En este tercer y último mensaje de la serie, se explican las causas de por qué Dios ha sido abandonado por su pueblo, y de por qué se han olvidado de él.

«No me han conocido»

Eliseo Apablaza

Hemos estado compartiendo en ocasiones anteriores sobre el mensaje profético que Dios envió a su pueblo a través de Jeremías, un mensaje fue dicho originalmente hace más de 2500 años atrás, pero que, sin embargo, tiene plena vigencia hoy, porque el Dios de Jeremías es nuestro Dios, y porque el pueblo de Israel se parece en muchos aspectos a nosotros.

Dios habla a través de Jeremías un mensaje dramático, un mensaje que nace del corazón de Dios, debido a que Israel, su pueblo, ha comenzado a desviarse, se ha comenzado a apartar. Ellos siguen teniendo una religión, siguen teniendo un ritual que realizan en forma rigurosa; todo lo cual indica que todo está bien. Sin embargo, Dios, que escudriña más profundamente el corazón del hombre, sabe cuándo las cosas no están tan bien. Entonces envía una palabra profética, y esa palabra de Dios es como una espada que penetra hasta lo profundo.

La palabra de Dios es una espada que penetra hasta partir el alma y el espíritu, y es tan poderosa que deja al descubierto las intenciones del corazón, de modo que todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de Dios. De modo que cuando Jeremías habla este mensaje al pueblo, es un mensaje que descubre la irrealidad de ese pueblo.

El pueblo de Dios, en todas las épocas y también en esta, corre un gran peligro. El peligro de que nuestra fe se transforme en una sucesión o un conjunto de cosas externas sin realidad interior. Porque de verdad hay cosas asociadas a la fe que son cosas externas: hay cosas espirituales y también hay cosas externas asociadas a la fe.

Por ejemplo, el hecho de venir a reunión los domingos, es una cosa externa asociada a la fe. Es bueno venir a reuniones, es bueno venir ojalá todos los domingos y a todas las reuniones que convoca la iglesia; pero el solo hecho de venir a reuniones podría transformarse en un hábito vacío, en una costumbre sin vida, de tal manera que venimos sólo porque nos vean que estamos bien, o porque queremos complacer a Dios en esta exigencia que él nos hace cuando dice: "No dejen de congregarse". Pero es nada más que eso en el fondo. Nosotros venimos con un corazón disgustado. 'Ah, habría preferido quedarme en la casa, porque las sábanas estaban calentitas, o porque el domingo es tan agradable dormir hasta tarde'.

Entonces, nosotros podemos entrar en una rutina de hacer cosas externas, vacías de contenido espiritual, y Dios, que escudriña la mente y el corazón, sabe cuando estamos cayendo en eso. Entonces, Dios, oportunamente, nos envía una palabra para decirnos: "Pueblo mío, ¡cuidado! ¡Cuidado, iglesia mía, amada! Ustedes son demasiado importantes para mí, son demasiado queridos para mí, como para que yo los deje ir por el despeñadero, para que ustedes se aparten sin darse cuenta, para que se extravíen. Yo no quiero eso".

Entonces existe algo así como el ministerio profético. Y Dios escoge a algunos hombres como Jeremías, hombres que tienen una especial sensibilidad dada por Dios, para poder oír a Dios. No sólo para oír a Dios, sino también para –por decirlo de alguna manera así gráfica– para escuchar el latido del corazón de Dios. Estos hombres no sólo escuchan lo que Dios dice, sino escuchan cómo late su corazón; es decir, ellos tienen un conocimiento íntimo de Dios.

Y por eso Jeremías, cuando recibió este mensaje, dice la Escritura en muchos lugares de su libro, que él derramaba muchas lágrimas, las cuales, en el fondo, eran las lágrimas de Dios por su pueblo que se estaba extraviando. Las quejas y los lamentos de Jeremías, eran las quejas y los lamentos de Dios.

En ocasiones anteriores, de acuerdo a Jeremías capítulo 2, nosotros percibíamos cuál era el principal acento del latir del corazón de Dios: "Me han dejado a mí ... me han abandonado a mí". Eso, resumido en una simple frase, es una frase terrible, dolorosa.
El pueblo que era como la niña de sus ojos, este pueblo que había sido agraciado con tanta benevolencia de Dios. Un pueblo otrora cautivo, Dios lo saca de la esclavitud, lo trae y lo convierte en un pueblo santo, del cual Dios decía: "Mi especial tesoro". Y este pueblo, convertidos de esclavos en príncipes de la noche a la mañana, de pronto se olvida de Dios, y lo abandona.

Entonces, nosotros veíamos que la situación de Israel era muy parecida a la situación que algunos o que muchos de nosotros pudiéramos tener en un momento dado. Entonces, la primera queja de Dios era: "Me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua".

¿Y cuáles eran esas cisternas que el pueblo había cavado para sí que no tenían agua, que no satisfacían? Ellos se habían hecho amigos de los egipcios, se habían hecho amigos de los babilonios; ellos iban al Nilo a beber agua, iban al Éufrates a beber agua. Esto es una expresión simbólica para decir que ellos se habían apartado hacia los pueblos vecinos, poderosos en ese tiempo, y habían buscado apoyarse en ellos. Reemplazaron a Dios por la ayuda del hombre, por el brazo humano.

Hermanos, ¿no nos ha ocurrido a nosotros muchas veces algo así? Que dejamos a Dios, nos olvidamos de él, y acudimos al Nilo, acudimos al Éufrates, acudimos a Egipto que es el mundo, acudimos a Babilonia que representa toda la religiosidad imperante a nuestro alrededor, y nos olvidamos de Dios.

Entonces Dios clama y dice: "Me han abandonado ... Se han olvidado". Dice: "¿Se olvidará la virgen de su atavío? ¿Se olvidará la desposada de sus galas?". No. Ustedes han visto que muchas novias guardan su vestido de novia, aun cuando hayan estado treinta o cuarenta años casadas. El vestido de novia está muy guardadito. Y muchas madres tienen el sueño de que con ese mismo vestido se pueda vestir su hija cuando se case. ¿Verdad que es así?

¿Se olvidará la desposada de su atavío? No, jamás. Sin embargo, dice Dios: "Mi pueblo se ha olvidado de mí". Y ese es el reclamo. A través del libro de Jeremías encontramos reiteradamente esta expresión: "Me han dejado ... Se olvidaron". Sobre eso hemos estado hablando antes.

La causa del abandono

Pero ahora quisiera que vayamos un paso más allá, y pudiéramos examinar a la luz del libro de este profeta cuál es el motivo, por qué el pueblo de Israel lo abandonó. Vamos a buscar esa causa.

Jeremías 4:22: "Porque mi pueblo es necio, no me conocieron; son hijos ignorantes y no son entendidos; sabios para hacer el mal, pero hacer el bien no supieron". La frase que vamos a destacar aquí es ésta: "No me conocieron".

Aquí ya podemos ir atando cabos. ¿Por qué el pueblo de Dios había abandonado a Dios, se habían olvidado de él? "Porque no me conocieron". Pero veamos otros versículos donde se confirma esta queja de Dios.

Jeremías 9:23-24: "Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová".

¿Alguien tiene sabiduría aquí? No se alabe en su sabiduría. ¿Alguien es valiente aquí? No se alabe en su valentía. ¿Alguien es rico aquí? No se alabe en su riqueza. "En esto alábese el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme...". Entender y conocer. En el versículo anterior, Dios dice: "Ellos son un pueblo ignorante, son un pueblo necio, no me conocieron". Y aquí dice: "El que se hubiere de alabar, alábese en esto: en conocerme".

"Entenderme". Jeremías 14:18: "Si salgo al campo, he aquí muertos a espada; y si entro en la ciudad, he aquí enfermos de hambre; porque tanto el profeta como el sacerdote anduvieron vagando en la tierra, y no entendieron". Aquí es un problema, entonces, de entendimiento.

Fíjense en estas dos palabras: entender y conocer. Vamos a tratar de hacer también una distinción luego entre estas dos cosas: conocer a Dios y entender a Dios. Jeremías 22:16. "El juzgó la causa del afligido y del menesteroso, y entonces estuvo bien. ¿No es esto conocerme a mí? dice Jehová".

Conocer a Dios significa tener una cierta conducta con el prójimo, el afligido, el menesteroso. ¿Cuál es nuestra actitud hacia el afligido, cuál es nuestra actitud hacia el pobre, hacia el menesteroso? Eso refleja también nuestro conocimiento.

Jeremías 24:7: "Y les daré corazón para que me conozcan que yo soy Jehová...". Noten ustedes que Dios tiene que hacer algo también en nosotros para poder conocerle de verdad. Tiene que darnos un cierto corazón. "...y me serán por pueblo, y yo les seré a ellos por Dios; porque se volverán a mí de todo su corazón".

Jeremías 32:39: "Y les daré un corazón, y un camino, para que me teman perpetuamente, para que tengan bien ellos, y sus hijos después de ellos". Ahora, un nuevo corazón.

Conocer a Dios

Este es el reclamo de Dios: "Ellos no me han conocido". Conocer a Dios. Nosotros somos criaturas finitas, criaturas limitadas, muy pequeños. ¡Cómo podríamos nosotros conocer a Dios, al Dios eterno, al Dios que hizo los cielos y la tierra! ¿Podemos conocerlo nosotros con nuestra mente, con nuestra capacidad, con nuestra inteligencia? ¿Podríamos nosotros intentar escudriñar, investigar científicamente o filosóficamente para conocer a Dios? Eso es imposible.

Para que nosotros podamos conocer a Dios, tiene que haber una intervención divina en nosotros; Dios tiene que revelarse a nosotros. Como el Señor Jesús dijo: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños".

La revelación que Dios hace a los niños, esto trae el conocimiento verdadero de Dios. Al Señor Jesucristo no le podemos conocer leyendo un libro, o viendo una película, o mirando un cuadro muy bonito que algún inspirado pintor pudo haber realizado. Al señor Jesús sólo se le puede conocer cuando el Padre concede una revelación acerca de su Hijo, porque el único que conoce al Hijo es el Padre, y sólo el Padre lo puede dar a conocer.

Así es que aquí el Señor Jesús se alegra porque el Padre quiso revelar, quiso mostrar a su Hijo, no a los sabios según el mundo, no a los inteligentes, no a los catedráticos, no a los doctores, no a los hombres eminentes, sino a los niños, para que todos los hombres tengan acceso a Dios, para que no haya ningún impedimento, de modo que todos los hombres, por pequeños que sean, por torpes que sean, por limitados que sean, puedan conocer a Dios.

Esta es una bienaventuranza muy grande que ha venido sobre nosotros, porque nosotros somos de esos niños que conocemos al Señor por gracia. En este sentido, el evangelio nos llama niños. Y el niño es ingenuo, es inocente, no tiene capacidades intelectuales muy desarrolladas, de tal manera que nosotros podemos decir, como Pablo decía: "Si alguno cree conocer algo, en realidad no conoce nada. Si alguno quiere ser sabio, hágase como insensato, para conocer la verdadera sabiduría. Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden, porque agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación, y no mediante la sabiduría humana".

Los griegos eran sabios, tenían sistemas filosóficos que hasta hoy causan admiración en el mundo. Sin embargo, ellos no pudieron conocer a Dios mediante la sabiduría, porque agradó a Dios revelar a su Hijo a los niños.

No tenemos ningún sistema de sabiduría, no tenemos ningún sistema de filosofía o de alguna ideología. Nosotros tenemos que llegar a Dios y decirle: 'No sé nada, no conozco nada, no puedo nada; soy un niño. ¡Señor, ten misericordia de mí, revélame a tu Hijo! Dame este tesoro, el más grande que hombre alguno pudiera tener; un conocimiento espiritual, un conocimiento profundo, no al nivel de la mente. ¡Padre, introduce tu Espíritu dentro de mí, y revélame a tu Hijo!'.

El conocer según la Biblia

Este es el verdadero conocimiento de Dios: "...en entenderme y conocerme, porque yo soy Dios, dice el Señor". Ahora, cuando nosotros miramos en la Escritura en el Antiguo Testamento el significado de la palabra 'conocer', nos llevamos una muy grande sorpresa. Vean ustedes conmigo en Génesis capítulo 4.

Génesis 4:1: "Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín". Mire qué interesante: conoció Adán a su mujer y la mujer quedó embarazada. Qué raro, ¿no? Es muy raro ese 'conocimiento'. De hecho no es un conocimiento como en el mundo se conoce. Sería muy peligroso si en el mundo bastara conocer a una persona para que quedara embarazada – en el sentido humano me refiero, ¿cierto?

Aquí se habla en un sentido espiritual. Esto es una figura, es un símbolo. Cuando Adán tuvo una relación íntima con su mujer, concibió un hijo. Y esto es el conocer según la Biblia. Y no sólo lo encontramos en este versículo. Si nosotros vamos al profeta Amós, vamos a encontrar una confirmación de esto que estamos hablando.

Amós 3:2 dice: "A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra, por tanto os castigaré por todas vuestras maldades". Dios aquí le está hablando a Israel, y le está diciendo: 'Yo no conozco a nadie más, no conozco a ninguna familia más en la tierra, ningún pueblo más en la tierra; sólo a vosotros he conocido'.

Ahora, nosotros sabemos que Dios es omnisciente. De tal manera que si estuviéramos hablando de un conocimiento mental, entonces sería imposible que Dios no conociera a todos los pueblos de la tierra. Evidentemente, aquí está hablando del otro sentido de la palabra 'conocer'. Es como si Dios estuviera diciendo: 'De todos los pueblos que hay en la tierra, yo sólo con ustedes me he casado; sólo ustedes son mi pueblo. Los demás son naciones, criaturas de Dios, sin duda, pero yo sólo los conozco a ustedes como mi pueblo'.

La alegoría del matrimonio

Y aquí entonces es cuando surge aquello que en la Biblia es tan hermoso: que Dios, para ejemplificar la relación que hay entre él y su pueblo, toma el matrimonio como un ejemplo. Él es el marido; su pueblo es la mujer, o la esposa. Y entonces, aquí tenemos nosotros que Dios no es infiel. Dios tiene un solo pueblo y es fiel con su pueblo.

Muchas veces su pueblo le fue infiel. Entonces, Dios tiene quejas y tiene reclamos contra su pueblo. 'Ustedes se han prostituido, ustedes han adulterado, han fornicado'. En fin, hay muchas expresiones del Antiguo Testamento en que Dios le reclama eso a su pueblo.

Veamos Oseas 13:4-5: "Mas yo soy Jehová tu Dios desde la tierra de Egipto. No conocerás, pues, otro dios fuera de mí, ni otro salvador sino a mí. Yo te conocí en el desierto, en tierra seca". Noten ustedes la palabra 'conocer' en el versículo 4 y en el versículo 5. "No conocerás otro dios fuera de mí". ¿A qué conocimiento se refiere? ¿A un conocimiento mental? No. 'No te relacionarás íntimamente con otro dios fuera de mí; no tendrás intimidad con otro dios fuera de mí'.

En el versículo 5 dice: "Yo te conocí en el desierto". En otra parte, en Jeremías 2, el Señor acordándose, dice que él se acuerda desde la juventud, "Yo me acuerdo de tu juventud, de los días de tu desposorio en el desierto". Aquí se confirma: "Yo te conocí en el desierto". Se confirma entonces que fue en el desierto, cuando Israel salió de Egipto, donde se produjo este casamiento entre Dios y su pueblo. En esa intimidad, en el monte Sinaí, apartado de todo el mundanal ruido, sólo el pueblo y su Dios.
Isaías 62:5: "Pues como el joven se desposa con la virgen, se desposarán contigo tus hijos, y como el gozo del esposo con la esposa, así se gozará contigo el Dios tuyo".

Díganme ustedes, los que son casados, ¿cuál es el momento de mayor expresión de ese gozo del esposo con la esposa? ¿No es acaso la intimidad entre el esposo y la esposa cuando son el uno para el otro, cuando no existe nadie más, sólo dos personas? Y ella no se pertenece a sí misma, le pertenece a él; y él no se pertenece a sí mismo, le pertenece a ella. Y esa relación íntima es el gozo del esposo con la esposa. Y si el esposo es Dios, entonces es el gozo de Dios con su pueblo, con su iglesia.

"Así se gozará contigo el Dios tuyo". Conocer a Dios es, por tanto, entrar en una relación íntima con Dios. Esto debemos saberlo todos los que estamos aquí; seamos antiguos, seamos nuevos, no importa, todos. Dios no sólo quiere tener con nosotros una relación de Dios y criatura, como Dios allá distante en el trono y la criatura acá abajo en la tierra, Dios santo y la criatura pecadora. No. Incluso más, Dios no sólo quiere tener una relación de Salvador y salvado, no sólo una relación de Redentor y redimido, no sólo una relación de Rey y súbdito, sino una relación íntima, del Esposo con la esposa, del Amado y la amada.

Ahora, ¿cómo es la relación en un matrimonio? ¿Es algo frío, es algo meramente formal? 'Bueno, yo soy tu marido, tengo el deber de suplir tus necesidades económicas, pero mi mujer tiene el deber de prepararme la comida, lavarme la ropa, plancharme los pantalones, etc.'. ¿Es esa la relación de un marido y una mujer?

Yo sé que usted dice: 'No, no es ésa la relación; no es ésa'. Pero, a la manera como nosotros nos relacionamos con Dios, muchas veces parece que fuera algo así. 'Dios, tú estás allá; yo te alabo, yo cumplo con alabarte, vengo a las reuniones, yo canto canciones; hago mi deber, cumplo mi deber. Ahora, tú tienes el deber de cuidarme, de protegerme. Tú haces tu parte y yo hago la mía; estamos bien así. Pero no tan cerca: tú allá y yo acá'.

¿Creen ustedes que Dios –que es un Dios inteligente– y creen ustedes que nosotros –que somos hombres y mujeres inteligentes– creeremos que esa es una relación normal entre un esposo y su esposa, entre Dios y su pueblo?

Cuando un matrimonio ha estado muchos años juntos, se conocen aun sin escucharse, saben lo que el otro siente, lo que el otro va a decir ya lo adivinan. Los silencios pueden ser largos, pero esos silencios están llenos de mensajes. Yo tengo treinta años de matrimonio y algo de eso he experimentado. Algunos de ustedes tienen más; saben más que yo sobre eso.

Los silencios en un matrimonio no son silencios, en verdad; hay muchos mensajes allí. Las miradas no están carentes de palabras, están llenas de mensajes. Esos pequeños gestos como tomarle la mano al otro, a veces decirle una frase que nadie más entiende, una frase a veces tonta,, pero que el otro entiende. Eso es un matrimonio normal, eso es una relación íntima, que se ha cultivado por años, una relación sana.

Y en esa relación sana, es claro que cuando uno está 'sentido' con el otro, el otro se da cuenta rápidamente. Cuando uno ofende al otro, uno se da cuenta y el otro también. Yo no sólo me doy cuenta que yo he ofendido, sino que también me doy cuenta que la otra persona ha estado ofendida conmigo porque yo la ofendí.

Entonces, Dios no sólo quiere relacionarse con nosotros en forma objetiva, doctrinal, escritural, como diciendo: 'Bueno, el Señor Jesús murió por mí, y yo estoy sentado con él en los lugares celestiales. Gracias a Dios por eso'. Eso es la Biblia y, claro, es cierto, es la verdad. Sin embargo, si nosotros estamos sentados en lugares celestiales con Cristo, y Cristo está a nuestro lado, ¿estaremos nosotros mirando para allá y el Señor ahí tratando de atraer nuestra atención? ¿No tendremos una palabra cálida para él? Si él es nuestro marido, ¿no tendremos un 'cariñito' que hacerle?

Y esto me refiero no sólo a cuando estamos en reuniones, porque en reuniones es relativamente fácil decirle cariñitos al Señor. Y a veces le decimos palabras que van más allá de nuestra realidad, como cuando le cantamos y le decimos: 'Señor, yo te amo más que a mi vida". Bueno, a veces pudiera ser verdad, pero tal vez no siempre sea verdad cuando le decimos eso.

Entonces, el Señor nos anhela celosamente, y él nos está diciendo hoy a los que estamos aquí: 'Amados, ustedes son la niña de mis ojos; ustedes son el tesoro de mi corazón. ¿Por qué no me aman? ¿Por qué no me conocen de esta manera? ¿Por qué no se acercan? ¿Por qué no entramos en intimidad?'.

La alegoría del matrimonio en el Cantar de los Cantares

Vamos al libro de Cantar de los Cantares, capítulo 1 versículo 16. En realidad, para entender el versículo 16, tenemos que leer un poquito del versículo 2. El primer versículo del Cantar de los Cantares, vean cuál es: "Oh, si él me besara con besos de su boca, porque mejores son tus amores que el vino".

Inmediatamente entramos en un terreno complicado. Estamos hablando aquí de que ella quiere que él la bese. Y no sólo eso, dice que es mejor el amor de él que el vino. Pero, ¿en qué sentido es mejor que el vino? Porque el vino en la Escritura representa la alegría, el gozo. "Mejores son tus amores que el vino", o sea, es mejor el amor tuyo que todos los gozos y las alegrías que yo pudiera tener aquí en la tierra. Eso le está diciendo ella a él. Y entramos así abruptamente en un asunto de relación de un hombre y una mujer.

Cuando este libro era leído allá en la Edad Media, era un escándalo. Y en ese tiempo, cuando existía una ceguera muy grande respecto a la Palabra, ese libro estaba excluido del estudio. Pero, ¿qué diremos nosotros? Aquí dice: "Oh, si él me besara con besos de su boca". ¡Oh, qué dulces son los besos de su boca!

Bueno, y ahí vamos entrando en una relación. Y mire, ¡cómo llegamos al versículo 16, hermanos! ¡Qué escándalo! Le dice ella a él: "He aquí que tú eres hermoso, amado mío, y dulce. Nuestro lecho es de flores". Hay una cama ahí, hermanos. ¡Una cama! Ahí está el amado y la amada, en el lecho.

Si nosotros no entendemos, no vemos que nuestra relación con Cristo es una relación así, esa relación de entrar a la pieza íntima, con él, y abandonarnos a él, y decirle, interpretando el sentir de la iglesia: "Soy tuya y tú eres mío. Y soy tuya para que tú tengas contentamiento; no sólo para que yo sola tenga contentamiento, sino para que tú tengas contentamiento conmigo". Cantares 7:10 dice: "Yo soy de mi amado, y conmigo tiene su contentamiento".

O sea, en esta relación de Cristo y la iglesia, de Cristo y nosotros, él tiene que encontrar contentamiento. Ya no sólo nosotros. Bueno, para nosotros es un tremendo privilegio compartir el lecho con nuestro Amado, con el Rey de reyes, con el dueño de todas las cosas, con Dios encarnado, con aquel bendito Jesús que anduvo por los caminos de Galilea sanando, haciendo bienes y diciendo palabras de gracia. ¿No es un privilegio?

Sí, nosotros ganaremos mucho, pero sólo si le complacemos a él. Si él encuentra contentamiento en nosotros, entonces nosotros estaremos satisfechos. Entonces, si nosotros no hemos entrado en el lugar secreto, en el lugar íntimo, si allí no nos entregamos a él, en la intimidad, si allí no comprobamos la dulzura de sus besos, si allí no comprobamos que sus amores son mejores que el vino, si allí él no encuentra gozo en su amada, entonces, ¿qué clase de relación tenemos con el Señor? ¿Qué clase de iglesia somos?

El Señor tenga misericordia de nosotros. Él dice: "No me han conocido; no conocen mi intimidad. Y claro, la consecuencia es obvia: Si no conocemos a alguien, no lo vamos a amar, y en cualquier momento lo vamos a abandonar. Y aquí podemos relacionar las dos cosas: "Mi pueblo me ha dejado a mí, me abandonó". ¿Y por qué lo abandonó? Porque ellos no lo conocieron; porque conocer de verdad significa amar.

No podemos amar lo que no conocemos. El hermano Ben Hiebert, hace dos años atrás, vino acá y nos dijo de parte del Señor: 'Ustedes tienen que ir a Cuba. Yo no les puedo contar qué es Cuba y cómo son los hermanos. Ustedes tienen que ir a Cuba y conocer a los cubanos'. Sí, el Señor nos permitió ir, y ahora amamos a los cubanos, amamos al pueblo de Dios en Cuba, porque lo hemos visto con nuestros ojos, porque los hemos abrazado, porque hemos llorado con ellos. Es la única manera de amar, de conocer. Es estar disponibles el uno para el otro, es encontrarnos en una intimidad. De lejos, no.

¿Por qué muchas iglesias son tan frías, son tan poco atractivas? Porque no hay este abrazo cálido que brota del amor, del conocerse el uno al otro. El Señor nos ha hecho ser familia, para que conozcamos nuestras debilidades y nuestras fortalezas, nuestros fracasos y nuestros pequeños éxitos. El Señor nos ha hecho ser eso. Y conociéndonos, nos vamos amando más. Y todos juntos, como iglesia, somos la amada del Señor.

Conocer al Señor... Cantares 3: "Por las noches busqué en mi lecho al que ama mi alma; lo busqué, y no lo hallé". Mire, en el capítulo 1 versículo 16, está el amado y la amada en el lecho. Está todo bien, está el amor íntimo, está esa relación íntima. Pero al comenzar el capítulo 3, encontramos que ella está sola en el lecho y él no está.

"Y dije: Me levantaré ahora, y rodearé por la ciudad, por las calles y por las plazas; buscaré al que ama mi alma. Lo busqué, y no lo hallé". Esto es parte de nuestra experiencia también. De pronto, un día cualquiera, después que hemos cultivado cierta intimidad con el Señor, de pronto no está. El lecho está vacío, y sentimos una sensación de desconcierto. 'Señor, ¿dónde estás? El lugar está vacío. Tal vez las sábanas aún están tibias, pero tú no estás'.

¿Le ha pasado a usted? Y si no nos ha pasado, debería pasarnos, porque es parte de la experiencia normal de la iglesia y de los cristianos. Muchas veces nuestra indiferencia, nuestro desamor. Hace tanto tiempo que no le decimos una palabra hermosa, una palabra dulce; no lo tomamos en cuenta al Señor, hacemos nuestra vida como si él no estuviera. ¿Se imaginan levantarse de la cama, hacer las cosas, y como si él no existiera?

Entonces, ¿qué hace el Señor para despertarnos? Se va, se aleja, y dice: 'Voy a alejarme para ver si me echa de menos'. A veces nos damos cuenta rápidamente; otras veces, no nos damos ni cuenta que él se fue. ¿Por qué? Porque estamos muy entretenidos en muchas cosas, cosas piadosas, cosas buenas, a veces en la obra de Dios. Sin embargo, lo hemos olvidado a él.

"Lo busqué, y no lo hallé. Me hallaron los guardas que rondan la ciudad, y les dije: ¿Habéis visto al que ama mi alma? Apenas hube pasado de ellos un poco, halé luego al que ama mi alma, lo así, y no lo dejé hasta que lo metí en casa de mi madre y en la recámara de la que me dio a luz". O sea, ¿qué hace con él? Lo vuelve a meter en el dormitorio; se recupera la comunión.
Cuando el Señor se va, él espera ser buscado, él espera ser hallado. Lo terrible es cuando nosotros no nos damos cuenta, y pasan días, semanas, meses, años, y no nos damos ni cuenta que él no está.

Ahora, yo sé que un cristiano objetivo, que conoce la Biblia, puede decirme muy claramente esto: 'Hermano, usted no puede decir que el Señor se va, porque el Señor nunca se va, porque él vino a morar por su Espíritu en nuestros corazones, y de ahí no se va'. ¿Verdad? Y yo tendría que decirle: 'Amén, es así; la Biblia dice así'. Pero vamos a ir un poco más allá.

En este relacionamiento nuestro con Cristo, no se trata simplemente de que él esté aquí, como cuando usted echa algo en un recipiente y dice: 'Ahí está, yo puse algo en ese recipiente y ahí está'.

Y la relación entre lo que está en el recipiente y el recipiente mismo es una relación que... en verdad, no existe relación. Es sólo una cosa que está dentro de otra cosa. O sea, ¿es eso lo que el Señor desea? ¿Es simplemente que él esté aquí, que yo sepa que esté, y punto? ¿Y yo hago lo que quiero, voy donde quiero, lo ignoro cuantas veces quiero, como si él no estuviera? No es eso.

El Señor muestra la relación entre el amado y la amada a través del Cantar de los Cantares y a través de muchos otros pasajes de los profetas y aun del Nuevo Testamento, para mostrar que su relacionamiento con nosotros no es una simple cosa de que esté o no esté sino de cuál es nuestra actitud hacia él. Y nuestra actitud hacia él debe ser la actitud de la amada por su amado.
Y en este relacionamiento existe tal cosa como que esté o que no esté. Sí, existe tal cosa como ésa. Muchas veces, muchos meses, semanas, es verdad que hemos andado lejos de él, ignorándolo absolutamente. ¿Verdad que es posible estar lejos de él? La experiencia lo dice; la mía lo dice.

Ella lo recupera y lo mete de nuevo en la recámara, y allí lo acuesta, lo acaricia y se aferra a él, para no perderlo más. Y ahí la esposa lo alaba; él la alaba a ella. Pero vamos al versículo 5:2. "Yo dormía, pero mi corazón velaba. Es la voz de mi amado que llama: Ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, perfecta mía, porque mi cabeza está llena de rocío, mis cabellos de las gotas de la noche".

¿Qué encontramos aquí? Él está de nuevo afuera y ella está adentro. De nuevo están separados. Él está pidiendo entrar, está golpeando. Ella está acostada en el lecho; a ella le gusta estar allí, está muy cómoda, calentita. Y mire la respuesta que le da ella: "Me he desnudado de mi ropa; ¿cómo me he de vestir? He lavado mis pies; ¿cómo los he de ensuciar?".

A nosotros también nos pasa muchas veces eso. Estamos tan bien, tan bendecidos, que casi la presencia del Señor Jesús es innecesaria. Entonces, mire lo que hace él: Él insiste, porque él nos ama. Él nos ama tanto, que insiste y dice: "Mi amado metió su mano por la ventanilla". Él quiso casi forzar la ventanilla para abrir. "Y mi corazón se conmovió dentro de mí". Sí, ella vio sus manos heridas de amor por ella.

Entonces, ella reacciona: "Yo me levanté para abrir a mi amado, y mis manos gotearon mirra, y mis dedos mirra, que corría sobre la manecilla del cerrojo. Abrí yo a mi amado; pero mi amado se había ido, había ya pasado; y tras su hablar salió mi alma. Lo busqué, y no lo hallé; lo llamé, y no me respondió. Me hallaron los guardas que rondan la ciudad; me golpearon, me hirieron; me quitaron mi manto de encima los guardas de los muros. Yo os conjuro, oh doncellas de Jerusalén, si halláis a mi amado, que le hagáis saber que estoy enferma de amor".

Ahora ella se da cuenta, un poco tarde. Entonces las doncellas le preguntan: "¿Qué es tu amado más que otro amado, oh la más hermosa de todas las mujeres? ¿Qué es tu amado más que otro amado, que así nos conjuras?". Y ahí ella comienza, en la ausencia de él, a describirlo.

La conclusión del versículo 16 es maravillosa: "Su paladar, dulcísimo...". Al comienzo ella deseaba los besos de su boca, y ahora ella dice que el paladar de él es dulce. Vean la intimidad. "...y todo él codiciable". No sólo su boca; todo él es codiciable. "Tal es mi amado, tal es mi amigo, oh doncellas de Jerusalén".

No podemos revisar todo el libro de los Cantares ahora, pero lo que quiero explicar es esto: Existe esta relación de esposo y esposa, de amado y de amada, con el Señor Jesucristo. Nosotros tenemos que acercarnos a él para vivir esta relación, tenemos que ofrecernos a él para que él encuentre contentamiento en nosotros. Y tenemos que estar conscientes también de que él, cuando somos indiferentes y mundanos, se aleja de nosotros, y debemos saber que él espera nuestra reacción. Espera que nos demos cuenta y le busquemos, y le hallemos.

Y a veces este buscar al Señor va a ser medio difícil, porque cuando ella esta segunda vez lo busca, es agredida, es herida. Algo sucede allí. No es tan fácil para ella recuperarlo a él. Tiene que pagar un precio. Hermano, pero si es necesario pagar ese precio, paguemos ese precio. Y no consiste en que sólo ahora digamos: 'Señor, yo me vuelvo a ti, yo quiero entrar en esa intimidad, yo quiero conocerte a ti de esa manera y que tú me conozcas a mí de esa manera'.

Esto normalmente toma un tiempo; es un proceso, tal vez días, semanas, en que tú estés diciéndole: 'Señor, oh bésame con los besos de tu boca; oh quiero comprobar que tus amores son mejores que el vino. Oh Señor, entra en mi lugar íntimo y permíteme entrar en el tuyo. Quiero estar contigo. No estoy conforme así; yo te echo de menos. Los días son largos y fríos. Desde que tú te fuiste, Señor, toda mi vida es como un invierno, y la lluvia que salpica los cristales me impide ver la realidad. Yo veo sólo sombras, sólo figuras amorfas. Sin ti, Señor, todo es frío.

"No me conocieron". ¿Cómo conocemos al Señor? ¿Lo conocemos sólo de oídas, lo conocemos sólo doctrinalmente? No, eso nunca conformará al Señor. Él no se conforma con poco; él no se conforma con exterioridades; él quiere nuestro corazón y nuestro amor íntimo.

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