Luego de favorecernos con toda bendición, Dios espera que tengamos comunión y gratitud en nuestro corazón.

Hacia una comunión más íntima

Pedro Alarcón

Lectura: Gálatas 2:20.

Vamos a hablar en esta mañana sobre la obra del Señor Jesús, en dos aspectos.

Primero, algo que el Señor realizó por nosotros, de lo cual estamos siempre dando testimonio: Cristo como el sustituto, como la propiciación por nuestros pecados en la cruz. Cristo tomando nuestro lugar para librarnos a nosotros de la condenación eterna.

Pero también vamos a ver otro aspecto, que tiene que ver con lo que el Señor está haciendo ahora, con lo que él continúa haciendo ahora en este minuto.

Nuestro Redentor

Algunos días atrás, en un compartir de la palabra, se declaró lo que el Señor dijo: "Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo" (Juan 5:17). Es verdad que Cristo, en lo tocante a la redención y la expiación, acabó la obra completa que el Padre le encomendó. Es verdad que la obra de Cristo satisfizo completamente el corazón de Dios, y Dios no espera que haya otra obra, no espera que haya otro sacrificio para poder recibir a los hombres pecadores que estaban alejados de Dios, ajenos a la vida de Dios, destituidos de la gloria de Dios. Aquello está satisfecho, aquello está cumplido. El Señor Jesús dijo en la cruz: "Consumado es".

Bendito es el nombre del Señor, pues todo lo que nos mantenía lejos de Dios, el Señor Jesucristo lo venció. ¡Bendito es el Señor Jesús! La obra de expiación es completa, es perfecta y acabada. Pero también de eso se deduce que por esa razón, nosotros tenemos una posición ante Dios, y necesitamos tener claro cuál es esa posición que tenemos ahora, como creyentes.

Es algo que tiene que estar muy claro en nuestro corazón, para que no nos confunda el enemigo, o para que tampoco, por causa del tiempo presente que aún nos toca vivir, nos confundamos por la experiencia que vivimos. Porque a veces la experiencia que estamos viviendo, no cuadra completamente con esa posición gloriosa que Dios nos ha dado.

Al respecto quiero decir una cosa en este momento, por causa de mi conciencia, y por causa de tu conciencia, y de toda conciencia espiritual. El hecho de que nuestra realidad en este momento no cuadre completamente con lo que realmente Dios nos ha hecho ser, no anula lo que Dios ha hecho, no cambia la posición. Para Dios, la obra de Cristo está concluida; para Dios, el rescate del hombre ya ha sido concluido. ¡Aleluya!

Ahora hay un Hombre a la diestra de Dios. Es un Hombre que nos representa, uno que entró por nosotros, como Precursor a la diestra de Dios. Tenemos un Representante en el trono mismo de Dios, a la diestra de la Majestad en las alturas. Este Hombre glorificado reina a la diestra de Dios. Él agradó completamente el corazón de Dios, llenó todas las expectativas del Padre, y también efectuó la purificación de nuestros pecados. Habiendo hecho esa obra, ahora él está en una posición de descanso. El Señor ha descansado; esa obra está hecha.

Nuestro Abogado

Pudiera parecer una contradicción, que por un lado hablamos de la posición de descanso del Señor, y por otro lado, lo que citábamos: "Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo" (Juan 5.17). ¿Cómo es esto? Esto tiene que ver con el segundo aspecto, tiene que ver con la obra que el Señor ahora mismo, está haciendo por nosotros, y permanentemente mientras nosotros estemos en la tierra. Es la obra de intercesión, la obra del abogado que intercede delante del Padre por nosotros.

No solamente el Señor acabó la obra de redención, para que sea una realidad. Ahora también, el Señor, como sumo sacerdote, intercede por nosotros delante de Dios. Intercede cuando estamos aquí reunidos, intercede cuando estamos en la casa, cuando estamos en el trabajo, cuando caminamos en medio del mundo, ahí está nuestro sumo sacerdote, a la diestra del Padre, porque la Escritura dice que él vive siempre para interceder por nosotros.

Entonces hay una obra que el Señor hizo, y hay una obra que el Señor está realizando en este momento.

Cristo, todo suficiente

Pero también hay un tercer aspecto que quisiéramos considerar, y es que Cristo es suficiente para nosotros en todo. Nosotros, aparte de Cristo, no necesitamos ninguna otra cosa. En nuestra experiencia, no hay ninguna otra cosa, ningún elemento que nos pueda socorrer o ayudar, pues todos los recursos los tenemos en Cristo. Por lo tanto, después de conocer, de tomar conciencia de esta obra, Cristo también espera ser la plenitud de la atención de nuestro corazón. Él quiere llenar todos los afectos nuestros, él quiere conquistar nuestro corazón.

En otras palabras, la voluntad de Dios, es que Cristo sea suficiente para nosotros en la obra que él realizó para traernos de regreso a la comunión con Dios; que Cristo sea suficiente para sostenernos en nuestras debilidades en este tiempo que aún nos toca vivir, que Cristo sea suficiente a nuestro corazón, y que nosotros no busquemos nada aquí en la tierra.

Que él llegue a ser todo lo que llene las expectativas de nuestro corazón. Que él llene nuestros afectos. Que nuestra alma, que es tan díscola, sea cautivada por el amor del Señor, y que para nosotros Cristo venga a ser la respuesta de nuestro propio corazón, de los deseos más profundos de nuestro corazón. Muchas cosas que hoy día son un problema para nosotros se van a solucionar cuando Cristo ocupe verdaderamente el centro de nuestro corazón.

Ocupando el centro del corazón

Por la fe, es una realidad. No estamos poniendo en duda esto. Cristo está en nuestro espíritu morando. Pero Pablo oraba por la Iglesia de Éfeso, una iglesia muy favorecida con revelación de Dios, para que Cristo pudiera habitar en el corazón de los hermanos, "...para que Cristo habite por la fe en vuestros corazones".

¿Será que nuestro corazón es distinto de nuestro espíritu? Sí. Nosotros, a veces, confundimos las cosas, y cuando hablamos del corazón, pensamos que estamos hablando del espíritu. Pero el corazón, como alguna vez nos compartía el hermano Gino, es el alma del hombre, más la conciencia del espíritu, la conciencia iluminada. La conciencia despertada es algo que esta íntimamente unido al espíritu del hombre, que fue despertado desde el día que nosotros nacimos de nuevo.

Sin embargo, la conciencia tiene también otra característica: Es como un puente entre el espíritu y el alma, en este sentido, para hacer que nuestra alma ahora pueda estar conciente de lo que es una realidad en nuestro espíritu, que ha sido vivificado, que ha sido recuperado por el Señor. Entonces el corazón, según la Palabra, se refiere al alma del hombre más la conciencia del espíritu.

Gracias a Dios, porque esa conciencia en nosotros ahora está despierta, y es por eso que somos sensibles a todo lo que es pecaminoso, a todo lo que no le agrada al Señor. Y esta conciencia nos permite también percibir que el Dios Santo, que ha venido a habitar en nuestro espíritu por el Espíritu de Dios, que vino desde el día que creímos en el Señor Jesucristo; este Dios, pueda expresar todo lo que él es, todos sus pensamientos, sus sentimientos, sus deseos íntimos, y nuestra alma pueda conocerlos.

Ahí está entonces la voluntad del Señor que Pablo expresaba, y por la cual él oraba: "Para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones". Él les estaba escribiendo a hermanos que ya habían creído en el Señor, y que sabían de la posición que tenían en Cristo. Pero el propósito de Dios, o el querer de Pablo, era que esta vida poderosa que está en nosotros no solamente esté restringida a nuestro espíritu, sino que llene nuestros afectos que están en el terreno del alma, y también eso sea cautivado por la preciosa y bendita persona de nuestro amado Señor Jesucristo.

"Con Cristo estoy juntamente crucificado , y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entrego a sí mismo por mí" (Gál. 2:20).

El Señor nos amó, y se entregó a sí mismo por ti y por mí, por nosotros. El amor del Señor es una realidad. Pero ese amor no se ha agotado. El amor del Señor es una fuente inagotable, una fuente que está fluyendo, y cuando nosotros compartimos de este amor y lo proclamamos a los hermanos, este amor empieza a derramarse. ¡Bendito es el Señor!

¿Y que podemos decir de Dios el Padre? También nos ama. Dios nos amó con amor eterno; hace mucho tiempo manifestó su misericordia, la prolongó sobre nosotros y nos recuperó en Cristo. ¡Gracias, Señor!

"...el cual me amó y se entrego a sí mismo por mí". Yo tenía que estar allí en la cruz, yo tenía que morir. Dios envió a Su Hijo, para que él viniera a ser la propiciación por nuestros pecados. "Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo" (1ª Juan 2:2). El querer de Dios es que todos los hombres sean salvos, que todos reciban esta reconciliación, que todos reciban esta obra de amor que Cristo vino a hacer por nosotros, para llevarnos de vuelta a Dios.

Pero el querer de Dios para nosotros es este: Que Cristo pueda ser nuestra vida, la expresión de la vida. "...lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios". Por la fe, necesitamos experimentar esto, tomar esto que ya nos ha sido dado. La vida de Cristo nos ha sido dada. Entonces ya no se trata solamente de que Cristo murió por mí en la cruz, sino que ahora él quiere ser en nosotros nuestra vida, la vida que agrada a Dios, la vida que no tiene ninguna reprensión de parte de Dios. Esa es la vida que está en ti y esta en mí, y es la vida que quiere manifestarse en nosotros.

Los gemidos del Espíritu

"Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora..." (Rom. 8:22). La creación está expectante de que algo glorioso tiene que ocurrir. "...y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos" (v. 23).

Ese gemido es del espíritu, viene de adentro. Ese gemido es el que nos hace sufrir cuando de alguna manera percibimos que a veces, en nuestra experiencia, no estamos llenando la medida del Señor. Hay un gemido adentro, hay un gemido en tu espíritu. Quisiéramos ser libres completamente; pero, hermanos, necesitamos constantemente ser evangelizados, y saber que Cristo en realidad vino para hacernos completamente libres, para que no nos engañe el enemigo. Esta es una realidad: "...nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo" (v. 23).

Y ahora vamos a ver un tercer aspecto de este gemir: "Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles ... la creación gime a una, y a una está con dolores de parto ... aguardando la manifestación de los hijos de Dios". La manifestación de los hijos de Dios es la expresión de la vida plena de Cristo en estos vasos que recibieron esta vida, y la creación está esperando la manifestación plena de esto.

Cuando la creación sea testigo plenamente de esto, entonces va a ocurrir algo en toda la creación: va a ser libertada de la esclavitud de corrupción que todavía está presente en la creación y en el mundo. Qué tremendo. La creación aguarda, hermanos; es como si la creación tuviera vida. Cuando uno lee esta palabra, es como si los árboles están manifestando una vida y un gemir; es como si las piedras, los montes, los planetas, las estrellas, todo, estuviera gimiendo, aguardando ese momento glorioso de la manifestación de los hijos de Dios, de la plenitud de la manifestación de la vida de Cristo en nosotros.

Llegar a eso no va a ser la manifestación individual en la vida de cada uno de nosotros, sino que va a ser esa expresión corporativa de la que tanto se ha hablado en este tiempo: la expresión del cuerpo. Ya no es la vida de un individuo, sino la vida en la iglesia, la amada, esta mujer maravillosa por la cual Cristo estuvo dispuesto a morir para rescatarla. Y en este tiempo él está trabajando con nosotros, para que la iglesia aparezca finalmente gloriosa, sin mancha, ni arruga ni cosa semejante delante de la gloria de nuestro Dios.

Nosotros estamos esperando la manifestación plena, pero esto ya es una realidad: Cristo ya tiene a la iglesia, Cristo ya conquistó a la iglesia, Cristo la recuperó para Dios. Y tú y yo, hermano, hemos sido favorecidos tremendamente, porque hemos sido llamados a ser parte de esta iglesia gloriosa.

La creación gime, y nosotros gemimos en nuestro espíritu, porque anhelamos que esto se cumpla, anhelamos que Cristo sea pleno en nosotros, y que ya no tengamos que batallar con nosotros mismos, y no estar en esa pelea constante. Eso aguardamos, hermanos; por eso gime nuestro espíritu.

Pero aún en este tiempo que estamos viviendo, en este proceso en que estamos caminando, en que tenemos al Señor como sumo sacerdote que intercede por nosotros delante del Padre, también hay algo poderoso dentro de nosotros, que está a favor nuestro. Es el Espíritu Santo de Dios. El Espíritu mismo gime por nosotros con gemidos indecibles. ¡Gracias Señor!

El pecado y los pecados

Recapitulando un poco, entonces, hermanos, la obra del Señor Jesucristo suplió los problemas que nosotros podemos tener en nuestra conciencia. Nuestra conciencia ya no está acusada por los pecados, porque el problema de los pecados ya fue resuelto. La sangre de Cristo es suficiente para limpiarnos de todo pecado, de toda maldad. El Señor nos lavó y nos limpió con su sangre preciosa. ¡Aleluya! Todo lo que tenía que ver con esta condición de pecadores, Cristo ya lo solucionó en la cruz. "Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios..." (1ª Pedro 3:18).

Ahora, con respecto a la obra de Cristo llevando nuestros pecados, Dios ha quedado satisfecho en este aspecto. Pero, en lo que toca a nuestra conciencia, en lo que toca a nuestro ser íntegro, nosotros también necesitamos quedar satisfechos. Por eso nosotros no podemos buscar ninguna otra forma de solucionar el problema de los pecados, sino acogernos a la bendita sangre de Cristo que fue derramada por nosotros. En Jeremías 31:34, Dios dice: "...y no me acordaré más de su pecado".

Pero Gálatas 2:20, de donde partimos antes, habla de la vida y habla de la muerte que ya fue vencida. Dice que nosotros ya fuimos crucificados juntamente con Cristo, y el que ahora vive en nosotros es Cristo. Y, ¿qué pasó con nosotros? Estamos muertos, fuimos incluidos en la muerte de Cristo. Cuando Cristo murió, tú y yo fuimos incluidos en él.

Dios no solamente cargó el pecado de todos nosotros en Cristo, sino que también nos cargó a nosotros, hermanos, y nos llevó Cristo allí. Y cuando se ejecutó la sentencia de Dios, la ira de Dios que vino por causa del pecado del hombre, entonces allí terminó para siempre toda la existencia de Adán, toda la existencia del hombre pecador, del cual nosotros éramos participantes también, corporativamente.

Entonces, hermanos, allí, cuando el Señor murió en la cruz, Dios trató con los pecados, pero también trató con el pecado. Hermanos, es distinto el trato que el Señor tuvo con los pecados, al trato que tuvo con el pecado. Dios ha perdonado los pecados en virtud de la sangre de Cristo. Eso es con los pecados, los hechos pecaminosos.

Pero, ¿que ocurrió con el pecado? El pecado es esa condición, esa fábrica de pecados que había en nosotros, esa tendencia continua hacia el mal; eso que no nos dejaba tranquilos, que era un amo que nos tenía esclavizados. Cuando Cristo fue clavado en la cruz, el pecado fue clavado allí, y eso es lo que dice Romanos 6:6: "...sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado...".

¿Cuál es el viejo hombre? El viejo hombre es el pecado que reinaba en nosotros, que nos tenía esclavizados, que generaba los pecados en nosotros, en el hombre caído. Nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Cristo. ¿Para qué? Para que aquello que producía los pecados, sea destruido, a fin de que tú y yo quedemos libres de este que gobernaba sobre nosotros, que nos llevaba continuamente al mal; para que seamos libres del pecado.

Entonces aquí hay perdón de los pecados por la sangre de Cristo, y hay liberación del pecado por la obra de Cristo en la cruz. Los pecados fueron perdonados, pero el pecado no ha sido perdonado por Dios, y nunca lo perdonará. El pecado, lo que genera los pecados, que es el viejo hombre, Dios lo condenó a la muerte, y eso ya está ejecutado. Así que, hermanos, por la fe, nosotros tenemos que apropiarnos de esta realidad: ¡Nosotros ya somos libres del pecado! ¡Gloria al Señor! ¡El Señor nos libertó, hermanos!

El amo que era el pecado, no reinará más sobre ti, ni reinará más sobre mí. Ahora, lo que Dios quiere es que otro sea el que reine sobre nosotros, y ese otro es el Rey de reyes y Señor de señores. Y la Palabra lo expresa ahí con una palabra que se llama Gracia, para que ahora ya no reine el pecado, o la muerte por el pecado; porque la muerte era el aguijón que tomaba ocasión por el pecado, y nos mataba, nos llevaba continuamente a la muerte.

Eso hacía el pecado de la mano con la muerte. La muerte era el aguijón, era la punta de lanza que usaba el pecado, este rey despiadado, que nos tenía cautivos por la desobediencia inicial del hombre. Pero este rey pecado, con su lanza que tenía para herirnos, fue destruido y fue quitado de en medio, para nosotros. Para el mundo, todavía sigue actuando. El pecado está presente en el mundo, e incluso está presente en nuestros miembros todavía.

Pero, ¿cómo es, entonces, que el Señor nos libertó del pecado? Es por medio de la muerte. No fue quitado el pecado de en medio, en el fondo; fuimos nosotros los que fuimos quitados de en medio. El Señor nos sacó de en medio para que el pecado no se enseñoree más de nosotros.

La ley y la gracia

Y entonces el propósito del Señor ahora, es que la Gracia - Cristo que está en ti y está en mí, Cristo que es tu vida y es mi vida - la Gracia, ahora reine, ahora gobierne por la justicia. Ocurrió un cambio de gobierno. Antes reinaba y gobernaba el pecado sobre ti y sobre mí; y lo aceptábamos, y no teníamos otra alternativa. Era como una dictadura. Pero, ¡bendito es el Rey de reyes y Señor de señores, bendita es la gracia de Dios que se manifestó y que vino para reinar! La gracia no vino sólo para levantarnos, sino que vino también para gobernar sobre nosotros.

Entonces, ahora, hermanos, ¿qué es lo que quiere el Señor? Quiere que nosotros aceptemos este gobierno santo, este gobierno justo, este reino del Señor sobre nuestras vidas.

La gracia tiene que reinar en nosotros, hermanos, porque dice: "El pecado no se enseñoreará de vosotros, pues no estáis bajo la ley". La ley era otro problema. La ley también era el elemento que nos llevaba una y otra vez a los esfuerzos, para actuar por nosotros mismos, y luego caíamos otra vez esclavos, vencidos por el pecado que moraba en nuestros miembros. Ese era nuestro otro gran problema. Hermanos, pero la gracia reina por la justicia. Y el pecado no se enseñoreará más de nosotros, porque ahora ya no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia.

Y aquí quiero decir algo, muy firmemente. La ley es toda forma de obras, todo esfuerzo que nosotros pudiéramos hacer. Cualquier cosa que tú quisieras esforzarte por querer llenar la medida de Dios, eso es ley; no solamente la ley de los Diez Mandamientos. Cualquier intento que el hombre quiera hacer para agradar el corazón de Dios, eso es ponerse bajo la ley. Pero nosotros fuimos libertados de la ley.

La ley de los mandamientos expresada en ordenanzas, sigue vigente. Dios no cambiará su ley. Su Palabra es para siempre, porque la ley es justa, santa y buena, representa el carácter de nuestro Dios, y eternamente el Señor estableció su Palabra, su verdad en los cielos. La ley de Jehová es perfecta, pero nosotros éramos los imperfectos. Y así como el Señor nos quitó de en medio para que el pecado no siguiera actuando sobre nosotros, de la misma manera, con la misma obra, él nos quitó de en medio para que la ley no actúe sobre nosotros.

Por eso nosotros no estamos sujetos a mandamientos como: No gustes, no toques, no hagas; todas esas, cosas que se destruyen con el uso. Ahora estamos sujetos a la ley del Espíritu de Vida. Hay una ley mucho más poderosa que opera en nosotros ahora.

Nosotros ya no existimos para la ley, hermanos. La ley está ahí, vigente; y todos los que quieran defender la ley, que la sigan defendiendo. Pero nosotros morimos para la ley; Cristo nos quitó de en medio. La obra que él hizo es completa y perfecta. Ahora, Dios quiere que la gracia reine, que la justicia reine en nosotros, que la vida de Cristo sea la que nos lleve, nos sustente y nos conduzca en todas las cosas. ¡Líbrenos el Señor de todos los esfuerzos!

A veces, también nosotros tenemos la tendencia a tomar alguna de las cosas del Nuevo Testamento, de los mismos mandamientos del Señor, como una ley. Y nos enredamos y empezamos a tropezar y caemos, y nos vemos derrotados de nuevo. Pero el Señor no quiere eso, el Señor quiere que vivamos sustentados por él. El Señor, quiere que vivamos y permanezcamos en esta posición y en esta obra que él hizo.

Ya estamos muertos con Cristo, es una realidad. Ya fuiste quitado del medio. Dios no quiere que tú te esfuerces en ti mismo para dejar contento su corazón, porque hubo Uno que ya agradó el corazón del Padre, y ése vive en ti y vive en mí. Cristo vive en ti, hermano; aliéntese tu corazón.

Una comunión íntima

¿Se fijan, hermanos, que tenemos mucho más de qué testificar, aparte de la obra bendita y gloriosa de la sangre de Cristo, que siempre tenemos presente? Esto quiere el Señor que testifiquemos, hermanos. De esto quiere el Señor que nos apropiemos. Tenemos una vida poderosa morando en nosotros, una vida que venció a la muerte.

Hermanos, su obra es preciosa, gloriosa y completa. Pero Cristo, el que ejecutó esta obra, tiene que ser el centro de atracción de nuestras vidas. Porque si nosotros nos quedamos solamente mirando la sangre, mirando los pecados y mirando, por ejemplo, Romanos, de una manera doctrinal, parece que divorciamos eso de Cristo. Es como que estamos tomando lo que el Señor hizo, pero, ¿qué pasa con respecto a Cristo, que pasa con esa relación de vida que tenemos con el Señor?

El hermano Mackintosh, que inspiró a mi corazón esto que estamos compartiendo, me hacía recordar que la Palabra del Señor es inagotable, que los ríos de vida fluyen, que podemos volver una y otra vez sobre una Palabra y siempre habrá algo nuevo para nosotros, y siempre el Señor podrá hacerla nueva si es por medio de su Espíritu. Nosotros, frente a eso, somos débiles, no tenemos nada que dar hermanos; pero en Cristo, como el Espíritu Santo intercede por nosotros con gemidos indecibles, somos socorridos. ¡Bendito es el Señor!

El hermano Mackintosh comparaba esto de la siguiente manera: Qué terrible sería ver a un hijo al que su padre da todo lo que necesita, y este hijo, en lugar de querer estar con él, agradecido, mostrándole su cariño, prefiriera estar con otras compañías. Este padre que estamos poniendo como ejemplo, no está esperando que el hijo le devuelva otro tanto de lo que invirtió en él. ¡No! Lo que él está esperando, es el amor, el afecto de ese hijo. Qué terrible sería que ese hijo prefiriera andar en otras compañías y deleitarse con ellos, y no querer estar con ese padre que le da todas las cosas.

Y nosotros muchas veces actuamos de esa manera. Tomamos todo lo que el Señor nos ha dado, y nos quedamos mirando aquello, y lo compartimos con otros; pero no vamos al Padre para estar con él, no vamos al Señor Jesús que es el autor de todas estas cosas, que es el que te ha favorecido grandemente. Hermano, el gemido del Espíritu, tiene que ver también con esto, tiene que ver con que este Padre amoroso, y este Señor amante, que se entregó por ti y por mí en la cruz, quiere que nosotros volvamos a él.

Y aquí nos alineamos con la palabra que hemos estado escuchando en este tiempo. Hay un llamado del Señor. Dios nos está llamando a que entremos en ese deleite, en esa comunión, en ese estar íntimo con él. El Señor nos está cautivando para estas cosas, hermanos.

Habría muchas cosas más que decir referente a este ejemplo que pusimos. El hecho de andar con extraños, andar con otros, se refiere a veces a cómo nosotros nos relacionamos con el mundo, y no nos relacionamos correctamente con nuestro Señor, en nuestra comunión íntima y diaria con Él.

El Señor dijo que él no era de este mundo, y es verdad; él no es de este mundo. Y el Señor no vino porque él tuviera intereses en el mundo. Él vino a librarnos a nosotros, él vino a buscar y salvar lo que se había perdido, vino a buscar al hombre que estaba ahí, en ese sistema que es el mundo. Pero él nunca ha tenido nada que ver con el mundo. Lo digo en este sentido hermanos: Porque el mundo es extraño a Dios. El mundo es extraño a nuestro amado, a este que nos provee todas las cosas. El mundo son esos amigos extraños con los cuales ese hijo se relaciona en vez de relacionarse con aquel al cual le debe todas las cosas.

El Señor dijo que él no era de este mundo. El mundo crucificó al Señor. El mundo es culpable del asesinato de nuestro Señor Jesucristo. Cuando nosotros decimos: 'de la muerte de Cristo', parece que sonara suave todavía, pero el mundo es culpable del asesinato de nuestro Señor Jesucristo. El mundo lo asesinó. Es verdad que fue según el anticipado consejo de Dios, pero es porque sabía que el mundo lo rechazaría. El mundo rechazó a Cristo. Entonces, ¿podré tener compañerismo yo con el mundo, con aquellos que asesinaron a mi bendito Señor? Ese es el 'quid' de este asunto; esa es la comparación.

Por eso es que, de nuestro corazón tiene que salir todo afecto, todo apego por el mundo. Nosotros estamos en el mundo, pero no somos del mundo. El mundo aborreció al Señor, y el Señor, dijo: "Ustedes tienen una comunión conmigo, ahora están inevitablemente relacionados conmigo. El mundo va hacer lo mismo con ustedes, también los va a aborrecer". Porque el mundo es extraño al Señor.

¿Te fijas que el mundo es como esos amigos extraños del hijo aquel, que no valora lo que su padre le ha dado, y que en vez de querer estar con él, prefiere estar allá? Líbrenos el Señor por su misma vida poderosa, y cautive los afectos de nuestra alma, para que sean para el Señor.

Hermanos, Dios quiere y Cristo quiere, llegar a ser lo pleno para los afectos de nuestra alma y de nuestro ser entero. ¡Bendito es el Señor Jesucristo!

Resumen de un mensaje impartido el 17 de junio de 2007.
Transcripción: Moisés Rebolledo

***