Lectura:
Gálatas 2:20.
Vamos
a hablar en esta mañana sobre la obra del Señor
Jesús, en dos aspectos.
Primero,
algo que el Señor realizó por nosotros, de lo
cual estamos siempre dando testimonio: Cristo como el sustituto,
como la propiciación por nuestros pecados en la cruz.
Cristo tomando nuestro lugar para librarnos a nosotros de la
condenación eterna.
Pero
también vamos a ver otro aspecto, que tiene que ver con
lo que el Señor está haciendo ahora, con lo que
él continúa haciendo ahora en este minuto.
Nuestro
Redentor
Algunos
días atrás, en un compartir de la palabra, se
declaró lo que el Señor dijo: "Mi Padre hasta
ahora trabaja, y yo trabajo" (Juan 5:17). Es verdad que
Cristo, en lo tocante a la redención y la expiación,
acabó la obra completa que el Padre le encomendó.
Es verdad que la obra de Cristo satisfizo completamente el corazón
de Dios, y Dios no espera que haya otra obra, no espera que
haya otro sacrificio para poder recibir a los hombres pecadores
que estaban alejados de Dios, ajenos a la vida de Dios, destituidos
de la gloria de Dios. Aquello está satisfecho, aquello
está cumplido. El Señor Jesús dijo en la
cruz: "Consumado es".
Bendito
es el nombre del Señor, pues todo lo que nos mantenía
lejos de Dios, el Señor Jesucristo lo venció.
¡Bendito es el Señor Jesús! La obra de expiación
es completa, es perfecta y acabada. Pero también de eso
se deduce que por esa razón, nosotros tenemos una posición
ante Dios, y necesitamos tener claro cuál es esa posición
que tenemos ahora, como creyentes.
Es
algo que tiene que estar muy claro en nuestro corazón,
para que no nos confunda el enemigo, o para que tampoco, por
causa del tiempo presente que aún nos toca vivir, nos
confundamos por la experiencia que vivimos. Porque a veces la
experiencia que estamos viviendo, no cuadra completamente con
esa posición gloriosa que Dios nos ha dado.
Al
respecto quiero decir una cosa en este momento, por causa de
mi conciencia, y por causa de tu conciencia, y de toda conciencia
espiritual. El hecho de que nuestra realidad en este momento
no cuadre completamente con lo que realmente Dios nos ha hecho
ser, no anula lo que Dios ha hecho, no cambia la posición.
Para Dios, la obra de Cristo está concluida; para Dios,
el rescate del hombre ya ha sido concluido. ¡Aleluya!
Ahora
hay un Hombre a la diestra de Dios. Es un Hombre que nos representa,
uno que entró por nosotros, como Precursor a la diestra
de Dios. Tenemos un Representante en el trono mismo de Dios,
a la diestra de la Majestad en las alturas. Este Hombre glorificado
reina a la diestra de Dios. Él agradó completamente
el corazón de Dios, llenó todas las expectativas
del Padre, y también efectuó la purificación
de nuestros pecados. Habiendo hecho esa obra, ahora él
está en una posición de descanso. El Señor
ha descansado; esa obra está hecha.
Nuestro
Abogado
Pudiera
parecer una contradicción, que por un lado hablamos de
la posición de descanso del Señor, y por otro
lado, lo que citábamos: "Mi Padre hasta ahora trabaja,
y yo trabajo" (Juan 5.17). ¿Cómo es esto?
Esto tiene que ver con el segundo aspecto, tiene que ver con
la obra que el Señor ahora mismo, está haciendo
por nosotros, y permanentemente mientras nosotros estemos en
la tierra. Es la obra de intercesión, la obra del abogado
que intercede delante del Padre por nosotros.
No
solamente el Señor acabó la obra de redención,
para que sea una realidad. Ahora también, el Señor,
como sumo sacerdote, intercede por nosotros delante de Dios.
Intercede cuando estamos aquí reunidos, intercede cuando
estamos en la casa, cuando estamos en el trabajo, cuando caminamos
en medio del mundo, ahí está nuestro sumo sacerdote,
a la diestra del Padre, porque la Escritura dice que él
vive siempre para interceder por nosotros.
Entonces
hay una obra que el Señor hizo, y hay una obra que el
Señor está realizando en este momento.
Cristo,
todo suficiente
Pero
también hay un tercer aspecto que quisiéramos
considerar, y es que Cristo es suficiente para nosotros en todo.
Nosotros, aparte de Cristo, no necesitamos ninguna otra cosa.
En nuestra experiencia, no hay ninguna otra cosa, ningún
elemento que nos pueda socorrer o ayudar, pues todos los recursos
los tenemos en Cristo. Por lo tanto, después de conocer,
de tomar conciencia de esta obra, Cristo también espera
ser la plenitud de la atención de nuestro corazón.
Él quiere llenar todos los afectos nuestros, él
quiere conquistar nuestro corazón.
En
otras palabras, la voluntad de Dios, es que Cristo sea suficiente
para nosotros en la obra que él realizó para traernos
de regreso a la comunión con Dios; que Cristo sea suficiente
para sostenernos en nuestras debilidades en este tiempo que
aún nos toca vivir, que Cristo sea suficiente a nuestro
corazón, y que nosotros no busquemos nada aquí
en la tierra.
Que
él llegue a ser todo lo que llene las expectativas de
nuestro corazón. Que él llene nuestros afectos.
Que nuestra alma, que es tan díscola, sea cautivada por
el amor del Señor, y que para nosotros Cristo venga a
ser la respuesta de nuestro propio corazón, de los deseos
más profundos de nuestro corazón. Muchas cosas
que hoy día son un problema para nosotros se van a solucionar
cuando Cristo ocupe verdaderamente el centro de nuestro corazón.
Ocupando
el centro del corazón
Por
la fe, es una realidad. No estamos poniendo en duda esto. Cristo
está en nuestro espíritu morando. Pero Pablo oraba
por la Iglesia de Éfeso, una iglesia muy favorecida con
revelación de Dios, para que Cristo pudiera habitar en
el corazón de los hermanos, "...para que Cristo
habite por la fe en vuestros corazones".
¿Será
que nuestro corazón es distinto de nuestro espíritu?
Sí. Nosotros, a veces, confundimos las cosas, y cuando
hablamos del corazón, pensamos que estamos hablando del
espíritu. Pero el corazón, como alguna vez nos
compartía el hermano Gino, es el alma del hombre, más
la conciencia del espíritu, la conciencia iluminada.
La conciencia despertada es algo que esta íntimamente
unido al espíritu del hombre, que fue despertado desde
el día que nosotros nacimos de nuevo.
Sin
embargo, la conciencia tiene también otra característica:
Es como un puente entre el espíritu y el alma, en este
sentido, para hacer que nuestra alma ahora pueda estar conciente
de lo que es una realidad en nuestro espíritu, que ha
sido vivificado, que ha sido recuperado por el Señor.
Entonces el corazón, según la Palabra, se refiere
al alma del hombre más la conciencia del espíritu.
Gracias
a Dios, porque esa conciencia en nosotros ahora está
despierta, y es por eso que somos sensibles a todo lo que es
pecaminoso, a todo lo que no le agrada al Señor. Y esta
conciencia nos permite también percibir que el Dios Santo,
que ha venido a habitar en nuestro espíritu por el Espíritu
de Dios, que vino desde el día que creímos en
el Señor Jesucristo; este Dios, pueda expresar todo lo
que él es, todos sus pensamientos, sus sentimientos,
sus deseos íntimos, y nuestra alma pueda conocerlos.
Ahí
está entonces la voluntad del Señor que Pablo
expresaba, y por la cual él oraba: "Para que habite
Cristo por la fe en vuestros corazones". Él les
estaba escribiendo a hermanos que ya habían creído
en el Señor, y que sabían de la posición
que tenían en Cristo. Pero el propósito de Dios,
o el querer de Pablo, era que esta vida poderosa que está
en nosotros no solamente esté restringida a nuestro espíritu,
sino que llene nuestros afectos que están en el terreno
del alma, y también eso sea cautivado por la preciosa
y bendita persona de nuestro amado Señor Jesucristo.
"Con Cristo estoy juntamente crucificado , y ya no vivo
yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la
carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó
y se entrego a sí mismo por mí" (Gál.
2:20).
El
Señor nos amó, y se entregó a sí
mismo por ti y por mí, por nosotros. El amor del Señor
es una realidad. Pero ese amor no se ha agotado. El amor del
Señor es una fuente inagotable, una fuente que está
fluyendo, y cuando nosotros compartimos de este amor y lo proclamamos
a los hermanos, este amor empieza a derramarse. ¡Bendito
es el Señor!
¿Y
que podemos decir de Dios el Padre? También nos ama.
Dios nos amó con amor eterno; hace mucho tiempo manifestó
su misericordia, la prolongó sobre nosotros y nos recuperó
en Cristo. ¡Gracias, Señor!
"...el
cual me amó y se entrego a sí mismo por mí".
Yo tenía que estar allí en la cruz, yo tenía
que morir. Dios envió a Su Hijo, para que él viniera
a ser la propiciación por nuestros pecados. "Y él
es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente
por los nuestros, sino también por los de todo el mundo"
(1ª Juan 2:2). El querer de Dios es que todos los hombres
sean salvos, que todos reciban esta reconciliación, que
todos reciban esta obra de amor que Cristo vino a hacer por
nosotros, para llevarnos de vuelta a Dios.
Pero
el querer de Dios para nosotros es este: Que Cristo pueda ser
nuestra vida, la expresión de la vida. "...lo que
ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios".
Por la fe, necesitamos experimentar esto, tomar esto que ya
nos ha sido dado. La vida de Cristo nos ha sido dada. Entonces
ya no se trata solamente de que Cristo murió por mí
en la cruz, sino que ahora él quiere ser en nosotros
nuestra vida, la vida que agrada a Dios, la vida que no tiene
ninguna reprensión de parte de Dios. Esa es la vida que
está en ti y esta en mí, y es la vida que quiere
manifestarse en nosotros.
Los
gemidos del Espíritu
"Porque
sabemos que toda la creación gime a una, y a una está
con dolores de parto hasta ahora..." (Rom. 8:22). La creación
está expectante de que algo glorioso tiene que ocurrir.
"...y no sólo ella, sino que también nosotros
mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros
también gemimos dentro de nosotros mismos" (v. 23).
Ese
gemido es del espíritu, viene de adentro. Ese gemido
es el que nos hace sufrir cuando de alguna manera percibimos
que a veces, en nuestra experiencia, no estamos llenando la
medida del Señor. Hay un gemido adentro, hay un gemido
en tu espíritu. Quisiéramos ser libres completamente;
pero, hermanos, necesitamos constantemente ser evangelizados,
y saber que Cristo en realidad vino para hacernos completamente
libres, para que no nos engañe el enemigo. Esta es una
realidad: "...nosotros también gemimos dentro de
nosotros mismos, esperando la adopción, la redención
de nuestro cuerpo" (v. 23).
Y
ahora vamos a ver un tercer aspecto de este gemir: "Y de
igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad;
pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos,
pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos
indecibles ... la creación gime a una, y a una está
con dolores de parto ... aguardando la manifestación
de los hijos de Dios". La manifestación de los hijos
de Dios es la expresión de la vida plena de Cristo en
estos vasos que recibieron esta vida, y la creación está
esperando la manifestación plena de esto.
Cuando
la creación sea testigo plenamente de esto, entonces
va a ocurrir algo en toda la creación: va a ser libertada
de la esclavitud de corrupción que todavía está
presente en la creación y en el mundo. Qué tremendo.
La creación aguarda, hermanos; es como si la creación
tuviera vida. Cuando uno lee esta palabra, es como si los árboles
están manifestando una vida y un gemir; es como si las
piedras, los montes, los planetas, las estrellas, todo, estuviera
gimiendo, aguardando ese momento glorioso de la manifestación
de los hijos de Dios, de la plenitud de la manifestación
de la vida de Cristo en nosotros.
Llegar
a eso no va a ser la manifestación individual en la vida
de cada uno de nosotros, sino que va a ser esa expresión
corporativa de la que tanto se ha hablado en este tiempo: la
expresión del cuerpo. Ya no es la vida de un individuo,
sino la vida en la iglesia, la amada, esta mujer maravillosa
por la cual Cristo estuvo dispuesto a morir para rescatarla.
Y en este tiempo él está trabajando con nosotros,
para que la iglesia aparezca finalmente gloriosa, sin mancha,
ni arruga ni cosa semejante delante de la gloria de nuestro
Dios.
Nosotros
estamos esperando la manifestación plena, pero esto ya
es una realidad: Cristo ya tiene a la iglesia, Cristo ya conquistó
a la iglesia, Cristo la recuperó para Dios. Y tú
y yo, hermano, hemos sido favorecidos tremendamente, porque
hemos sido llamados a ser parte de esta iglesia gloriosa.
La
creación gime, y nosotros gemimos en nuestro espíritu,
porque anhelamos que esto se cumpla, anhelamos que Cristo sea
pleno en nosotros, y que ya no tengamos que batallar con nosotros
mismos, y no estar en esa pelea constante. Eso aguardamos, hermanos;
por eso gime nuestro espíritu.
Pero
aún en este tiempo que estamos viviendo, en este proceso
en que estamos caminando, en que tenemos al Señor como
sumo sacerdote que intercede por nosotros delante del Padre,
también hay algo poderoso dentro de nosotros, que está
a favor nuestro. Es el Espíritu Santo de Dios. El Espíritu
mismo gime por nosotros con gemidos indecibles. ¡Gracias
Señor!
El
pecado y los pecados
Recapitulando
un poco, entonces, hermanos, la obra del Señor Jesucristo
suplió los problemas que nosotros podemos tener en nuestra
conciencia. Nuestra conciencia ya no está acusada por
los pecados, porque el problema de los pecados ya fue resuelto.
La sangre de Cristo es suficiente para limpiarnos de todo pecado,
de toda maldad. El Señor nos lavó y nos limpió
con su sangre preciosa. ¡Aleluya! Todo lo que tenía
que ver con esta condición de pecadores, Cristo ya lo
solucionó en la cruz. "Porque también Cristo
padeció una sola vez por los pecados, el justo por los
injustos, para llevarnos a Dios..." (1ª Pedro 3:18).
Ahora,
con respecto a la obra de Cristo llevando nuestros pecados,
Dios ha quedado satisfecho en este aspecto. Pero, en lo que
toca a nuestra conciencia, en lo que toca a nuestro ser íntegro,
nosotros también necesitamos quedar satisfechos. Por
eso nosotros no podemos buscar ninguna otra forma de solucionar
el problema de los pecados, sino acogernos a la bendita sangre
de Cristo que fue derramada por nosotros. En Jeremías
31:34, Dios dice: "...y no me acordaré más
de su pecado".
Pero
Gálatas 2:20, de donde partimos antes, habla de la vida
y habla de la muerte que ya fue vencida. Dice que nosotros ya
fuimos crucificados juntamente con Cristo, y el que ahora vive
en nosotros es Cristo. Y, ¿qué pasó con
nosotros? Estamos muertos, fuimos incluidos en la muerte de
Cristo. Cuando Cristo murió, tú y yo fuimos incluidos
en él.
Dios
no solamente cargó el pecado de todos nosotros en Cristo,
sino que también nos cargó a nosotros, hermanos,
y nos llevó Cristo allí. Y cuando se ejecutó
la sentencia de Dios, la ira de Dios que vino por causa del
pecado del hombre, entonces allí terminó para
siempre toda la existencia de Adán, toda la existencia
del hombre pecador, del cual nosotros éramos participantes
también, corporativamente.
Entonces,
hermanos, allí, cuando el Señor murió en
la cruz, Dios trató con los pecados, pero también
trató con el pecado. Hermanos, es distinto el trato que
el Señor tuvo con los pecados, al trato que tuvo con
el pecado. Dios ha perdonado los pecados en virtud de la sangre
de Cristo. Eso es con los pecados, los hechos pecaminosos.
Pero,
¿que ocurrió con el pecado? El pecado es esa condición,
esa fábrica de pecados que había en nosotros,
esa tendencia continua hacia el mal; eso que no nos dejaba tranquilos,
que era un amo que nos tenía esclavizados. Cuando Cristo
fue clavado en la cruz, el pecado fue clavado allí, y
eso es lo que dice Romanos 6:6: "...sabiendo esto, que
nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él,
para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no
sirvamos más al pecado...".
¿Cuál
es el viejo hombre? El viejo hombre es el pecado que reinaba
en nosotros, que nos tenía esclavizados, que generaba
los pecados en nosotros, en el hombre caído. Nuestro
viejo hombre fue crucificado juntamente con Cristo. ¿Para
qué? Para que aquello que producía los pecados,
sea destruido, a fin de que tú y yo quedemos libres de
este que gobernaba sobre nosotros, que nos llevaba continuamente
al mal; para que seamos libres del pecado.
Entonces
aquí hay perdón de los pecados por la sangre de
Cristo, y hay liberación del pecado por la obra de Cristo
en la cruz. Los pecados fueron perdonados, pero el pecado no
ha sido perdonado por Dios, y nunca lo perdonará. El
pecado, lo que genera los pecados, que es el viejo hombre, Dios
lo condenó a la muerte, y eso ya está ejecutado.
Así que, hermanos, por la fe, nosotros tenemos que apropiarnos
de esta realidad: ¡Nosotros ya somos libres del pecado!
¡Gloria al Señor! ¡El Señor nos libertó,
hermanos!
El
amo que era el pecado, no reinará más sobre ti,
ni reinará más sobre mí. Ahora, lo que
Dios quiere es que otro sea el que reine sobre nosotros, y ese
otro es el Rey de reyes y Señor de señores. Y
la Palabra lo expresa ahí con una palabra que se llama
Gracia, para que ahora ya no reine el pecado, o la muerte por
el pecado; porque la muerte era el aguijón que tomaba
ocasión por el pecado, y nos mataba, nos llevaba continuamente
a la muerte.
Eso
hacía el pecado de la mano con la muerte. La muerte era
el aguijón, era la punta de lanza que usaba el pecado,
este rey despiadado, que nos tenía cautivos por la desobediencia
inicial del hombre. Pero este rey pecado, con su lanza que tenía
para herirnos, fue destruido y fue quitado de en medio, para
nosotros. Para el mundo, todavía sigue actuando. El pecado
está presente en el mundo, e incluso está presente
en nuestros miembros todavía.
Pero,
¿cómo es, entonces, que el Señor nos libertó
del pecado? Es por medio de la muerte. No fue quitado el pecado
de en medio, en el fondo; fuimos nosotros los que fuimos quitados
de en medio. El Señor nos sacó de en medio para
que el pecado no se enseñoree más de nosotros.
La
ley y la gracia
Y
entonces el propósito del Señor ahora, es que
la Gracia - Cristo que está en ti y está en mí,
Cristo que es tu vida y es mi vida - la Gracia, ahora reine,
ahora gobierne por la justicia. Ocurrió un cambio de
gobierno. Antes reinaba y gobernaba el pecado sobre ti y sobre
mí; y lo aceptábamos, y no teníamos otra
alternativa. Era como una dictadura. Pero, ¡bendito es
el Rey de reyes y Señor de señores, bendita es
la gracia de Dios que se manifestó y que vino para reinar!
La gracia no vino sólo para levantarnos, sino que vino
también para gobernar sobre nosotros.
Entonces,
ahora, hermanos, ¿qué es lo que quiere el Señor?
Quiere que nosotros aceptemos este gobierno santo, este gobierno
justo, este reino del Señor sobre nuestras vidas.
La
gracia tiene que reinar en nosotros, hermanos, porque dice:
"El pecado no se enseñoreará de vosotros,
pues no estáis bajo la ley". La ley era otro problema.
La ley también era el elemento que nos llevaba una y
otra vez a los esfuerzos, para actuar por nosotros mismos, y
luego caíamos otra vez esclavos, vencidos por el pecado
que moraba en nuestros miembros. Ese era nuestro otro gran problema.
Hermanos, pero la gracia reina por la justicia. Y el pecado
no se enseñoreará más de nosotros, porque
ahora ya no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia.
Y
aquí quiero decir algo, muy firmemente. La ley es toda
forma de obras, todo esfuerzo que nosotros pudiéramos
hacer. Cualquier cosa que tú quisieras esforzarte por
querer llenar la medida de Dios, eso es ley; no solamente la
ley de los Diez Mandamientos. Cualquier intento que el hombre
quiera hacer para agradar el corazón de Dios, eso es
ponerse bajo la ley. Pero nosotros fuimos libertados de la ley.
La
ley de los mandamientos expresada en ordenanzas, sigue vigente.
Dios no cambiará su ley. Su Palabra es para siempre,
porque la ley es justa, santa y buena, representa el carácter
de nuestro Dios, y eternamente el Señor estableció
su Palabra, su verdad en los cielos. La ley de Jehová
es perfecta, pero nosotros éramos los imperfectos. Y
así como el Señor nos quitó de en medio
para que el pecado no siguiera actuando sobre nosotros, de la
misma manera, con la misma obra, él nos quitó
de en medio para que la ley no actúe sobre nosotros.
Por
eso nosotros no estamos sujetos a mandamientos como: No gustes,
no toques, no hagas; todas esas, cosas que se destruyen con
el uso. Ahora estamos sujetos a la ley del Espíritu de
Vida. Hay una ley mucho más poderosa que opera en nosotros
ahora.
Nosotros
ya no existimos para la ley, hermanos. La ley está ahí,
vigente; y todos los que quieran defender la ley, que la sigan
defendiendo. Pero nosotros morimos para la ley; Cristo nos quitó
de en medio. La obra que él hizo es completa y perfecta.
Ahora, Dios quiere que la gracia reine, que la justicia reine
en nosotros, que la vida de Cristo sea la que nos lleve, nos
sustente y nos conduzca en todas las cosas. ¡Líbrenos
el Señor de todos los esfuerzos!
A
veces, también nosotros tenemos la tendencia a tomar
alguna de las cosas del Nuevo Testamento, de los mismos mandamientos
del Señor, como una ley. Y nos enredamos y empezamos
a tropezar y caemos, y nos vemos derrotados de nuevo. Pero el
Señor no quiere eso, el Señor quiere que vivamos
sustentados por él. El Señor, quiere que vivamos
y permanezcamos en esta posición y en esta obra que él
hizo.
Ya
estamos muertos con Cristo, es una realidad. Ya fuiste quitado
del medio. Dios no quiere que tú te esfuerces en ti mismo
para dejar contento su corazón, porque hubo Uno que ya
agradó el corazón del Padre, y ése vive
en ti y vive en mí. Cristo vive en ti, hermano; aliéntese
tu corazón.
Una
comunión íntima
¿Se
fijan, hermanos, que tenemos mucho más de qué
testificar, aparte de la obra bendita y gloriosa de la sangre
de Cristo, que siempre tenemos presente? Esto quiere el Señor
que testifiquemos, hermanos. De esto quiere el Señor
que nos apropiemos. Tenemos una vida poderosa morando en nosotros,
una vida que venció a la muerte.
Hermanos,
su obra es preciosa, gloriosa y completa. Pero Cristo, el que
ejecutó esta obra, tiene que ser el centro de atracción
de nuestras vidas. Porque si nosotros nos quedamos solamente
mirando la sangre, mirando los pecados y mirando, por ejemplo,
Romanos, de una manera doctrinal, parece que divorciamos eso
de Cristo. Es como que estamos tomando lo que el Señor
hizo, pero, ¿qué pasa con respecto a Cristo, que
pasa con esa relación de vida que tenemos con el Señor?
El
hermano Mackintosh, que inspiró a mi corazón esto
que estamos compartiendo, me hacía recordar que la Palabra
del Señor es inagotable, que los ríos de vida
fluyen, que podemos volver una y otra vez sobre una Palabra
y siempre habrá algo nuevo para nosotros, y siempre el
Señor podrá hacerla nueva si es por medio de su
Espíritu. Nosotros, frente a eso, somos débiles,
no tenemos nada que dar hermanos; pero en Cristo, como el Espíritu
Santo intercede por nosotros con gemidos indecibles, somos socorridos.
¡Bendito es el Señor!
El
hermano Mackintosh comparaba esto de la siguiente manera: Qué
terrible sería ver a un hijo al que su padre da todo
lo que necesita, y este hijo, en lugar de querer estar con él,
agradecido, mostrándole su cariño, prefiriera
estar con otras compañías. Este padre que estamos
poniendo como ejemplo, no está esperando que el hijo
le devuelva otro tanto de lo que invirtió en él.
¡No! Lo que él está esperando, es el amor,
el afecto de ese hijo. Qué terrible sería que
ese hijo prefiriera andar en otras compañías y
deleitarse con ellos, y no querer estar con ese padre que le
da todas las cosas.
Y
nosotros muchas veces actuamos de esa manera. Tomamos todo lo
que el Señor nos ha dado, y nos quedamos mirando aquello,
y lo compartimos con otros; pero no vamos al Padre para estar
con él, no vamos al Señor Jesús que es
el autor de todas estas cosas, que es el que te ha favorecido
grandemente. Hermano, el gemido del Espíritu, tiene que
ver también con esto, tiene que ver con que este Padre
amoroso, y este Señor amante, que se entregó por
ti y por mí en la cruz, quiere que nosotros volvamos
a él.
Y
aquí nos alineamos con la palabra que hemos estado escuchando
en este tiempo. Hay un llamado del Señor. Dios nos está
llamando a que entremos en ese deleite, en esa comunión,
en ese estar íntimo con él. El Señor nos
está cautivando para estas cosas, hermanos.
Habría
muchas cosas más que decir referente a este ejemplo que
pusimos. El hecho de andar con extraños, andar con otros,
se refiere a veces a cómo nosotros nos relacionamos con
el mundo, y no nos relacionamos correctamente con nuestro Señor,
en nuestra comunión íntima y diaria con Él.
El
Señor dijo que él no era de este mundo, y es verdad;
él no es de este mundo. Y el Señor no vino porque
él tuviera intereses en el mundo. Él vino a librarnos
a nosotros, él vino a buscar y salvar lo que se había
perdido, vino a buscar al hombre que estaba ahí, en ese
sistema que es el mundo. Pero él nunca ha tenido nada
que ver con el mundo. Lo digo en este sentido hermanos: Porque
el mundo es extraño a Dios. El mundo es extraño
a nuestro amado, a este que nos provee todas las cosas. El mundo
son esos amigos extraños con los cuales ese hijo se relaciona
en vez de relacionarse con aquel al cual le debe todas las cosas.
El
Señor dijo que él no era de este mundo. El mundo
crucificó al Señor. El mundo es culpable del asesinato
de nuestro Señor Jesucristo. Cuando nosotros decimos:
'de la muerte de Cristo', parece que sonara suave todavía,
pero el mundo es culpable del asesinato de nuestro Señor
Jesucristo. El mundo lo asesinó. Es verdad que fue según
el anticipado consejo de Dios, pero es porque sabía que
el mundo lo rechazaría. El mundo rechazó a Cristo.
Entonces, ¿podré tener compañerismo yo
con el mundo, con aquellos que asesinaron a mi bendito Señor?
Ese es el 'quid' de este asunto; esa es la comparación.
Por
eso es que, de nuestro corazón tiene que salir todo afecto,
todo apego por el mundo. Nosotros estamos en el mundo, pero
no somos del mundo. El mundo aborreció al Señor,
y el Señor, dijo: "Ustedes tienen una comunión
conmigo, ahora están inevitablemente relacionados conmigo.
El mundo va hacer lo mismo con ustedes, también los va
a aborrecer". Porque el mundo es extraño al Señor.
¿Te
fijas que el mundo es como esos amigos extraños del hijo
aquel, que no valora lo que su padre le ha dado, y que en vez
de querer estar con él, prefiere estar allá? Líbrenos
el Señor por su misma vida poderosa, y cautive los afectos
de nuestra alma, para que sean para el Señor.
Hermanos,
Dios quiere y Cristo quiere, llegar a ser lo pleno para los
afectos de nuestra alma y de nuestro ser entero. ¡Bendito
es el Señor Jesucristo!
Resumen
de un mensaje impartido el 17 de junio de 2007.
Transcripción: Moisés Rebolledo