Mensajes desde Centenario

Cinco claves para el paso de la niñez a la madurez espiritual.

Creciendo de niños a hijos maduros

Eliseo Apablaza F.

"Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios" (Juan 1:12).

"Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos" (Hebreos 2:10).

En las dos frases subrayadas aparece la palabra hijos. Sin embargo, en el Nuevo Testamento original en griego, la palabra que se traduce aquí como hijos es distinta en ambos casos. En Juan, la palabra es teknós (bebés, hijos pequeños), y en Hebreos, huiós (hijos mayores o maduros). De manera que si nos apegamos al sentido más estricto de estas dos frases tendríamos que decir: "...les dio potestad de ser hechos niños de Dios", y "...habiendo de llevar muchos hijos maduros a la gloria".

Juan se está refiriendo al momento en que fuimos engendrados por Dios, cuando nosotros nacimos de Dios. Entonces, Juan se refiere a los bebés. Pero en Hebreos nos encontramos al final de la carrera del que comenzó como bebé, y que ahora está en condiciones de ser llevado a la gloria. Esto significa que la voluntad de Dios no es llevar bebés, sino hijos maduros, a la gloria.

La filiación

Antiguamente, cuando un niño judío cumplía los trece años de edad, ocurría un hecho muy relevante, casi tan importante como el día de su nacimiento. Ese día, se realizaba una ceremonia denominada Bar Mitzvá, en que el padre de familia, habiendo invitado a sus amigos y familiares, declaraba ante todos, con mucho orgullo y satisfacción, que su niño había cumplido trece años, y que desde ese día él era considerado oficialmente un hijo maduro, con plenos derechos de herencia y de gobierno en medio de su casa.

Trece años. A nosotros nos parece una edad muy corta todavía como para que un joven asumiera tantas responsabilidades. Pero recordemos que, a los doce años, el Señor Jesús estuvo en el templo, y a esa edad discutía con los doctores de la ley, era escuchado por ellos, y tenían que responder las preguntas difíciles que él les hacía. En nuestra época, la adolescencia es un período intermedio en el paso del niño al adulto; pero en los tiempos bíblicos, a los trece años ya se le consideraba un adulto.

Si alguno de ustedes ha visitado alguna vez el campo, en nuestro Chile, todavía es posible encontrar allí jóvenes de quince años que hablan como adultos, y se comportan como tales. Ellos hacen todas las labores de la casa. Son pequeños hombrecitos.

Esa ceremonia de los trece años, en griego se denominaba huiothesía, que se puede traducir como filiación. Es el momento en el cual un niño recibía la filiación, es decir, se le declaraba hijo con plenos derechos. Ahora, la voluntad de Dios es llevar muchos hijos maduros a la gloria, hijos que ya han pasado por esta ceremonia de la filiación. Hermanos, después de haber caminado con el Señor trece años, ¿ustedes se sienten hijos maduros? Es una buena pregunta.

Ustedes conocen cuál es la sicología de un niño. Él centra todas las cosas en sí mismo. En la casa, los menores atraen la atención de los padres y de sus hermanos mayores. El niño pequeño es inmaduro. En el grupo familiar, él ocupa el primer lugar. Todo gira en torno suyo. Y, ¡ay, del hermano grande que atropelle al pequeño! El padre saldrá en defensa del menor.

Un hijo es maduro cuando está en condiciones de hacerse cargo de otros. Si los padres se ausentan, dejan al mayor a cargo de sus demás hermanos. Él está en condiciones no sólo de velar por sí mismo, sino de asumir responsabilidades, de velar por otros. En la familia de Dios, los hijos maduros son aquellos que pueden sobrellevar las debilidades de los pequeños, que pueden preocuparse por ellos, que pueden sufrir por ellos.

El día de la filiación de los hijos de Dios es un día de gozo para el Padre. Los trece años a que me refería tienen sólo un valor simbólico. Podría ser que alguien madure espiritualmente antes, u otros mucho después de ese tiempo. Pero, sin duda, este es un acto de mucho gozo para el Padre. Podemos imaginarnos a Dios mirando con satisfacción a ese hijo en el cual ya puede delegar responsabilidades, al cual puede asignar algunos trabajos, puede poner a cargo de sus hermanos más pequeños. Ese hijo está en condiciones de hacer uso de su herencia.

Tres categorías de creyentes

"Os escribo a vosotros, padres, porque conocéis al que es desde el principio. Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al maligno. Os escribo a vosotros, hijitos, porque habéis conocido al Padre" (1 Juan 2:13). Los padres mencionados aquí son los hijos de Dios que han alcanzado madurez. Un padre es el que puede engendrar a otros en la fe. Un hijo maduro puede cuidar de otros casi como si fueran sus hijos.

¿Qué caracteriza a los padres? Que ellos conocen "al que es desde el principio". El primer versículo de esta misma epístola, dice: "Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida...". Se está refiriendo al Señor Jesucristo. O sea, los padres -espiritualmente hablando- son aquellos que han llegado a conocer al Señor Jesucristo como el Eterno, como el Verbo; han llegado a tener una revelación profunda acerca de Jesucristo, no sólo como el hijo de María, no sólo como Jesús de Nazaret, sino Jesús el Eterno, el que no tiene principio de días ni fin de vida. Este conocimiento otorga madurez.

En la Escritura hay un versículo referente al Señor Jesucristo que me emociona especialmente: "Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz" (Isaías 9:6). Cuando leemos la primera frase de este versículo, no tenemos ninguna duda que se refiere al Señor Jesús: "...un niño nos es nacido, hijo nos es dado...". Pero, cuando avanzamos en el versículo, llegamos a esas palabras que dicen: "...y se llamará su nombre ... Padre eterno..." ¡Jesús, Padre eterno! ¡Oh, qué maravilloso es! ¿Hemos visto a Jesús así? Los padres son los que lo conocen así.

Los jóvenes -dice-, son los que han vencido al maligno. A los jóvenes les gusta exhibir su fuerza, hacer demostraciones de poder. Como David, que vence a Goliat. Sí, son necesarios los jóvenes en la iglesia. Y los hijitos. ¿Cuál es el primer conocimiento que ellos tienen? ¡Ellos han conocido al Padre! ¿Quién existe para un niño? El papá, la mamá.

Amados hermanos, ¡qué privilegio para un hijo de Dios es poder avanzar hacia la madurez! ¿Cómo pasamos de la condición de niños a la de hijos maduros? Quisiera mencionar rápidamente cinco cosas que son claves -a mi parecer- para este paso de la niñez a la madurez, que son como una señal de la filiación.

1º Tener una visión de Jesús como Rey

En los evangelios, Mateo nos presenta a Jesús como el Rey. ¿Qué es lo que usted hace cuando está ante la presencia de un rey? Espontáneamente, se inclinará, se postrará. Cuando Pablo iba camino a Damasco, él se encontró con la autoridad del Rey. Y cayó.

Amados hermanos, ¿hemos sentido, en algún momento de nuestra vida, que Jesús es el Rey, y que ante él no cabe otra actitud que postrarse, humillarse, declarar su poder y su majestad? ¿O somos como esos hijos inmaduros, inconscientes de la grandeza del Señor? ¿Le hemos visto sólo en la cruz, o le hemos visto más allá de ella, resucitado, poderoso?

Un cristiano inmaduro, un cristiano que es niño, un teknos, fácilmente rebate las órdenes del Rey, da a conocer sus propias opiniones, sigue sus propios caminos. Él no ha tenido un encuentro con la autoridad de Dios. Sus ojos no han visto al Rey. Él hace lo que quiere, decide lo que quiere. Así es un niño.

2º Ser guiados por el Espíritu Santo

Los hijos maduros se dejan guiar por el Espíritu Santo. Romanos 8:14 dice: "Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios". La palabra 'hijos' aquí no es teknós, sino huiós. Éstos son hijos maduros de Dios, los que son guiados por el Espíritu de Dios. Nosotros cometemos tantos errores, tomamos tan malas decisiones. Un hijo maduro no es libre para decidir por sí mismo.

Cuando tú conversas con un hijo maduro de Dios, él no dice: "Voy a hacer esto ... el próximo mes voy a ir allá ... el próximo año tengo pensado hacer esto ... la próxima semana voy a invertir dinero en este negocio...". Un hijo maduro no habla así, tan libremente, porque él tiene Otro que lo guía. Él va diciendo: "Si el Señor quiere ... si el Señor permite ... si el Señor lo confirma ... me parece percibir que el Señor quiero esto de mí...".

3º Ver la mano de Dios detrás de cada circunstancia

Para un hijo de Dios no hay casualidades; las cosas no ocurren porque sí. En realidad, para todos los hijos de Dios es así; el problema está en que unos lo ven, y otros no. Los que lo ven, se inclinan delante del Señor; los que no lo ven, reclaman. Nos quejamos, tratamos de zafarnos del problema, ideamos estrategias para escabullirnos. El Señor nos tiene tomados, nos tiene cazados en cierta circunstancia, y nosotros forcejeamos con él.

El hijo maduro dice: "El Señor me puso aquí, el Señor me cazó, no me puedo mover; esperaré hasta que él me suelte". Cuando miramos las circunstancias que se nos oponen: ¡Ay, el hijo rebelde, el negocio que salió mal, el robo del que fui víctima! "¿Qué hay, Señor, qué me estás queriendo decir? ¿Qué hay detrás de esto?". ¿Hay un mensaje del Señor? Los hijos maduros ven la mano de Dios detrás de cada circunstancia. Nada es gratuito, nada es casual.

4º Ocuparse de los más pequeños

Los hijos maduros comienzan a hacerse cargo de sus hermanos pequeños. Hermano, ¿por cuánto tiempo nos hemos ocupado solamente de nuestro problema, de nuestra situación, de nuestra familia, de nuestro trabajo? ¿Cuánto tiempo ha pasado en que nuestra mirada ha estado centrada en lo nuestro? Un hijo maduro es aquel que comienza a hacerse cargo de los problemas de otros, a tender la mano a otros, a llorar con el que llora, a sufrir con el que sufre.

5º Rendirse al Señor constantemente

Los cristianos maduros se rinden una y otra vez al Señor en todas las cosas. Cuando hablamos de rendirse, nos imaginamos a dos enemigos en batalla, y a uno de ellos levantando bandera blanca. "Me rindo". ¿Sabe?, en nuestra relación con Dios ocurre algo similar. Muchas veces luchamos contra Dios, lo mismo que Jacob en Peniel. Jacob estuvo toda la noche peleando, y al final, su resistencia era tan férrea que Dios tuvo que tocarle el encaje del muslo para poderlo derrotar, y desde ese día Jacob cojeó.

Nosotros también somos muy férreos, luchamos con Dios toda una larga noche, y cuando viene el alba y el Señor tiene que irse, entonces -casi como desesperadamente-, nos da un toque más fuerte.

Estos días, una hermana joven me decía: "Cuando pienso que debo rendirme totalmente al Señor, me da miedo. Si lo hago, tal vez él me hará pasar por experiencias terribles". No sé si a usted le ha pasado eso. Y yo me acordé de un libro donde el autor ponía un ejemplo que a mí me ayudó mucho, y espero que también les ayude a ustedes.

Él cuenta que cuando le venía al corazón el deseo de rendirse totalmente al Señor, sentía como si el enemigo de Dios le dijera: "No lo hagas. Si dejas que Dios te tome una pulgada, él lo va a querer todo; si te rindes en una cosa, tendrás que hacerlo luego en todas, y ¿quién sabe adónde podrías llegar a parar?".

El autor dice: "Al principio, creí que pudiera haber algo de razonable en esto, pero me acordé entonces de mi hijita, que era bastante voluntariosa, queriendo siempre hacer su gusto. Y pensé: Supongamos que ella viniese a decirme: 'Papá, desde hoy, voy a poner mi vida en tus manos. ¡Haz con ella como tú quieras!'. En tal caso, ¿llamaría yo a mi esposa, para decirle: 'Ven, ya tenemos una oportunidad para atormentarla. ¿Qué cosa crees tú que la podría mortificar? ¿Cuáles son los colores que no le gustan, para comprarle un vestido así? ¿Cuáles son las amiguitas que ella no soporta, para traérselas? ¿Qué género de vida es el que más aborrece, para hacerla pasar por lo peor posible?'".

El autor reflexiona diciendo: "Creo que no sería capaz de pensar así. En cambio, sé que le hubiera dicho a mi esposa: 'Nuestra hija va a seguir desde hoy sólo nuestras indicaciones, y va a cumplir en todo nuestra voluntad. ¿Sabes tú de algo que le esté dañando? ¿Le gusta a ella tener esto otro? Ah, ella debe abandonar eso, pero se lo haremos de una manera tan sutil como agradable. Es necesario que le quitemos las cosas que le están dañando, pero en cambio le daremos todo lo que pueda hacer de su vida un hermoso día de verano'".

Luego concluye: "Dios te dirá a ti esto mismo. Él no hará más que quitarte esa sola cosa que está echando a perder tu vida. Pero no te preocupes: él te dará otras, y volverá a darte más y más. Tú no puedes tener idea de lo que Dios haría por ti. Dile: 'Señor, yo quiero'. Pero voy a hacerte una confesión: En mi caso personal, no pude decirle así. Lo que le dije simplemente fue: 'Yo no puedo, oh Dios, pero quiero que tú me hagas querer'".

Un cristiano rendido es un cristiano que no le presenta objeciones a Dios, es un cristiano que ya perdió el temor de rendirse, se dio cuenta que la voluntad de Dios siempre es buena, y que si viene algún dolor, éste es suavizado por Dios, y que después de ese pequeño dolor, de esa leve tribulación -como dice Pablo- viene un peso de gloria.

Un cristiano maduro, un huiós, no duda de la bondad de Dios. Decimos que Dios es bueno. ¿Cómo podría él querer lo malo para nosotros?

La voluntad de Dios en estos días es que sus muchos hijos pequeños avancen rápidamente hacia la madurez. Él quiere tener muchos hijos maduros, y cuando eso ocurra, él los va a llevar a su gloria. Amén.

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