Mensajes desde Centenario

Siete rasgos de Cristo que hacen de David un varón conforme al corazón de Dios.

David en la escuela de Dios (II)

Eliseo Apablaza F.

En el mensaje anterior hablamos de David, pero eso fue sólo una excusa para hablar acerca del Señor Jesús, el varón que agradó plenamente el corazón del Padre. Decíamos que David estuvo en la escuela de Dios, cuyo modelo de hombre es Jesucristo. David vivió antes del Señor Jesús en cuanto a la carne; sin embargo, en esta escuela, Jesús es anterior, porque dice la Escritura que él es la raíz de David. David es sólo una rama de ese árbol precioso cuya raíz es Cristo.

David fue introducido en una escuela, porque Dios quería que este siervo llegara a reinar sobre su pueblo. Y en esta escuela, en la vida de David, hubo dos grandes períodos: el primero, cuando estuvo en la casa de su padre. En esta etapa inicial, aprendió a amar al Señor a depender y a confiar en él.

Veíamos cómo el Señor, por causa de que nos está preparando -al igual que a David- para reinar con Cristo, también a nosotros nos entrena. La primera fase de este entrenamiento suele ser una fase solitaria, un tiempo de silencio, sometidos a situaciones difíciles. Los años vividos en soledad son como una represa que acumula agua para que, cuando ésta se rompa, pueda fluir el agua abundante y dar de beber a muchos.

David, el último entre sus hermanos, el que estaba sometido a los mayores rigores, no era amado por sus hermanos; pero aun así, tenía que servirles. Tenía que enfrentar no sólo la severidad de su padre, sino también la animadversión de ellos. Pero un día el profeta Samuel lo unge como rey de Israel. Y allí, dice la Escritura que el Espíritu Santo vino sobre David. Desde ese momento, en la escuela de Dios, ya no fue Isaí el maestro; desde allí, el Espíritu Santo se hizo cargo de él.

Y aquí comienza la segunda etapa de su entrenamiento. Podríamos pensar: "Ahora, el Espíritu Santo va a permitir a David algún alivio". Sin embargo, ahora veremos que David es conducido por experiencias tanto o más difíciles que las que había vivido hasta entonces.

Después que él derrotó a Goliat, las mujeres de Israel danzaron por las calles, cantando: "Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles". Ese estribillo cantado una y otra vez, llenó de envidia el corazón de Saúl, y desde ese día, David pasó a ser un proscrito, un hombre bajo señal de maldición. El rey conforme al corazón de Dios tiene que huir, porque el rey desechado lo persigue. ¿Por qué Dios no defendió a David en esos años? ¿Acaso ya no lo había ungido rey?

En este tiempo hay nuevas experiencias de aprendizaje para David en la escuela de Dios, y vemos cómo se va desplegando un carácter; cómo Cristo va siendo formado en él. En realidad, no es David quien nos asombra; nos asombra cómo Cristo iba siendo formado en él.

Hay siete rasgos de David que quisiéramos destacar, que son sobre todo siete rasgos de Cristo, siete rasgos que el Señor espera que todos nosotros asumamos y expresemos, producto de este entrenamiento en la escuela de Dios.

"Soy un hombre pobre y de ninguna estima"

David tenía una modesta opinión de sí mismo. Juzguen por ustedes mismos. ¿Han leído alguna vez, en alguno de sus salmos alguna referencia a cuando él mató a Goliat? ¡Jamás! Nunca David exhibe esa victoria como algo propio. Normalmente en los salmos encontramos expresiones como éstas: "Vendré a las misericordias de Dios ... cantaré sus portentosos hechos ... del poder de su brazo hablaré ... exhibiré su salvación ... declararé sus maravillosas obras". Siempre da testimonio de las obras de Dios. Él tenía mala memoria a la hora de acordarse de las cosas que él había hecho. El Señor permita que nosotros también tengamos mala memoria para acordarnos de nuestros pequeños triunfos, y buena memoria para declarar sus misericordias incontables.

Cierta vez, dijeron a David: "Mira, el rey Saúl ha prometido dar su hija por esposa a aquel que vaya a los filisteos y haga un estrago grande entre ellos". Por supuesto, todo el mundo miraba a David. Y aquel de quien Dios decía: "Este es un hombre conforme a mi corazón", les responde: "¿Os parece a vosotros que es poco ser yerno del rey, siendo yo un hombre pobre y de ninguna estima?". Es tan conveniente que nos veamos así delante de Dios, para que él pueda decir de nosotros: "Esta mujer, este hombre, es conforme a mi corazón".

En otra ocasión, Saúl lo estaba persiguiendo por los montes, y David en un momento le habla: "Mi señor, ¿por qué ha salido el rey a buscar a una pulga, así como quien persigue una perdiz por los montes?". Como diciendo: "Mi rey Saúl, ¿por qué pierde usted tiempo en perseguir a un hombre tan vil como yo?". Aunque David sabía que Saúl había sido desechado, siempre tenía palabras respetuosas para él.

Pero, en realidad, en él estamos contemplando el carácter de Cristo. En cierta ocasión, cuando al Señor le dijeron: "Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?", él dijo: "¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino uno: Dios". ¿Vemos la modestia, vemos la humildad del Señor?

¿Podremos nosotros exhibir nuestra bondad, cuando él dijo: "Por qué me llamas bueno"? La iglesia amada del Señor necesita revestirse de Cristo, necesita exhibir a Cristo de esta forma, hoy en día, cuando hay tanta contradicción entre lo que confesamos y lo que hacemos, entre lo que presumimos y lo que realmente somos los cristianos.

Respeto a la autoridad delegada

Un segundo rasgo de David: él no era de esos que decían: "Yo respeto la autoridad de Dios, pero no la autoridad delegada de Dios". Tenía muchas razones para rebelarse. Saúl había sido desechado, y él había sido ungido. Sin embargo, nunca se hizo justicia por su mano. Una vez lo tuvo al alcance de su mano, en una cueva. David cortó la esquina de su manto, y después exhibió ese trozo del manto, y dijo al guardaespaldas de Saúl: "¿Dónde estabas tú, que no cuidabas a tu señor?". Y aun eso le dio temor, como si pudiera ofender a Dios con haber tocado el borde del manto del rey a quien Dios había ungido antes.

Este respeto a la autoridad va más allá todavía, hasta un extremo casi incomprensible. Cuando David huía de Saúl, a veces tuvo que abandonar el país, e irse a tierra de extranjeros. Durante un tiempo, estuvo sirviendo a un rey filisteo. Ese servicio fue tan responsable que el propio filisteo estaba asombrado de su lealtad, y del respeto con que David lo trataba. Y en un momento dado, no pudo dejar de decir a David estas palabras: "Vive Jehová, que tú has sido recto, y que me ha parecido bien tu salida y tu entrada en el campamento conmigo y que ninguna cosa mala he hallado en ti desde el día que viniste a mí hasta hoy".

Esa rectitud, esa lealtad, podemos aplicarla a nuestro comportamiento en el mundo. ¿Cómo somos nosotros en nuestro trabajo, con nuestros superiores, o con aquel que nos encarga un servicio? ¿Lo estamos haciendo a conciencia? ¿O pensamos: "Ah, al fin y al cabo es un incrédulo. No necesito responderle a él, basta con que yo le responda al Señor"? David nos enseña que hemos de ser conocidos incluso en el mundo por nuestra responsabilidad, por nuestro respeto a la autoridad.

¿Qué opina nuestro jefe de nosotros? ¿Cuál es su testimonio? ¿Puede decir: "Sí, este hombre, esta mujer, es leal, es responsable; veo que tiene algo especial, no es como los demás"? Que no sea hallado entre nosotros ninguno tan 'espiritual' que descuide las cosas prácticas, y vayamos dejando detrás nuestro un reguero de quejas y de disconformidad.

El respeto de David a la autoridad delegada es un reflejo del respeto que el Señor Jesús tuvo a las autoridades de su tiempo. ¿Saben ustedes quién era el emperador de Roma cuando Jesús vivió? Tiberio César, un hombre sanguinario. ¿Quién era rey en la región donde él vivió? Herodes, un hombre terrible. Y ustedes saben quién fue el que lo juzgó antes de ir a la cruz: Poncio Pilato. El Señor Jesucristo aceptó vivir en ese tiempo, bajo esas autoridades. Y en algún momento dijo: "Sí, paguen sus impuestos, den al César lo que es del César". Él aceptó vivir bajo la autoridad delegada, y nunca se rebeló contra ella.

Hermano, hermana, tú tienes que reconocer la autoridad delegada, aunque no sea espiritual; porque en esa obediencia, en esa lealtad, estás expresando el carácter de Cristo.

Aceptación de la voluntad de Dios en circunstancias difíciles

Una de las pruebas más difíciles para un cristiano se produce cuando estamos ante circunstancias adversas, cuando los hombres nos oprimen, cuando estamos bajo un yugo que nos atenaza el cuello. En ese momento, dan ganas de reclamar, y nos parece legítimo decir: "No merezco estar en esta condición. Soy un hijo de Dios, me zafaré de las coyundas, romperé el yugo".

Veamos cómo reaccionó David en circunstancias difíciles. Por causa de David, sus padres y sus hermanos también se hicieron abominables delante de Saúl. Entonces, como no había refugio en Israel tuvieron que huir a Moab, y David dijo al rey: "Te ruego que te hagas cargo de mi padre y de mi madre durante este tiempo, hasta que sepa lo que Dios hará de mí". No dice "...hasta que yo me saque a Saúl de encima", sino "...hasta que yo sepa qué hará Dios de mí". Aquí vemos a David abandonándose en las manos de Dios. No era él quien dirigía su propia vida; era Dios el que la ordenaba. Y era Dios el quien le estaba enseñando algunas cosas.

En otra ocasión, vinieron los enemigos sobre la morada de David en Siclag. Tomaron la ciudad, se llevaron sus esposas, sus bienes; arrasaron con todo. Cuando llegó David con sus hombres, encontraron la ciudad asolada. Los guerreros de David, en su desesperación, se vuelven contra David y le dicen: "Tú eres el culpable". Sus propios hombres estuvieron a punto de apedrearlo. ¿Y qué hizo David en ese momento? "Se fortaleció en Jehová su Dios".

Hermano, ¿te ha pasado a ti, cuando parece que todos te quieren apedrear, pensar que lo más legítimo que debes hacer es defenderte, es reclamar? Pero, ¿qué hizo David? Se humilló delante del Señor, se fortaleció en su Dios. Las circunstancias difíciles son permitidas por el Señor de la misma manera que las circunstancias favorables. Lo malo que nos sucede también lo permite Dios; y tanto lo bueno como lo malo forman parte de este aprendizaje, para que sea formado en nosotros el carácter de Cristo.

La humildad del rey ungido e ignorado

Es terrible cosa, hermanos, cuando alguien sabe que tiene la unción de Dios, y esa unción no lo libra de los problemas, ni del anonimato. Nunca encontramos que David haya dicho algo como esto: "¡Que quede claro, por favor, que Saúl fue desechado. Samuel me ha ungido y me ha dicho: Tú eres el rey. Ahora yo soy el rey".

Un hermano nos compartía acerca de los nazareos, de cómo los cristianos no tenemos derechos. Y mostraba como una señal del nazareato el no cortarse el cabello, una cosa deshonrosa para el varón. Es como aceptar el estar en una posición de deshonra, en que no se nos hace justicia. Nosotros hemos encontrado espiritual decir frases como ésta: "¡Señor, hazme justicia!". O, "Dios me hará justicia". Y al decir eso, estamos pensando en que Dios va a castigar a quien nos está haciendo daño. ¿Es esa la actitud de un cristiano que sabe que las circunstancias están ordenadas por Dios para nuestro bien? ¿Y dónde está eso de que si alguien te hiere en una mejilla le pongas la otra, y si alguien te maldice tú le bendices, y que ores por tu enemigo? ¿Hay armonía en eso?

Una modesta opinión de sí mismo

La excelente opinión que todos tenían de David no cambió su modesta opinión de sí mismo. Hay varias ocasiones en que distintas personas, incluso el rey Saúl, elogian a David. Era tantos y tales elogios como para que él se hubiera envanecido; pero se mantuvo humilde.

En cierta ocasión, el rey David se postró delante del Señor. Ya era un rey establecido, todo el mundo lo amaba y le obedecía, y Dios le confirma su trono para siempre. Él dice: "Señor, ¿quién soy yo, y cuál es mi casa, para que me hayas traído hasta este lugar? Y aun esto, oh Dios, te ha parecido poco, pues que has hablado de la casa de tu siervo para tiempo más lejano y me has mirado como un hombre excelente". "Oh, Señor, tú me has mirado como si yo fuera un hombre excelente", ¡qué tremenda frase! "Aunque los demás digan que yo soy excelente, Señor, tú sabes que no lo soy". Nos hace bien decir estas cosas de tiempo en tiempo, delante de Dios.

Y, ¿qué diremos del Señor Jesús? Siendo Dios con Dios, bajó del cielo. A él le gustaba decir que él era el Hijo del Hombre. No le encontramos diciendo: "Yo soy el Hijo de Dios". Él se gozaba en su humillación. ¡Qué sencillez, qué mansedumbre! El Padre abrió tres veces los cielos para hablar bien de su Hijo; pero él nunca habló bien de sí mismo. Él dijo: "Yo estoy entre vosotros como el que sirve, no para ser servido".

La actitud ante sus adversarios

Cuando Saúl murió, era como para decir: "¡Por fin! Se acabaron las tribulaciones; el trono me espera". Sí, era legítimo. Pero admiremos el carácter de Cristo: David escribió un poema triste, una endecha. Y dijo que esa endecha debía enseñarse a los hijos de Judá. O sea, no sólo él expresó su tristeza por la muerte de Saúl y Jonatán, sino que ese poema tenían que aprenderlo y decirlo todos los hijos de Judá. No hay alegría por la muerte de Saúl, antes bien hay un reconocimiento y un profundo respeto por aquel que gobernó Israel por 40 años.

Este es el carácter de Cristo. ¿Cómo le dijo el Señor Jesús a Judas en el Getsemaní cuando vinieron a apresarlo?: "Amigo, ¿a qué vienes?".

La paciencia

Y luego, David no dijo: "Ahora nos secamos las lágrimas. Saúl murió. ¡Venga el trono!"; sino que preguntó al Señor: "¿Subiré a alguna de las ciudades de Judá? Jehová le respondió: Sube. ¿A dónde subiré? Y el Señor le dijo: "A Hebrón". No quiso dar ni un paso por su cuenta. Y fue a Hebrón. "Y estando allí, vinieron los varones de Judá, y lo ungieron por rey sobre la casa de Judá". ¡Ellos vinieron a él! (2 Samuel cap.2)

David esperó pacientemente hasta ser confirmado rey por su pueblo. Los de Judá vinieron y lo proclamaron rey sobre Judá. Pero las otras once tribus no vinieron en seguida. Pasaron siete años y medio en que la gran mayoría de Israel no lo reconocía como rey. Recién en 2 Samuel capítulo 5, leemos estas palabras: "Vinieron, pues, todos los ancianos de Israel al rey en Hebrón, y el rey David hizo pacto con ellos en Hebrón delante de Jehová, y ungieron a David por rey sobre Israel. Era David de treinta años cuando comenzó a reinar, y reinó cuarenta años" (vv.3-4).

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Este es un hombre que, habiendo estado en la escuela de Dios, completó su aprendizaje, y al final Dios pudo decir de él: "Éste ha aprobado todos los cursos satisfactoriamente. Vedlo ahora: ¡se parece tanto a mi Hijo! Ha sido graduado".

Que así sea con cada uno de nosotros, para que veamos que la voluntad de Dios no es sólo la salvación, que no sólo es creer y confesar su nombre. No; que es necesario avanzar por estas experiencias, hasta ir expresando a Cristo más y más. Amén.

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