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Mensajes desde Centenario La gracia de dar Eliseo Apablaza F. Hay una palabra que tenía en mi corazón desde hace bastante tiempo, y la estaba postergando, y parecía que llegaba la oportunidad de compartirla, y no era el momento. Esto ya ha pasado así por varias semanas, y finalmente hoy siento que debo compartirla con ustedes. Así que, confiado en que el Señor desea hablarnos y quiere hablarnos en esta mañana, vamos a disponer el corazón. Nos sujetamos al Espíritu de Dios, para que él derribe en nosotros todo pensamiento adverso, toda incredulidad, y para que esta palabra sea de instrucción útil y provechosa para todos. Dios es el Dador por excelencia Nosotros sabemos que Dios es el dador por excelencia. Dios nos ha dado todas las cosas y, permanentemente, día tras día, él nos provee abundantemente de todo lo que nosotros necesitamos, sea como creyentes y también como creación de Dios. Dios sustenta a su creación, Dios la guarda. Dios hace llover sobre malos y buenos. Dios hace salir su sol sobre justos e injustos. Dios da fuerza a la tierra para que dé alimento para el hombre. Dios evita que las plagas y las desgracias sobrevengan sobre la humanidad, para que la humanidad pueda seguir disfrutando de los dones, de los bienes de Dios. En fin, mientras nosotros dormimos, Dios cuida de nosotros; mientras nosotros lo ignoramos, él sigue cuidando de nosotros. Dios es el que a nosotros también nos da el uso de los miembros, de las facultades, de los sentidos de nuestro cuerpo, de nuestra alma. A veces pareciera que no valora el hombre lo que significa poder mirar, lo que significa poder hacer uso de sus ojos, o hacer uso de sus manos o de sus pies. Cuando una persona pierde alguna de estas facultades, alguno de estos miembros, valora lo que significa poseerlos. ¿Cuánto vale tener dos ojos para mirar? Tal vez no lo podamos dimensionar. ¿Cuánto vale tener dos piernas? Cuando se pierde una de ellas, entonces, con dolor, uno puede incluso tratar de ponerle un precio a esa pierna que perdió. Tantas cosas Dios nos da abundantemente, para que nosotros vivamos y disfrutemos de ellas. Dice la Escritura que Dios no cobra, que él da el agua, da la leche, el pan, dice, sin dinero. "Venid, comprad, comed, sin dinero". Dios nos dio, sobre todo, a su Hijo Jesucristo, que es el don inefable de Dios. El don inexpresable, el más grande don de todos los dones, es el Señor Jesucristo. Dios es el dador por excelencia, y él, en este proceso de transformación que está haciendo con nosotros -un poco hoy en este sentido, mañana en este otro sentido, corrigiéndonos en esto, añadiendo algo que nos falta; en fin, quitando, podando, agregando, corrigiendo-, Dios nos va transformando. Vamos siendo transformados en la semejanza de Cristo, vamos siendo perfeccionados según la semejanza del Señor. Dios desea transformarnos, y hay un aspecto en el cual él también desea que nosotros seamos prosperados, y que nosotros avancemos, y es en aquello que nosotros le damos a Dios. La Escritura enseña que hay que dar a Dios Toda la Escritura está impregnada en la enseñanza de que es necesario dar a Dios. No porque Dios necesite de algo. Nosotros no podríamos darle a Dios un poco de agua porque él no tiene sed. No podríamos darle pan, porque él no tiene hambre. No podríamos darle un poco de dinero, porque él no necesita dinero. No podríamos darle un poco de oro, de plata, de alguna joya, porque él no necesita de esas cosas. Sin embargo, encontramos que Dios siempre, en toda la Escritura, nos enseña que es necesario dar a Dios. El Señor Jesucristo, cuando fue interrogado acerca de los tributos, él dijo una frase que todo el mundo la utiliza, pero que no siempre nosotros nos detenemos a pensar. Él dijo: "Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios" (Mr. 12:17). Es necesario pagar los tributos, los impuestos; ser un buen ciudadano, obediente a las leyes... Pero, ¿qué pasa con la segunda parte de esa frase: "Dad a Dios lo que es de Dios"? Ahora, cuando miramos la Escritura, encontramos que Dios no nos pide algo porque necesite algo de nosotros, sino que nos pide para que nosotros seamos perfeccionados, para que nosotros seamos transformados. Nos pide para nuestro bien; porque nosotros, dando a Dios lo que es de Dios, es como nosotros somos bendecidos y somos beneficiados. Todo lo que Dios nos manda en la Escritura, es definitivamente para nuestro bien. ¿Hay algo que esté escrito aquí que sea para nuestro mal? No, ninguna cosa. Todo ha sido dicho, enseñado, para nuestro bien. Los que dan voluntariamente Ahora, encontramos en la Escritura que hay veces en que el hombre da a Dios algo voluntariamente, espontáneamente, como fruto de un impulso de gratitud del corazón, y también encontramos que hay veces en que Dios pide al hombre que le dé. Sea que lo demos espontáneamente, o sea que él nos pida, de las dos maneras, sea como sea, la enseñanza es: "Dad a Dios lo que es de Dios". Ahora, ¿cuándo una persona ofrece a Dios de lo suyo, es decir, de su corazón, su vida, su alma; su cuerpo lo ofrece en sacrificio vivo y también lo que tiene, sus recursos, sus bienes, su dinero? Es cuando éstos han tenido un encuentro con Dios. Cuando Abraham se encontró con Melquisedec, venía él de derrotar a los cinco reyes. Dice la Escritura, casi sin ninguna explicación –en realidad no hay explicación–, que cuando vio a Melquisedec, éste le dijo unas palabras de bendición a Abraham, y luego"...le dio Abraham los diezmos de todo" (Gn. 14:20). Es una reacción un poco extraña, porque no hay ninguna palabra de Melquisedec que haya inducido a Abraham a darle los diezmos. Fue algo espontáneo del corazón de Abraham. Estaba tan enriquecido, estaba en tanta abundancia; había sido justificado por Dios, estaba tan contento de ser de Dios; estaba tan agradecido de haber sido tomado en cuenta, de haber sido escogido, que aquí Abraham, ante la sola presencia de Melquisedec -Y nosotros sabemos que Melquisedec representa al Señor Jesucristo, o algunos dicen que es Jesucristo mismo en una manifestación de pre-encarnación el que se le aparece a Abraham- por lo tanto, al ver a Jesús, digamos, Abraham espontáneamente ofrece la décima parte de todo lo que tiene. En otra ocasión, Abraham está sentado debajo de un árbol, y se acerca Dios, acompañado de dos varones. Y dice la Escritura que cuando Abraham lo vio, lo reconoció. Y corrió, dice, a las vacas; tomó un becerro. Y fue a la tienda de Sara, le dijo que preparara unos panes. Tomó mantequilla, tomó leche; preparó todas las cosas, corriendo de allá para acá. Y de pronto, viene donde el Señor y le ofrece lo que le había preparado. Y dice que el Señor se estuvo allí con Abraham debajo del árbol, y comieron. ¿Qué es lo que lleva a un hombre como Abraham a ofrecer espontáneamente, en este caso, a un visitante ilustre, lo mejor de lo que tiene? Cuando nosotros avanzamos en la Escritura encontramos, por ejemplo, a Gedeón. De pronto, se le aparece el Señor a Gedeón, y cuando se da cuenta que era él, le dice: "Por favor, no te vayas; déjame que te prepare algo para atenderte". Y entonces va, y corre, y trae una ofrenda y la pone sobre el altar. Y dice la Escritura que el ángel de Jehová hizo descender fuego del cielo, y quemó la ofrenda. ¿Por qué Gedeón corrió a atender a ese personaje ilustre y le dijo: "No te vayas sin que primero yo te ofrezca una ofrenda"? ¿Qué es lo que sucedió con Zaqueo? En Lucas capítulo 19, cuando dice la Escritura que el Señor entró en su casa, Zaqueo preparó una comida, y de pronto, en medio de toda la algarabía que había con la presencia del Señor y de los muchos amigos que Zaqueo tenía, dice que se puso en pie y dijo: "He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado" (19:8). ¿Qué cosa llevó a Zaqueo a ofrecer espontáneamente al Señor la mitad de sus bienes -porque al darlo a los pobres era por causa del Señor? Entonces, cuando Zaqueo dice esas palabras, Jesús replica: "Hoy ha venido la salvación a esta casa" (19:9). Ese gesto de Zaqueo significaba para el Señor que ese hombre de verdad había creído al Señor. De verdad le había recibido con gozo, y estaba llevando a la práctica, a los hechos, lo que había en su corazón. También en la Escritura encontramos que algunas mujeres fueron sanadas por el Señor de espíritus malos, de enfermedades. Se mencionan algunos nombres aquí en Lucas capítulo 8, y dice que esas y otras mujeres le servían de sus bienes. ¿Y el Señor andaría pidiendo dinero a los hombres para él? Peor aún, ¿le andaría pidiendo dinero a las mujeres? No, impensable que el Señor haya hecho eso. ¿Qué es lo que sucedía? Estas personas, al ver la gloria de Dios, al ver los beneficios que Dios había hecho con ellos, ofrecen voluntariamente al Señor, como una ofrenda de su corazón, también con sus bienes. Esos son algunos ejemplos de personas, en la Escritura, que han espontáneamente ofrecido al Señor alguna expresión de gratitud. A veces Dios pide Ahora, hay veces en que Dios pide al hombre, expresamente, que el hombre le dé a Dios. Cuando miramos en el Antiguo Testamento, en el libro de Éxodo capítulo 13, poco después que Israel ha salido de Egipto –en realidad, recién viene saliendo de Egipto– el Señor habló a Moisés. Versículo 2: "Conságrame todo primogénito. Cualquiera que abre matriz entre los hijos de Israel, así de los hombres como de los animales, mío es". Es decir, "el hijo primero, sea el tuyo, o sea el de tu animal, el de tu bestia de carga, el de tu bestia de trabajo, el primero de ellos es mío". Es como si dijéramos: "la plenitud de tus fuerzas, el principio de tu vigor, lo más selecto: los primogénitos". Ustedes saben que en Israel había doce tribus. Sin embargo, el Señor escogió para sí a una de ellas. Él dijo: "De las doce tribus, una va a ser para mí". Así que Dios, rápidamente, escogió para él una tribu. Cuando el pueblo de Dios entra en Canaán, poco después, encontramos que la primera ciudad que tomaron fue Jericó. Y sabemos la forma como tomaron la ciudad: después de girar en torno a ella varios días y varias veces, esa ciudad cayó por el solo poder de Dios. El Señor les dijo: "No toquéis nada de la ciudad; toda la ciudad será anatema por causa de Jehová". "Mas toda la plata y el oro, y los utensilios de bronce y de hierro, sean consagrados a Jehová y entren en el tesoro de Jehová" (Jos. 6:19). Era costumbre en esos tiempos, que cuando se tomaba una ciudad, los vencedores tomaban los despojos, el botín, las riquezas, todo lo que más les atraía, y era suyo. Era legítimo. Pero aquí sucedió que Acán quiso hacer lo mismo que acostumbraban hacer los guerreros de la época, y Dios se enojó con él. ¿Por qué? Porque había tomado de lo que era de Dios. La primera ciudad era para Dios. El primer hijo, los primeros animales, la primera ciudad, para Dios. Acán pecó porque tomó para sí lo que le pertenecía a Dios. Hay otras ocasiones, como en 1 Reyes capítulo 17, en que Dios actúa de una manera extraña para fortalecer nuestra fe y para demostrarnos su poder. En 1 Reyes capítulo 17, versículo 8 en adelante encontramos la historia de Elías y la viuda de Sarepta. Si tienen sus Biblias ahí, demos una mirada a la Palabra del Señor. Dice en el versículo 8: "Vino luego a él palabra de Jehová, diciendo: Levántate, vete a Sarepta de Sidón, y mora allí; he aquí yo he dado orden allí a una mujer viuda que te sustente. Entonces él se levantó y se fue a Sarepta. Y cuando llegó a la puerta de la ciudad, he aquí una mujer viuda que estaba allí recogiendo leña; y él la llamó, y le dijo: Te ruego que me traigas un poco de agua en un vaso, para que beba. Y yendo ella para traérsela, él la volvió a llamar, y le dijo: Te ruego que me traigas también un bocado de pan en tu mano. Y ella respondió: Vive Jehová tu Dios, que no tengo pan cocido; solamente un puñado de harina tengo en la tinaja, y un poco de aceite en una vasija; y ahora recogía dos leños, para entrar y prepararlo para mí y para mi hijo, para que lo comamos, y nos dejemos morir". Es una escena patética ésta. "Elías le dijo: No tengas temor; ve, haz como has dicho; pero hazme a mí primero de ello una pequeña torta cocida debajo de la ceniza, y tráemela; y después harás para ti y para tu hijo". Decía yo que la conducta y el proceder de Dios a veces es extraño. ¿Por qué Dios le ordena a Elías que le pida a esa mujer que no tiene para ella, que le pida, que le cueza a él primero, un pan; y después, como diciendo: "Si sobra, entonces te vas a hacer para ti"? Pero hay una promesa de Dios: "Porque Jehová Dios de Israel ha dicho así: La harina de la tinaja no escaseará, ni el aceite de la vasija disminuirá, hasta el día en que Jehová haga llover sobre la faz de la tierra. Entonces ella fue e hizo como le dijo Elías; y comió él, y ella, y su casa, muchos días. Y la harina de la tinaja no escaseó, ni el aceite de la vasija menguó, conforme a la palabra que Jehová había dicho por Elías". ¿Qué nos enseña este episodio? Primero, que Dios tiene una extraña forma de proceder. Que, aunque nosotros estemos en la máxima necesidad, Dios nos pide que nosotros le demos a él primero. Y lo otro que nos enseña es que, si nosotros obedecemos la Palabra del Señor, él se encarga de cumplir sus promesas. Dos lecciones importantes para nosotros. Sigamos revisando las Escrituras. En Deuteronomio capítulo 16:16-17, dice así: "Tres veces cada año aparecerá todo varón tuyo delante de Jehová tu Dios en el lugar que él escogiere: en la fiesta solemne de los panes sin levadura, y en la fiesta solemne de las semanas, y en la fiesta solemne de los tabernáculos. Y ninguno se presentará delante de Jehová con las manos vacías; cada uno con la ofrenda de su mano, conforme a la bendición que Jehová tu Dios te hubiere dado". Cada año, ellos tenían que aparecer delante de Dios tres veces. Y dice: "Nunca aparezcas delante de mí con las manos vacías". Estamos dando algunos ejemplos en la Escritura que nos muestran que Dios pide al hombre que le dé. Luego vamos a explicar por qué Dios le pide al hombre que le dé. Dijimos antes que Dios no tiene necesidad; él no necesita nuestro dinero, nuestro oro, nuestras primicias, nuestros diezmos, nuestras ofrendas; él no tiene necesidad. Sin embargo, él a veces pide. Deuteronomio capítulo 26. "Cuando hayas entrado en la tierra que Jehová tu Dios te da por herencia, y tomes posesión de ella y la habites, entonces tomarás de las primicias de todos los frutos que sacares de la tierra que Jehová tu Dios te da, y las pondrás en una canasta, e irás al lugar que Jehová tu Dios escogiere para hacer habitar allí su nombre. Y te presentarás al sacerdote que hubiere en aquellos días, y le dirás…" Mire, esto es una cosa solemne. Es como que uno se presenta delante de un juez o delante de una autoridad y solemnemente dice esto. Es casi como una declaración: "Declaro hoy a Jehová tu Dios, que he entrado en la tierra que juró Jehová a nuestros padres que nos daría. Y el sacerdote tomará la canasta de tu mano, y la pondrá delante del altar de Jehová tu Dios. Entonces hablarás y dirás delante de Jehová tu Dios". Mire qué lindo lo que viene: "Un arameo a punto de perecer fue mi padre, el cual descendió a Egipto y habitó allí con pocos hombres, y allí creció y llegó a ser una nación grande, fuerte y numerosa; y los egipcios nos maltrataron y nos afligieron, y pusieron sobre nosotros dura servidumbre. Y clamamos a Jehová el Dios de nuestros padres; y Jehová oyó nuestra voz, y vio nuestra aflicción, nuestro trabajo y nuestra opresión; y Jehová nos sacó de Egipto con mano fuerte, con brazo extendido, con grande espanto, y con señales y con milagros; y nos trajo a este lugar, y nos dio esta tierra, tierra que fluye leche y miel. Y ahora -Aquí como que concluye todo el razonamiento-, he aquí he traído las primicias del fruto de la tierra que me diste, oh Jehová. Y lo dejarás delante de Jehová tu Dios, y adorarás delante de Jehová tu Dios". ¿Se dan cuenta? Es como si dijera: "Declaro que no tenía nada, pero ahora estoy en una tierra abundante. Hoy día tengo bendición, y de lo que tú, Señor, me has dado, de eso te traigo las primicias". Y las primicias, ¿qué son? Los primeros frutos. Dios quiere un pueblo maduro, generoso de corazón Veamos Levítico capítulo 25. Pero antes de leer, vamos a explicar lo siguiente. El propósito de Dios con Israel era formar una nación santa, una nación donde hubiera justicia, donde no hubiera ningún pobre, donde no hubiera ningún mendigo, donde nadie fuera demasiado rico y otro demasiado pobre; que siempre hubiera equidad entre ellos. Porque Dios no desea que su pueblo sea avaro, porque Dios no quiere que nosotros nos aferremos a las cosas materiales, sino que seamos generosos de corazón. Eso es lo que Dios quiere lograr con nosotros. Ahora, ¿cómo él lo logra? ¿Qué medios, de qué forma él quiere enseñarnos eso? Mire como lo hizo con Israel. Levítico 25. "Jehová habló a Moisés en el monte de Sinaí, diciendo: Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando hayáis entrado en la tierra que yo os doy, la tierra guardará reposo para Jehová. Seis años sembrarás tu tierra, y seis años podarás tu viña y recogerás sus frutos. Pero el séptimo año la tierra tendrá descanso, reposo para Jehová; no sembrarás tu tierra, ni podarás tu viña. Lo que de suyo naciere en tu tierra segada, no lo segarás, y las uvas de tu viñedo no vendimiarás; año de reposo será para la tierra. Mas el descanso de la tierra te dará para comer a ti, a tu siervo, a tu sierva, a tu criado, y a tu extranjero que morare contigo; y a tu animal, y a la bestia que hubiere en tu tierra, será todo el fruto de ella para comer". Cada siete años, la tierra tenía que descansar un año. ¿Qué pasa con un agricultor que le va bien en las cosechas? ¿Estará muy dispuesto a no sembrar un año? No, la cosa va bien; la cosecha va aumentando. Mis graneros van creciendo; mi dinero va creciendo cada vez. ¿Qué quería Dios enseñarle al pueblo con ese acto, con ese mandamiento? Quería enseñarle al pueblo que ellos no fueran avaros. Un año descansarían de trabajar; la tierra les iba a producir lo necesario para comer. Así que era como decir: Paren la carrera del enriquecimiento, deténganla; descansen, dependan de Dios. Bueno, por supuesto, también era un descanso para la tierra. El Señor no sólo se preocupaba de los hombres, sino también de la tierra. Pero hay más. Sigamos leyendo desde el versículo 8 en adelante. "Y contarás siete semanas de años, siete veces siete años, de modo que los días de las siete semanas de años vendrán a serte cuarenta y nueve años. Entonces harás tocar fuertemente la trompeta en el mes séptimo a los diez días del mes; el día de la expiación haréis tocar la trompeta por toda vuestra tierra. Y santificaréis el año cincuenta, y pregonaréis libertad en la tierra a todos sus moradores; ese año os será de jubileo, y volveréis cada uno a vuestra posesión, y cada cual volverá a su familia. El año cincuenta os será jubileo; no sembraréis, ni segaréis lo que naciere de suyo en la tierra, ni vendimiaréis sus viñedos, porque es jubileo". Saquemos la cuenta. Son siete semanas de siete años, o sea, cuarenta y nueve años. A los cuarenta y nueve años tenían que detener el trabajo, porque correspondía al año séptimo, y el año cincuenta era el año siguiente. O sea, cada cincuenta años, la tierra tenía dos clases de descanso. Uno era el año de los siete años, por la semana de años, y la otra por los cincuenta. Y, ¿qué pasaba en los cincuenta años, en el año del jubileo? Todo aquel que hubiese comprado tierra a su prójimo, tenía que devolvérsela; y si hubiese comprado un criado o un siervo, tenía que devolverlo. O sea, en ese año cincuenta, cada uno volvía a tener las tierras originales, las tierras del principio, las tierras que Dios les había asignado. ¿Para qué creen ustedes que Dios mandaba eso? Para que ninguno en Israel se pusiera avaro y quisiera comprarlo todo y llenarlo todo con su marca. Dios no quería que ninguno se enriqueciera tanto, y mientras tanto hubiera otros que no tenían nada. ¿Cuál es la injusticia del mundo hoy? En que unos pocos lo compran todo, y los muchos tienen muy poco. ¿Qué es lo que desea Dios para su pueblo? Es que su pueblo tenga un corazón tan libre de avaricia, tan limpio, que no se aferre a las cosas de la tierra. Bueno, creo que la Palabra habla por sí sola, y nos está enseñando qué es lo que Dios desea para nosotros. Deuteronomio 15. Aquí se continúa explicando un poco más esto del año séptimo y del año cincuenta. "Cada siete años harás remisión. Y esta es la manera de la remisión: perdonará a su deudor todo aquel que hizo empréstito de su mano, con el cual obligó a su prójimo; no lo demandará más a su prójimo, o a su hermano, porque es pregonada la remisión de Jehová". Verso 4, aquí se da la explicación: "...para que así no haya en medio de ti mendigo". O sea, ¿qué pasaba ese año séptimo? A todos los endeudados se les condonaban las deudas, para que el que era el más rico no siguiera hostilizando al pobre que no le podía pagar. Y para que el pobre tuviera un descanso, es decir, "estoy libre de la deuda que tenía". Sigamos. "...porque Jehová te bendecirá con abundancia en la tierra que Jehová tu Dios te da por heredad para que la tomes en posesión, si escuchares fielmente la voz de Jehová tu Dios, para guardar y cumplir todos estos mandamientos que yo te ordeno hoy. Ya que Jehová tu Dios te habrá bendecido, como te ha dicho, prestarás entonces a muchas naciones, mas tú no tomarás prestado; tendrás dominio sobre muchas naciones, pero sobre ti no tendrán dominio". ¿Habrá obedecido Israel esto, o no? Lo obedeció. Bueno, hasta el día de hoy, ellos prestan y no piden prestado. Pero en esa parte que dice que "no tendrán sobre ti dominio", vemos que Israel desobedeció, y pasó a ser una nación esclava, y al final fue desparramada por todo el mundo, como era hasta el año 1948. Versículo siete: "Cuando haya en medio de ti menesteroso de alguno de tus hermanos en alguna de tus ciudades, en la tierra que Jehová tu Dios te da, no endurecerás tu corazón, ni cerrarás tu mano contra tu hermano pobre, sino abrirás a él tu mano liberalmente, y en efecto le prestarás lo que necesite. Guárdate de tener en tu corazón pensamiento perverso, diciendo: Cerca está el año séptimo, el de la remisión, y mires con malos ojos a tu hermano menesteroso para no darle; porque él podrá clamar contra ti a Jehová, y se te contará por pecado". O sea, ¿qué es lo que está enseñando aquí? Que, si en un momento dado, iba un pobre a pedirle a un rico en el año sexto, entonces, el rico iba a pensar: "No, no le voy a prestar, porque éste sabe que el próximo año hay remisión, así que quedará libre de la deuda". Entonces dice: "No pienses así". Y el pensar de esa manera, ¿cómo lo considera el Señor? Dice: "Guárdate de tener en tu corazón pensamiento perverso". O sea, ¿qué debía hacer el que tenía cómo prestarle al otro, aunque fuera en el año tercero, en el cuarto, en el quinto o en el sexto; aunque fuera el 25 de diciembre del año sexto? ¿Qué tenía que hacer? Prestarle. "Guárdate, dice, de tener en tu corazón pensamiento perverso". Nosotros no diríamos eso; hoy día diríamos: "Guárdate de la astucia". Mire lo que dice más abajo, al final del 9. "...porque él (el menesteroso) podrá clamar contra ti a Jehová, y se te contará por pecado. Sin falta le darás, y no serás de mezquino corazón cuando le des; porque por ello te bendecirá Jehová tu Dios en todos tus hechos, y en todo lo que emprendas. Porque no faltarán menesterosos en medio de la tierra; por eso yo te mando, diciendo: Abrirás tu mano a tu hermano, al pobre y al menesteroso en tu tierra". O sea, vamos viendo de todo esto que el Señor quería formar una clase de pueblo que fuera generoso de corazón, que fuera abierto para ayudar, y que no se apegara a la tierra, a las cosas; no procurara enriquecerse y enriquecerse y enriquecerse, sobre todo a costa de los demás. Deuteronomio 24:19. Esta es una de las enseñanzas, considero, más delicadas o más tiernas que el Señor hace respecto de esto. Dice: "Cuando siegues tu mies en tu campo, y olvides alguna gavilla en el campo, no volverás para recogerla; será para el extranjero, para el huérfano y para la viuda; para que te bendiga Jehová tu Dios en toda obra de tus manos. Cuando sacudas tus olivos, no recorrerás las ramas que hayas dejado tras de ti; serán para el extranjero, para el huérfano y para la viuda. Cuando vendimies tu viña, no rebuscarás tras de ti; será para el extranjero, para el huérfano y para la viuda. Y acuérdate que fuiste siervo en tierra de Egipto; por tanto, yo te mando que hagas esto". Dios hacía provisión, de esta manera, para el huérfano, para el extranjero y para la viuda. ¿Sabe?, en Israel –en los buenos días, cuando ellos obedecían la palabra del Señor– si un pobre necesitaba, tenía hambre y quería comer, él ni siquiera tenía que ir a pedirle a otro. Simplemente, entraba en su campo, tomaba espigas y comía; entraba en su quinta, y comía todo lo que quería de las manzanas, de las ciruelas. Lo que no podía hacer era echarlas en un canasto y llevárselas para la casa. Tenía que comer allí no más; pero él satisfacía su hambre. Nunca nadie en Israel debería haber tenido hambre sin poder saciarla. ¿Por qué? Porque Dios había hecho provisión de tal manera que el pueblo fuera generoso de corazón. Eso de buscar, cuando se cosecha un árbol, una quinta, hasta la última perita y la última manzana, eso no era así en Israel. Tenían que quedar esos frutos para el pobre, para el huérfano, para el extranjero, para la viuda. Lo que Dios quiere hacer con su pueblo, este pueblo que quiere avanzar hacia la madurez, es remover la avaricia, nuestra estrechez de corazón. Dios quiere proyectarnos hacia adelante. Probables razones de la estrechez de corazón 1. Desconocimiento de la Palabra de Dios Ahora, ¿qué puede estar motivando que el pueblo de Dios no da a Dios lo que es de Dios? Hay cuatro razones que intentaré desarrollar. Voy a explicar rápidamente cada una de ellas. La primera, creo que puede ser desconocimiento de la Palabra de Dios. Yo sé que muchos cristianos aman al Señor y desean hacer la voluntad de Dios, pero respecto de este tema no siempre se enseña y, por lo tanto, no se tiene mucho conocimiento. Algunos dicen: "Yo creo que el diezmo no es de esta dispensación; el diezmo es del tiempo de la ley, así que yo no diezmo". Pero aquí no estamos hablando de diezmo, estamos hablando de dar a Dios. Si no cree en el diezmo, no diezme. Pero si, excusándose en que no cree en el diezmo, no da a Dios nada -ni diezmo ni nada-, entonces hay un problema en su corazón. ¿Desconocimiento? Puede ser. Y por eso, también, es que me he sentido, creo, cargado por el Señor, para compartir esta palabra. Veo esto. Yo he sido disciplinado muchas veces por causa de que no he sabido administrar mi dinero. El Señor me ha tocado fuertemente, y creo que hace poco, no más, el Señor me tocó por eso. Y creo también que hay algunos hijos de Dios a los cuales les sucede desgracia tras desgracia, fracaso tras fracaso en materia económica. Y ellos, por falta de enseñanza, a lo mejor, no se dan cuenta que ese fracaso económico, que esa estrechez económica, se debe a que ellos no están dando a Dios lo que es de Dios. No es que Dios necesite de algo. Somos nosotros quienes necesitamos aprender las lecciones de Dios para nuestro bien. Puede ser, entonces, un asunto de desconocimiento de la Palabra. Entonces, si alguno de los hermanos ha pensado: "El diezmo no es para esta dispensación", entonces podríamos encontrar muchos lugares en el Antiguo y en el Nuevo Testamento -tal como los que estamos mostrando ahora- en que se nos enseña que tenemos que dar a Dios. El objetivo de dar no es porque Dios necesite de algo, sino que de nuestro corazón sea removida la avaricia por las cosas terrenales. 2. Idolatría Una segunda causa pudiera ser que hay un problema de idolatría. En Colosenses 3:5 hay una frase que es muy significativa. Dice: "Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría". O sea, la avaricia, hermanos, es idolatría. Y nosotros sabemos, cuando leemos los Diez Mandamientos en Éxodo capítulo 20, que la idolatría, es decir, adorar otros dioses, es el pecado más grave. Cuando el Señor, en el sermón del monte, toca el asunto del dinero, él dice también unas cosas muy importantes, y –como digo– aquí no estamos tocando para nada el diezmo. Dice: "Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas" (Mateo 6:24) . Y la palabra riquezas en el griego es Mamón, y Mamón es un dios. Es decir, podría quedar más clara la traducción si dijera: "No podéis servir a Dios y al dios Mamón, que es el dios de las riquezas". Entonces, evidentemente, de acuerdo a estas palabras del Señor, el amor al dinero -es decir, la avaricia- es una idolatría. Si fuera ésta la situación, ¿qué es lo que nosotros tendríamos que hacer? Si yo detecto que en mi corazón haya avaricia, que es idolatría, el único camino que queda es derribar el ídolo. Dios no admite que haya otro dios en nuestro corazón. 3. Incredulidad Nosotros sabemos que los sueldos son bajos; siempre son bajos. Y pareciera ser que los sueldos hoy son más bajos que ayer -por lo menos, así dice todo el mundo. Y cuando llega el sueldo tan bajo, y cuando están las cuentas tan altas, ese sueldo se ve más chico todavía. Cada vez como que va achicando más; a medida que le agregamos una cuenta, el sueldo achica más. Entonces surge el pensamiento: "¿Me alcanzará? Si con el cien tengo apenas, y me falta, ¿qué pasa si le doy a Dios el cinco por ciento o el diez? ¡Ni pensar el veinte!". Es un problema de incredulidad si pensamos así. Ahora, yo no sé cómo son las matemáticas de Dios. Son extrañas, como muchas cosas que Dios hace. Pero muchas veces, el noventa en las manos de Dios rinde más que el cien en nuestras manos; o el ochenta en las manos de Dios rinde mucho más que el cien, cuando yo lo administro para mí. De eso, yo doy testimonio que muchas veces ha ocurrido. Incredulidad. Cuando nosotros leemos Hebreos capítulo 3 y nos vamos acercando al capítulo 4, encontramos que se repite allí la palabra incredulidad. ¿Se acuerdan? Y, ¿respecto de qué se habla de la incredulidad? De que Israel, que iba camino a Canaán, no pudo entrar, a causa de incredulidad; quedaron postrados en el desierto. Así que, si fuera éste el problema suyo, entonces, ¿qué se puede hacer con la incredulidad, cómo se vence? Con la fe de Dios. La fe es un don de Dios. Yo no digo que no sea la incredulidad algo más o menos normal; es, lamentablemente, algo más o menos normal. ¡Cuántas veces hemos sido incrédulos! ¡Cuántas veces yo he sido incrédulo! Pero, en ese momento, lo único que nos queda es pedirle al Señor: "Señor, danos más fe; más fe para creer tu Palabra y obedecer tu Palabra". 4. Ceguera espiritual Una cuarta causa que pudiera estar influyendo en el no dar es lo que podríamos llamar ceguera espiritual. Cuando, en el libro de Malaquías, Dios se queja con su pueblo, entonces el pueblo en varias ocasiones, le responde a Dios: "¿En qué...? ¿Cuándo?". Dice: "Yo os he amado, dice Jehová; y dijisteis: ¿En qué nos amaste?" (Mal. 1:2). Eran tan ciegos espiritualmente, que ellos no se daban cuenta del amor de Dios para ellos. Y cuando Dios les dice: "Ustedes me menosprecian", ellos le respondían: "¿En qué te hemos menospreciado?". Entonces, esa pregunta que se repite en Malaquías -¿En qué...? ¿Cuándo...? ¿Cómo...?- es una pregunta que delata una ceguera espiritual. Y una de las preguntas que ellos le hacen a Dios al final del libro de Malaquías es: "¿En qué te hemos robado?". Porque Dios les estaba hablando sobre estas cosas. "¿En qué te hemos robado?". Y el Señor les dice así, una frase absolutamente categórica; él no le da rodeos, dice: "En vuestros diezmos y ofrendas me habéis robado". Suponiendo que los diezmos no sean para nuestra dispensación, ¿qué pasa con las primicias y las ofrendas? Y, ¿qué pasa con esa consagración total, absoluta y radical, de la que hablamos? "¿En qué te hemos robado?". Entonces, cuando uno lee Malaquías, se da cuenta del fastidio de Dios. Llega un momento en que Dios se cansa, y cuando Dios se cansa con un pueblo que es avaro, que es mezquino, que le roba, entonces, mire, como que Dios baja el estándar para ponerse a la altura de un pueblo mezquino, y les dice: "Probadme ahora en esto" (Mal. 3:10). "Probadme". O sea, es como decirles: "Mira, ustedes no quieren obedecer, porque yo les he mandado; no son tan espirituales como para eso. Así que, al menos, pruébenme; hagan la prueba". Entonces dice: "Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde". Y agrega: "Reprenderé también por vosotros al devorador, y no os destruirá el fruto de la tierra, ni vuestra vid en el campo será estéril, dice Jehová de los ejércitos. Y todas las naciones os dirán bienaventurados; porque seréis tierra deseable, dice Jehová de los ejércitos". O sea, "además de que voy a abrir las ventanas de los cielos, voy a reprender al devorador. Por eso les va tan mal", dice Dios a su pueblo, "porque el devorador les come las cosechas, y cuando van a buscar los frutos al árbol, los pájaros se lo han comido todo". Entonces dice: "Probadme". Si hay esta mañana hermanos aquí a los cuales nunca se le había enseñado algo al respecto, también Dios les dice: "Hagan la prueba. Contra todo lo que los razonamientos dicen, contra las cuentas que ustedes sacan, contra los cálculos de sus finanzas, de su presupuesto; contra todo eso, aunque los números digan una cosa distinta, ¡pruébenme!". Dios edifica con los generosos de corazón Voy a ir terminando, con esto: Hay dos hechos en el Antiguo Testamento, que me han llamado mucho la atención. Cuando Moisés quiere construir el tabernáculo en el desierto, entonces, hace una convocatoria. Capítulo 35: "Y habló Moisés a toda la congregación de los hijos de Israel, diciendo: Esto es lo que Jehová ha mandado: Tomad de entre vosotros ofrenda para Jehová; todo generoso de corazón la traerá a Jehová; oro, plata, bronce...". ¿Se fijan ustedes? A la hora de levantar el tabernáculo, Dios no utiliza los diezmos, ni las primicias, ni las ofrendas habituales, sino hace un llamado a los generosos de corazón para que traigan los materiales necesarios para edificar el tabernáculo. ¡Qué interesante es esto! Dios no levanta el tabernáculo con cualquier ofrenda, sino con las ofrendas de aquellos que tienen un corazón generoso. Versículo 21: "Y vino todo varón a quien su corazón estimuló, y todo aquel a quien su espíritu le dio voluntad, con ofrenda a Jehová para la obra del tabernáculo de reunión y para toda su obra, y para las sagradas vestiduras". Y, ¿saben?, llegó un momento en que había tanta contribución, tanta ofrenda, que Moisés tuvo que decir que no trajeran más; ya eran suficientes. Ese es un ejemplo que me llama la atención, y quería compartir con ustedes. Y el otro está en 1 Crónicas capítulo 29. Se está preparando la construcción del templo en Jerusalén. David sabe que él no va a poder realizar esa obra; se la va a encomendar a su hijo Salomón. Pero David hace los preparativos para la construcción. Dice: "Después dijo el rey David a toda la asamblea: Solamente a Salomón mi hijo ha elegido Dios; él es joven y tierno de edad, y la obra grande; porque la casa no es para hombre, sino para Jehová Dios. Yo con todas mis fuerzas he preparado para la casa de mi Dios, oro para las cosas de oro, plata para las cosas de plata, bronce para las de bronce...". Mire lo que dice el versículo 3: "Además de esto, por cuanto tengo mi afecto en la casa de Dios, yo guardo en mi tesoro particular oro y plata que, además de todas las cosas que he preparado para la casa del santuario, he dado para la casa de mi Dios". O sea, no sólo las ofrendas, las riquezas que él acumuló como rey, sino también, es como decir de su bolsillo. Al final del versículo 5, dice: "¿Y quién quiere hacer hoy ofrenda voluntaria a Jehová? Entonces los jefes de familia, y los príncipes de las tribus de Israel, jefes de millares y de centenas, con los administradores de la hacienda del rey, ofrecieron voluntariamente. Y dieron para el servicio de la casa de Dios cinco mil talentos y diez mil dracmas de oro, diez mil talentos de plata, dieciocho mil talentos de bronce, y cinco mil talentos de hierro. Y todo el que tenía piedras preciosas las dio para el tesoro de la casa de Jehová, en manos de Jehiel gersonita. Y se alegró el pueblo por haber contribuido voluntariamente; porque de todo corazón ofrecieron a Jehová voluntariamente. Asimismo se alegró mucho el rey David, y bendijo a Jehová delante de toda la congregación". Y después hace una maravillosa oración: "Bendito eres tú, oh Jehová... Tuya es... la magnificencia y el poder, la gloria... Las riquezas y la gloria proceden de ti... Porque ¿quién soy yo, y quién es mi pueblo, para que pudiésemos ofrecer voluntariamente cosas semejantes? Pues todo es tuyo...". ¡Qué hermoso es eso! ¿Podemos decirlo nosotros? "Porque todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos. Porque nosotros, extranjeros y advenedizos somos delante de ti, como todos nuestros padre; y nuestros días sobre la tierra, cual sombra que no dura". David se alegró. ¿Por qué se alegró? Porque hubo muchos generosos de corazón que dieron ese día, y la obra de la casa de Dios estaba asegurada; los materiales estaban allí. Ahora, si buscamos en el Nuevo Testamento, vamos a encontrar tantas y tantas enseñanzas preciosas. Yo quisiera solamente leer esto. 2 Corintios 9: "Pero esto digo: El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará. Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza...". Por eso es que Dios no quería la ofrenda de todo el pueblo para el tabernáculo; quería la ofrenda de los generosos de corazón. ¿En qué se conoce un generoso de corazón? En que da, no con tristeza, ni por necesidad, sino con gozo, con alegría, "porque Dios ama al dador alegre". "Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra... Y el que da semilla al que siembra, y pan al que come, proveerá y multiplicará vuestra sementera, y aumentará los frutos de vuestra justicia". Amén. Hermanos amados, dijimos que era necesario hablar de todo el consejo de Dios. Esta palabra no tiene la motivación de que ustedes den para que el predicador se beneficie de eso. No, no hay necesidad de eso. Tampoco que ustedes den para favorecer una obra en particular, una doctrina en particular. No, no se trata de eso. Es necesario dar a Dios las cosas que son de Dios, porque él nos da a nosotros todas las cosas abundantemente, para que las disfrutemos. Y él, si nosotros lo hacemos, amados hermanos, él va a prosperar nuestra sementera, y va a hacer que nuestros campos estén llenos y nuestros graneros rebosantes. Y va a hacer que nunca tengamos falta de ningún bien. Y el que tiene más va a poder compartir con el que tiene menos, para que no haya ningún mendigo en medio de la casa, ningún pobre, ninguno que esté pasando hambre o frío. Porque Dios no quiere que haya injusticia, que haya una desigualdad. Él quiere que todos nosotros disfrutemos del amor y de la gracia de Dios. ¿Le
hemos entregado nuestra vida al Señor? ¿Le hemos respondido
cuando el Señor nos ha dicho: "Dame, hijo mío, tu
corazón"? Si lo hemos hecho, gracias al Señor.
Pero él no sólo espera eso. Espera que nos demos a él
en espíritu, alma y cuerpo, y aun con todo lo que tenemos. Estemos
de pie para orar. *** |