Mensajes desde Centenario

Contando nuestros días

Eliseo Apablaza F.

"Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría" (Salmo 90:12) ... "Hazme saber, Jehová, mi fin, y cuánta sea la medida de mis días; sepa yo cuán frágil soy" (Salmo 39:4).

El salmo 90 es una oración, y es la oración de Moisés, varón de Dios. Este es uno de los salmos más profundos de todo el salterio. El tema es la eternidad de Dios y la transitoriedad del hombre.

Las oraciones de Moisés y David

Moisés, probablemente a los ochenta años de su vida, sentía que estaba llegando al final de sus días, porque en el versículo 10 nos dice que "los días de nuestra edad son setenta años; y si en los más robustos son ochenta años, con todo, su fortaleza es molestia y trabajo, porque pronto pasan, y volamos". Probablemente a esa edad, a los ochenta, Moisés todavía en el desierto sentía que su vida se le escurría, y se daba cuenta que no había hecho nada de lo que alguna vez soñó. Todos sus ideales, sus proyectos de juventud, sus planes, cómo él quería servir a Dios, todo eso se había frustrado. Se siente como abatido, se siente como bajo la mano de la ira de Dios. Siente que la vida es como un sueño, como la hierba que crece en la mañana y luego en la tarde es cortada y se seca.

A esa edad, Moisés probablemente estaba confundido. Y entonces ora y ruega a Dios. "Enséñanos a contar nuestros días". No sabemos vivir, no sabemos cómo conducirnos, para que vivamos sabiamente. Si la vida es corta y la vivimos mal, habremos perdido nuestra única oportunidad. Porque nos es dada una porción de tiempo breve. Es necesaria la sabiduría para vivirla adecuadamente.

En el salmo 39, es David el que habla. También está acongojado, hay dolor en su alma, hay abatimiento. Entonces, también ora a Dios. "Hazme saber mi fin, y cuánta sea la medida de mis días". ¿Cuánto viviré? ¿Qué lograré hacer? ¿Qué planes lograré desarrollar y cuáles no? ¿Cuántas cosas se frustrarán en mi vida? "Sepa yo cuán frágil soy".

De verdad, basta con ir a un cementerio y observar las lápidas. Y podemos allí casi sentir el palpitar de esa gente que algún día vivió, que tuvo sueños igual que nosotros, que tuvo ideales igual que nosotros, que alcanzaron grandezas igual que las que los hombres de hoy suelen alcanzar; pero que un día, inevitablemente, les llegó la muerte. Y ahora hay allí sólo una lápida que dice que alguien vivió, alguien soñó, alguien respiró, alguien tuvo alguna aspiración; pero que todo eso terminó.

En verdad, es necesaria la sabiduría de Dios para poder conocer cuál es nuestro camino, cuántos son nuestros días, y cómo invertirlos sabiamente.

No todos tienen una historia delante de Dios

Moisés fue criado en Egipto, en toda la grandeza de la cultura egipcia. Sin duda que allí había formas de medir el tiempo: relojes, calendario. Pero una de las cosas principales que nosotros tenemos que entender cuando se trata de medir y contar nuestros días es que la forma como los hombres cuentan los días es muy distinta a la forma como Dios lo hace.

Les invito a que miremos en Génesis capítulos 4 y 5. Génesis 4:17 nos habla acerca de Caín. Caín fue el primer hijo de Adán y Eva, que mató a su hermano Abel. Y en este capítulo se nos da la descendencia de Caín. En los versículos 17 y 18 dice: "Y conoció Caín a su mujer, la cual concibió y dio a luz a Enoc; y edificó una ciudad, y llamó el nombre de la ciudad del nombre de su hijo, Enoc. Y a Enoc le nació Irad, e Irad engendró a Mehujael, y Mehujael engendró a Metusael, y Metusael engendró a Lamec". Es interesante observar que cuando se habla acerca de los descendientes de Caín no se dice la edad de ellos, ni la edad en que engendraron a sus hijos, ni la edad en que murieron.

En cambio, cuando leemos el capítulo 5, encontramos un panorama distinto. Aquí se nos muestra la descendencia de Set, el tercer hijo de Adán y Eva, que vino a reemplazar a Abel, que había sido muerto. Desde el versículo 3 encontramos la descendencia de Adán por la línea de Set: "Y vivió Adán ciento treinta años, y engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen, y llamó su nombre Set. Y fueron los días de Adán después que engendró a Set, ochocientos años, y engendró hijos e hijas. Y fueron todos los días que vivió Adán novecientos treinta años; y murió. Y vivió Set ciento cinco años, y engendró a Enós. Y vivió Set, después que engendró a Henos, ochocientos siete años, y engendró hijos e hijas. Y fueron todos los días de Set novecientos doce años; y murió".

Si seguimos leyendo, vamos a encontrar el mismo orden respecto a cada uno de estos patriarcas: se da primero su edad hasta cuando tienen el primer hijo; luego del primer hijo, cuántos años vivieron, y después, a los cuántos años murieron. La forma de relatar la descendencia de Caín es distinta a la forma de relatar la descendencia de Set. ¿Por qué razón? Los descendientes de Caín no tienen años como para ser considerados delante de Dios. Su historia no cuenta delante de Dios.

Los hijos de Caín representan a los hombres que nunca han nacido de nuevo, a los hombres que no tienen a Dios. Ellos no tienen una historia delante de Dios; están muertos. Dice la Escritura que por causa del pecado entró la muerte, y la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron. Por lo tanto, la condición de un hombre sin Cristo es la condición de Caín y sus herederos. Ellos no tienen una historia espiritual. No se sabe a qué edad nacieron de nuevo, porque nunca han nacido de nuevo; nunca se dice cuándo han engendrado un hijo espiritual, porque nunca lo han engendrado. Ellos no tienen una historia. Para Dios, no existe una historia en los descendientes de Caín.

Distinto es con los hijos de Set. Desde Adán en adelante, hasta el último de estos grandes patriarcas, se nos muestra rigurosamente a qué edad engendraron un hijo, y cuántos años vivieron. La historia de ellos cuenta, está escrita en los libros de los cielos, en los registros celestiales.

Set fue el sustituto de Abel. Y esto nos habla de este nuevo hombre que viene a nacer en Cristo Jesús. Nosotros, los que creemos en Cristo, hemos nacido de nuevo. Aunque Abel -el antiguo hombre- murió, hay un Set, hay un nuevo hombre, dentro de nosotros. Y este nuevo hombre espiritual puede engendrar hijos espirituales, y también -al igual que Enoc- va a ser trasladado un día para estar para siempre con el Señor.

Dos genealogías diferentes, que nos muestran esta terrible realidad. Los descendientes de Caín, es decir, los hombres sin Cristo, no tienen una historia delante de Dios. Ellos pueden trabajar, pueden hacer planes, pueden acumular riquezas. Ellos pueden emprender grandes negocios, pueden amasar una fortuna en la tierra. Sin embargo, no tienen historia para Dios. El día que ellos vuelvan al polvo -porque de allí fueron tomados- nunca van a tener más opción de que sus nombres estén escritos en el libro de los cielos.

El comienzo de nuestra historia

Si vamos a Éxodo 12:2, encontramos un interesante principio espiritual. Dice: "Este mes os será principio de los meses; para vosotros será éste el primero en los meses del año". Aquí se está hablando del pueblo de Israel. Israel ha estado en Egipto por muchos años, esclavizado bajo el poder de Faraón. Y nosotros sabemos que Israel en Egipto es el hombre subyugado por el poder del diablo; es el hombre en el mundo, el hombre esclavizado.

Pero he aquí la realidad gloriosa de los hijos de Dios. Llega un día en que Dios saca a los suyos de Egipto, en que Dios nos liberta del mundo. Y, ¿cuándo comienza, entonces, la historia de un hijo de Dios? Comienza el día en que nos apropiamos de la preciosa sangre de Jesús, el Cordero pascual. Ese día, nosotros nacemos de nuevo, y ese día, para nosotros, comienza nuestra vida.

Por eso dice: "este mes". "El mes de vuestra liberación, el mes en que yo los saco a ustedes de Egipto, el mes en que ustedes comerán la pascua, el mes y el día en que ustedes tomarán la sangre y la van a poner sobre la puerta de su casa; ese día será el comienzo de su vida. Desde ese día, ustedes van a comenzar a contar el año". No importa que en ese momento hubiese sido septiembre. "No, a partir de ahora, va a ser enero para ustedes. Todo lo que quedó atrás, no importa. Eso no está registrado, eso está ignorado en los registros celestiales. Vuestra historia comienza aquí".

Amados hermanos, nuestra historia para Dios, esa que cuenta en los libros celestiales, comenzó el día cuando nosotros recibimos a Cristo en el corazón. ¡Precioso día aquél! ¡Preciosa sangre la del Cordero pascual, con la cual nosotros hemos sido limpiados de nuestros pecados para siempre!

¿Por qué podemos alabarle así? ¿Por qué podemos adorarle así? ¿Por qué podemos proyectarnos en el espíritu para tocar a Aquel que está sentado en el trono? Porque hubo un día en que nosotros nacimos de nuevo. Ahí comenzó nuestra historia. ¡Bendita historia! ¿Tiene usted una historia espiritual? ¿Ha nacido de nuevo? ¿Ha vivido usted su éxodo, su salida de Egipto? ¿Ha sido rociado por la preciosa sangre de Jesús? ¿Ha comenzado este nuevo año, este año agradable de la buena voluntad de Dios?

Una pregunta más específica: ¿Cuántos nacimientos tiene usted? Si usted tiene un solo nacimiento, si usted nació sólo de carne y sangre, si nació sólo de su padre y de su madre, entonces usted no tiene historia delante de Dios. ¡Es necesario nacer dos veces! ¡Es necesario nacer de lo alto!

El Señor le dijo a Nicodemo: "Os es necesario nacer de nuevo" (Juan 3:7). Porque lo que es nacido de la carne, carne es, y eso va al polvo, y eso desaparece, y no tiene trascendencia eterna. Pero bendita es la vida de Dios, que se nos ha metido en nuestros huesos. Nosotros hemos nacido dos veces; por tanto, moriremos una sola vez. Morirá nuestra carne, pero nuestro espíritu vivirá para siempre. En cambio, los que han nacido sólo una vez, ¡morirán dos veces! Morirán en este cuerpo, y morirán también en la condenación eterna.

¿Cuántos nacimientos tenemos? Son necesarios dos. Bendito sea el Señor, que nos ha agraciado. Sin embargo, no es porque seamos mejores que otros. No es porque hayamos cumplido una lista de méritos. Es porque la gracia de Dios nos ha alcanzado. Es porque un día nosotros estábamos sumidos, es porque un día nosotros estábamos oprimidos, y clamamos al Dios de los cielos, y él se nos manifestó, y él se nos reveló en la persona de Jesucristo. Oh, no es de los sabios, no es de los poderosos. Es de los que claman, es de los que gimen, ¡es de los que piden misericordia!

¿Ha venido usted hoy necesitado? ¿Ve usted en la condición en que se encuentra? ¿Está engrosando usted la descendencia de Caín, éstos cuya historia no cuenta, éstos cuyos años están ignorados para Dios, estos cuyas acciones por muy grandes que sean no les servirán de nada a la hora de ver los registros en los cielos o de dar cuenta a Dios?

¿Cómo cuenta el Señor los días del hombre? Los días del hombre cuentan para Dios desde el día en que ellos nacen de nuevo, en que ellos experimentan su pascua, la cual es Cristo y su sangre derramada en la cruz del Calvario. Los demás no tienen historia.

Cómo Dios cuenta nuestros días

Sin embargo, aun nosotros, los hijos de Dios, los que llevamos cinco, diez, quince o veinte años de haber creído, delante de Dios, a los ojos de Dios, nuestros días, nuestros años, no son contados a la manera como son contados los días y los años en la tierra. Hemos de saber, hermanos, que si nosotros nos convertimos al Señor hace cinco años, no significa eso que delante de Dios tengamos una edad de cinco años. Pudimos haber nacido hace veinte años atrás, haber nacido de nuevo, pero nuestra edad espiritual probablemente no corresponde con los veinte años.

¿Cómo cuenta Dios los años de su pueblo? Vamos a ir a 1 Reyes 6:1 para ver el registro que hace acerca de los años que transcurrieron desde que Israel fue sacado de Egipto hasta el año en que Salomón comenzó a edificar el templo. Es interesante este versículo; le vamos a prestar mucha atención. Dice: "En el año cuatrocientos ochenta después que los hijos de Israel salieron de Egipto, el cuarto año del principio del reino de Salomón sobre Israel, en el mes de Zif, que es el mes segundo, comenzó él a edificar la casa de Jehová". Es decir, aquí se nos dice que pasaron cuatrocientos ochenta años desde la salida de Egipto hasta el cuarto año del reinado de Salomón cuando él comienza a edificar la casa. Cuatrocientos ochenta años.

Vamos a ir ahora a Hechos 13:18, y vamos a ver cómo es la cronología que nos muestra aquí el apóstol Pablo, predicando en este pasaje. "Y por un tiempo como de cuarenta años los soportó en el desierto". Es decir, desde que salió de Egipto el pueblo, aquí ya tenemos cuarenta años en el desierto. Versículo 19: "...y habiendo destruido siete naciones en la tierra de Canaán, les dio en herencia su territorio. Después, como por cuatrocientos cincuenta años, les dio jueces hasta el profeta Samuel". Entonces aquí sumamos cuatrocientos cincuenta a los cuarenta años en el desierto.

Versículo 21: "Luego pidieron rey, y Dios les dio a Saúl hijo de Cis, varón de la tribu de Benjamín, por cuarenta años". Aquí sumamos otros cuarenta años. Versículo 22: "Quitado éste, les levantó por rey a David, de quien dio también testimonio diciendo: He hallado a David hijo de Isaí, varón conforme a mi corazón, quien hará todo lo que yo quiero". En otra parte de la Escritura sabemos que David reinó cuarenta años. Y después vino Salomón, que al cuarto año comenzó a edificar el templo.

Si nosotros sumamos las cantidades en este registro de Hechos, vamos a ver que es distinto a los cuatrocientos ochenta años que menciona 1 Reyes 6. Hagamos la suma: Israel en el desierto, son cuarenta; en el tiempo de los jueces, cuatrocientos cincuenta; Saúl, cuarenta; David, cuarenta; más tres de Salomón, son quinientos setenta y tres años, contra los cuatrocientos ochenta de que habla Reyes. La diferencia es de noventa y tres años.

¿Hay un error en la Biblia? Miremos el libro de los Jueces. En el versículo 3:8 dice: "Y la ira de Jehová se encendió contra Israel, y los vendió en manos de Cusan-risataim rey de Mesopotamia; y sirvieron los hijos de Israel a Cusan-risataim ocho años". Aquí tenemos ocho años en que Israel estuvo bajo el dominio de un rey de Mesopotamia. Versículo 14: "Y sirvieron los hijos de Israel a Eglón rey de los moabitas dieciocho años". Sumemos ocho más dieciocho. Jueces 4:2-3: "Y Jehová los vendió en manos de Jabín rey de Canaán, el cual ... había oprimido con crueldad a los hijos de Israel por veinte años". Sumemos veinte años. Jueces 6:1: "Los hijos de Israel hicieron lo malo ante los ojos de Jehová; y Jehová los entregó en manos de Madián por siete años". Sumemos siete años. Jueces 13:1: "Los hijos de Israel volvieron a hacer lo malo ante los ojos de Jehová; y Jehová los entregó en manos de los filisteos por cuarenta años". Sumando todos los años, nos da noventa y tres.

Amados hermanos, esto nos muestra que una es la historia terrenal que nosotros podemos tener, y otra es la historia espiritual. La historia terrenal puede tener muchos más años, puede tener estos quinientos setenta y tres años; pero la historia espiritual no cuenta aquellos años en los cuales nosotros servimos a otro dios, en los cuales estuvimos sirviendo al hombre, en los cuales nos extraviamos de Dios. Por eso decíamos que la historia espiritual desde que nosotros nos convertimos hasta aquí, seguramente es muy distinta de los años terrenos que podemos contar.

¿Cuál es nuestra edad espiritual? La edad espiritual nuestra considera solamente aquel tiempo que nosotros nos hemos consagrado, aquel tiempo que nosotros hemos tenido al Señor Jesús en primer lugar en nuestra vida; solamente considera aquel tiempo en que nuestra vida estuvo centrada en él. Pero, cada vez que nos apartamos, entonces se detiene el registro en el libro de los cielos. Hay un silencio, como si nada hubiese ocurrido.

Sólo cuentan los días sin nubes

Ustedes saben que antes que se inventaran los relojes como los que conocemos hoy, existieron relojes de arena y relojes de sol. En el antiguo Egipto había relojes de sol. Y en uno de esos relojes, que se conserva hasta el día de hoy, hay una inscripción sumamente interesante, que dice: "Registro el tiempo sólo cuando no hay nubes".

Nuestra vida espiritual, amados hermanos, es como nuestra relación con el sol, porque sabemos que el Sol de justicia es Jesucristo. Sólo cuando nuestros días están sin nubes, sólo cuando no hay pecados entre nosotros y el Señor, sólo cuando no hay rebeliones, entonces Dios registra los días -espiritualmente hablando- de nuestra vida. ¡Cuántas nubes ha habido! Tal vez de nuestros veinte o treinta años terrenales después de haber creído, es probable que haya sólo unos pocos días sin nubes.

¿Cómo ha sido nuestra relación con el Señor? Quisiera proponerles esta figura: es una ilustración. Ustedes saben que la tierra gira en torno al sol, y cada órbita demora trescientos sesenta y cinco días y seis horas. Es lo que se conoce como el movimiento de traslación de la tierra. Para graficar esta enseñanza, imaginémonos que cada uno de nosotros somos la tierra, que va girando en torno del Sol de justicia que es el Señor. Y cada vez que algo se interpone entre nosotros y el Señor, se interrumpe nuestro movimiento traslatorio. Cada vez que algo surge, algo se interpone, entonces somos detenidos en nuestro movimiento alrededor del Sol.

¿Cuánto tiempo puede pasar hasta que nosotros hagamos una órbita y cumplamos un año, espiritualmente hablando? ¿Estamos detenidos o estamos avanzando en esta órbita? Porque es sólo mirando al Señor, sólo mirando a nuestro Sol de justicia, que nosotros nos movemos, avanzamos, maduramos, crecemos. Es una pregunta que todos nosotros debiéramos hacernos.

La forma como Dios cuenta nuestros días es muy distinta a como nosotros contamos nuestros días o nuestros años. ¡Ay, cuánto tiempo perdido, cuántos años malgastados! ¡Cuánto tiempo hubo nubes que no permitieron que el reloj marcara el paso del tiempo! Algunos de nosotros hemos llegado a viejos, tenemos canas, se nos ha caído el pelo; estamos achacosos y estamos enfermizos... ¡y somos tan niños todavía, espiritualmente hablando!

Fuera de la viña estamos desocupados

Vamos a ir a Mateo 20:1-6. Es la conocida parábola de los obreros de la viña. "Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña. Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Saliendo cerca de la hora tercera, vio a otros que estaban en la plaza desocupados; y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo. Y ellos fueron. Salió otra vez cerca de las horas sexta y novena, e hizo lo mismo. Y saliendo cerca de la hora undécima...".

Noten que la hora undécima es la penúltima hora del día. Porque en el registro de los hebreos existían doce horas en el día desde el amanecer hasta el ocaso. Entonces, aquí quedaba una hora para que se terminara el día laboral, y a esa hora, "...halló a otros que estaban desocupados; y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados?". Noten ustedes que la palabra 'desocupados' aparece tres veces. ¿Qué significa esto, espiritualmente hablando?

Hermanos, la viña representa la obra de Dios, representa el trabajo de Dios. Si nosotros estamos fuera de la viña, estamos desocupados. No importa cuántas cosas hagamos en nuestra vida, cuántos planes desarrollemos, cuántas empresas creemos, cuánta riqueza acumulemos, ¿cuál es el concepto de Dios para toda nuestra vida fuera de la viña? Es un tiempo desocupado; es decir, no hay labor, no hay obra alguna, no hay nada. No cuenta, no existe. La viña es el ámbito de nuestro trabajo. Es en la viña donde nosotros podemos invertir el tiempo, y ser hallados útiles, ocupados, dando fruto.

Eso no significa, amados hermanos, que estar en la viña sirviendo allí como los que entraron en la viña aquí en la parábola signifique dejar nuestros trabajos, dejar todas las ocupaciones terrenales y dedicarnos a servir al Señor a tiempo completo. No significa eso. Significa, simplemente, estar haciendo precisamente lo que Dios quiere que hagamos, estar en el centro de su voluntad, estar en el lugar preciso.

¿Estás tú, amado hermano, en el lugar preciso? ¿O estás fuera de la viña? Tal vez haya mucha obra que tú estás haciendo para Dios, pero todavía estás fuera de la viña. Porque es su viña, no nuestra viña; son sus labores, no son nuestras labores.

Creo que todos los siervos de Dios, en algún momento de nuestra vida, cuando estamos muy afanados sirviendo al Señor, y cuando estamos muy desgastados sirviendo al Señor, llega un momento en que nos agobiamos. Y entonces nos preguntamos: "¿Estoy realmente haciendo la obra de Dios?". Y esa pregunta puede traer un gran remezón, y puede traer un verdadero descalabro en nuestra vida. Todo lo que hagamos fuera de la viña será tiempo perdido, serán labores inútiles, serán obras sin valor para Dios.

Este día de doce horas de estos obreros, desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde, representa para nosotros toda nuestra vida. Tal vez estemos en la hora undécima, a las cinco de la tarde. Falta una hora para que se cierre la puerta. ¿Estamos fuera, desocupados? ¿Haciendo muchas cosas para nosotros, pero nada para Dios?

Un registro de nuestra obra

Cuando miramos en Nehemías capítulo 3, encontramos una cosa muy interesante. Es el registro pormenorizado y acucioso de la obra de la reedificación de los muros de Jerusalén en los días de Nehemías. Este capítulo entero, con sus 32 versículos, da cuenta de cuál fue la obra específica que cada uno de los restauradores realizó en el muro. Podemos decir también que este registro que está aquí es el registro que hay en los cielos acerca de nuestra labor, acerca de nuestra obra espiritual.

¿Qué es lo que hacen los obreros en la viña? Hacen muchas labores, sin duda; y el registro de esas labores, por decirlo así, está aquí en Nehemías capítulo 3. Si ustedes tienen tiempo, en su casa, lean este capítulo, y van a encontrar muchas cosas interesantes. En el versículo 5, por ejemplo, dice: "E inmediato a ellos restauraron los tecoítas; pero sus grandes no se prestaron para ayudar a la obra de su Señor". Aquí hay unos que trabajaron -los tecoítas-, pero los grandes de los tecoítas, los dirigentes, no se prestaron para ayudar a la obra de su Señor. Es decir, que queda registrado, hermanos, no sólo quiénes son los que trabajan, sino también quienes son los que no trabajan.

Los tecoítas fueron ejemplares. Ellos hicieron su parte. Y vean ustedes el versículo 27: "Después de ellos restauraron los tecoítas otro tramo, enfrente de la gran torre que sobresale, hasta el muro de Ofel". O sea, los tecoítas hicieron su parte, aunque sus grandes no los acompañaron, y además de eso hicieron otra parte, otro tramo. Ejemplares los tecoítas.

Versículo 12: "Junto a ellos restauró Salum hijo de Halohes, gobernador de la mitad de la región de Jerusalén, él con sus hijas". Este hombre no tenía hijos hombres. Él podría haberse cruzado de brazos y haber dicho: "Yo no puedo; tú no me diste hombres, Señor, no te puedo servir". Pero aquí encontramos que las hijas suplieron la falta de hombres, y restauraron la parte del muro que les correspondía.

Versículo 20: "Después de él Baruc hijo de Sabai con todo fervor restauró otro tramo desde la esquina hasta la puerta de la casa de Eliasib sumo sacerdote". Noten la frase 'con todo fervor'. No sólo cuenta lo que hacemos, sino cómo lo hacemos, con qué devoción lo hacemos; si ponemos o no el corazón en ello. ¿Lo hacemos por deber, o por un deseo genuino de servir? Eso también queda registrado.

Un ejemplo de la vida de Abraham

Cuando miramos la vida de Abraham, en Génesis capítulo 11, encontramos algo muy interesante. En Génesis 11:31, se nos dice que Abraham salió de Ur de los caldeos en dirección a Canaán. Pero en el 31 dice que salió Taré, su padre, con Abraham su hijo, y con Lot su sobrino, y Sarai su nuera. Y salieron de Ur de los caldeos para ir a la tierra de Canaán, y vinieron hasta Harán y se quedaron allí. Interesante. Dios llamó a Abraham para que saliera de Ur hasta Canaán, pero se quedaron en Harán. Y Harán, amados hermanos, está en la frontera entre Mesopotamia y Canaán.

Alguien ha dicho que hay cristianos que son cristianos de fronteras; es decir, que salen del mundo, pero no totalmente, y entran a la realidad de la iglesia, pero no totalmente. El mundo los encuentra 'aburridos', claro, porque no están plenamente involucrados con el mundo; pero en la iglesia no son espirituales. No pueden serlo; están allí indecisos, para allá y para acá.

Génesis 12:4 dice: "Y se fue Abram como Jehová le dijo; y Lot fue con él. Y era Abram de edad de setenta y cinco años cuando salió de Harán". No se nos dice cuánto tiempo estuvo en Harán, porque los días de Abraham en Harán no cuentan para Dios. En su historia espiritual, esos días están muertos. Abraham comienza su vida espiritual a los setenta y cinco años.

Cuando leemos toda la vida de Abraham, nos damos cuenta que él vivió ciento setenta y cinco años; esa es la vida terrenal. Pero espiritualmente vivió sólo cien, de los setenta y cinco a los ciento setenta y cinco de su vida. Y aun tendríamos que ir recortando por ahí entremedio, como vamos a ver, y entonces no quedan ni cien. Porque si nosotros miramos el capítulo 16, en el último versículo, 16, dice: "Era Abraham de edad de ochenta y seis años, cuando Agar dio a luz a Ismael".

Y después en el 17:1 que sigue a continuación, dice: "Era Abram de edad de noventa y nueve años, cuando le apareció Jehová y le dijo: Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto". ¿Qué pasó entre los ochenta y seis y los noventa y nueve? No se registra. Pero en esos trece años, hermanos, ¿qué ocurrió en la vida de Abraham? En esos trece años creció Ismael, el hijo de la carne.

Así es que de los cien años de la vida espiritual de Abraham, tenemos que recortar trece. No están registrados, no tienen valor espiritual.

Imaginemos que nuestra vida espiritual es como una larga cinta. Ahí está nuestra vida entera. Y podemos imaginarnos un ángel de Dios con una tijera en la mano, diciendo: "Vamos a empezar a recortar ahora todos los años que no sirven, todos los años que no quedan registrados". ¡Ay! Algunos de nosotros tenemos mucha pérdida, muchos años de pérdida. El Señor tenga misericordia de nosotros.

Cuando miramos la Escritura, encontramos una cosa interesante cuando Israel sale de Egipto. Desde que sale de Egipto, hasta que llega a Cades-Barnea, es decir, hasta la frontera de Canaán, pasaron dos años. O sea, en dos años después de salir de Egipto, Israel pudo haber entrado en la tierra prometida. Pero hubo cuarenta. ¿Qué pasó con los otros treinta y ocho? Alguien ha calculado que bastaban once días para recorrer ese tramo desde el monte Horeb hasta Cades-Barnea. Porque no olvidemos que la mayor parte del tiempo estuvieron recibiendo la ley, acampados alrededor del monte Sinaí.

¿Qué haremos, hermanos, visitas que hoy nos acompañan? ¿Cómo estamos contando nuestros días? Por eso, nos conviene orar como Moisés oraba, y decirle al Señor: "Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría".

Esperanza de restitución

Joel 2:25. Vamos a leer esta palabra como una promesa de Dios para nosotros; vamos a leer este versículo y nos vamos a aferrar a esta palabra. Vamos a decir: "Señor, hoy tú nos has dado tu 'rhema', hoy tú nos has traspasado con esta palabra y nos has llenado el corazón de esperanza". Es el Señor el que nos habla: "Y os restituiré los años -hermanos, qué preciosa es esta palabra- los años que comió la oruga, el saltón, el revoltón y la langosta, mi gran ejército que envié contra vosotros".

¿Qué representan estos insectos? Son todos aquellos elementos, aquellas carnalidades, aquellas pruebas que no superamos, aquellas tentaciones ante las cuales sucumbimos. Representan aquellas apostasías de nuestro corazón, aquellos días cuando nosotros nos levantamos e interpusimos una nube que nos separaba de Dios. Los años que demoramos en arrepentirnos, en volvernos a Dios. Son esos largos meses y años en los cuales anduvimos acariciando un pecado en el corazón, o una rebelión, y tratamos de cubrirla y de taparla, pensando que Dios no la veía.

Oh, amados hermanos, hay un daño que el enemigo ha producido en nosotros. Hay un daño que nosotros mismos hemos producido por nuestra rebelión. ¡Hay una pérdida! Pero he aquí el Dios de misericordia, el Dios de toda gracia nos dice: "¡Yo os restituiré el tiempo perdido! ¡Yo os devolveré esos años perdidos!". ¡Oh, hermanos, llenémonos de esperanza, llenémonos de fe y cobremos esta promesa!

Señor, permítenos, en este corto trecho que nos queda, recuperar el tiempo perdido, dar fruto a ciento por uno. Si alguna vez dimos a treinta, queremos dar a cien, y de esa manera ir recuperando los años y los meses perdidos, nuestros largos años de extravío, sea en el mundo o sea después de haber creído. Tenemos la posibilidad de que nos sean restituidos. ¡Cómo no bendecir al Dios de nuestra salvación! ¡Cómo no darle a él la gloria y la alabanza! ¡Cómo no declarar: Señor, extiende hasta nosotros tu misericordia! Sí, Señor, condúcenos de la mano, rompe nuestras durezas; derriba nuestros pensamientos altivos, trabaja en nuestro corazón, hasta que te seamos un pueblo sin nubes en el horizonte.

¿Lo creeremos? ¿Lo esperaremos?

Si hay alguien aquí que ha llegado sin conocer al Señor, este es el día en que su vida empiece a ser registrada en los cielos, de que su historia empiece a ser consignada. Es necesario volverse de la necedad a esta sabiduría para contar nuestros días.

Hay en el Salmo 84 una preciosa verdad: "Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos". Pidámosle al Señor que cada día de los que vamos a vivir en sus atrios de aquí en adelante reemplacen a esos mil días perdidos, cada uno. Porque en Cristo sí podemos obtener provecho, podemos dar fruto. En Cristo podemos redimir el tiempo.

No dejemos que los días transcurran imperceptiblemente; no dejemos que el tiempo pase como si no hubiera nada que hacer. ¿Hemos engendrado hijos espirituales? ¿Hemos traído gloria para el Señor? ¿Estamos invirtiéndonos en él? Porque también un día sin nubes significa eso, una vida consagrada, recursos consagrados, familias consagradas. ¿Estamos haciéndolo? Hay mucho que hacer. Hay muchos que esperan que la luz brille desde aquí. Hay muchos que esperan ver la gracia de Dios. Hay muchos cautivos afuera. Hay muchos sumidos en el pecado. ¿Estaremos indiferentes?

Que Dios nos ayude a levantarnos con fuerza, a levantarnos con autoridad, para que esta luz se encienda, y para que la salvación de Dios alcance a todos los confines de la tierra.

Que así sea, en el nombre del Señor.

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Mensaje inspirado en el folleto titulado "Enséñanos a contar nuestros días" de Watchman Nee.