disposición para el perdón, búsquenla con ruego. "El que encubre su pecado no prosperará; pero el que lo confiesa y que se aparta, alcanzará misericordia".

Yo te necesito, hermano. Yo te ruego, por las misericordias de Dios, que si tú tienes algo contra mí, si existe alguna cosa en la cual te he ofendido, y que haya sido un obstáculo para que tú camines, te ruego que te acerques a mí, y me salves. Yo necesito ser salvado por ti, necesito ser ayudado.
Nosotros cometemos muchos errores. Acuérdense que somos hombres, y que nuestra consagración, muchas veces, es fluctuante; no siempre estamos de la misma forma. A veces, la unción no está en la medida que debe estar, y hablamos truhanerías, hablamos cosas que no convienen, y muchas veces somos tropiezo para el hermano.

Revisemos nuestro corazón en estos días, amados hermanos. Estamos siendo observados. Hay muchos hermanos que vendrán y nos visitarán, y nos dirán: "Hermanos, ayúdennos, enséñennos; estamos cansados, hemos vivido una historia de fracasos. Sin embargo, en ustedes vemos la esperanza; ustedes llevan un buen tramo recorrido. Nosotros queremos aprender de ustedes".

Y, ¿qué les enseñaremos, amados hermanos? ¿Les enseñaremos letra? ¿Les enseñaremos conocimientos adquiridos de muchos libros? ¿O les enseñaremos nuestra realidad de vida en Cristo? ¿Qué les vamos a enseñar? ¿En qué les vamos a ayudar? Necesitamos realidad de vida en estos tiempos. ¡Una realidad de vida! ¡Necesitamos vivir la vida del cuerpo de Cristo en plenitud! Esta es la restauración; en esto consiste la restauración en estos tiempos.

Edifiquémonos mutuamente. No nos guardemos para nosotros lo que hemos recibido, sino que edifiquemos, compartamos con los demás hermanos. Seamos como Josué y Caleb, los espías que trajeron buenas noticias y alentaron a los hermanos. Que el espíritu de Josué y de Caleb esté en nosotros.

Bendito sea nuestro Dios altísimo, que ha querido habitar entre nosotros, que ha querido venir a hacer morada, y que ha buscado la compañía de los hombres, para habitar; que no escogió a los ángeles como lugar de su morada, sino que escogió al hombre.

Te escogió a ti, hermano; te escogió a ti, hermana. Vino a morar. Pagó un alto precio para que el Espíritu Santo pudiera venir a tu corazón. Era necesario que el Señor Jesucristo nos redimiera primero, que fuese recibido arriba en gloria, para que el Espíritu Santo fuese derramado. Y ese es un hecho que ya aconteció. ¡Bendito sea nuestro Dios! ¡Bendito sea el Señor Jesús! Amén.

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