Los reclamos de Dios por medio del profeta Jeremías tienen plena vigencia hoy para la Iglesia.

«Me han dejado»

Eliseo Apablaza

Lectura: Jeremías 2:1-5, 13; 4:22; 5:4; 9:23-24.

Jeremías fue uno de los profetas finales de Israel, y le tocó vivir en días muy cruciales. En días cuando los juicios de Dios ya estaban comenzando a descender sobre Israel. Sin embargo, Dios no se había cansado de llamar al pueblo al arrepentimiento, para encauzarlo por su recto camino. Una y otra vez, "desde temprano y sin cesar" -como dice Jeremías en varios lugares-, Dios había estado llamando a un pueblo rebelde, y el pueblo no había respondido a ese llamado de Dios.

Jeremías es llamado el profeta llorón; es el autor del libro de Jeremías y de Lamentaciones. Y en esos dos libros aparecen muchas lágrimas, mucho dolor, mucho quebranto, mucha angustia, mucha aflicción, causada por el pecado de Israel.

¿Cuál era el mayor pecado de Israel? Porque uno puede encontrar pecados, pecadillos, y también "el gran pecado". Podría hablarse de muchos pecados. Por ejemplo, que ellos habían hecho las cosas abominables que los paganos que vivían a su alrededor hacían. Cosas como ofrecer sacrificios a sus ídolos; pasar a sus niños por el fuego; participar de las orgías cada vez que había cosecha o había vendimia –ellos tenían un dios de la fertilidad, con su respectiva diosa de la fertilidad, ustedes pueden imaginar qué cosas ocurrían allí–. Eso ocurría con los pueblos alrededor. Ellos también habían sido atraídos a esas costumbres.

Sí, esos son pecados muy graves. Pero, con todo, ese no era el gran pecado de Israel. Por eso dije, hay pecados, pecadillos, y hay el gran pecado. ¿Cuál será este gran pecado – la causa y raíz de todos los demás? Al leer el libro de Jeremías nosotros podemos ver cuál es ese gran pecado.

La necesidad de una palabra profética

Ahora, ¿por qué esta mañana, al comenzar estas reuniones de día domingo, que son públicas, comenzamos hablando de estas cosas? ¿Hablando del profeta Jeremías, de la calamidad que envolvía al pueblo de Israel, de los graves pecados, y del gran pecado, como diciendo: "Acaso puede comparársenos con Israel, ¿no somos mejores? ¿Acaso nosotros no tenemos un Salvador, no tenemos un camino de gracia, no tenemos el Espíritu Santo adentro? ¿Acaso no tenemos la revelación de las cosas eternas? ¿Y de Jesucristo, y de la Iglesia? ¿Acaso no somos familia de Dios?

El Señor permite que en las Escrituras no solamente exista el Nuevo Testamento, que es el testamento de la gracia, de la salvación gratuita, el evangelio de Jesucristo, en que a nosotros se nos invita a tomar gratuitamente del agua de la vida, a comer gratuitamente del maná, del verdadero maná que vino del cielo, el cual es Jesucristo, sino que también, en su sabiduría, Dios permite que también exista el Antiguo Testamento, y que exista la voz profética de los profetas antiguos, porque esa voz profética también es necesaria para nosotros.

Al igual que Israel, nosotros tenemos un corazón engañoso y perverso, más que todas las cosas. Aunque él nos ha dado un nuevo corazón, aunque él nos ha regenerado, y nos ha dado su Espíritu Santo, y aunque a algunos más que a otros los haya llenado una y otra vez de su Espíritu, todavía está el peligro. Si no existiera el peligro de que el pueblo de Dios se desviase, si no existiera el peligro de que nuestro corazón se endureciese, entonces el Señor nunca, nunca hubiera dicho, en las cartas de Apocalipsis a su pueblo, a esas siete iglesias, nunca hubiera usado la palabra "arrepiéntete". Si nosotros estuviéramos libres y exentos de apartarnos, de extraviarnos, de endurecernos, de perder el rumbo, nunca el Señor hubiese dicho a la iglesia: "En esto te has apartado, arrepiéntete; porque si no, vendré a ti, y quitaré tu candelero de su lugar".

La palabra que el Señor da a su pueblo tiene muchas facetas, expresiones. Está la palabra de los evangelistas, una palabra dulce, una palabra atrayente. Está la palabra de los maestros, que es una palabra clara, expositiva, muy comprensible, en que parece que todo el consejo de Dios se nos abre, y nosotros entendemos cosas que nunca habíamos entendido. Pero está también la palabra de los profetas, que es como una espada que hiere, o es como un martillo que quebranta la piedra, es una palabra de fuego, de luz, que intenta volvernos a las sendas antiguas, como cuando el Señor habla aquí en este capítulo 2. Aquí podemos sentir el latir de Dios por su pueblo, haciendo una remembranza de los días pasados.

La nostalgia del Señor

Al leer este capítulo nosotros nos damos cuenta que los días pasados de Israel habían sido mejores que los días presentes. En el versículo 2 dice: "Anda y clama a los oídos de Jerusalén diciendo: Así dice Jehová: Me he acordado de ti, de la fidelidad de tu juventud". Dios dice: "Me he acordado de ti, de la fidelidad de tu juventud".

Es como que Dios añora los buenos días del pasado. Él no nos ha olvidado; no se ha olvidado de su pueblo infiel, de su pueblo apóstata. "Me he acordado de ti". Como si dijera: "En estos días estuve pensando en ... (bueno, Dios tiene muchas cosas en qué pensar, más altas tal vez), me acordé de ti, de lo fiel que fuiste cuando joven".

Recuerdo una conversación que tuve hace tiempo atrás con un hermano de una cierta ciudad. Es un hombre bastante exitoso, tiene buena posición. Cuando le comenzamos a hablar del Señor, de lo que el Señor ha estado haciendo entre nosotros en este último tiempo, él se puso algo nostálgico. Y dijo así: "Cuando yo era joven, recuerdo haber vivido días muy hermosos cantando en el coro de la iglesia. Los jóvenes nos reuníamos, orábamos, ensayábamos. Vivimos unos días muy hermosos, buscando al Señor". Él hablaba con nostalgia porque hacía muchos años que él había dejado al Señor. Tal vez el fruto de aquella conversación fuera simplemente eso: hacerlo recordar y añorar sus buenos días cuando él caminó con Dios.

¿Cuáles eran las excusas para no hacerlo ya? Él no tenía tiempo, era ahora un hombre importante, tenía familia, una esposa indiferente, ¿qué se podía hacer ya? Eran sólo buenos recuerdos.

"Me he acordado de ti, de la fidelidad de tu juventud". ¿Cuántos de los que estamos aquí, honestamente, hoy, delante de Dios y delante de esta palabra, deberíamos decir: "Sí, en el pasado hubo mejores días que este. Días en que yo caminé con Dios, en que yo experimenté el gozo de mi salvación. Días en los cuales yo me sentía guiado por el Señor. En ese tiempo era joven, era inexperto, pero era feliz". Si usted es un caso como este, entonces para usted es esta palabra.

"Me he acordado de ti". Sí, de ti, te conozco por tu nombre. "De la fidelidad de tu juventud, del amor de tu desposorio". Mire qué frase esa. "Desposorio" nos habla de matrimonio. Y si se es joven y si se está hablando de matrimonio, significa que son los primeros días del matrimonio. La luna de miel, ese primer año. Entonces Dios dice: "Yo me acuerdo de ti, de nuestra luna de miel, de esos primeros años. Tú me amabas".

"Cuando andabas en pos de mí". Detrás de mí. Tal vez hoy nosotros vamos delante del Señor, o lejos del Señor, pero no en pos de él. "En el desierto, en tierra no sembrada". Mire, qué extraño: Dios tiene nostalgia por su pueblo. Pero la nostalgia lo lleva al desierto. Uno podría pensar, que en el desierto es todo aridez, sequedad; un sol calcinante; ¿qué buenos recuerdos puede tener uno del desierto? Pero ¿sabe por qué Dios tenía buenos recuerdos del desierto? Porque en esos días Israel lo seguía a él como su única fuente, como su único recurso.

¿Necesitaba pan? ¿A quién iba a recurrir? ¿Iba a ir a la tienda de la esquina, o al supermercado? ¿A la panadería? No, Israel dependía, para el pan, de su Señor. Si quería beber, ¿dónde iba a ir? ¡Tenía que ir a él! ¿tenía demasiado calor? ¡Iba a él! ¿Y qué hacía Dios para protegerlo del calor? ¡Le ponía una nube en el día! Y donde el pueblo iba, allá iba la nube, que le servía de quitasol. ¡Ah, qué agradable es una nube cuando hay sol! Y en la noche ¡ay qué frío hace, Señor! ¡Estas noches del desierto son tan heladas! ¿Qué cree usted que Dios hacía? Esa nube de agua la convertía en nube de fuego en la noche, para que el pueblo no se entumiera.

"Eso hacía por ti, en aquellos días que yo recuerdo, cuando andabas en pos de mí en el desierto, en tierra no sembrada".
Sigue hablando el Señor: "Santo era Israel a Jehová, primicias de sus nuevos frutos. Todos los que le devoraban eran culpables. Mal venía sobre ellos, dice Jehová". Ustedes se acuerdan de aquel profeta Balaam, que fue llamado para maldecir a Israel, y que, aunque lo intentó, porque le pagaban bien, y ¿qué hizo Dios? le hizo decir bendición al pueblo. Es decir, cuando Dios y su pueblo están en esa íntima relación de marido y mujer, en el primer año de su matrimonio, no hay maldición que valga, no hay mal que pueda venir sobre su pueblo. Balaam tuvo que mudar sus palabras. Aunque él lo pasó muy mal después, conforme a esta misma palabra. Balaam murió muy mal, bajo los juicios de Dios. "Mal venía sobre ellos". Claro, y Balaam es un ejemplo.

"Ay, del que toca la niña de mis ojos", dice el Señor. El hermano Gonzalo nos dio el otro día un ejemplo: "Si un zancudo me pica en el brazo, me duele y se me irrita, no más, pero su ese zancudo me pica en la niña de mi ojo, es una cosa muy diferente". Puede ser hasta fatal para el ojo, tan grave es. Así considera Dios a su pueblo. Así lo ama, así lo defiende.

Amados: quisiera que esto quedara en nuestro corazón: Dios tiene nostalgia de nosotros, de nuestro buenos tiempos. Dios se acuerda de nosotros, cuando éramos más jóvenes. Cuando no sabíamos tanto como hoy – porque hoy tenemos algún conocimiento. Hoy podemos disertar sobre la Biblia, y hacer largas oraciones, y si nos dan la palabra podemos tomarnos una hora como si nada, pero Dios se acuerda de nuestros días buenos, cuando ni sabíamos tanto, ni orábamos tan largo, pero nuestro corazón estaba prendido al suyo. Y no sentíamos las horas que pasábamos en su comunión o leyendo la palabra, o teniendo comunión con los hermanos. ¿Se acuerdan? Éramos jóvenes. ¡Éramos jóvenes! El Señor se acuerda.

El gran pecado

Versículo 4: "Oíd la palabra de Jehová, casa de Jacob, y todas las familias de la casa de Israel. Así dijo Jehová: ¿Qué maldad hallaron en mí vuestros padres, que se alejaron de mí, y se fueron tras la vanidad y se hicieron vanos?". Aquí está el punto de quiebre. Hubo un momento en que el pueblo ya no anduvo tras el Señor, y el Señor se pregunta consternado: "¿Por qué?". Porque no hay respuesta a esta pregunta. "¿Qué hallaron en mí vuestros padres, que se alejaron de mí...". ¿Encontraron dureza? ¿Acaso cuando pidieron pan yo les di piedras? ¿Cuando pidieron agua yo les di alguna sustancia putrefacta? ¿Qué hallaron en mí? ¿Alguna deslealtad?

Y el reclamo está ahí en esa frase: "Se alejaron de mí". Se fueron tras la vanidad y se hicieron vanos. Noten ustedes la relación entre "vanidad" y "vano". Tienen la misma raíz. Se fueron tras la vanidad, y ¿en qué se convirtieron? En vanidad. Si usted se acerca a Dios, es transformado en la misma imagen de Dios; si usted se acerca a la vanidad, se torna vano. Como dice este mismo profeta: "Se entontecen".

¿Qué maldad hallaron en mí que se alejaron de mí? ¡Qué terrible cosa es alejarse de él! Amado hermanos, todos los males que vienen aquí en los capítulos siguientes, y que siguen en el libro de Lamentaciones, todos los males, tienen esta raíz, ¡este es el gran pecado! No es adorar los ídolos –sin duda, es un pecado grave–, pero este el gran pecado: "alejarse de mí", dice el Señor.

Porque cuando un hombre o un pueblo se aleja de Dios entonces todo se confunde, todo se trastoca, todo se vuelve vil, todo se oscurece; es como si el sol se apagara en la mitad del día. ¡Hay tinieblas, hay dolor, hay oscuridad! Se podrán seguir haciendo las mismas cosas, pero hay un cambio por dentro, hay una pérdida, ¡ay del hombre que se aleja de Dios, habiéndolo conocido y habiéndolo seguido! El gran pecado es "alejarse". Y los otros pecados son simples consecuencias de este gran pecado. ¿Usted cayó en adulterio? ¿Qué es eso? ¿Una consecuencia de haberse alejado de Dios? ¿Usted cometió en fraude? ¿Qué es eso? ¡Una consecuencia de haberse alejado de Dios! No nos deben extrañar las cosas que suceden cuando un hombre se aleja de Dios.

Versículo 6: "Y no dijeron: ¿Dónde está Jehová?, que nos hizo subir de la tierra de Egipto, que nos condujo por el desierto, por una tierra desierta y despoblada, por tierra seca y de sombra de muerte, por una tierra por la cual no pasó varón, ni allí habitó hombre?". ¿Qué fue lo que no dijeron? ¿Qué fue lo que no hicieron? No se preguntaron jamás dónde estaba Jehová. Lo único que tenían que hacer no lo hicieron. Porque si Dios se le perdió, si lo dejaron a él, y le empezaron a sobrevenir desgracia tras desgracia, ¿por qué no dijeron "dónde está Jehová"? En cambio, ¿saben ustedes lo que hicieron? Miren la necedad grande - una necedad a la cual nosotros también estamos expuestos: Ellos siguieron con su religión. Ellos pensaron así: "No importa, yo voy al templo. Yo llevo mi cordero. Yo cumplo con las fiestas sagradas. Yo entrego los diezmos. Yo honro al levita que vive en mi ciudad". ¿Se fijan? Puras cosas externas. Hacer cosas, para tratar de ocultar, de tapar, el gran pecado.

De esa manera la conciencia se mitiga un poco. La voz de la conciencia que siempre habla a favor de Dios, se acalla un poco con las buenas obras que yo hago. Así comenzaron ellos a tapar su gran problema.

Más adelante en el libro de Jeremías encontramos la siguiente situación: Jeremías le hablaba al pueblo que debían arrepentirse, porque si no, Dios iba a enviar a Nabucodonosor, e iba a destruir la ciudad. ¿Y saben lo que ellos le decían? "¿Acaso este no es el templo?". Y le mostraban el templo, un edificio fastuosísimo, ese templo que Salomón levantó, porque Dios estaba allí.

Entonces, cada vez que Jeremías les hablaba de parte de Dios para que se arrepintiesen de su gran pecado, ellos decían: "Aquí está el templo, ¿quién nos puede hacer algo a nosotros? Esta es Jerusalén, la ciudad de Dios, ¿qué pueblo puede invadirla?". Esa era la forma de pensar de los judíos.

La historia cuenta que cuando el general Tito rodeó la ciudad de Jerusalén en el año 70 d.C., para tomarla, los judíos que estaban fuera de los muros de la ciudad, en vez de escapar por su vida, hicieron lo contrario, se metieron en la ciudad, ¿por qué? Lo lógico hubiera sido escapar. Ellos pensaban que esa ciudad nunca sería arrasada. Ni Tito, ni ningún otro guerrero podía tomarse la ciudad de Jerusalén. ¿Por qué? Porque era la ciudad de Dios.

Ellos confiaban en cosas externas. En el templo, en la ciudad. "¿Estamos en el templo? ¡estamos seguros! ¿Estamos en la ciudad? ¡Estamos seguros! Así que, sigamos pecando, sigamos cometiendo usura, sigamos adulterando, sigamos menospreciando las palabras de Dios. Tenemos el templo y tenemos la ciudad". Ese fue el problema, el gran problema de Israel.
Nunca se preguntaron: ¿Dónde está Jehová? Hermanos, hermanas: Si lo hemos perdido de vista, si estamos metidos en un fango, en una red que el diablo ha tejido alrededor de nosotros, y de alguna manera sentimos que el enemigo ha ganado ventaja, que Dios se nos ha perdido, que nosotros ya no tenemos el gozo de la salvación, antes bien las lágrimas son el pan de cada día, preguntémonos lo que Israel no supo preguntar: "¿Dónde está Dios?".

Conocer la Biblia no es conocer a Dios

Jeremías 2:8: "Los sacerdotes no dijeron: ¿Dónde está Jehová?". Vean, es la segunda vez que se menciona esta pregunta que no se hizo. Los sacerdotes tampoco la hicieron. Ellos eran las personas responsables del pueblo. "Los sacerdotes no dijeron: ¿Dónde está Jehová? Y los que tenían la ley no me conocieron". Fíjense: ellos tenían la ley y no le conocían. Y los que tenían la ley eran los que debían conocer la ley. Eran los que la administraban, los que la enseñaban, los que juzgaban en medio del pueblo.

"No me conocieron". Aquí hay otra manifestación de este gran pecado. ¿Cuál es nuestro grado de conocimiento de Dios? Conocemos una forma de cristianismo, tal vez más sofisticada que otras? ¿tenemos conocimiento de la palabra, y tal vez al Señor mismo no le conocemos? Amados, si no le conocemos a él, no sirve de nada toda la exterioridad que nosotros podamos exhibir.

Por eso dice más adelante, en el capítulo 9: "No se alabe el sabio en su sabiduría, ni el rico en sus riquezas, ni en su valentía se alabe el valiente, sino alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, porque yo soy Jehová". Pero los que tenían la ley no le conocieron.

Y este reclamo de Dios de no ser conocido, lo repite Jeremías varias veces: "No me conocieron, no me conocieron, no me conocieron". "Se alejaron de mí, me dejaron". Me preocupa algo que creo que debo decirlo en esta hora: Nosotros evangelizamos con ese versículo de Romanos capítulo 10 en forma un poco liviana. Cuando decimos: "Si tú confiesas con tu boca y crees en tu corazón... serás salvo". Si nosotros presionamos a alguien para que repita eso, pensamos que ya está solucionado el problema, que está concluido el asunto. Ya eres una persona salva. Pero ¿por qué hay tantos que, habiendo repetido eso, nunca nacieron de nuevo? Ellos no han conocido de verdad al Señor.

Yo no estoy diciendo que esa palabra de Romanos no sea verdadera. Lo es. Pero si no conducimos a la gente al conocimiento de Cristo, a un conocimiento espiritual de Cristo, entonces no hay una obra genuina. Podrá haber una cosa externa, de repetir algo, un rezo. Pero tenemos que asegurarnos que esa persona que confesó al Señor, vio su condición pecaminosa, se arrepintió de sus pecados, vio por la Palabra su condenación, y habiéndola visto, puede aferrarse de Cristo. ¿Podemos ser testigos de que algo sucedió en esa persona?

"Los que tenían la ley no me conocieron". Nicodemo conocía la ley, pero no conocía a Dios. Por eso el Señor le dice que le era necesario nacer de nuevo. Cuando una persona tiene sólo conocimiento de la Biblia, pero no conoce al Dios de la Biblia, ¿qué tenemos que decirle? "Tú necesitas nacer de nuevo". Si no naces de nuevo, tu corazón es el mismo de siempre, y en cualquier momento se va a desbordar, porque el hombre no es capaz de cumplir la ley de Dios, porque no puede.

Si no hay conocimiento espiritual de Dios entonces viene toda la otra seguidilla de pecados. Me temo que algunos de nosotros tenemos un conocimiento tan pequeño del Señor Jesús, que no vivimos de acuerdo a lo que profesamos. Decimos que Jesús es el Señor con nuestros labios, pero no dejamos que Jesús señoree de verdad en nuestra vida, en nuestro matrimonio, en nuestro hogar. ¿Señorea el Señor? Preguntémonos: ¿Señorea el Señor en mi vida? Si no es así, no digamos que Jesús es el Señor, para no pecar.

Es un asunto de consecuencia.

Manteniendo los estándares

¿Qué más dice? "Los pastores se rebelaron contra mí, y los profetas profetizaron en nombre de Baal". Vean ustedes, los profetas profetizando en nombre de Baal. ¡Qué cosa! Claro, yo entiendo que la palabra Baal significa algo así como "señor" o "mi señor", es decir, revela un grado de cercanía. Porque el enemigo es tan astuto que siempre imita las cosas de Dios. Entonces, para que el pueblo no es espante, no sea advertido de su error, entonces le cambia un poquito la palabra y sigue diciendo lo mismo, o parecido, pero no es el Dios verdadero. Es otro, un falso, un ídolo. "En nombre de Baal" ¡Qué frescura!

Y pienso que podemos ser un poco más sutiles todavía, y decir: ¿Cuándo un profeta profetiza en nombre de Baal? Cuando endulza su lengua para no malquistarse con la gente. En otro capítulo, en el capítulo 23 de Jeremías, el Señor habla de los profetas que endulzan sus lenguas, y que le dicen al pueblo: "Paz, paz, nunca van a venir los invasores, Nabucodonosor nunca va a llegar, tengan tranquilidad". Así decían los falsos profetas. Yo sé que hay palabras del Señor que arrullan, que acunan; el Señor nos arrulla muchas veces, pero cuando el Señor nos envía una palabra profética, lo más probable es que no nos acune, sino que nos denuncia, nos desnuda, de modo que decimos: "Señor, ten misericordia de mí". Ese es el grito que surge: "Ten misericordia de mí".

¿Ha bajado Dios sus estándares por causa de que vivimos en una civilización avanzada? ¿Ha bajado Dios sus demandas? ¿Podemos ser pueblo de Dios y no necesitar ser tan santos, porque tenemos a nuestro alrededor una generación maligna y perversa, experta en pecados, que se ha doctorado en degeneraciones? ¿Podemos nosotros bajar nuestros estándares, porque vivimos en un mundo corrompido, donde a lo negro se le dice blanco y a lo blanco, negro? ¿Un mundo donde la fornicación no es fornicación, ni el adulterio tampoco es adulterio, sino una amistad, una simple pareja? ¡Oh qué lindo suena! "Usted no necesita casarse. ¿Para qué va a casarse usted? ¿Para qué se amarra usted, sea libre? Si se cansa de esa pareja, pues, busque otra, y hay tantas que están disponibles". ¿Habrá bajado Dios los estándares? ¡No! Él dice: "Sed santos, porque yo soy santo". ¡Así de simple! La misma santidad, el mismo parámetro. ¡Oh, Señor, socórrenos, ten misericordia de nosotros!

El hermano Christian Chen dijo una vez una frase, en uno de sus mensajes: "Para un joven es casi imposible mantenerse puro en medio de esta generación". Esa frase, viniendo del hermano, que no acostumbra exagerar, muestra que existe una dificultad real. Entonces, ¿qué haremos ante una amenaza de ese tipo, de contaminación, de concupiscencia? ¿Pondremos reglas? No sirven las reglas. Israel tenía 660 mandamientos, y probablemente los cumplían en su mayoría, pero habían dejado "el gran mandamiento" de lado, esto es, amar al Señor, seguir al Señor. No podemos dar reglas. Tenemos que escuchar la queja del Señor, y volvernos a él.

Volvámonos al Señor

Terminamos con el versículo 13. "Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua. ¿Es Israel siervo? ¿es esclavo? ¿Por qué ha venido a ser presa? ... Aun los hijos de Menfis y de Tafnes (egipcios) te quebrantaron la coronilla". Es decir, el mundo –que es lo que representa Egipto– hizo lo que quiso contigo. El mundo se metió en tu vida, en tu casa, en tu intimidad. Te destruyó.

"¿No te acarreó esto el haber dejado a Jehová tu Dios, cuando te conducía por el camino? Ahora, pues, ¿qué tienes tú en el camino de Egipto, para que bebas agua del Nilo? ¿Y qué tienes tú en el camino de Asiria, para que bebas agua del Eufrates?" (v.17-18). Aquí cuando se habla del agua se refiere a aquello que satisface lo más íntimo del hombre.

El Señor nos dice: "¿Me dejaste a mí? Pues bien, ahora tienes sed". Igual que antes de conocerme. Y entonces buscas tomar agua del Nilo, o del Eufrates. Esos dos ríos tremendos que hay, uno en el oriente y otro en el occidente. Andas en busca de agua. Y piensas que trabajando más, la vas a obtener, que teniendo más dinero, vas a tener agua. Hay muchos hijos de Dios que corren desesperados porque hay que trabajar, hay que ganar dinero. Hay que tener otra cosa, y luego hay que tener un auto nuevo. ¡Es una locura!

Pero la clave está aquí: "Me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua". El Señor Jesús dijo a la mujer samaritana: "El agua que yo le daré será en él una fuente que salte para vida eterna". Y después, en el capítulo 7 de Juan, cuando dice: "Si alguno tiene sed, venga a mí y beba ... de su interior correrán ríos de agua viva". No sólo será una fuente, sino también un río. Un río conectado a una fuente. Y cuando un río está conectado a una fuente, nunca se seca.

Amados hermanos, ¡volvámonos al Señor! En esta primera reunión pública, hagamos lo más sabio que podríamos hacer. No tratemos de solucionar nosotros nuestros problemas, que, en algunos casos, son muchos, sino volvámonos a él. El reclamo que él tiene es: "Me han olvidado, me han dejado, se han vuelto atrás". Y también nos dice hoy: "Vuélvete a mí".

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