Los
reclamos de Dios por medio del profeta Jeremías tienen
plena vigencia hoy para la Iglesia.
«Me
han dejado»
Eliseo
Apablaza
Lectura:
Jeremías 2:1-5, 13; 4:22; 5:4; 9:23-24.
Jeremías
fue uno de los profetas finales de Israel, y le tocó
vivir en días muy cruciales. En días cuando los
juicios de Dios ya estaban comenzando a descender sobre Israel.
Sin embargo, Dios no se había cansado de llamar al pueblo
al arrepentimiento, para encauzarlo por su recto camino. Una
y otra vez, "desde temprano y sin cesar" -como dice
Jeremías en varios lugares-, Dios había estado
llamando a un pueblo rebelde, y el pueblo no había respondido
a ese llamado de Dios.
Jeremías
es llamado el profeta llorón; es el autor del libro de
Jeremías y de Lamentaciones. Y en esos dos libros aparecen
muchas lágrimas, mucho dolor, mucho quebranto, mucha
angustia, mucha aflicción, causada por el pecado de Israel.
¿Cuál era el mayor pecado de Israel? Porque uno
puede encontrar pecados, pecadillos, y también "el
gran pecado". Podría hablarse de muchos pecados.
Por ejemplo, que ellos habían hecho las cosas abominables
que los paganos que vivían a su alrededor hacían.
Cosas como ofrecer sacrificios a sus ídolos; pasar a
sus niños por el fuego; participar de las orgías
cada vez que había cosecha o había vendimia ellos
tenían un dios de la fertilidad, con su respectiva diosa
de la fertilidad, ustedes pueden imaginar qué cosas ocurrían
allí. Eso ocurría con los pueblos alrededor.
Ellos también habían sido atraídos a esas
costumbres.
Sí,
esos son pecados muy graves. Pero, con todo, ese no era el gran
pecado de Israel. Por eso dije, hay pecados, pecadillos, y hay
el gran pecado. ¿Cuál será este gran pecado
la causa y raíz de todos los demás? Al
leer el libro de Jeremías nosotros podemos ver cuál
es ese gran pecado.
La
necesidad de una palabra profética
Ahora,
¿por qué esta mañana, al comenzar estas
reuniones de día domingo, que son públicas, comenzamos
hablando de estas cosas? ¿Hablando del profeta Jeremías,
de la calamidad que envolvía al pueblo de Israel, de
los graves pecados, y del gran pecado, como diciendo: "Acaso
puede comparársenos con Israel, ¿no somos mejores?
¿Acaso nosotros no tenemos un Salvador, no tenemos un
camino de gracia, no tenemos el Espíritu Santo adentro?
¿Acaso no tenemos la revelación de las cosas eternas?
¿Y de Jesucristo, y de la Iglesia? ¿Acaso no somos
familia de Dios?
El
Señor permite que en las Escrituras no solamente exista
el Nuevo Testamento, que es el testamento de la gracia, de la
salvación gratuita, el evangelio de Jesucristo, en que
a nosotros se nos invita a tomar gratuitamente del agua de la
vida, a comer gratuitamente del maná, del verdadero maná
que vino del cielo, el cual es Jesucristo, sino que también,
en su sabiduría, Dios permite que también exista
el Antiguo Testamento, y que exista la voz profética
de los profetas antiguos, porque esa voz profética también
es necesaria para nosotros.
Al
igual que Israel, nosotros tenemos un corazón engañoso
y perverso, más que todas las cosas. Aunque él
nos ha dado un nuevo corazón, aunque él nos ha
regenerado, y nos ha dado su Espíritu Santo, y aunque
a algunos más que a otros los haya llenado una y otra
vez de su Espíritu, todavía está el peligro.
Si no existiera el peligro de que el pueblo de Dios se desviase,
si no existiera el peligro de que nuestro corazón se
endureciese, entonces el Señor nunca, nunca hubiera dicho,
en las cartas de Apocalipsis a su pueblo, a esas siete iglesias,
nunca hubiera usado la palabra "arrepiéntete".
Si nosotros estuviéramos libres y exentos de apartarnos,
de extraviarnos, de endurecernos, de perder el rumbo, nunca
el Señor hubiese dicho a la iglesia: "En esto te
has apartado, arrepiéntete; porque si no, vendré
a ti, y quitaré tu candelero de su lugar".
La
palabra que el Señor da a su pueblo tiene muchas facetas,
expresiones. Está la palabra de los evangelistas, una
palabra dulce, una palabra atrayente. Está la palabra
de los maestros, que es una palabra clara, expositiva, muy comprensible,
en que parece que todo el consejo de Dios se nos abre, y nosotros
entendemos cosas que nunca habíamos entendido. Pero está
también la palabra de los profetas, que es como una espada
que hiere, o es como un martillo que quebranta la piedra, es
una palabra de fuego, de luz, que intenta volvernos a las sendas
antiguas, como cuando el Señor habla aquí en este
capítulo 2. Aquí podemos sentir el latir de Dios
por su pueblo, haciendo una remembranza de los días pasados.
La
nostalgia del Señor
Al
leer este capítulo nosotros nos damos cuenta que los
días pasados de Israel habían sido mejores que
los días presentes. En el versículo 2 dice: "Anda
y clama a los oídos de Jerusalén diciendo: Así
dice Jehová: Me he acordado de ti, de la fidelidad de
tu juventud". Dios dice: "Me he acordado de ti, de
la fidelidad de tu juventud".
Es
como que Dios añora los buenos días del pasado.
Él no nos ha olvidado; no se ha olvidado de su pueblo
infiel, de su pueblo apóstata. "Me he acordado de
ti". Como si dijera: "En estos días estuve
pensando en ... (bueno, Dios tiene muchas cosas en qué
pensar, más altas tal vez), me acordé de ti, de
lo fiel que fuiste cuando joven".
Recuerdo
una conversación que tuve hace tiempo atrás con
un hermano de una cierta ciudad. Es un hombre bastante exitoso,
tiene buena posición. Cuando le comenzamos a hablar del
Señor, de lo que el Señor ha estado haciendo entre
nosotros en este último tiempo, él se puso algo
nostálgico. Y dijo así: "Cuando yo era joven,
recuerdo haber vivido días muy hermosos cantando en el
coro de la iglesia. Los jóvenes nos reuníamos,
orábamos, ensayábamos. Vivimos unos días
muy hermosos, buscando al Señor". Él hablaba
con nostalgia porque hacía muchos años que él
había dejado al Señor. Tal vez el fruto de aquella
conversación fuera simplemente eso: hacerlo recordar
y añorar sus buenos días cuando él caminó
con Dios.
¿Cuáles
eran las excusas para no hacerlo ya? Él no tenía
tiempo, era ahora un hombre importante, tenía familia,
una esposa indiferente, ¿qué se podía hacer
ya? Eran sólo buenos recuerdos.
"Me
he acordado de ti, de la fidelidad de tu juventud". ¿Cuántos
de los que estamos aquí, honestamente, hoy, delante de
Dios y delante de esta palabra, deberíamos decir: "Sí,
en el pasado hubo mejores días que este. Días
en que yo caminé con Dios, en que yo experimenté
el gozo de mi salvación. Días en los cuales yo
me sentía guiado por el Señor. En ese tiempo era
joven, era inexperto, pero era feliz". Si usted es un caso
como este, entonces para usted es esta palabra.
"Me
he acordado de ti". Sí, de ti, te conozco por tu
nombre. "De la fidelidad de tu juventud, del amor de tu
desposorio". Mire qué frase esa. "Desposorio"
nos habla de matrimonio. Y si se es joven y si se está
hablando de matrimonio, significa que son los primeros días
del matrimonio. La luna de miel, ese primer año. Entonces
Dios dice: "Yo me acuerdo de ti, de nuestra luna de miel,
de esos primeros años. Tú me amabas".
"Cuando
andabas en pos de mí". Detrás de mí.
Tal vez hoy nosotros vamos delante del Señor, o lejos
del Señor, pero no en pos de él. "En el desierto,
en tierra no sembrada". Mire, qué extraño:
Dios tiene nostalgia por su pueblo. Pero la nostalgia lo lleva
al desierto. Uno podría pensar, que en el desierto es
todo aridez, sequedad; un sol calcinante; ¿qué
buenos recuerdos puede tener uno del desierto? Pero ¿sabe
por qué Dios tenía buenos recuerdos del desierto?
Porque en esos días Israel lo seguía a él
como su única fuente, como su único recurso.
¿Necesitaba
pan? ¿A quién iba a recurrir? ¿Iba a ir
a la tienda de la esquina, o al supermercado? ¿A la panadería?
No, Israel dependía, para el pan, de su Señor.
Si quería beber, ¿dónde iba a ir? ¡Tenía
que ir a él! ¿tenía demasiado calor? ¡Iba
a él! ¿Y qué hacía Dios para protegerlo
del calor? ¡Le ponía una nube en el día!
Y donde el pueblo iba, allá iba la nube, que le servía
de quitasol. ¡Ah, qué agradable es una nube cuando
hay sol! Y en la noche ¡ay qué frío hace,
Señor! ¡Estas noches del desierto son tan heladas!
¿Qué cree usted que Dios hacía? Esa nube
de agua la convertía en nube de fuego en la noche, para
que el pueblo no se entumiera.
"Eso
hacía por ti, en aquellos días que yo recuerdo,
cuando andabas en pos de mí en el desierto, en tierra
no sembrada".
Sigue hablando el Señor: "Santo era Israel a Jehová,
primicias de sus nuevos frutos. Todos los que le devoraban eran
culpables. Mal venía sobre ellos, dice Jehová".
Ustedes se acuerdan de aquel profeta Balaam, que fue llamado
para maldecir a Israel, y que, aunque lo intentó, porque
le pagaban bien, y ¿qué hizo Dios? le hizo decir
bendición al pueblo. Es decir, cuando Dios y su pueblo
están en esa íntima relación de marido
y mujer, en el primer año de su matrimonio, no hay maldición
que valga, no hay mal que pueda venir sobre su pueblo. Balaam
tuvo que mudar sus palabras. Aunque él lo pasó
muy mal después, conforme a esta misma palabra. Balaam
murió muy mal, bajo los juicios de Dios. "Mal venía
sobre ellos". Claro, y Balaam es un ejemplo.
"Ay,
del que toca la niña de mis ojos", dice el Señor.
El hermano Gonzalo nos dio el otro día un ejemplo: "Si
un zancudo me pica en el brazo, me duele y se me irrita, no
más, pero su ese zancudo me pica en la niña de
mi ojo, es una cosa muy diferente". Puede ser hasta fatal
para el ojo, tan grave es. Así considera Dios a su pueblo.
Así lo ama, así lo defiende.
Amados:
quisiera que esto quedara en nuestro corazón: Dios tiene
nostalgia de nosotros, de nuestro buenos tiempos. Dios se acuerda
de nosotros, cuando éramos más jóvenes.
Cuando no sabíamos tanto como hoy porque hoy tenemos
algún conocimiento. Hoy podemos disertar sobre la Biblia,
y hacer largas oraciones, y si nos dan la palabra podemos tomarnos
una hora como si nada, pero Dios se acuerda de nuestros días
buenos, cuando ni sabíamos tanto, ni orábamos
tan largo, pero nuestro corazón estaba prendido al suyo.
Y no sentíamos las horas que pasábamos en su comunión
o leyendo la palabra, o teniendo comunión con los hermanos.
¿Se acuerdan? Éramos jóvenes. ¡Éramos
jóvenes! El Señor se acuerda.
El
gran pecado
Versículo
4: "Oíd la palabra de Jehová, casa de Jacob,
y todas las familias de la casa de Israel. Así dijo Jehová:
¿Qué maldad hallaron en mí vuestros padres,
que se alejaron de mí, y se fueron tras la vanidad y
se hicieron vanos?". Aquí está el punto de
quiebre. Hubo un momento en que el pueblo ya no anduvo tras
el Señor, y el Señor se pregunta consternado:
"¿Por qué?". Porque no hay respuesta
a esta pregunta. "¿Qué hallaron en mí
vuestros padres, que se alejaron de mí...". ¿Encontraron
dureza? ¿Acaso cuando pidieron pan yo les di piedras?
¿Cuando pidieron agua yo les di alguna sustancia putrefacta?
¿Qué hallaron en mí? ¿Alguna deslealtad?
Y
el reclamo está ahí en esa frase: "Se alejaron
de mí". Se fueron tras la vanidad y se hicieron
vanos. Noten ustedes la relación entre "vanidad"
y "vano". Tienen la misma raíz. Se fueron tras
la vanidad, y ¿en qué se convirtieron? En vanidad.
Si usted se acerca a Dios, es transformado en la misma imagen
de Dios; si usted se acerca a la vanidad, se torna vano. Como
dice este mismo profeta: "Se entontecen".
¿Qué
maldad hallaron en mí que se alejaron de mí? ¡Qué
terrible cosa es alejarse de él! Amado hermanos, todos
los males que vienen aquí en los capítulos siguientes,
y que siguen en el libro de Lamentaciones, todos los males,
tienen esta raíz, ¡este es el gran pecado! No es
adorar los ídolos sin duda, es un pecado grave,
pero este el gran pecado: "alejarse de mí",
dice el Señor.
Porque
cuando un hombre o un pueblo se aleja de Dios entonces todo
se confunde, todo se trastoca, todo se vuelve vil, todo se oscurece;
es como si el sol se apagara en la mitad del día. ¡Hay
tinieblas, hay dolor, hay oscuridad! Se podrán seguir
haciendo las mismas cosas, pero hay un cambio por dentro, hay
una pérdida, ¡ay del hombre que se aleja de Dios,
habiéndolo conocido y habiéndolo seguido! El gran
pecado es "alejarse". Y los otros pecados son simples
consecuencias de este gran pecado. ¿Usted cayó
en adulterio? ¿Qué es eso? ¿Una consecuencia
de haberse alejado de Dios? ¿Usted cometió en
fraude? ¿Qué es eso? ¡Una consecuencia de
haberse alejado de Dios! No nos deben extrañar las cosas
que suceden cuando un hombre se aleja de Dios.
Versículo
6: "Y no dijeron: ¿Dónde está Jehová?,
que nos hizo subir de la tierra de Egipto, que nos condujo por
el desierto, por una tierra desierta y despoblada, por tierra
seca y de sombra de muerte, por una tierra por la cual no pasó
varón, ni allí habitó hombre?". ¿Qué
fue lo que no dijeron? ¿Qué fue lo que no hicieron?
No se preguntaron jamás dónde estaba Jehová.
Lo único que tenían que hacer no lo hicieron.
Porque si Dios se le perdió, si lo dejaron a él,
y le empezaron a sobrevenir desgracia tras desgracia, ¿por
qué no dijeron "dónde está Jehová"?
En cambio, ¿saben ustedes lo que hicieron? Miren la necedad
grande - una necedad a la cual nosotros también estamos
expuestos: Ellos siguieron con su religión. Ellos pensaron
así: "No importa, yo voy al templo. Yo llevo mi
cordero. Yo cumplo con las fiestas sagradas. Yo entrego los
diezmos. Yo honro al levita que vive en mi ciudad". ¿Se
fijan? Puras cosas externas. Hacer cosas, para tratar de ocultar,
de tapar, el gran pecado.
De
esa manera la conciencia se mitiga un poco. La voz de la conciencia
que siempre habla a favor de Dios, se acalla un poco con las
buenas obras que yo hago. Así comenzaron ellos a tapar
su gran problema.
Más
adelante en el libro de Jeremías encontramos la siguiente
situación: Jeremías le hablaba al pueblo que debían
arrepentirse, porque si no, Dios iba a enviar a Nabucodonosor,
e iba a destruir la ciudad. ¿Y saben lo que ellos le
decían? "¿Acaso este no es el templo?".
Y le mostraban el templo, un edificio fastuosísimo, ese
templo que Salomón levantó, porque Dios estaba
allí.
Entonces,
cada vez que Jeremías les hablaba de parte de Dios para
que se arrepintiesen de su gran pecado, ellos decían:
"Aquí está el templo, ¿quién
nos puede hacer algo a nosotros? Esta es Jerusalén, la
ciudad de Dios, ¿qué pueblo puede invadirla?".
Esa era la forma de pensar de los judíos.
La
historia cuenta que cuando el general Tito rodeó la ciudad
de Jerusalén en el año 70 d.C., para tomarla,
los judíos que estaban fuera de los muros de la ciudad,
en vez de escapar por su vida, hicieron lo contrario, se metieron
en la ciudad, ¿por qué? Lo lógico hubiera
sido escapar. Ellos pensaban que esa ciudad nunca sería
arrasada. Ni Tito, ni ningún otro guerrero podía
tomarse la ciudad de Jerusalén. ¿Por qué?
Porque era la ciudad de Dios.
Ellos
confiaban en cosas externas. En el templo, en la ciudad. "¿Estamos
en el templo? ¡estamos seguros! ¿Estamos en la
ciudad? ¡Estamos seguros! Así que, sigamos pecando,
sigamos cometiendo usura, sigamos adulterando, sigamos menospreciando
las palabras de Dios. Tenemos el templo y tenemos la ciudad".
Ese fue el problema, el gran problema de Israel.
Nunca se preguntaron: ¿Dónde está Jehová?
Hermanos, hermanas: Si lo hemos perdido de vista, si estamos
metidos en un fango, en una red que el diablo ha tejido alrededor
de nosotros, y de alguna manera sentimos que el enemigo ha ganado
ventaja, que Dios se nos ha perdido, que nosotros ya no tenemos
el gozo de la salvación, antes bien las lágrimas
son el pan de cada día, preguntémonos lo que Israel
no supo preguntar: "¿Dónde está Dios?".
Conocer
la Biblia no es conocer a Dios
Jeremías
2:8: "Los sacerdotes no dijeron: ¿Dónde está
Jehová?". Vean, es la segunda vez que se menciona
esta pregunta que no se hizo. Los sacerdotes tampoco la hicieron.
Ellos eran las personas responsables del pueblo. "Los sacerdotes
no dijeron: ¿Dónde está Jehová?
Y los que tenían la ley no me conocieron". Fíjense:
ellos tenían la ley y no le conocían. Y los que
tenían la ley eran los que debían conocer la ley.
Eran los que la administraban, los que la enseñaban,
los que juzgaban en medio del pueblo.
"No
me conocieron". Aquí hay otra manifestación
de este gran pecado. ¿Cuál es nuestro grado de
conocimiento de Dios? Conocemos una forma de cristianismo, tal
vez más sofisticada que otras? ¿tenemos conocimiento
de la palabra, y tal vez al Señor mismo no le conocemos?
Amados, si no le conocemos a él, no sirve de nada toda
la exterioridad que nosotros podamos exhibir.
Por
eso dice más adelante, en el capítulo 9: "No
se alabe el sabio en su sabiduría, ni el rico en sus
riquezas, ni en su valentía se alabe el valiente, sino
alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme
y conocerme, porque yo soy Jehová". Pero los que
tenían la ley no le conocieron.
Y
este reclamo de Dios de no ser conocido, lo repite Jeremías
varias veces: "No me conocieron, no me conocieron, no me
conocieron". "Se alejaron de mí, me dejaron".
Me preocupa algo que creo que debo decirlo en esta hora: Nosotros
evangelizamos con ese versículo de Romanos capítulo
10 en forma un poco liviana. Cuando decimos: "Si tú
confiesas con tu boca y crees en tu corazón... serás
salvo". Si nosotros presionamos a alguien para que repita
eso, pensamos que ya está solucionado el problema, que
está concluido el asunto. Ya eres una persona salva.
Pero ¿por qué hay tantos que, habiendo repetido
eso, nunca nacieron de nuevo? Ellos no han conocido de verdad
al Señor.
Yo
no estoy diciendo que esa palabra de Romanos no sea verdadera.
Lo es. Pero si no conducimos a la gente al conocimiento de Cristo,
a un conocimiento espiritual de Cristo, entonces no hay una
obra genuina. Podrá haber una cosa externa, de repetir
algo, un rezo. Pero tenemos que asegurarnos que esa persona
que confesó al Señor, vio su condición
pecaminosa, se arrepintió de sus pecados, vio por la
Palabra su condenación, y habiéndola visto, puede
aferrarse de Cristo. ¿Podemos ser testigos de que algo
sucedió en esa persona?
"Los
que tenían la ley no me conocieron". Nicodemo conocía
la ley, pero no conocía a Dios. Por eso el Señor
le dice que le era necesario nacer de nuevo. Cuando una persona
tiene sólo conocimiento de la Biblia, pero no conoce
al Dios de la Biblia, ¿qué tenemos que decirle?
"Tú necesitas nacer de nuevo". Si no naces
de nuevo, tu corazón es el mismo de siempre, y en cualquier
momento se va a desbordar, porque el hombre no es capaz de cumplir
la ley de Dios, porque no puede.
Si
no hay conocimiento espiritual de Dios entonces viene toda la
otra seguidilla de pecados. Me temo que algunos de nosotros
tenemos un conocimiento tan pequeño del Señor
Jesús, que no vivimos de acuerdo a lo que profesamos.
Decimos que Jesús es el Señor con nuestros labios,
pero no dejamos que Jesús señoree de verdad en
nuestra vida, en nuestro matrimonio, en nuestro hogar. ¿Señorea
el Señor? Preguntémonos: ¿Señorea
el Señor en mi vida? Si no es así, no digamos
que Jesús es el Señor, para no pecar.
Es
un asunto de consecuencia.
Manteniendo
los estándares
¿Qué
más dice? "Los pastores se rebelaron contra mí,
y los profetas profetizaron en nombre de Baal". Vean ustedes,
los profetas profetizando en nombre de Baal. ¡Qué
cosa! Claro, yo entiendo que la palabra Baal significa algo
así como "señor" o "mi señor",
es decir, revela un grado de cercanía. Porque el enemigo
es tan astuto que siempre imita las cosas de Dios. Entonces,
para que el pueblo no es espante, no sea advertido de su error,
entonces le cambia un poquito la palabra y sigue diciendo lo
mismo, o parecido, pero no es el Dios verdadero. Es otro, un
falso, un ídolo. "En nombre de Baal" ¡Qué
frescura!
Y
pienso que podemos ser un poco más sutiles todavía,
y decir: ¿Cuándo un profeta profetiza en nombre
de Baal? Cuando endulza su lengua para no malquistarse con la
gente. En otro capítulo, en el capítulo 23 de
Jeremías, el Señor habla de los profetas que endulzan
sus lenguas, y que le dicen al pueblo: "Paz, paz, nunca
van a venir los invasores, Nabucodonosor nunca va a llegar,
tengan tranquilidad". Así decían los falsos
profetas. Yo sé que hay palabras del Señor que
arrullan, que acunan; el Señor nos arrulla muchas veces,
pero cuando el Señor nos envía una palabra profética,
lo más probable es que no nos acune, sino que nos denuncia,
nos desnuda, de modo que decimos: "Señor, ten misericordia
de mí". Ese es el grito que surge: "Ten misericordia
de mí".
¿Ha
bajado Dios sus estándares por causa de que vivimos en
una civilización avanzada? ¿Ha bajado Dios sus
demandas? ¿Podemos ser pueblo de Dios y no necesitar
ser tan santos, porque tenemos a nuestro alrededor una generación
maligna y perversa, experta en pecados, que se ha doctorado
en degeneraciones? ¿Podemos nosotros bajar nuestros estándares,
porque vivimos en un mundo corrompido, donde a lo negro se le
dice blanco y a lo blanco, negro? ¿Un mundo donde la
fornicación no es fornicación, ni el adulterio
tampoco es adulterio, sino una amistad, una simple pareja? ¡Oh
qué lindo suena! "Usted no necesita casarse. ¿Para
qué va a casarse usted? ¿Para qué se amarra
usted, sea libre? Si se cansa de esa pareja, pues, busque otra,
y hay tantas que están disponibles". ¿Habrá
bajado Dios los estándares? ¡No! Él dice:
"Sed santos, porque yo soy santo". ¡Así
de simple! La misma santidad, el mismo parámetro. ¡Oh,
Señor, socórrenos, ten misericordia de nosotros!
El
hermano Christian Chen dijo una vez una frase, en uno de sus
mensajes: "Para un joven es casi imposible mantenerse puro
en medio de esta generación". Esa frase, viniendo
del hermano, que no acostumbra exagerar, muestra que existe
una dificultad real. Entonces, ¿qué haremos ante
una amenaza de ese tipo, de contaminación, de concupiscencia?
¿Pondremos reglas? No sirven las reglas. Israel tenía
660 mandamientos, y probablemente los cumplían en su
mayoría, pero habían dejado "el gran mandamiento"
de lado, esto es, amar al Señor, seguir al Señor.
No podemos dar reglas. Tenemos que escuchar la queja del Señor,
y volvernos a él.
Volvámonos
al Señor
Terminamos
con el versículo 13. "Porque dos males ha hecho
mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron
para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua.
¿Es Israel siervo? ¿es esclavo? ¿Por qué
ha venido a ser presa? ... Aun los hijos de Menfis y de Tafnes
(egipcios) te quebrantaron la coronilla". Es decir, el
mundo que es lo que representa Egipto hizo lo que
quiso contigo. El mundo se metió en tu vida, en tu casa,
en tu intimidad. Te destruyó.
"¿No
te acarreó esto el haber dejado a Jehová tu Dios,
cuando te conducía por el camino? Ahora, pues, ¿qué
tienes tú en el camino de Egipto, para que bebas agua
del Nilo? ¿Y qué tienes tú en el camino
de Asiria, para que bebas agua del Eufrates?" (v.17-18).
Aquí cuando se habla del agua se refiere a aquello que
satisface lo más íntimo del hombre.
El
Señor nos dice: "¿Me dejaste a mí?
Pues bien, ahora tienes sed". Igual que antes de conocerme.
Y entonces buscas tomar agua del Nilo, o del Eufrates. Esos
dos ríos tremendos que hay, uno en el oriente y otro
en el occidente. Andas en busca de agua. Y piensas que trabajando
más, la vas a obtener, que teniendo más dinero,
vas a tener agua. Hay muchos hijos de Dios que corren desesperados
porque hay que trabajar, hay que ganar dinero. Hay que tener
otra cosa, y luego hay que tener un auto nuevo. ¡Es una
locura!
Pero
la clave está aquí: "Me dejaron a mí,
fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas
rotas que no retienen agua". El Señor Jesús
dijo a la mujer samaritana: "El agua que yo le daré
será en él una fuente que salte para vida eterna".
Y después, en el capítulo 7 de Juan, cuando dice:
"Si alguno tiene sed, venga a mí y beba ... de su
interior correrán ríos de agua viva". No
sólo será una fuente, sino también un río.
Un río conectado a una fuente. Y cuando un río
está conectado a una fuente, nunca se seca.
Amados
hermanos, ¡volvámonos al Señor! En esta
primera reunión pública, hagamos lo más
sabio que podríamos hacer. No tratemos de solucionar
nosotros nuestros problemas, que, en algunos casos, son muchos,
sino volvámonos a él. El reclamo que él
tiene es: "Me han olvidado, me han dejado, se han vuelto
atrás". Y también nos dice hoy: "Vuélvete
a mí".